Alicia Giménez Bartlett: «Me apetecía muchísimo cargarme a un cura»

Bajando la Rambla de Camarón, Alicia Giménez Bartlett (Almansa, 1951) se fija en el busto de bronce que el Centro Cultural Gitano de La Mina erigió en el corazón del barrio en 1997, cinco años después de la muerte del cantaor en el cercano hospital de Badalona. «Ya nadie se acuerda de él», suspira la escritora ante el pequeño monumento, el único del barrio: «un homenaje a la esencia del arte gitano», reza la placa. A mediodía, La Mina aún se está desperezando y la mayoría de bares permanecen cerrados, como La Hacienda Nápoles, que luce el rostro de Pablo Escobar en su rótulo y una variación de su famoso ‘plata o plomo’: patata o lomo.

 En su nueva novela, ‘Bajo el cielo infernal’, Petra Delicado investiga el crimen de un jesuita en La Mina y cumple 30 años desde el primer caso que la convirtió en (prácticamente) la primera detective de las letras españolas.  

Bajando la Rambla de Camarón, Alicia Giménez Bartlett (Almansa, 1951) se fija en el busto de bronce que el Centro Cultural Gitano de La Mina erigió en el corazón del barrio en 1997, cinco años después de la muerte del cantaor en el cercano hospital de Badalona. «Ya nadie se acuerda de él», suspira la escritora ante el pequeño monumento, el único del barrio: «un homenaje a la esencia del arte gitano», reza la placa. A mediodía, La Mina aún se está desperezando y la mayoría de bares permanecen cerrados, como La Hacienda Nápoles, que luce el rostro de Pablo Escobar en su rótulo y una variación de su famoso ‘plata o plomo’: patata o lomo.

No son muchos los escritores que se pasean por aquí, uno de los suburbios más difíciles y estigmatizados de Barcelona: con sus casi 11.000 habitantes en menos de un kilómetro cuadrado, pertenece a la vecina pertenece a la vecina Sant Adrià de Besòs y casi representa un tercio del censo municipal. Pero Giménez Bartlett sí se acuerda de La Mina y ha ambientado en sus calles el último caso de la detective Petra Delicado, Bajo el cielo infernal (Destino). «Me apetecía muchísimo cargarme a un cura», sonríe mordaz la escritora que, de niña, estudió en un colegio de monjas de Tortosa, donde su padre ferroviario había sido destinado. «Parecía una cárcel y era absolutamente clasista. No tengo buen recuerdo. Aparte, yo era muy rebelde», recuerda en una mesa del bar El Taller.

A apenas tres calles está la Parroquia de Nuestra Señora de las Nieves, que podría ser la que Giménez Bartlett inventa en su ficción: ante la puerta de la iglesia aparece el cadáver de un jesuita con 10 navajazos. Le ha cogido el gusto a las puñaladas. En la novela de 2025, Una buena pieza, la víctima era un chef que aparecía muerto en un food-truck; esta vez le toca al hermano Santos. «Jesuitas y franciscanos realizan labores sociales en este tipo de barrios. Pero aquí no solo viven delincuentes, ¡caramba! Esto no es el Bronx«, se exclama Giménez Bartlett detrás de sus gafas de sol XL, muy a la italiana.

En los años 70, mientras el barrio se construía a toda prisa -y con los materiales más baratos- para realojar a los barraquistas, varios vecinos se hicieron famosos por sus atracos de película, el robo de coches y el dar tirones. Aquí vivieron El Vaquilla y El Torete, delincuentes juveniles encumbrados como estrellas por el cine quinqui. Cuando en 1976 el director José Antonio de la Loma rodó algunas escenas de su mítica película Perros Callejeros en estas calles, los habitantes acabaron echando al equipo de cine con concentraciones diarias al grito de «¡No somos perros callejeros!».

Alicia Giménez Bartlett en un banco de la Rambla de Camarón, con el busto del cantaor al fondo.
Alicia Giménez Bartlett en un banco de la Rambla de Camarón, con el busto del cantaor al fondo.GORKA LOINAZ / ARABA PRESS

Lejos de reforzar esos estereotipos de marginalidad y delincuencia, Giménez Bartlett dibuja un fresco equilibrado del barrio, dando voz a encantadoras vecinas como una feligresa de la Iglesia Evangélica o la octogenaria Mari Puri (será clave por su afición a la chafardería), que podrían ser cualquiera de las señoras sentadas a la sombra en la Rambla de Camarón, junto a unas jaulas con canarios. «Parece que todos los que vivimos en el barrio tenemos que ser sospechosos de algo», se queja el señor Donoso, que lleva una vida deslomándose en el puerto y con su tez curtida y su camiseta de tirantes parece «sacado de una película del neorrealismo italiano», escribe Bartlett. Son personajes de ficción, pero basados en vecinos reales con los que la escritora se entrevistó.

«Ya lo ves, físicamente son avenidas grandes, hay árboles, hace más fresquito que en la ciudad…», comenta Giménez Bartlett paseando entre los bloques de hormigón y chapa metálica. Pero en las esquinas se amontonan desechos, varias papeleras y contenedores están al límite y en los descampados que sirven de aparcamiento más de un coche tiene los cristales rotos. «Lo que necesita este barrio son más servicios. Igual si estuviera Maragall aún vivo arreaba con excavadoras, ponía parques y esto quedaba como Beverly Hills», dice Giménez Bartlett.

En su novela, Petra Delicado se enfada más cuando tiene que cruzar las hordas de turistas horteras e incívicos de La Rambla (la oficial, la de Barcelona) y se siente más incómoda en el Seminario Diocesano («donde les comen el coco, donde los machacan con la pureza, la castidad y todas esas barbaridades») que en sus incursiones en La Mina.

En Bajo el cielo infernal, Petra está muy enfadada y de luto: su marido se ha estrellado en un accidente de coche tras una bronca. El duelo atraviesa todo el libro. «Estaba jodida y jodidamente me comportaba», así lo resume Petra. «El duelo es un combate consigo misma», apunta la escritora, que también ha pasado por esa pérdida. Y manda a a Petra a un grupo de duelo, con algunas escenas bastante desternillantes. «Los recursos de cocinar o ver un partido de fútbol a Petra no le sirven. Y mucho menos los libros de autoayuda, que no hacen nada más que hundirte en la miseria», considera. El nombre-oxímoron de Petra Delicado toma aún más sentido: «Lo escogí por el contraste de piedra y fortaleza con el de vulnerabilidad», señala Giménez Bartlett.

Hace justo 30 años, Petra Delicado se convertía prácticamente en la primera detective de las letras españolas. «Solo existían dos detectives mujeres en la ficción: las que crearon Lourdes Ortiz y Maria Antònia Oliver en los años 70 y 80. Pero es que en la vida real solo había dos inspectoras en toda España», recuerda la escritora. «Tanto Petra como yo tuvimos muy buena acogida: el personaje suponía una novedad y mis colegas varones me recibieron muy bien. También hay que decir que la novela negra es un reducto amistoso entre los autores: no hay piques, ni egos tan pronunciados ni intentos de superioridad de uno contra otro. Existe una especie de hermandad criminal», sonríe. Petra Delicado, como tantas otras policías de carne y hueso, tuvo que abrirse camino en un mundo de hombres. «¿Que si sigue el machismo en la literatura? Cero. Y en la policía hay muchísimo menos», asegura Giménez-Bartlett.

«Lo que sí veo que ha cambiado en este tiempo es el humor, un ingrediente básico de la novela negra y que se está perdiendo. Agatha Christie resultaría aburrida a morir si no fuera por su ironía. El humor tiene que ser un flash, una situación, una mirada, no un splash. No hace falta que alguien se caiga ni que un personaje esté haciendo gracia continuamente». Solo con el humor se puede torear la aburrida corrección política. Un ejemplo marca Bartlett: «Cada vez que sale en televisión un reportaje de conventos, las únicas monjas españolas que aparecen tienen de cien años para arriba. Las jóvenes son todas sudamericanas o negras. Supongo que en sus países de origen no hay mucho que comer».

La escritora sonríe y matiza la frase del subinspector Garzón, el fiel escudero de Petra: «Es un exagerado. Garzón ve un cura a 500 metros y cambia de acera. Pero la Iglesia es una institución de 2.000 años y sabe muy bien ocultar todo lo que oculta… ¡El secreto de confesión sigue siendo inviolable por la judicatura!», se exclama con un punto de indignación, tal como si fuera su Petra.

Pero paseando por la Rambla de Camarón recupera su amplia sonrisa: «Aquí la brisa del mar es más fuerte». A apenas 400 metros, oculto tras el nudo de autopistas y vías de tren que cercan La Mina, se extiende el Mediterráneo. El mismo mar que vio nacer a Camarón de la Isla, que da nombre al corazón (y a la esencia) del barrio.

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