Javier Marías y los rastros de una vida sin pena ni olvido

Primera certeza: Javier Marías Franco (1951-2022) está muerto. Se fue hace ahora cuatro años. De repente. Sin avisar. Su tumba, situada en el cementerio sacramental de San Isidro —la prosa burocrática lo sitúa en el Paseo de la Ermita del Santo—, es una formalísima sepultura de granito gris, para que resista el deterioro del tiempo y la corrosión de la lluvia y el calor, con una cabecera de mármol negro, hecha al modo de las cubiertas de los libros de su editorial —Reino de Redonda—, que evoca su efímera monarquía y reproduce el lema latino (ride si sapis) de su dominio insular.

Segunda convicción: Marías (Javier) está vivo, del mismo modo que también lo están otros grandes escritores que persisten y subsisten, aunque sea en términos simbólicos, gracias a sus libros. Casi un lustro después de su deceso, causado por una neumonía bilateral, Alfaguara, el sello que lo acogió cuando rompió relaciones con su primer editor, Jorge Herralde, el antiguo propietario de Anagrama, por una disputa por las liquidaciones de sus libros, publica un volumen póstumo —Aquí me paro— cuyo título se debe a su viuda (la editora Carmen Mercader, que cerró el catálogo de Redonda con una hermosa elegía sobre su ausencia) y que reúne, de forma ordenada y por temas, una gavilla de algo más de 60 textos menores, escritos como prólogos, artículos, apuntes autobiográficos y ensayos breves, distribuidos en siete caras que dan fe de su carácter —y, por tanto, hablan de su estilo— y nos recuerdan la sucesión de asuntos a los que, como escritor, dedicó parte de su atención, al margen de sus propias novelas.

Algunas piezas, datadas en las dos primeras décadas de este siglo, fueron publicadas en periódicos, suplementos culturales y revistas literarias. Otras sirvieron como nobles atrios para libros ajenos bajo la forma de prefacios, prólogos y traducciones (ese arduo oficio sin beneficio y sine nobilitate que tanto quiso). 12 de ellos encabezaron las ediciones extranjeras de sus novelas (nunca se han publicado antes en español) y un par de los restantes son los más altos ejemplos de su excelente prosa oratoria (conferencias e intervenciones públicas). La editora del volumen, Inés Blanca, explica en la presentación que la idea de esta miscelánea fue una de las últimas tareas de Marías, que no llegaría nunca a culminar.

Se trata de una confidencia innecesaria: un libro hecho de fragmentos y divertimentos, que sin duda debió de entretener al escritor madrileño y divierte también a sus lectores; siempre es una obra artificiosa, incluso cuando se plantea, como en este caso, como un recorrido (panorámico) por las variantes de su escritura, que brilla sobre todo en los pasajes autobiográficos —hay confesiones discretas y elegantes sobre pretéritos recuerdos familiares y lances de juventud, como sus años en París en el refugio de la casa de su tío, el cineasta Jess Franco— y en los retratos literarios, donde medita sobre el oficio de escribir y la creación narrativa.

El libro contiene, in nuce, el esbozo de un hipotético canon Marías. En él aparecen William Shakespeare (coautor de los títulos de sus novelas), Joseph Conrad (a cuenta de una disquisición sobre el miedo que siempre tuvo a los aviones), Faulkner, Joyce, Nabokov o Sterne, pero también Cervantes, Machado y Quevedo, por citar autores de la tradición hispánica.

Independencia intelectual

En Aquí me paro hay un poco de todos los Marías posibles: el devoto aficionado al fútbol, el persistente cinéfilo, con clara predilección por las películas clásicas de Hollywood y los legendarios westerns de John Ford, el sagaz e independiente articulista —crítico con los nacionalismos y severo con la corrección política— y piezas de homenaje, obituario y celebración de amigos y maestros ausentes. También, por supuesto, algunas notas sobre su ficticio linaje aristocrático como Xavier I, King of Redonda.

Alfaguara ha querido cerrar el libro con un apéndice donde reproduce de forma íntegra su escrito de rechazo del Premio Nacional de Literatura, logrado por Los enamoramientos, que es todo un ejemplo de autonomía e independencia intelectual. Aunque nosotros hubiéramos preferido situar, a modo de colofón, el excepcional discurso de ingreso del escritor en la Real Academia de la Lengua —respondido, con sorna, por el difunto Francisco Rico, el sabio tabacón, como lo llama su dilecto discípulo Luis Gómez Canseco, ilustre y glorioso catedrático de Literatura en Huelva— sobre la dificultad y la imposibilidad de contar nada de forma fiel a la realidad.

Toda la literatura de Marías está condensada en esta extraordinaria pieza retórica que, hecha al modo British, pero sin dejar de ser profundamente española, combina la distancia, el humor, el absurdo y la melancolía con la seriedad del arte de contar mentiras, un pasatiempo inútil que —escribió el novelista madrileño— en el fondo es una tarea vana que no sirve para nada.

Marías, instalado para siempre en su zona fantasma, después de escribir tanto sobre los puentes imaginarios entre el universo de los muertos y la burbuja en la que habitamos los vivos, residente pleno en la inmortalidad, nos regala estos rastros de una vida sin pena ni olvido —como el tango— desde la dudosa oscuridad del presunto más allá, ese mundo gemelo al nuestro que a todos nos espera en un recodo del cammin di nostra vita.

 Primera certeza: Javier Marías Franco (1951-2022) está muerto. Se fue hace ahora cuatro años. De repente. Sin avisar. Su tumba, situada en el cementerio sacramental de  

Primera certeza: Javier Marías Franco (1951-2022) está muerto. Se fue hace ahora cuatro años. De repente. Sin avisar. Su tumba, situada en el cementerio sacramental de San Isidro —la prosa burocrática lo sitúa en el Paseo de la Ermita del Santo—, es una formalísima sepultura de granito gris, para que resista el deterioro del tiempo y la corrosión de la lluvia y el calor, con una cabecera de mármol negro, hecha al modo de las cubiertas de los libros de su editorial —Reino de Redonda—, que evoca su efímera monarquía y reproduce el lema latino (ride si sapis) de su dominio insular.

Segunda convicción: Marías (Javier) está vivo, del mismo modo que también lo están otros grandes escritores que persisten y subsisten, aunque sea en términos simbólicos, gracias a sus libros. Casi un lustro después de su deceso, causado por una neumonía bilateral, Alfaguara, el sello que lo acogió cuando rompió relaciones con su primer editor, Jorge Herralde, el antiguo propietario de Anagrama, por una disputa por las liquidaciones de sus libros, publica un volumen póstumo —Aquí me paro— cuyo título se debe a su viuda (la editora Carmen Mercader, que cerró el catálogo de Redonda con una hermosa elegía sobre su ausencia) y que reúne, de forma ordenada y por temas, una gavilla de algo más de 60 textos menores, escritos como prólogos, artículos, apuntes autobiográficos y ensayos breves, distribuidos en siete caras que dan fe de su carácter —y, por tanto, hablan de su estilo— y nos recuerdan la sucesión de asuntos a los que, como escritor, dedicó parte de su atención, al margen de sus propias novelas.

Algunas piezas, datadas en las dos primeras décadas de este siglo, fueron publicadas en periódicos, suplementos culturales y revistas literarias. Otras sirvieron como nobles atrios para libros ajenos bajo la forma de prefacios, prólogos y traducciones (ese arduo oficio sin beneficio y sine nobilitate que tanto quiso). 12 de ellos encabezaron las ediciones extranjeras de sus novelas (nunca se han publicado antes en español) y un par de los restantes son los más altos ejemplos de su excelente prosa oratoria (conferencias e intervenciones públicas). La editora del volumen, Inés Blanca, explica en la presentación que la idea de esta miscelánea fue una de las últimas tareas de Marías, que no llegaría nunca a culminar.

Se trata de una confidencia innecesaria: un libro hecho de fragmentos y divertimentos, que sin duda debió de entretener al escritor madrileño y divierte también a sus lectores; siempre es una obra artificiosa, incluso cuando se plantea, como en este caso, como un recorrido (panorámico) por las variantes de su escritura, que brilla sobre todo en los pasajes autobiográficos —hay confesiones discretas y elegantes sobre pretéritos recuerdos familiares y lances de juventud, como sus años en París en el refugio de la casa de su tío, el cineasta Jess Franco— y en los retratos literarios, donde medita sobre el oficio de escribir y la creación narrativa.

El libro contiene, in nuce, el esbozo de un hipotético canon Marías. En él aparecen William Shakespeare (coautor de los títulos de sus novelas), Joseph Conrad (a cuenta de una disquisición sobre el miedo que siempre tuvo a los aviones), Faulkner, Joyce, Nabokov o Sterne, pero también Cervantes, Machado y Quevedo, por citar autores de la tradición hispánica.

En Aquí me paro hay un poco de todos los Marías posibles: el devoto aficionado al fútbol, el persistente cinéfilo, con clara predilección por las películas clásicas de Hollywood y los legendarios westerns de John Ford, el sagaz e independiente articulista —crítico con los nacionalismos y severo con la corrección política— y piezas de homenaje, obituario y celebración de amigos y maestros ausentes. También, por supuesto, algunas notas sobre su ficticio linaje aristocrático como Xavier I, King of Redonda.

Alfaguara ha querido cerrar el libro con un apéndice donde reproduce de forma íntegra su escrito de rechazo del Premio Nacional de Literatura, logrado por Los enamoramientos, que es todo un ejemplo de autonomía e independencia intelectual. Aunque nosotros hubiéramos preferido situar, a modo de colofón, el excepcional discurso de ingreso del escritor en la Real Academia de la Lengua —respondido, con sorna, por el difunto Francisco Rico, el sabio tabacón, como lo llama su dilecto discípulo Luis Gómez Canseco, ilustre y glorioso catedrático de Literatura en Huelva— sobre la dificultad y la imposibilidad de contar nada de forma fiel a la realidad.

Toda la literatura de Marías está condensada en esta extraordinaria pieza retórica que, hecha al modo British, pero sin dejar de ser profundamente española, combina la distancia, el humor, el absurdo y la melancolía con la seriedad del arte de contar mentiras, un pasatiempo inútil que —escribió el novelista madrileño— en el fondo es una tarea vana que no sirve para nada.

Marías, instalado para siempre en su zona fantasma, después de escribir tanto sobre los puentes imaginarios entre el universo de los muertos y la burbuja en la que habitamos los vivos, residente pleno en la inmortalidad, nos regala estos rastros de una vida sin pena ni olvido —como el tango— desde la dudosa oscuridad del presunto más allá, ese mundo gemelo al nuestro que a todos nos espera en un recodo del cammin di nostra vita.

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