Hurgar en los recuerdos ajenos provoca algo similar a los vídeos de susurros y golpecitos de uñas contra el cristal: un cosquilleo en la base del cráneo que trepa hacia las orejas y nos deja aletargados, un poco más bobos pero mucho más felices, dónde va a parar.
Andaba sumergida en la habitación infantil de otro con varias generaciones a las espaldas cuando reparé en la tele. un armatoste de culo superlativo y vídeo adosado a los bajos. Sólo encontré cuatro cintas de Mr. Bean. Yo qué sé, probemos
Hurgar en los recuerdos ajenos provoca algo similar a los vídeos de susurros y golpecitos de uñas contra el cristal: un cosquilleo en la base del cráneo que trepa hacia las orejas y nos deja aletargados, un poco más bobos pero mucho más felices, dónde va a parar.
Hay en ese acto de voyeurismo -abrir un cajón, revolver un armario, escudriñar una librería- también un cierto sesgo de confirmación: sí, los demás también intercambiaban cabezas, cabellos y cuerpos a los Clicks de Playmobil hasta generar monstruitos sin demasiada maldad pero con un poco de mala baba; no, tus padres no eran los únicos que alineaban lomos enciclopédicos bien visibles en el salón que quedaban en meros objetos decorativos.
En esas andaba, sumergida en la habitación infantil veraniega de otro con varias generaciones a las espaldas, cuando reparé en la tele.
Probablemente nadie había enchufado aquel armatoste de culo superlativo y vídeo adosado a los bajos en décadas, pero, contra todo pronóstico, se encendió. Busqué febrilmente algo que llevar a aquella famélica boca noventera. «Necesitamos una cinta», arengué a mis pequeñas ayudantes, a la sazón de siete y dos años. Ellas, claro, me miraron como las miro yo a ellas cuando replican «six seeeeeeven» a mis reprimendas, amables pero firmes, fruto de infinitos sermones de crianza positiva bebidos a base de horas de scroll.
Ni sabían qué era una cinta ni tenían el menor interés por escuchar las batallitas de esta cuasi cuarentona sobre historias de Disney demasiado lentas para sus neuronas sobreestimuladas. Las princesas cursis están en peligro de extinción, menos mal.
Sólo encontré películas de Mr. Bean en versión original con subtítulos. Cuatro cintas, dos capítulos por cinta. Yo qué sé, probemos.
El trozo de plástico se deslizó suavemente dentro de la ranura, hizo un ruidito mecánico y la pantalla alumbró a un señor rarísimo que hablaba poco pero gesticulaba mucho. Estaba intentando vestirse al volante de una antigualla amarilla que rodaba imparable por la autopista. Fue un flechazo. El tipo se empleaba a fondo ahora en destrozar el pelo de un querubín rubicundo a espaldas de su madre. Carcajada inmediata. Mr. Bean y la generación alfa habían hecho match, cosas veredes, Sancho.
«Y antes de cambiar la cinta, hay que rebobinar», seguí yo mis lecciones de vejestorio tecnológico. Oye, qué pasión levantó un botón que antaño fue un incordio. Llovió esa tarde y nadie dijo «me aburro» ni una sola vez. A la mañana siguiente, se levantaron pidiendo más con la misma ilusión con la que normalmente exigen «un poco de móvil». Mr. Bean había destronado a YouTube.
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