Charla sobre el otro lado del fútbol

Pues sí (digámoslo ahora que terminó el famoso Mundial), a algunos, pobres de nosotros, no nos gusta el fútbol. Y sé que hay gente culta futbolera y, para demostrar mi respeto, contaré que mis padres fueron socios y forofos del Real Madrid. Yo a veces le decía a mamá, ya mayor: «Mi querida, a ti no te gusta el fútbol —un Valencia-Zaragoza no lo veías—; te gusta el Real y la selección nacional». Pero eso es otra historia… Si digo y repito que no me gusta el fútbol, vengo a decir (se supone) que cierto juego de balón y pie y goles y regateo no me logra encantar, pero creo hablar de un juego, nacido en Inglaterra como el golf. ¿Cree alguien hoy que el fútbol, crecido hasta lo delirante, es nada más que un juego? ¿O hablamos de política, de honor, de puro y duro nacionalismo, entre otras cosas? En el fútbol actual hay mucho más que un juego y mucho más que un deporte. Si de puro juego habláramos, Argentina —mal que bien— habría aceptado su derrota ante España, pero el presidente Milei (ya sabemos, un tanto bronco) ha declarado: «Nos tienen envidia», y hasta, leí, se recogen firmas para pedir un nuevo partido final, suponiendo árbitros comprados o cosas del estilo. No, en verdad todos esos argentinos que idolatran a Maradona y a Messi piensan y supuran patrioterismo y un honor nacional ubicado en lugar indebido. He oído: «Soy argentino, del país de Messi». Se cae el alma a los pies, ¿no pudo decir del país de los gauchos, del tango, de Gardel, del asado, de Lugones o de Borges? No, generalmente —ya hablé de excepciones— la tropa futbolera no es culta y, cuando habla del balompié, se ciega. En Roma hubo «pan y circo» para calmar y tener entretenida a la plebe; en España, antes (título de Ramón Pérez de Ayala, gran prosista), «pan y toros»; hoy día y en casi todas partes hay «pan y fútbol». En los largos días del Mundial, ¿no fueron el fútbol y sus chicos la parte del león absoluta? El fútbol dista mucho de ser solo un juego.

Una de las cosas que me gustan menos es la ecuación fútbol-política. El Parlamento de Cataluña no recibe a la selección de España, y da pena oírselo al bobo del señor Illa, que fue ministro del Estado que ahora debe eludir. A los jugadores catalanes de la selección —tal el joven y leal Cubarsí— ahora la horda independentista, en su larga parte bruta, les negará el saludo, el pan y la sal. No se trata de fútbol, obvio, sino de nuestra enconada y cerril contienda política. Nuestras chapuzas domésticas que no quieren una nación grande con respeto a todos. No, nuestros independentistas prefieren ser lituanos. ¡Pena! La selección (como todas las otras) debía cuidar y ventilar y salvaguardar nuestro honor patrio; el deporte iría después. El partido Francia-Marruecos terminó en batallas campales por París, lleno de magrebíes. Francia no debía perder —se acuerdan, es un juego— ante sus excolonias, aunque la selección marroquí estuviera al 90% formada por jugadores oriundos nacidos en la patria gala. Trump no dijo mucho sobre el juego de EEUU porque, pese a todo, el soccer (término surgido en Inglaterra) no es el deporte rey del país, todavía. Los futbolistas raramente y por fortuna se meten en política (bastante tienen con sus novias modelos y sus pelucos de oro macizo) y hay de verdad que agradecérselo, porque si ellos entraran en política, adiós Sánchez, Ayuso o quien fuera. Ellos ganarían. ¿Se imaginan a Lamine Yamal ministro de Exteriores? A lo mejor lo hacía mejor que el bueno de Albares, me soplan. En realidad, hacen muy bien en no recibir a la selección en el Parlamento catalán, pero no por insana política, sino porque el juego del fútbol —el juego— no pinta nada en los parlamentos, y porque ganen o pierdan las selecciones o los equipos, eso nada debiera afectar al vivir nacional en cuanto tal. Pero ¡naturalmente que afecta! Las masas que mueve el fútbol —a alto nivel— no las mueve hoy por hoy nada más en nuestro mundo. ¿Acaso un concierto de Bad Bunny o de Shakira? Lo escribió Lope de Vega para justificar la escritura de sus comedias más flojitas: «Como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto…» (Arte nuevo de hacer comedias). Sí, todo clarito, como el fútbol, que entre patadas y driblar parece resolverlo todo, ello sí, entre peleas y dicterios de los hinchas. Cortina, escudo y humareda para tapar o solventar todo, el fútbol ocupa hoy un desproporcionado papel en nuestro feo mundo. Antiguas glorias como Di Stéfano no tuvieron ni la mitad de la mitad de la pasta que maneja hoy —y ya está retirado— Sergio Ramos, y es un mero ejemplo.

Y si la vinculación transversal con la política afea al fútbol (pero lo quiere el vulgo), ¿qué diremos del dineral corsario que ganan las grandes estrellas por juego, publicidad y otras gabelas? A Ronaldo —ya hace años— lo multó Hacienda con dos millones de euros, creo recordar. Obvio, los pagó al día siguiente, una bagatela. No defraudó; sería el error nimio de uno de sus contables. A mí a veces me da vergüenza ver que grandes médicos o investigadores oncológicos, es un decir (por no nombrar la pobretería de tantos artistas), no lleguen en medios a Messi, Bellingham o al propio Yamal ya, ni a la suela del zapato. Pero los futbolistas son multimillonarios porque lo paga el vulgo. Así es que, chitón, puro mercado. El fútbol solo secundariamente es un juego; en muchos momentos se vuelve el espejo deformante de nuestra sociedad ignara y empobrecida.

 Pues sí (digámoslo ahora que terminó el famoso Mundial), a algunos, pobres de nosotros, no nos gusta el fútbol. Y sé que hay gente culta futbolera  

Pues sí (digámoslo ahora que terminó el famoso Mundial), a algunos, pobres de nosotros, no nos gusta el fútbol. Y sé que hay gente culta futbolera y, para demostrar mi respeto, contaré que mis padres fueron socios y forofos del Real Madrid. Yo a veces le decía a mamá, ya mayor: «Mi querida, a ti no te gusta el fútbol —un Valencia-Zaragoza no lo veías—; te gusta el Real y la selección nacional». Pero eso es otra historia… Si digo y repito que no me gusta el fútbol, vengo a decir (se supone) que cierto juego de balón y pie y goles y regateo no me logra encantar, pero creo hablar de un juego, nacido en Inglaterra como el golf. ¿Cree alguien hoy que el fútbol, crecido hasta lo delirante, es nada más que un juego? ¿O hablamos de política, de honor, de puro y duro nacionalismo, entre otras cosas? En el fútbol actual hay mucho más que un juego y mucho más que un deporte. Si de puro juego habláramos, Argentina —mal que bien— habría aceptado su derrota ante España, pero el presidente Milei (ya sabemos, un tanto bronco) ha declarado: «Nos tienen envidia», y hasta, leí, se recogen firmas para pedir un nuevo partido final, suponiendo árbitros comprados o cosas del estilo. No, en verdad todos esos argentinos que idolatran a Maradona y a Messi piensan y supuran patrioterismo y un honor nacional ubicado en lugar indebido. He oído: «Soy argentino, del país de Messi». Se cae el alma a los pies, ¿no pudo decir del país de los gauchos, del tango, de Gardel, del asado, de Lugones o de Borges? No, generalmente —ya hablé de excepciones— la tropa futbolera no es culta y, cuando habla del balompié, se ciega. En Roma hubo «pan y circo» para calmar y tener entretenida a la plebe; en España, antes (título de Ramón Pérez de Ayala, gran prosista), «pan y toros»; hoy día y en casi todas partes hay «pan y fútbol». En los largos días del Mundial, ¿no fueron el fútbol y sus chicos la parte del león absoluta? El fútbol dista mucho de ser solo un juego.

Una de las cosas que me gustan menos es la ecuación fútbol-política. El Parlamento de Cataluña no recibe a la selección de España, y da pena oírselo al bobo del señor Illa, que fue ministro del Estado que ahora debe eludir. A los jugadores catalanes de la selección —tal el joven y leal Cubarsí— ahora la horda independentista, en su larga parte bruta, les negará el saludo, el pan y la sal. No se trata de fútbol, obvio, sino de nuestra enconada y cerril contienda política. Nuestras chapuzas domésticas que no quieren una nación grande con respeto a todos. No, nuestros independentistas prefieren ser lituanos. ¡Pena! La selección (como todas las otras) debía cuidar y ventilar y salvaguardar nuestro honor patrio; el deporte iría después. El partido Francia-Marruecos terminó en batallas campales por París, lleno de magrebíes. Francia no debía perder —se acuerdan, es un juego— ante sus excolonias, aunque la selección marroquí estuviera al 90% formada por jugadores oriundos nacidos en la patria gala. Trump no dijo mucho sobre el juego de EEUU porque, pese a todo, el soccer (término surgido en Inglaterra) no es el deporte rey del país, todavía. Los futbolistas raramente y por fortuna se meten en política (bastante tienen con sus novias modelos y sus pelucos de oro macizo) y hay de verdad que agradecérselo, porque si ellos entraran en política, adiós Sánchez, Ayuso o quien fuera. Ellos ganarían. ¿Se imaginan a Lamine Yamal ministro de Exteriores? A lo mejor lo hacía mejor que el bueno de Albares, me soplan. En realidad, hacen muy bien en no recibir a la selección en el Parlamento catalán, pero no por insana política, sino porque el juego del fútbol —el juego— no pinta nada en los parlamentos, y porque ganen o pierdan las selecciones o los equipos, eso nada debiera afectar al vivir nacional en cuanto tal. Pero ¡naturalmente que afecta! Las masas que mueve el fútbol —a alto nivel— no las mueve hoy por hoy nada más en nuestro mundo. ¿Acaso un concierto de Bad Bunny o de Shakira? Lo escribió Lope de Vega para justificar la escritura de sus comedias más flojitas: «Como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto…» (Arte nuevo de hacer comedias). Sí, todo clarito, como el fútbol, que entre patadas y driblar parece resolverlo todo, ello sí, entre peleas y dicterios de los hinchas. Cortina, escudo y humareda para tapar o solventar todo, el fútbol ocupa hoy un desproporcionado papel en nuestro feo mundo. Antiguas glorias como Di Stéfano no tuvieron ni la mitad de la mitad de la pasta que maneja hoy —y ya está retirado— Sergio Ramos, y es un mero ejemplo.

Y si la vinculación transversal con la política afea al fútbol (pero lo quiere el vulgo), ¿qué diremos del dineral corsario que ganan las grandes estrellas por juego, publicidad y otras gabelas? A Ronaldo —ya hace años— lo multó Hacienda con dos millones de euros, creo recordar. Obvio, los pagó al día siguiente, una bagatela. No defraudó; sería el error nimio de uno de sus contables. A mí a veces me da vergüenza ver que grandes médicos o investigadores oncológicos, es un decir (por no nombrar la pobretería de tantos artistas), no lleguen en medios a Messi, Bellingham o al propio Yamal ya, ni a la suela del zapato. Pero los futbolistas son multimillonarios porque lo paga el vulgo. Así es que, chitón, puro mercado. El fútbol solo secundariamente es un juego; en muchos momentos se vuelve el espejo deformante de nuestra sociedad ignara y empobrecida.

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