‘El nadador’ de Cheever o el arte secreto de la elipsis

El éxito superlativo es la mayor maldición que pueden padecer los artistas clásicos. Encontrar un lugar en la eternidad, tener asiento en una academia o habitar en el Parnaso, ya sea nominalmente o mediante la transformación de la carne en la piedra o en el bronce de una estatua, es lo peor que puede sucederle a un buen escritor. La fama simplifica el arte, convirtiéndolo en rutina y, a veces, en vulgaridad. Hasta los mejores retratos son incapaces de recoger los surcos infinitos que componen el verdadero rostro de un hombre. La reiteración vuelve sordos a los lectores ante la música de la literatura. A los clásicos se les enaltece y se les elogia, pero no se les lee.

A John Cheever (1912-1982), sin lugar a dudas uno de los más dotados cuentistas de la literatura norteamericana —siempre que dejemos a Edgar Allan Poe fuera de la competición—, le sucede, igual que a Hemingway: su tormentosa biografía ha condicionado parte de su indiscutible talento. Cheever ha sido tan celebrado, igual que Carver, que sus relatos pueden parecer —ante un lector no avezado— banales o dar la falsa impresión de una sencillez que no casa con la complejidad que se presupone a una obra maestra. Y, sin embargo, en esto mismo radica su ejemplar maestría: en sugerirlo absolutamente todo sin necesidad de hacerlo explícito.

La editorial Random House ha recogido tres de sus mejores narraciones —El nadador, Adiós hermano mío y El marido rural— en un bello volumen ilustrado por el dibujante Pau Gasol Valls. En ellas se muestra que en el arte de las stories —por usar el término estadounidense— Cheever no tuvo rival. Acaso sean sus tres cuentos más emblemáticos. El segundo, el favorito de Hemingway, cuenta una historia de odio entre hermanos. El tercero es una suerte de nouvelle sobre un hombre que, tras sobrevivir en un accidente de avión, es ignorado por su propia familia.

El nadador es, de largo, su pieza más lograda. Fue adaptado al cine apenas cuatro años después de su publicación —en las páginas de la revista The New Yorker— por Frank Perry y Sydney Pollack, con Burt Lancaster encarnando a su protagonista, Ned Merrill, un cincuentón vitalista, arquetipo del sueño americano —casa en los suburbios, familia, coche, fiestas, una amante y una aparente desahogada posición social— que se resiste a envejecer y que, en una tarde soleada de domingo, se le ocurre cruzar el condado en el que vive a través de las piscinas de sus conocidos.

De entrada, no parece una historia heroica. Y no lo es porque, aunque puede establecerse una analogía (negativa) con las venerables epopeyas antiguas —la sucesión de piscinas es como el Mediterráneo que atraviesa Ulises en la Odisea, camino de Ítaca—, se trata de una narración prosaica, ambientada en el placentero universo de la clase media de la Norteamérica de los años cincuenta, donde se entrecruzan dos mundos. Por un lado, el que describe explícitamente el narrador —una voz omnisciente y no del todo confiable— y, por otro, el que subyace debajo de las apariencias.

De una piscina a otra

Es el juego entre estos dos sustratos narrativos, que son también temporales, el mecanismo secreto que hace funcionar a este cuento, cuya perfección no se ve, pero se siente. El nadador es una tragedia. Pero no hay coro griego y el héroe, cuyo destino consiste en culminar su trayecto, cruzando autovías y entrando y saliendo (vestido solo con un bañador mojado) en los jardines y en las piscinas de sus vecinos, no descubrirá el desenlace categórico de su gesta hasta el final (igual que los lectores), cuando la realidad se impone al sueño y, en este caso, a una desmemoria que no queda muy claro si es metafórica o fruto del abuso del alcohol.

Tampoco está definido —es otro de los méritos de Cheever: la ambigüedad— el marco temporal del relato. Porque la acción parece limitarse a un día pero, nada más empezar, el lector empieza a percibir que el tiempo psicológico del personaje no coincide con el tiempo objetivo o social. Ned Merrill es un narciso que todavía no ha entrado en la vejez, pero tampoco es joven. Es un hombre que se siente diferente a sus vecinos y, de forma súbita y excéntrica, cargado de optimismo, igual que don Quijote, planea demostrar su singularidad cumpliendo este extrañísimo reto personal.

Como no puede atravesar un río salvaje —vive en una urbanización acomodada— opta por hacerlo metiéndose en las piscinas ajenas, visitando (sin avisar) a sus vecinos y distrayéndose durante el trayecto tomando copas y metiéndose en fiestas a las que no ha sido invitado. La reacción de los demás ante su ocurrencia es ambivalente: algunos de los vecinos le saludan amablemente; otros se ríen de su idea —atraviesa las autovías descalzo y con el bañador mojado— y, algunos, conforme van sucediéndose las jornadas de su viaje, censuran su inconsciencia. A medida que Merrill prescinde de las normas sociales —para cumplir su plan— la reacción de sus iguales empeora y se torna agria. Igual que el personaje de Cervantes, empieza a ser visto como un loco. El desenlace, donde convergen de forma súbita los dos niveles del relato, es tan magistral como impactante.

¿Por qué es tan bueno este cuento? ¿Realmente Cheever se encuentra, como suele decirse, a la altura de la maestría de Chéjov? Los mundos de ambos escritores son muy distintos. Pero los dos comparten un talento misterioso: la capacidad de utilizar la elipsis —aquello que no se cuenta ni se muestra abiertamente— como el elemento esencial de sus historias.

Sátira y parábola

El nadador es un cuento que habla mediante omisiones y silencios. Por eso resuena igual que un trueno. La primera versión que escribió Cheever tenía una extensión de 150 páginas. La última no llegaba a las 15. Al principio había más piscinas y bastantes más viviendas y personajes de paso, pero el escritor norteamericano decidió condensar la acción en menos espacio. El relato ganó así en misterio y, también, en potencia.

El nadador es una partitura que exige a sus lectores saber interpretar sus silencios. Puede leerse —y así se ha interpretado con frecuencia— como una inteligente sátira sobre el sueño americano. También cabe entenderlo como una parábola sobre los riesgos derivados de salirse del rebaño. Puede enjuiciarse igualmente como una alegoría de la vida: Merrill comienza su singladura por las piscinas muy seguro de sí mismo y con una satisfacción inconsciente que, a medida que va cubriendo distintas etapas náuticas, va estrechándose sin remedio, hasta tornarse en agotamiento físico y mental.

La meteorología contribuye a esta interpretación: el cuento empieza con sol y termina con tormenta. Pero, además de estas lecturas, lo asombroso de la pieza de Cheever es que la historia real –el drama– no está visible nunca, salvo en un instante concreto del relato. La vida comienza siendo una piscina de agua cristalina que, con el curso de las estaciones y la progresiva aceptación de las convenciones sociales, va enturbiándose.

Los sueños de la juventud devienen en fracaso o se transforman en una melancolía negra. Nada de lo que podamos llegar a construir será duradero. Al final del sendero a todos nos espera el mismo horror. Cheever camufló todo un cuadro del Bosco sobre el fondo de una fábula de costumbres. Su genialidad fue dibujar del lienzo completo, ocultándolo. Gloria eterna.

 El éxito superlativo es la mayor maldición que pueden padecer los artistas clásicos. Encontrar un lugar en la eternidad, tener asiento en una academia o habitar  

El éxito superlativo es la mayor maldición que pueden padecer los artistas clásicos. Encontrar un lugar en la eternidad, tener asiento en una academia o habitar en el Parnaso, ya sea nominalmente o mediante la transformación de la carne en la piedra o en el bronce de una estatua, es lo peor que puede sucederle a un buen escritor. La fama simplifica el arte, convirtiéndolo en rutina y, a veces, en vulgaridad. Hasta los mejores retratos son incapaces de recoger los surcos infinitos que componen el verdadero rostro de un hombre. La reiteración vuelve sordos a los lectores ante la música de la literatura. A los clásicos se les enaltece y se les elogia, pero no se les lee.

A John Cheever (1912-1982), sin lugar a dudas uno de los más dotados cuentistas de la literatura norteamericana —siempre que dejemos a Edgar Allan Poe fuera de la competición—, le sucede, igual que a Hemingway: su tormentosa biografía ha condicionado parte de su indiscutible talento. Cheever ha sido tan celebrado, igual que Carver, que sus relatos pueden parecer —ante un lector no avezado— banales o dar la falsa impresión de una sencillez que no casa con la complejidad que se presupone a una obra maestra. Y, sin embargo, en esto mismo radica su ejemplar maestría: en sugerirlo absolutamente todo sin necesidad de hacerlo explícito.

La editorial Random House ha recogido tres de sus mejores narraciones —El nadador, Adiós hermano mío y El marido rural— en un bello volumen ilustrado por el dibujante Pau Gasol Valls. En ellas se muestra que en el arte de las stories —por usar el término estadounidense— Cheever no tuvo rival. Acaso sean sus tres cuentos más emblemáticos. El segundo, el favorito de Hemingway, cuenta una historia de odio entre hermanos. El tercero es una suerte de nouvelle sobre un hombre que, tras sobrevivir en un accidente de avión, es ignorado por su propia familia.

El nadador es, de largo, su pieza más lograda. Fue adaptado al cine apenas cuatro años después de su publicación —en las páginas de la revista The New Yorker— por Frank Perry y Sydney Pollack, con Burt Lancaster encarnando a su protagonista, Ned Merrill, un cincuentón vitalista, arquetipo del sueño americano —casa en los suburbios, familia, coche, fiestas, una amante y una aparente desahogada posición social— que se resiste a envejecer y que, en una tarde soleada de domingo, se le ocurre cruzar el condado en el que vive a través de las piscinas de sus conocidos.

De entrada, no parece una historia heroica. Y no lo es porque, aunque puede establecerse una analogía (negativa) con las venerables epopeyas antiguas —la sucesión de piscinas es como el Mediterráneo que atraviesa Ulises en la Odisea, camino de Ítaca—, se trata de una narración prosaica, ambientada en el placentero universo de la clase media de la Norteamérica de los años cincuenta, donde se entrecruzan dos mundos. Por un lado, el que describe explícitamente el narrador —una voz omnisciente y no del todo confiable— y, por otro, el que subyace debajo de las apariencias.

Es el juego entre estos dos sustratos narrativos, que son también temporales, el mecanismo secreto que hace funcionar a este cuento, cuya perfección no se ve, pero se siente. El nadador es una tragedia. Pero no hay coro griego y el héroe, cuyo destino consiste en culminar su trayecto, cruzando autovías y entrando y saliendo (vestido solo con un bañador mojado) en los jardines y en las piscinas de sus vecinos, no descubrirá el desenlace categórico de su gesta hasta el final (igual que los lectores), cuando la realidad se impone al sueño y, en este caso, a una desmemoria que no queda muy claro si es metafórica o fruto del abuso del alcohol.

Tampoco está definido —es otro de los méritos de Cheever: la ambigüedad— el marco temporal del relato. Porque la acción parece limitarse a un día pero, nada más empezar, el lector empieza a percibir que el tiempo psicológico del personaje no coincide con el tiempo objetivo o social. Ned Merrill es un narciso que todavía no ha entrado en la vejez, pero tampoco es joven. Es un hombre que se siente diferente a sus vecinos y, de forma súbita y excéntrica, cargado de optimismo, igual que don Quijote, planea demostrar su singularidad cumpliendo este extrañísimo reto personal.

Como no puede atravesar un río salvaje —vive en una urbanización acomodada— opta por hacerlo metiéndose en las piscinas ajenas, visitando (sin avisar) a sus vecinos y distrayéndose durante el trayecto tomando copas y metiéndose en fiestas a las que no ha sido invitado. La reacción de los demás ante su ocurrencia es ambivalente: algunos de los vecinos le saludan amablemente; otros se ríen de su idea —atraviesa las autovías descalzo y con el bañador mojado— y, algunos, conforme van sucediéndose las jornadas de su viaje, censuran su inconsciencia. A medida que Merrill prescinde de las normas sociales —para cumplir su plan— la reacción de sus iguales empeora y se torna agria. Igual que el personaje de Cervantes, empieza a ser visto como un loco. El desenlace, donde convergen de forma súbita los dos niveles del relato, es tan magistral como impactante.

¿Por qué es tan bueno este cuento? ¿Realmente Cheever se encuentra, como suele decirse, a la altura de la maestría de Chéjov? Los mundos de ambos escritores son muy distintos. Pero los dos comparten un talento misterioso: la capacidad de utilizar la elipsis —aquello que no se cuenta ni se muestra abiertamente— como el elemento esencial de sus historias.

El nadador es un cuento que habla mediante omisiones y silencios. Por eso resuena igual que un trueno. La primera versión que escribió Cheever tenía una extensión de 150 páginas. La última no llegaba a las 15. Al principio había más piscinas y bastantes más viviendas y personajes de paso, pero el escritor norteamericano decidió condensar la acción en menos espacio. El relato ganó así en misterio y, también, en potencia.

El nadador es una partitura que exige a sus lectores saber interpretar sus silencios. Puede leerse —y así se ha interpretado con frecuencia— como una inteligente sátira sobre el sueño americano. También cabe entenderlo como una parábola sobre los riesgos derivados de salirse del rebaño. Puede enjuiciarse igualmente como una alegoría de la vida: Merrill comienza su singladura por las piscinas muy seguro de sí mismo y con una satisfacción inconsciente que, a medida que va cubriendo distintas etapas náuticas, va estrechándose sin remedio, hasta tornarse en agotamiento físico y mental.

La meteorología contribuye a esta interpretación: el cuento empieza con sol y termina con tormenta. Pero, además de estas lecturas, lo asombroso de la pieza de Cheever es que la historia real –el drama– no está visible nunca, salvo en un instante concreto del relato. La vida comienza siendo una piscina de agua cristalina que, con el curso de las estaciones y la progresiva aceptación de las convenciones sociales, va enturbiándose.

Los sueños de la juventud devienen en fracaso o se transforman en una melancolía negra. Nada de lo que podamos llegar a construir será duradero. Al final del sendero a todos nos espera el mismo horror. Cheever camufló todo un cuadro del Bosco sobre el fondo de una fábula de costumbres. Su genialidad fue dibujar del lienzo completo, ocultándolo. Gloria eterna.

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