Alan Pauls y las mentiras de todas las biografías

De los infinitos misterios del cerebro, ese cofre desconocido y sin fondo que custodia lo que somos, y que llevamos con nosotros a todas partes, acaso no haya ninguno más paradójico que el calambre de un déjà vu, esa sensación inquietante y pasajera —que los neurólogos consideran una vana ilusión— de volver a vivir algo que ya ha ocurrido y se ha sentido antes. Un error de apreciación —descrito por el psicólogo Émile Boirac, uno de los padres del esperanto, aquel presunto idioma ecuménico hecho con préstamos de distintas lenguas que nunca fue— que nos hace sospechar que quizás tengan razón aquellos que creen que hemos vivido antes en otro cuerpo y que la existencia no es sino una rueda infinita de sucesivas reencarnaciones, de las que no guardamos memoria alguna.

Por el contrario, no se conoce demasiado a su antónimo: el jamais vu, que es la extrañeza que experimentamos en un lugar, con una persona o en una situación familiar. No reconocer más a quienes conocemos o amamos. Mirar a nuestra familia como si padres y hermanos fueran extraños. Oírnos en una grabación y no ser capaces de soportar nuestra propia voz. O leer la biografía de alguien con quien hemos convivido muchos años sin que el relato escrito de su vida nos parezca verosímil, sino fantasioso e incompleto. Porque sabemos más de lo que un autor puede confesar en su autobiografía (donde miente y selecciona aquello que narra) o detectamos los errores, las omisiones y los silencios cometidos por el biógrafo. En todos estos casos se produce un desajuste entre los hechos, lo que consideramos la verdad, y aquello que se nos presenta como si lo fuera.

Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) siempre descreyó del arte de la biografía, pero a base de desconfiar del género, igual que Cervantes con los libros de caballerías, ha terminado convirtiéndose en un especialista y vertiendo sus dudas, sospechas y obsesiones sobre la esterilidad del relato de las vidas ajenas en Malas lenguas (Random House), su regreso, tras dos libros de ensayos literarios precedentes, al territorio de la novela. Aunque en su caso, como también sucede con Ricardo Piglia, no exista una cesura radical entre sus libros de reflexión sobre la escritura y la narrativa: ambos nacen de un mismo asombro, aunque transiten por senderos distintos.

Malas lenguas no es una excepción a este flujo y reflujo entre la idea que Pauls tiene de la literatura y su ejercicio práctico. Esta novela describe una peripecia —algo confusa, contada de forma implícita, animada por un generoso discurrir verbal y vertida con un estilo de escritura que se recrea en la sintaxis, el detalle y la nimiedad—, pero puede —y debe— leerse como una fábula acerca del inevitable fracaso de cualquier intento, por riguroso y voluntarioso que sea, de atrapar la vida de los otros a través de un artefacto puramente retórico.

No se trata exactamente de que, como reza el tópico, un biógrafo, igual que el mejor traductor que concebirse pueda, sea un traidor (profesional) a la literalidad estricta de un idioma ajeno. Es que la pretensión de compendiar los azares de una existencia ignora la evidencia de que las vidas no tienen orden, ni lógica, ni sentido, que es justo lo que se le exige a una biografía, además de un cierto grado de exactitud, ya sea documental o interpretativo.

Imaginación y realidad

Para explicar esta cuestión, Pauls inventa una narración sobre la insana relación entre cuatro personajes: Baldó, un mandarín de la Academia, profesor de clásicas, erudito y pornógrafo secreto; su biógrafa, «nuestra amiga», de la que no sabemos su nombre; Bernal, un poeta mediocre que tiene acceso a los diarios, las memorias, la correspondencia inédita y a los secretos más mundanos de escritores célebres, gracias a su trabajo en una biblioteca; y un narrador, también anónimo, que relata en una primera persona salvaje, delirante y desquiciada.

Todos mantienen vínculos de interés o carnales, a medio camino entre la realidad y la imaginación, y transitan por una ciudad que tampoco se nombra, pero puede ser Buenos Aires. Son los eslabones de esa red de malentendidos que es la vida en compañía de los otros. La peripecia de la novela, que intenta indirectamente poner en pie una sátira del mundo cultural, es instrumental. Lo que más parece interesarle al autor argentino es subrayar la enorme distancia entre los hechos que les suceden a los individuos y lo que los demás, sobre todo sus biógrafos, cuentan de ellos.

El narrador de Malas lenguas decide enmendar la historia oficial de Baldó escarbando en la figura de Bernal, un personaje secundario para la autora de la biografía del primero. Desplaza, pues, el foco de atención desde una narración —la dedicada a Baldó— a otra —la de Bernal—, sin que ninguna de ellas se aproxime a su perspectiva de la verdad. De la voz narrativa, que es la única que escuchamos, y que en el fondo es la de un lector crítico y escéptico ante todas las biografías, emergerá un individuo vanidoso, morboso, explícito, que confiesa sin rubor sus frustraciones y sitúa su yo dentro de la narración. Sus salmodias verbales son lo que hace avanzar el libro, construyen la atmósfera y, a ratos, confunden y entretienen al lector, que debe extraer sus propias conclusiones de esta cháchara narrativa.

El juego de Pauls, como siempre, es verbal. A las maledicencias y los rumores, gestionados por Bernal dentro de la sociedad literaria oficial con la que codea, se suman las deformaciones de la biógrafa y del narrador porque los biógrafos, al escribir la vida de sus biografiados, también la imaginan y hablan, igual que los novelistas al concebir a sus personajes, de sí mismos a través de un juego artificial de máscaras o espejos.

Ninguna biografía es capaz de condensar o resumir una vida entera porque, aunque se presente como un relato de orden referencial, anclado en la realidad, no deja de ser una obra de inventiva, una colección de chismes. El escritor argentino nos dice en este libro lo mismo que el refrán: «Nadie conoce a nadie». Y menos aún a quienes tenemos cerca: nosotros mismos.

 De los infinitos misterios del cerebro, ese cofre desconocido y sin fondo que custodia lo que somos, y que llevamos con nosotros a todas partes, acaso  

De los infinitos misterios del cerebro, ese cofre desconocido y sin fondo que custodia lo que somos, y que llevamos con nosotros a todas partes, acaso no haya ninguno más paradójico que el calambre de un déjà vu, esa sensación inquietante y pasajera —que los neurólogos consideran una vana ilusión— de volver a vivir algo que ya ha ocurrido y se ha sentido antes. Un error de apreciación —descrito por el psicólogo Émile Boirac, uno de los padres del esperanto, aquel presunto idioma ecuménico hecho con préstamos de distintas lenguas que nunca fue— que nos hace sospechar que quizás tengan razón aquellos que creen que hemos vivido antes en otro cuerpo y que la existencia no es sino una rueda infinita de sucesivas reencarnaciones, de las que no guardamos memoria alguna.

Por el contrario, no se conoce demasiado a su antónimo: el jamais vu, que es la extrañeza que experimentamos en un lugar, con una persona o en una situación familiar. No reconocer más a quienes conocemos o amamos. Mirar a nuestra familia como si padres y hermanos fueran extraños. Oírnos en una grabación y no ser capaces de soportar nuestra propia voz. O leer la biografía de alguien con quien hemos convivido muchos años sin que el relato escrito de su vida nos parezca verosímil, sino fantasioso e incompleto. Porque sabemos más de lo que un autor puede confesar en su autobiografía (donde miente y selecciona aquello que narra) o detectamos los errores, las omisiones y los silencios cometidos por el biógrafo. En todos estos casos se produce un desajuste entre los hechos, lo que consideramos la verdad, y aquello que se nos presenta como si lo fuera.

Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) siempre descreyó del arte de la biografía, pero a base de desconfiar del género, igual que Cervantes con los libros de caballerías, ha terminado convirtiéndose en un especialista y vertiendo sus dudas, sospechas y obsesiones sobre la esterilidad del relato de las vidas ajenas en Malas lenguas (Random House), su regreso, tras dos libros de ensayos literarios precedentes, al territorio de la novela. Aunque en su caso, como también sucede con Ricardo Piglia, no exista una cesura radical entre sus libros de reflexión sobre la escritura y la narrativa: ambos nacen de un mismo asombro, aunque transiten por senderos distintos.

Malas lenguas no es una excepción a este flujo y reflujo entre la idea que Pauls tiene de la literatura y su ejercicio práctico. Esta novela describe una peripecia —algo confusa, contada de forma implícita, animada por un generoso discurrir verbal y vertida con un estilo de escritura que se recrea en la sintaxis, el detalle y la nimiedad—, pero puede —y debe— leerse como una fábula acerca del inevitable fracaso de cualquier intento, por riguroso y voluntarioso que sea, de atrapar la vida de los otros a través de un artefacto puramente retórico.

No se trata exactamente de que, como reza el tópico, un biógrafo, igual que el mejor traductor que concebirse pueda, sea un traidor (profesional) a la literalidad estricta de un idioma ajeno. Es que la pretensión de compendiar los azares de una existencia ignora la evidencia de que las vidas no tienen orden, ni lógica, ni sentido, que es justo lo que se le exige a una biografía, además de un cierto grado de exactitud, ya sea documental o interpretativo.

Para explicar esta cuestión, Pauls inventa una narración sobre la insana relación entre cuatro personajes: Baldó, un mandarín de la Academia, profesor de clásicas, erudito y pornógrafo secreto; su biógrafa, «nuestra amiga», de la que no sabemos su nombre; Bernal, un poeta mediocre que tiene acceso a los diarios, las memorias, la correspondencia inédita y a los secretos más mundanos de escritores célebres, gracias a su trabajo en una biblioteca; y un narrador, también anónimo, que relata en una primera persona salvaje, delirante y desquiciada.

Todos mantienen vínculos de interés o carnales, a medio camino entre la realidad y la imaginación, y transitan por una ciudad que tampoco se nombra, pero puede ser Buenos Aires. Son los eslabones de esa red de malentendidos que es la vida en compañía de los otros. La peripecia de la novela, que intenta indirectamente poner en pie una sátira del mundo cultural, es instrumental. Lo que más parece interesarle al autor argentino es subrayar la enorme distancia entre los hechos que les suceden a los individuos y lo que los demás, sobre todo sus biógrafos, cuentan de ellos.

El narrador de Malas lenguas decide enmendar la historia oficial de Baldó escarbando en la figura de Bernal, un personaje secundario para la autora de la biografía del primero. Desplaza, pues, el foco de atención desde una narración —la dedicada a Baldó— a otra —la de Bernal—, sin que ninguna de ellas se aproxime a su perspectiva de la verdad. De la voz narrativa, que es la única que escuchamos, y que en el fondo es la de un lector crítico y escéptico ante todas las biografías, emergerá un individuo vanidoso, morboso, explícito, que confiesa sin rubor sus frustraciones y sitúa su yo dentro de la narración. Sus salmodias verbales son lo que hace avanzar el libro, construyen la atmósfera y, a ratos, confunden y entretienen al lector, que debe extraer sus propias conclusiones de esta cháchara narrativa.

El juego de Pauls, como siempre, es verbal. A las maledicencias y los rumores, gestionados por Bernal dentro de la sociedad literaria oficial con la que codea, se suman las deformaciones de la biógrafa y del narrador porque los biógrafos, al escribir la vida de sus biografiados, también la imaginan y hablan, igual que los novelistas al concebir a sus personajes, de sí mismos a través de un juego artificial de máscaras o espejos.

Ninguna biografía es capaz de condensar o resumir una vida entera porque, aunque se presente como un relato de orden referencial, anclado en la realidad, no deja de ser una obra de inventiva, una colección de chismes. El escritor argentino nos dice en este libro lo mismo que el refrán: «Nadie conoce a nadie». Y menos aún a quienes tenemos cerca: nosotros mismos.

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