BTS: mucha comunidad y poca entrega

Arirang es la canción folclórica más conocida de Corea, inscrita por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial, y sobrevive hoy en más de sesenta variantes regionales y miles de versiones documentadas. Fue un símbolo de resistencia durante la ocupación japonesa, acompaña ceremonias oficiales en las dos Coreas y sonó, entre otros momentos, en los desfiles conjuntos de atletas norcoreanos y surcoreanos en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 y PyeongChang 2018, bajo la bandera de la unificación. La variante más difundida, la Bonjo Arirang, gira alrededor de alguien que cruza un puerto de montaña mientras otra persona permanece atrás. La separación, la despedida y la esperanza del reencuentro son también el punto de partida de la nueva etapa de BTS. El grupo usa precisamente una muestra de Bonjo Arirang en Body to Body, la canción que abre su nuevo álbum, Arirang, el primero publicado tras el paréntesis del servicio militar obligatorio de sus siete integrantes. Cuatro años después de su última actividad continuada como grupo, BTS volvió anoche a los escenarios europeos con la primera de las dos fechas previstas en el Estadio Metropolitano de Madrid, su primer concierto en la ciudad.

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 El grupo surcoreano abrió en el Metropolitano la primera de sus dos fechas madrileñas de la gira ‘Arirang’ y dejó un espectáculo vacío de contenido  

Arirang es la canción folclórica más conocida de Corea, inscrita por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial, y sobrevive hoy en más de sesenta variantes regionales y miles de versiones documentadas. Fue un símbolo de resistencia durante la ocupación japonesa, acompaña ceremonias oficiales en las dos Coreas y sonó, entre otros momentos, en los desfiles conjuntos de atletas norcoreanos y surcoreanos en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 y PyeongChang 2018, bajo la bandera de la unificación. La variante más difundida, la Bonjo Arirang, gira alrededor de alguien que cruza un puerto de montaña mientras otra persona permanece atrás. La separación, la despedida y la esperanza del reencuentro son también el punto de partida de la nueva etapa de BTS. El grupo usa precisamente una muestra de Bonjo Arirang en Body to Body, la canción que abre su nuevo álbum, Arirang, el primero publicado tras el paréntesis del servicio militar obligatorio de sus siete integrantes. Cuatro años después de su última actividad continuada como grupo, BTS volvió anoche a los escenarios europeos con la primera de las dos fechas previstas en el Estadio Metropolitano de Madrid, su primer concierto en la ciudad.

Desde su debut en 2013, BTS se ha convertido en el grupo más exitoso de la historia del K-pop y en uno de los fenómenos más relevantes de la cultura popular contemporánea. Formado por RM, Jin, Suga, J-Hope, Jimin, V y Jung Kook, el septeto fue el primer artista coreano en alcanzar el número uno del Billboard Hot 100, en encabezar de forma recurrente el Billboard 200 y en llenar estadios como Wembley. Su influencia ha desbordado lo musical: en 2021, los siete recibieron pasaportes diplomáticos del Gobierno surcoreano para acudir a la Asamblea General de la ONU, y un año antes su comunidad de seguidores, ARMY, ocupó titulares internacionales al coordinarse en TikTok para reventar la asistencia a un mitin de Donald Trump en Tulsa. Sus dos últimos éxitos antes del retiro, Dynamite y Butter, afianzaron su presencia en el mercado anglosajón con repertorios íntegramente en inglés. Arirang da un volantazo de 180 grados: deja atrás la lógica de adaptación cultural de buena parte de su expansión global para colocar la tradición coreana en el centro, una forma de neofolclorismo donde repertorios antiguos, símbolos históricos, producción digital y cultura de estadio conviven. El grupo que durante una década fue la cara más internacional de Corea del Sur regresa a las raíces que ayudó a proyectar por el mundo.

Esa es la promesa del disco. No obstante, el directo la desmiente casi entera. Antes de que el grupo aparezca, una pantalla enseña al público a encender la vara luminosa oficial (el lightstick que casi todos sostienen y que convierte el graderío en un único tapiz de luz). La comunión, en un concierto de BTS, viene programada de fábrica. Lo que llega después rebaja el resto del relato: no hay orquesta tradicional ni banda en directo, y la mezcla es poco más que una base estéreo sobre la que se canta… y no siempre se canta. El escenario, diáfano, ovalado y clavado en el centro del campo, con cuatro rampas hacia las esquinas, se vuelve desolador en cuanto uno aparta la vista de unas pantallas que lo ocupan todo.

La primera mitad del repertorio se apoya en el material nuevo (Hooligan, Aliens, SWIM, Merry Go Round, 2.0, NORMAL) y reordena luego los grandes éxitos (Fake Love, Not Today, Mic Drop, Fire, Idol). La coreografía, durante años el mayor argumento del grupo y de la industria que lo rodea, aparece racionada para momentos puntuales (Run BTS, Mic Drop, Dynamite). El resto del tiempo, los siete se limitan a recorrer las rampas. Medio centenar de bailarines asoma en contadas ocasiones. La única concesión clara a la coreanidad anunciada dura unos segundos: en un momento, los bailarines dibujan con sus cuerpos la bandera de Corea del Sur. Lo demás es un concierto de estadio genérico y, para su escala, llamativamente pobre.

Nada de eso es lo más revelador. La distancia, sí. Si algo distingue a BTS es la entrega de su público, de todas las edades (la idea de que ARMY es solo cosa de adolescentes se cae en cuanto uno mira alrededor). A cambio recibe una cercanía de atrezo. Los miembros salen de entre la gente hacia el escenario al inicio y en los dos interludios, y otra vez en Body to Body, cuando recorren el perímetro del estadio escoltados por seguridad y por un equipo que ondea banderas LED. Apenas chocan una mano. Prefieren saludar a las gradas altas antes que a quienes tienen al lado. Habían dejado entrar a algunos fans a la prueba de sonido; en el concierto, esa cercanía desaparece.

El momento que debía cerrar el círculo, Body to Body, donde el disco samplea Arirang, queda rebajado a una vuelta de honor: la muestra en coreano (que hace un año la mayoría no reconocía y que anoche se cantó de punta a punta del estadio) suena sobre la misma base que todo lo demás. Tras Butter y Dynamite llega el tramo que cambia cada noche: en cada concierto el grupo rescata dos canciones distintas de su catálogo. En Madrid cayeron Airplane Pt.2 (2018) y Outro: Wings (2016). Poco antes hablan en coreano y, en uno de los momentos más marcianos de la noche, una traductora lo pasa a un español que no domina del todo: durante unos minutos, el mayor grupo de pop del planeta y sus seguidores madrileños se entienden a medias, a través de alguien que tampoco. Da igual: el fervor del público aguanta eso y mucho más. Please e Into the Sun cierran la noche.

En el concierto de BTS las pantallas mandan porque el concierto está pensado para verse luego en otra pantalla. Aun así, la desproporción cuesta pasarla por alto. Corea del Sur exporta su cultura como política de Estado desde hace dos décadas, y BTS es su producto más visible. Así, el folclore funciona aquí como patrimonio reciclado, una etiqueta de origen estampada sobre la misma maquinaria que cualquier otra gira. Arirang contaba una despedida en un puerto de montaña: alguien que cruza y alguien que permanece atrás, esperando. Anoche la banda no llegó a despedirse del público; para despedirse, antes hay que haberse acercado.

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