Todos los relatos de Benjamín Labatut (Rotterdam, 1980), reunidos por Anagrama en La Antártica empieza aquí, un sobrio volumen que es, al mismo tiempo, un rescate editorial y un descubrimiento, plantean de entrada un misterio, una suerte de vacío, y nos arrastran, con mayor o menor fortuna, hacia su desenlace. Pero rara vez terminan exactamente con un cierre, sino enunciando otra incógnita. Labatut publicó la primera versión de estos cuentos, su debut literario, hace 16 años en Alfaguara (México). Nadie lo conocía y, por supuesto, no fue nada leído. Lo natural en el caso de un escritor periférico —nacido en Holanda, criado entre Buenos Aires y Chile, hablante de español— es que, salvo la familia y algunos amigos, y a veces ni siquiera eso, casi nadie le haga caso.
El anonimato, sin embargo, fue su mejor fuego. La Antártica fue concebido como puro material pirotécnico: Labatut, que lo ha vuelto a escribir para esta nueva edición, en una especie de autoenmienda, pensaba que no volvería a escribir más. Su método no fue muy sofisticado: extrajo de su entorno —amigos, lecturas, ambientes—, que es lo que tenía más a mano, historias sobre personajes que, en buena medida, nacen a partir de figuras reales, pero terminan convirtiéndose en otra cosa. Su literatura versa sobre estas formas de tránsito que, en determinados casos, acaban en desgracias.
El proceso de metamorfosis incluye al propio autor, que bebió de su biografía y de sus lecturas en esta primera obra de creación. Ambas cosas, su carácter y sus obsesiones, están presentes en estas seis historias (una menos que la primera edición), que regresan a las librerías al calor del éxito crítico y de ventas —sobre todo gracias a su traducción al inglés— de dos obras posteriores: Un verdor terrible y MANIAC, en las que aborda, con un enfoque que combina la narración y el ensayo, las tormentosas inquietudes provocadas por la tecnología y los hallazgos de la ciencia.
Si estos dos asuntos han cambiado por completo nuestra percepción del mundo, en La Antártica la alteración que viven los personajes todavía no ha abandonado los carriles convencionales. Obedece a causas prosaicas —el azar, la casualidad, un encuentro o un delirio súbito— y deviene en atmósferas místicas, que en este caso se encarnan en la geografía del Polo Sur, el gran continente helado, a partir del cual se relatan distintas escenas y estados de ánimo mentales no muy alejados de la fascinante locura.
El cuento que da título al volumen, sin duda el más logrado, da cuenta de los avatares de una expedición de militares chilenos al sur austral. Otro relata los delirios de una mujer con psoriasis —Labatut padece esta dolencia e, igual que el narrador del primer cuento, trabajó como periodista— y un tercero retrata a un músico de jazz (inspirado en la figura de Bebo Valdés) que se convierte en un acostado. Atmósferas oscuras, un estilo eficaz e inmediato y un inequívoco aire bolañesco (muchos de los motivos y los personajes de este Labatut temprano son poetas) dan músculo al universo narrativo del autor chileno, que explora situaciones límite y describe la vida de sus criaturas como un naufragio entre el orden y el caos, vistas con una mirada con evidentes reverberaciones distópicas, alejadas del realismo.
Normalidad inquietante
Labatut es visual y metafórico. Onírico. Bizarro. Extrañamente familiar y, en algunos pasajes, desasosegante. Sobre sus capacidades narrativas no hay debate: sabe sugerir en vez de proclamar, muestra más que dice y usa la elipsis para huir del excesivo detallismo. A pesar de que las historias que componen este bestiario tienen referentes literarios evidentes —desde Conrad a Borges, pasando por Onetti y Bolaño— la mirada del escritor chileno parece perseguir, aunque sin usar la oralidad creativa, uno de los objetivos de los relatos de Cortázar: mostrar, a través de la ficción, ese lado asombroso, abyecto o inquietantemente extraño de la realidad cotidiana. Esa parte de lo que sabemos que, sin embargo, no conocemos del todo.
Este desajuste en la percepción de las cosas es el venero que ayuda a Labatut a explorar, a través de la escritura, un universo de normalidad inquietante, tensión dramática y suspense que emerge de forma silenciosa, pero también rotunda. La mayoría de sus personajes se ven inmersos en situaciones extremas. Por eso recuerdan mucho a las criaturas del argentino Horacio Quiroga: seres de frontera, apenas a un mal paso de distancia de la locura. Los miedos, por supuesto, no son idénticos a los que obsesionaron al autor de Los desterrados, situados en la tórrida selva de Misiones.
Labatut escribe sobre los temores contemporáneos, pero usando demonios semejantes: la desconcertante banalidad de la locura, los estrechos límites de la cordura o la asombrosa gratuidad de la muerte. Labatut, sobre todo, brilla como escritor atmosférico. Tiene mucho talento para el retrato de los fantasmas y da mucha menos importancia a las tramas. Las peripecias de sus libros, concebidas con una fértil ambigüedad, siempre están al servicio de la ambientación. Y esta nos habla de un universo frío y desolado. Del mundo que imaginamos. Del espacio inseguro que habitamos. De todas esas cosas que están a nuestro alcance y lejos de nuestra comprensión.
Todos los relatos de Benjamín Labatut (Rotterdam, 1980), reunidos por Anagrama en La Antártica empieza aquí, un sobrio volumen que es, al mismo tiempo, un rescate
Todos los relatos de Benjamín Labatut (Rotterdam, 1980), reunidos por Anagrama en La Antártica empieza aquí, un sobrio volumen que es, al mismo tiempo, un rescate editorial y un descubrimiento, plantean de entrada un misterio, una suerte de vacío, y nos arrastran, con mayor o menor fortuna, hacia su desenlace. Pero rara vez terminan exactamente con un cierre, sino enunciando otra incógnita. Labatut publicó la primera versión de estos cuentos, su debut literario, hace 16 años en Alfaguara (México). Nadie lo conocía y, por supuesto, no fue nada leído. Lo natural en el caso de un escritor periférico —nacido en Holanda, criado entre Buenos Aires y Chile, hablante de español— es que, salvo la familia y algunos amigos, y a veces ni siquiera eso, casi nadie le haga caso.
El anonimato, sin embargo, fue su mejor fuego. La Antártica fue concebido como puro material pirotécnico: Labatut, que lo ha vuelto a escribir para esta nueva edición, en una especie de autoenmienda, pensaba que no volvería a escribir más. Su método no fue muy sofisticado: extrajo de su entorno —amigos, lecturas, ambientes—, que es lo que tenía más a mano, historias sobre personajes que, en buena medida, nacen a partir de figuras reales, pero terminan convirtiéndose en otra cosa. Su literatura versa sobre estas formas de tránsito que, en determinados casos, acaban en desgracias.
El proceso de metamorfosis incluye al propio autor, que bebió de su biografía y de sus lecturas en esta primera obra de creación. Ambas cosas, su carácter y sus obsesiones, están presentes en estas seis historias (una menos que la primera edición), que regresan a las librerías al calor del éxito crítico y de ventas —sobre todo gracias a su traducción al inglés— de dos obras posteriores: Un verdor terrible y MANIAC, en las que aborda, con un enfoque que combina la narración y el ensayo, las tormentosas inquietudes provocadas por la tecnología y los hallazgos de la ciencia.
Si estos dos asuntos han cambiado por completo nuestra percepción del mundo, en La Antártica la alteración que viven los personajes todavía no ha abandonado los carriles convencionales. Obedece a causas prosaicas —el azar, la casualidad, un encuentro o un delirio súbito— y deviene en atmósferas místicas, que en este caso se encarnan en la geografía del Polo Sur, el gran continente helado, a partir del cual se relatan distintas escenas y estados de ánimo mentales no muy alejados de la fascinante locura.
El cuento que da título al volumen, sin duda el más logrado, da cuenta de los avatares de una expedición de militares chilenos al sur austral. Otro relata los delirios de una mujer con psoriasis —Labatut padece esta dolencia e, igual que el narrador del primer cuento, trabajó como periodista— y un tercero retrata a un músico de jazz (inspirado en la figura de Bebo Valdés) que se convierte en un acostado. Atmósferas oscuras, un estilo eficaz e inmediato y un inequívoco aire bolañesco (muchos de los motivos y los personajes de este Labatut temprano son poetas) dan músculo al universo narrativo del autor chileno, que explora situaciones límite y describe la vida de sus criaturas como un naufragio entre el orden y el caos, vistas con una mirada con evidentes reverberaciones distópicas, alejadas del realismo.
Labatut es visual y metafórico. Onírico. Bizarro. Extrañamente familiar y, en algunos pasajes, desasosegante. Sobre sus capacidades narrativas no hay debate: sabe sugerir en vez de proclamar, muestra más que dice y usa la elipsis para huir del excesivo detallismo. A pesar de que las historias que componen este bestiario tienen referentes literarios evidentes —desde Conrad a Borges, pasando por Onetti y Bolaño— la mirada del escritor chileno parece perseguir, aunque sin usar la oralidad creativa, uno de los objetivos de los relatos de Cortázar: mostrar, a través de la ficción, ese lado asombroso, abyecto o inquietantemente extraño de la realidad cotidiana. Esa parte de lo que sabemos que, sin embargo, no conocemos del todo.
Este desajuste en la percepción de las cosas es el venero que ayuda a Labatut a explorar, a través de la escritura, un universo de normalidad inquietante, tensión dramática y suspense que emerge de forma silenciosa, pero también rotunda. La mayoría de sus personajes se ven inmersos en situaciones extremas. Por eso recuerdan mucho a las criaturas del argentino Horacio Quiroga: seres de frontera, apenas a un mal paso de distancia de la locura. Los miedos, por supuesto, no son idénticos a los que obsesionaron al autor de Los desterrados, situados en la tórrida selva de Misiones.
Labatut escribe sobre los temores contemporáneos, pero usando demonios semejantes: la desconcertante banalidad de la locura, los estrechos límites de la cordura o la asombrosa gratuidad de la muerte. Labatut, sobre todo, brilla como escritor atmosférico. Tiene mucho talento para el retrato de los fantasmas y da mucha menos importancia a las tramas. Las peripecias de sus libros, concebidas con una fértil ambigüedad, siempre están al servicio de la ambientación. Y esta nos habla de un universo frío y desolado. Del mundo que imaginamos. Del espacio inseguro que habitamos. De todas esas cosas que están a nuestro alcance y lejos de nuestra comprensión.
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