Es cada vez más habitual el estreno directo de películas en plataformas, sin previo paso por salas. En algunos casos son productos creados por las plataformas con esta finalidad; en otros, cintas de interés menor, pero también hay pequeñas joyas que no han encontrado su sitio en los cines, pero merecen atención. Aquí van diez recomendaciones, entre los estrenos de los últimos meses. Y al final, de propina, dos obras monumentales que vuelven a estar disponibles en versiones restauradas.
Kafka: el último verano. Georg Maas y Judith Kaufmann (Filmin)
Kafka ha dado lugar a dos películas recientes. Franz Kafka de Agnieszka Holland (estrenada en salas y ahora también disponible en Filmin) propone un repaso, un poco atropellado, a su vida y añade imágenes documentales de la Praga actual, en la que el escritor se ha convertido en banal atracción turística. Kafka: el último verano, opta por un criterio más sensato. Se centra en sus últimos meses de vida, a partir de unas vacaciones en el Báltico en las que conoció a la actriz polaca Dora Diamant, su último amor. Se instaló con ella en Berlín y vivió momentos de felicidad, con la tuberculosis asediándola. La película logra atrapar la personalidad de Kafka, muchas veces simplificada para convertirlo en un mero neurótico que imaginaba historias retorcidas. Kafka fue eso, pero también un joven con ansias de vivir y disfrutar.
Moss & Freud: el artista y la modelo. James Lucas (Movistar +)
Lucien Freud ha pasado a la historia como un retratista inclemente, fascinado por la flacidez de la carne y lo que hoy llaman cuerpos no normativos. Sin embargo, en 2002 aceptó retratar a una diva de la belleza, la modelo Kate Moss. La sometió a sus procedimientos habituales: exigencia de absoluta puntualidad y larguísimas sesiones de posado que se prolongaron a lo largo de nueve meses. Ella, embarazada, aceptó posar desnuda, y el resultado fue un retrato vendido por casi seis millones de euros. La película explora este singular encuentro, los demonios interiores de ambos personajes y la compleja relación de poder y seducción que se estableció entre ellos durante la creación del lienzo. A Freud le da vida Derek Jacobi (lo recordarán por Yo, Claudio, y hace años también se metió en la piel del compañero de generación de Freud, el perturbado Francis Bacon, en El amor es el demonio). A Kate Moss la interpreta con desparpajo Elle Bamber.
Megadoc. Mike Figgis (Filmin)
Si algo distingue a Francis Ford Coppola de sus compañeros de generación es su ambición de genio dispuesto a arriesgarlo todo para llevar a cabo su visión. Lo hizo en Apocalypse Now, cuyo rodaje estuvo plagado de problemas y casi lo arruina, pero al final la jugada le salió redonda. Lo volvió a hacer con Corazonada, y en este caso le salió una película regular, que pinchó en taquilla y lo dejó en la bancarrota. Ya octogenario, ha vuelto a las andadas con Megalópolis, vendiendo parte de sus viñedos para financiársela. El capricho le ha salido rana: una película pretenciosa y bochornosa, con pérdidas millonarias. Es mucho más interesante Megadoc, el documental sobre el caótico rodaje, que muestra a Coppola improvisando, a los actores desconcertados, a un insufrible actorcillo con ínfulas (Shia LaBoeuf), que casi lleva al director al desquicie…
The Surfer. Lorcan Finnegan (Amazon Prime)
El excéntrico Nicolas Cage lleva años convertido en actor fetiche de cineastas singulares. Ha dado lo mejor de sí en extravagancias como Mandy, Dream Scenario y Pig. Cualquier cinéfilo sabe que su mera presencia mejora la película y que su histrionismo puede desembocar en despropósito o genialidad. En la australiana The Surfer interpreta a un ejecutivo de mediana edad que quiere llevar a su hijo a surfear en la playa de su infancia, donde además pretende comprar la casa en la que se crió. Se topa con un grupo de surfistas de la zona que le impiden acceder, porque esas olas son solo para los locales. Los tipos forman una extraña secta de aspirantes a machos alfa marcando territorio. El enfrentamiento llevará al protagonista a perder el móvil, el dinero, el coche y la dignidad. Hasta que empieza a no estar claro si ese personaje está en su sano juicio y lo que sucede es real o todo es fruto de su paranoia…
Pagando por ello. Lee Sok-Yin (Movistar +)
La escena del cómic canadiense independiente ha estado dominada desde finales de los años noventa del siglo pasado por tres amigos que se conocieron en Toronto. Seth Cherter Brown y el estadounidense residente en Canadá Joe Matt (fallecido en 2023). Frente a Seth —el mejor de los tres, con sus elegantes historietas tocadas por la melancolía—, los otros dos han practicado el cómic autobiográfico, sin reparos en contar sus intimidades más cutres. En el caso de Brown, narró en Pagando por ello (La Cúpula) sus experiencias con la prostitución. Su novia lo plantó por otro, aunque seguían viviendo en la misma casa, y él, que no quería complicaciones sentimentales, buscó en los anuncios de contactos sexo de pago. La cosa suena entre sórdida, tristona y exhibicionista, pero lo cierto es que el cómic se leía con interés. Ahora salta a la pantalla, de la mano de la actriz y cineasta de Vancouver Lee Sok-Yin, que consigue que las andanzas del patético protagonista resulten casi entrañables. Dos curiosidades: los seguidores de Chester Brown reconocerán al dibujante en un cameo. Y la actriz que interpreta a la prostituta con la que establece la relación más duradera —muy parecida al amor— es la seductora Andrea Werhun, que en la vida real trabajó como escort cuando era veinteañera y escribió unas memorias sobre esa experiencia.
El accidente de piano. Quentin Dupieux (Movistar +)
Tras unos inicios como DJ, Dupieux aterrizó en el cine francés como un extraterrestre. Su humor absurdo no es apto para todos los paladares y sus películas incluyen situaciones estrambóticas como un neumático asesino que vaga por carreteras desérticas de Estados Unidos, dos colgados que se encuentran una mosca gigante, unos superhéroes que utilizan el humo del tabaco como arma, o un Salvador Dalí desdoblado en varios actores. Llega ahora El accidente de piano, protagonizada por la muy guapa Adèle Exarchopoulos, irreconocible por el maquillaje y la dentadura que la transforman en un monstruito. En concreto, en una influencer chiflada, que ha ganado fama y montones de dinero autolesionándose de las maneras más absurdas. En una de sus proezas, consistente en que le caiga encima un piano de cola, se produce un accidente… Y una periodista (Sandrine Kiberlain) intenta averiguar lo sucedido y los motivos de la influencer chalada para hacer lo que hace. Una película deliciosamente demencial sobre el mundo desquiciado en el que vivimos.
Amigos. Andrew DeYoung (SkyShowtime)
Tim Robinson era un cómico con tan poca gracia que hizo una prueba para Saturday Night Life y lo descartaron. Pero resulta que su gracia consiste en su falta de gracia, y se ha convertido en el rey de lo que llaman humor cringe (es decir, humor que da grima, vergüenza ajena). Ha triunfado con dos series: I Think You Should Leave (una sucesión de sketches, en Netflix) y La fábrica de sillas (en HBO), sobre un pringado al que se le rompe la silla de la oficina y acaba descubriendo que la fábrica de sillas es la tapadera de una siniestra conspiración. Entre medio, protagonizó esta película, en la que interpreta a otro pringado (en realidad, es el único papel que puede interpretar). Un tipo aburrido, acomplejado y con una vida conyugal patética, que un día conoce a su nuevo vecino, un tío aventurero y machote, que tiene amigotes enrollados… Y por un momento cree que podrá formar parte de ese grupo de tíos molones y lanzarse a una vida de excitantes aventuras. Pero la cosa, claro, no saldrá como estaba previsto…
La ilusión de Garibaldi. Roberto Andò (Filmin)
El título original es L’abbaglio (la ilusión, en el sentido de engaño), pero aquí se ha añadido a Garibaldi con cierta pillería. Porque el unificador de Italia aparece, pero como personaje secundario. El protagonista es el coronel Vincenzo Giordano Orsini, al que da vida el siempre estupendo Toni Servillo, que compone un tipo descreído, que cree en la libertad, pero no tanto en sus conciudadanos. La película reconstruye la batalla de Palermo de 1860, en la que Orsini tuvo un papel muy relevante, porque orquestó un hábil engaño simulando una retirada que permitió la victoria final de los garibaldinos. El tono bascula entre la épica y la picaresca, porque a Orsini lo acompañan como coprotagonistas dos de sus soldados, engatusadores y liantes profesionales. Dirige Robert Andò, interesante cineasta, que tiene en su haber un par de buenas películas sobre literatos —El manuscrito del príncipe (sobre Lampedusa) y La inspiración (sobre Pirandello)— y un par de películas sobre los entresijos de la política, ambas con Servillo como protagonista: Viva la libertad y Las confesiones.
Reflejo en un diamante muerto. Hélène Cattet y Bruno Forzani (Movistar +)
La pareja de cineastas franceses formada por Cattet y Forzani ha centrado su carrera en recrear los géneros y subgéneros que fueron populares en el cine europeo de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Dedicaron dos películas al giallo (thrillers de terror italianos) y otra al spaghetti western. Ahora han hecho lo propio con el cine de espías que se puso de moda a partir del fenómeno 007. No les interesa tanto hacer un pastiche de los argumentos como recrear la estética. Sus películas son más arty que entretenidos divertimentos. Aquí un anciano en un hotel de la Costa Azul rememora su pasado como agente secreto, enfrentado a su archienemiga, la enigmática y letal Serpentik, mujer sin rostro bajo mil máscaras. Al viejo exagente lo interpreta Fabio Testi, protagonista de montones de películas de género. Hay homenajes a los títulos de crédito de James Bond, al erotismo y el glamour de esas películas, a sus gadgets y escenas de acción, y también a Diabolik, el personaje más célebre del fumetto nero, que era como se llamaba el cómic para adultos italiano de esos años.
Un día con Peter Hujar. Ira Sachs (Filmin)
El 19 de diciembre de 1974 la escritora Linda Rosenkrantz se presentó en el apartamento neoyorquino del fotógrafo Peter Hujar, vinculado con la Factory de Andy Warhol. Llevaba una grabadora y le pidió que le contara con detalle lo que había hecho el día anterior. Era parte del proyecto de un libro que reuniría una sucesión de testimonios de artistas hablando de su cotidianeidad. La autora acabó abandonando la idea y la grabación cayó en el olvido. En 2019 se encontró una transcripción en la Morgan Library, donde están depositados los archivos del fotógrafo, fallecido de sida en 1987. Ira Sachs la ha llevado a la pantalla, con dos actores —Ben Whishaw (en el papel de Hujar) y Rebecca Hall (en el papel de Rosenkrantz)— y un único escenario, el apartamento del primero en el Upper East Side. La película se limita a poner en escena la conversación, o más bien monólogo de Hujar. La propuesta es una cápsula de tiempo, que nos retrotrae a un Nueva York ya desaparecido, y sobre todo un experimento radical sobre lo cotidiano, lo anodino y hasta lo banal, donde de pronto puede emerger una epifanía.
Y por último, las dos obras maestras restauradas.
Yi Yi. Edward Yang (Filmin)
Edward Yang formó parte —junto con Hou Hsiao-Hsien y Tsai Ming-liang— de la llamada nueva ola del cine taiwanés, que emergió en los años ochenta del siglo pasado como un ciclón de creatividad impulsado por el fin de la larga dictadura. Rodada en 2000, Yi Yi fue el testamento cinematográfico de Yang, fallecido de cáncer con solo 59 años. No es una película para impacientes —casi tres horas de metraje, de ritmo sosegado—, pero quien se deje seducir descubrirá una obra conmovedora y hermosa. Cuenta la historia de tres generaciones de una familia de Taipéi, entre las tradiciones del pasado y las promesas de la modernidad. Habla de miedos, nostalgias, ambiciones, engaños y segundas oportunidades imposibles. En el centro, un niño, Yang Yang, sometido a los ritos de paso de la vida. Detrás de su mirada y sus cándidas pero sabias reflexiones está el alma del director, porque el chaval de mayor quiere dedicarse a contar historias que ayuden a los adultos a entender mejor el mundo en el que viven. Y este fue siempre el propósito del cine de Edward Yang.
Shoah. Claude Lanzmann (Filmin)
El estreno de Shoah en 1985 causó conmoción y desde entonces se ha convertido en un referente ineludible en el debate sobre los modos moralmente lícitos o ilícitos de abordar el Holocausto. La propuesta de Lanzmann es radical: a lo largo de las casi diez horas de metraje de su monumento a la preservación de la memoria del horror absoluto, contrapone dos únicos elementos básicos. Por un lado, los testimonios de tres grupos principales —los supervivientes, los verdugos y los testigos—, a los que se suman las voces de algunos expertos, como un historiador y un jurista que participó en los juicios después de la guerra. Por el otro, los largos planos de los parajes —hoy tranquilos y hasta bucólicos— que acogieron la maquinaria de la muerte de los campos de exterminio —Chelmno, Sobibor, Treblinka, Auschwitz, Belzec— y el gueto de Varsovia, arrasado tras la sublevación. Prescinde Lanzmann de cualquier refuerzo emocional mediante una banda sonora, para no interferir en la minuciosa reconstrucción de los hechos que aportan los entrevistados.
Y sobre todo, en la más llamativa y debatida de sus decisiones, prescinde por completo de imágenes de archivo, porque «hay cosas que no se puede o no se debe representar». Su visión está, por lo tanto, en las antípodas de la emotividad a flor de piel de La lista de Schindler de Spielberg. Filmin presenta la versión restaurada dividida en diez capítulos de aproximadamente una hora cada uno.
Es cada vez más habitual el estreno directo de películas en plataformas, sin previo paso por salas. En algunos casos son productos creados por las plataformas
Es cada vez más habitual el estreno directo de películas en plataformas, sin previo paso por salas. En algunos casos son productos creados por las plataformas con esta finalidad; en otros, cintas de interés menor, pero también hay pequeñas joyas que no han encontrado su sitio en los cines, pero merecen atención. Aquí van diez recomendaciones, entre los estrenos de los últimos meses. Y al final, de propina, dos obras monumentales que vuelven a estar disponibles en versiones restauradas.
Kafka ha dado lugar a dos películas recientes. Franz Kafka de Agnieszka Holland (estrenada en salas y ahora también disponible en Filmin) propone un repaso, un poco atropellado, a su vida y añade imágenes documentales de la Praga actual, en la que el escritor se ha convertido en banal atracción turística. Kafka: el último verano, opta por un criterio más sensato. Se centra en sus últimos meses de vida, a partir de unas vacaciones en el Báltico en las que conoció a la actriz polaca Dora Diamant, su último amor. Se instaló con ella en Berlín y vivió momentos de felicidad, con la tuberculosis asediándola. La película logra atrapar la personalidad de Kafka, muchas veces simplificada para convertirlo en un mero neurótico que imaginaba historias retorcidas. Kafka fue eso, pero también un joven con ansias de vivir y disfrutar.
Lucien Freud ha pasado a la historia como un retratista inclemente, fascinado por la flacidez de la carne y lo que hoy llaman cuerpos no normativos. Sin embargo, en 2002 aceptó retratar a una diva de la belleza, la modelo Kate Moss. La sometió a sus procedimientos habituales: exigencia de absoluta puntualidad y larguísimas sesiones de posado que se prolongaron a lo largo de nueve meses. Ella, embarazada, aceptó posar desnuda, y el resultado fue un retrato vendido por casi seis millones de euros. La película explora este singular encuentro, los demonios interiores de ambos personajes y la compleja relación de poder y seducción que se estableció entre ellos durante la creación del lienzo. A Freud le da vida Derek Jacobi (lo recordarán por Yo, Claudio, y hace años también se metió en la piel del compañero de generación de Freud, el perturbado Francis Bacon, en El amor es el demonio). A Kate Moss la interpreta con desparpajo Elle Bamber.
Si algo distingue a Francis Ford Coppola de sus compañeros de generación es su ambición de genio dispuesto a arriesgarlo todo para llevar a cabo su visión. Lo hizo en Apocalypse Now, cuyo rodaje estuvo plagado de problemas y casi lo arruina, pero al final la jugada le salió redonda. Lo volvió a hacer con Corazonada, y en este caso le salió una película regular, que pinchó en taquilla y lo dejó en la bancarrota. Ya octogenario, ha vuelto a las andadas con Megalópolis, vendiendo parte de sus viñedos para financiársela. El capricho le ha salido rana: una película pretenciosa y bochornosa, con pérdidas millonarias. Es mucho más interesante Megadoc, el documental sobre el caótico rodaje, que muestra a Coppola improvisando, a los actores desconcertados, a un insufrible actorcillo con ínfulas (Shia LaBoeuf), que casi lleva al director al desquicie…
El excéntrico Nicolas Cage lleva años convertido en actor fetiche de cineastas singulares. Ha dado lo mejor de sí en extravagancias como Mandy, Dream Scenario y Pig. Cualquier cinéfilo sabe que su mera presencia mejora la película y que su histrionismo puede desembocar en despropósito o genialidad. En la australiana The Surfer interpreta a un ejecutivo de mediana edad que quiere llevar a su hijo a surfear en la playa de su infancia, donde además pretende comprar la casa en la que se crió. Se topa con un grupo de surfistas de la zona que le impiden acceder, porque esas olas son solo para los locales. Los tipos forman una extraña secta de aspirantes a machos alfa marcando territorio. El enfrentamiento llevará al protagonista a perder el móvil, el dinero, el coche y la dignidad. Hasta que empieza a no estar claro si ese personaje está en su sano juicio y lo que sucede es real o todo es fruto de su paranoia…
La escena del cómic canadiense independiente ha estado dominada desde finales de los años noventa del siglo pasado por tres amigos que se conocieron en Toronto. Seth Cherter Brown y el estadounidense residente en Canadá Joe Matt (fallecido en 2023). Frente a Seth —el mejor de los tres, con sus elegantes historietas tocadas por la melancolía—, los otros dos han practicado el cómic autobiográfico, sin reparos en contar sus intimidades más cutres. En el caso de Brown, narró en Pagando por ello (La Cúpula) sus experiencias con la prostitución. Su novia lo plantó por otro, aunque seguían viviendo en la misma casa, y él, que no quería complicaciones sentimentales, buscó en los anuncios de contactos sexo de pago. La cosa suena entre sórdida, tristona y exhibicionista, pero lo cierto es que el cómic se leía con interés. Ahora salta a la pantalla, de la mano de la actriz y cineasta de Vancouver Lee Sok-Yin, que consigue que las andanzas del patético protagonista resulten casi entrañables. Dos curiosidades: los seguidores de Chester Brown reconocerán al dibujante en un cameo. Y la actriz que interpreta a la prostituta con la que establece la relación más duradera —muy parecida al amor— es la seductora Andrea Werhun, que en la vida real trabajó como escort cuando era veinteañera y escribió unas memorias sobre esa experiencia.
Tras unos inicios como DJ, Dupieux aterrizó en el cine francés como un extraterrestre. Su humor absurdo no es apto para todos los paladares y sus películas incluyen situaciones estrambóticas como un neumático asesino que vaga por carreteras desérticas de Estados Unidos, dos colgados que se encuentran una mosca gigante, unos superhéroes que utilizan el humo del tabaco como arma, o un Salvador Dalí desdoblado en varios actores. Llega ahora El accidente de piano, protagonizada por la muy guapa Adèle Exarchopoulos, irreconocible por el maquillaje y la dentadura que la transforman en un monstruito. En concreto, en una influencer chiflada, que ha ganado fama y montones de dinero autolesionándose de las maneras más absurdas. En una de sus proezas, consistente en que le caiga encima un piano de cola, se produce un accidente… Y una periodista (Sandrine Kiberlain) intenta averiguar lo sucedido y los motivos de la influencer chalada para hacer lo que hace. Una película deliciosamente demencial sobre el mundo desquiciado en el que vivimos.
Tim Robinson era un cómico con tan poca gracia que hizo una prueba para Saturday Night Life y lo descartaron. Pero resulta que su gracia consiste en su falta de gracia, y se ha convertido en el rey de lo que llaman humor cringe (es decir, humor que da grima, vergüenza ajena). Ha triunfado con dos series: I Think You Should Leave (una sucesión de sketches, en Netflix) y La fábrica de sillas (en HBO), sobre un pringado al que se le rompe la silla de la oficina y acaba descubriendo que la fábrica de sillas es la tapadera de una siniestra conspiración. Entre medio, protagonizó esta película, en la que interpreta a otro pringado (en realidad, es el único papel que puede interpretar). Un tipo aburrido, acomplejado y con una vida conyugal patética, que un día conoce a su nuevo vecino, un tío aventurero y machote, que tiene amigotes enrollados… Y por un momento cree que podrá formar parte de ese grupo de tíos molones y lanzarse a una vida de excitantes aventuras. Pero la cosa, claro, no saldrá como estaba previsto…
El título original es L’abbaglio (la ilusión, en el sentido de engaño), pero aquí se ha añadido a Garibaldi con cierta pillería. Porque el unificador de Italia aparece, pero como personaje secundario. El protagonista es el coronel Vincenzo Giordano Orsini, al que da vida el siempre estupendo Toni Servillo, que compone un tipo descreído, que cree en la libertad, pero no tanto en sus conciudadanos. La película reconstruye la batalla de Palermo de 1860, en la que Orsini tuvo un papel muy relevante, porque orquestó un hábil engaño simulando una retirada que permitió la victoria final de los garibaldinos. El tono bascula entre la épica y la picaresca, porque a Orsini lo acompañan como coprotagonistas dos de sus soldados, engatusadores y liantes profesionales. Dirige Robert Andò, interesante cineasta, que tiene en su haber un par de buenas películas sobre literatos —El manuscrito del príncipe (sobre Lampedusa) y La inspiración (sobre Pirandello)— y un par de películas sobre los entresijos de la política, ambas con Servillo como protagonista: Viva la libertad y Las confesiones.
La pareja de cineastas franceses formada por Cattet y Forzani ha centrado su carrera en recrear los géneros y subgéneros que fueron populares en el cine europeo de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Dedicaron dos películas al giallo (thrillers de terror italianos) y otra al spaghetti western. Ahora han hecho lo propio con el cine de espías que se puso de moda a partir del fenómeno 007. No les interesa tanto hacer un pastiche de los argumentos como recrear la estética. Sus películas son más arty que entretenidos divertimentos. Aquí un anciano en un hotel de la Costa Azul rememora su pasado como agente secreto, enfrentado a su archienemiga, la enigmática y letal Serpentik, mujer sin rostro bajo mil máscaras. Al viejo exagente lo interpreta Fabio Testi, protagonista de montones de películas de género. Hay homenajes a los títulos de crédito de James Bond, al erotismo y el glamour de esas películas, a sus gadgets y escenas de acción, y también a Diabolik, el personaje más célebre del fumetto nero, que era como se llamaba el cómic para adultos italiano de esos años.
El 19 de diciembre de 1974 la escritora Linda Rosenkrantz se presentó en el apartamento neoyorquino del fotógrafo Peter Hujar, vinculado con la Factory de Andy Warhol. Llevaba una grabadora y le pidió que le contara con detalle lo que había hecho el día anterior. Era parte del proyecto de un libro que reuniría una sucesión de testimonios de artistas hablando de su cotidianeidad. La autora acabó abandonando la idea y la grabación cayó en el olvido. En 2019 se encontró una transcripción en la Morgan Library, donde están depositados los archivos del fotógrafo, fallecido de sida en 1987. Ira Sachs la ha llevado a la pantalla, con dos actores —Ben Whishaw (en el papel de Hujar) y Rebecca Hall (en el papel de Rosenkrantz)— y un único escenario, el apartamento del primero en el Upper East Side. La película se limita a poner en escena la conversación, o más bien monólogo de Hujar. La propuesta es una cápsula de tiempo, que nos retrotrae a un Nueva York ya desaparecido, y sobre todo un experimento radical sobre lo cotidiano, lo anodino y hasta lo banal, donde de pronto puede emerger una epifanía.
Y por último, las dos obras maestras restauradas.
Edward Yang formó parte —junto con Hou Hsiao-Hsien y Tsai Ming-liang— de la llamada nueva ola del cine taiwanés, que emergió en los años ochenta del siglo pasado como un ciclón de creatividad impulsado por el fin de la larga dictadura. Rodada en 2000, Yi Yi fue el testamento cinematográfico de Yang, fallecido de cáncer con solo 59 años. No es una película para impacientes —casi tres horas de metraje, de ritmo sosegado—, pero quien se deje seducir descubrirá una obra conmovedora y hermosa. Cuenta la historia de tres generaciones de una familia de Taipéi, entre las tradiciones del pasado y las promesas de la modernidad. Habla de miedos, nostalgias, ambiciones, engaños y segundas oportunidades imposibles. En el centro, un niño, Yang Yang, sometido a los ritos de paso de la vida. Detrás de su mirada y sus cándidas pero sabias reflexiones está el alma del director, porque el chaval de mayor quiere dedicarse a contar historias que ayuden a los adultos a entender mejor el mundo en el que viven. Y este fue siempre el propósito del cine de Edward Yang.
El estreno de Shoah en 1985 causó conmoción y desde entonces se ha convertido en un referente ineludible en el debate sobre los modos moralmente lícitos o ilícitos de abordar el Holocausto. La propuesta de Lanzmann es radical: a lo largo de las casi diez horas de metraje de su monumento a la preservación de la memoria del horror absoluto, contrapone dos únicos elementos básicos. Por un lado, los testimonios de tres grupos principales —los supervivientes, los verdugos y los testigos—, a los que se suman las voces de algunos expertos, como un historiador y un jurista que participó en los juicios después de la guerra. Por el otro, los largos planos de los parajes —hoy tranquilos y hasta bucólicos— que acogieron la maquinaria de la muerte de los campos de exterminio —Chelmno, Sobibor, Treblinka, Auschwitz, Belzec— y el gueto de Varsovia, arrasado tras la sublevación. Prescinde Lanzmann de cualquier refuerzo emocional mediante una banda sonora, para no interferir en la minuciosa reconstrucción de los hechos que aportan los entrevistados.
Y sobre todo, en la más llamativa y debatida de sus decisiones, prescinde por completo de imágenes de archivo, porque «hay cosas que no se puede o no se debe representar». Su visión está, por lo tanto, en las antípodas de la emotividad a flor de piel de La lista de Schindler de Spielberg. Filmin presenta la versión restaurada dividida en diez capítulos de aproximadamente una hora cada uno.
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