‘Aún nos queda el alma. La Habana’, la exposición fotográfica que retrata 12 años de Cuba

Un flechazo. Eso sintió Luis Casadevall cuando conoció La Habana hace unos 14 años. Estaba de viaje en Miami y decidió tomar un avión a la isla, cuando las cosas aún estaban bien. “La Habana me inspiró con todos sus problemas. Edificios no arreglados, dejadez, calles no asfaltadas, su gente y su trato”, cuenta el fotógrafo en llamada telefónica. Fueron 12 años los que visitó Cuba una y otra vez para disparar más de 65.000 instantáneas blanquinegras. Una selección de 34 de ellas se presenta en el Ateneo de Madrid en la exposición Aún nos queda el alma. La Habana, parte de PhotoEspaña, hasta el 14 de junio.

Seguir leyendo

 El Ateneo de Madrid presenta el trabajo de Luis Casadevall, que hizo más de 65.000 instantáneas en la isla en una búsqueda de su esencia  

Un flechazo. Eso sintió Luis Casadevall cuando conoció La Habana hace unos 14 años. Estaba de viaje en Miami y decidió tomar un avión a la isla, cuando las cosas aún estaban bien. “La Habana me inspiró con todos sus problemas. Edificios no arreglados, dejadez, calles no asfaltadas, su gente y su trato”, cuenta el fotógrafo en llamada telefónica. Fueron 12 años los que visitó Cuba una y otra vez para disparar más de 65.000 instantáneas blanquinegras. Una selección de 34 de ellas se presenta en el Ateneo de Madrid en la exposición Aún nos queda el alma. La Habana, parte de PhotoEspaña, hasta el 14 de junio.

Había dedicado toda su vida a la publicidad. Tras 50 años de carrera, se atrevió con el primer trabajo como fotógrafo, que resultó en un libro editado por La Fábrica, ahora convertido en la expo. “Quería hacer algo más profundo que turístico, más hondo, más lejos. Sobre el alma, un alma muy especial”, explica. Conoció a fotógrafos y locales, fue a sus casas, comió con ellos, los escuchó y aprendió de una forma de vida que siempre llevaba una sonrisa en la cara. Una década después y cuando se dio cuenta de que ya no llegaría mucho más allá, decidió reunir el material y poner el proyecto en marcha. Así conoció a Chema Conesa, el editor fotográfico del libro, que se encargó de seleccionar las imágenes entre un mar infinito de disparos. “Yo creo que retrata la visión que tiene él, porque él es un enamorado de Cuba. De aquí no se desprende si Cuba es buena o es mala”, explica Conesa. “Aquí no hay fotos que se metan con los cubanos, son visiones bastante neutras de un señor que ama lo que hace, que ama ese espíritu que hay en Cuba”.

A medida que le fue tomando cariño al lugar, se dio cuenta de que no quería hacer un libro de denuncia. ¿Fue difícil retratar de manera neutra una ciudad donde conviven las ganas de abrirse al mundo y la lealtad a la revolución? Puede ser. Con el tiempo, cuenta, él se volvió casi invisible y los cubanos muy visibles, entonces logró ver el corazón del lugar y mostrar su esencia y su gente. Conesa explica las discusiones editoriales que tuvieron para lograrlo. En la presentación de exposición, mientras habla con este periódico, apunta a una foto donde aparece una bailarina frente a la bandera cubana. “Estuvimos discutiendo mucho sobre aquella foto que es una defensa total de Cuba. Es nacionalista”, dice, y cuenta que Casadevall la quería como portada del libro.

Pero lograron un balance, porque no podían obviar algo que pasa en la isla. Un poco más allá de la bailarina hay una foto de un taxista besando una bandera de Estados Unidos. “La foto es de hace unos cinco años, y podría haber sido inofensiva, pero hoy se ve de otra manera”, apunta Casadevall. Para reafirmar la idea, el fotógrafo recuerda otra historia. Mientras comía con amigos fotógrafos en una calle estrecha y hablan de la situación política del país, un hombre los escuchó y, desde un tercer piso, se asomó por la ventana con un cuadro de Fidel Castro. Esa instantánea también es parte de la exposición. Con un simple gesto, explica Casadevall, demostró que se había ofendido. “A pesar de que siente que las cosas no fueron como soñaron, son leales hasta el final. La emoción está por encima de la realidad o la razón”, dice. Un amor ciego a su país de quienes vivieron la revolución, que la creyeron a fondo.

En cuanto empezó el proyecto, supo que debían ser imágenes en blanco y negro, porque no quería fotos de turistas, sino humanas, de verdad. Cuba se vendía a colores y él creía que con su elección llegaría más lejos: “No podía ver lo que estaba haciendo a color”. De hecho, no disparó ni una colorida.

Habla de la ciudad con tanto cariño, nostalgia y pertenencia. “Si La Habana se recuperara, sería de las ciudades más lindas del mundo”, asegura, porque aunque tenga basura, no haya luz ni agua potable, tampoco combustible ni medicinas y sus edificios estén deteriorados, “aun así mantiene una belleza que no se sabe de dónde sale”. Y luego están los cubanos, los que tienen “tal apego a su tierra que prefieren quedarse”. ¿Y cuál es el alma de la que tanto habla en la exposición? Es un misterio, dice, pero existe, porque si no, La Habana estaría vacía. Así lo explica también Leonardo Padura, fotógrafo de la isla y autor del prólogo del libro, que escribió: “Si el alma de Cuba permanece, es porque es inmortal”.

A pesar de que conoció gran parte de la isla, reservó los otros lugares para viajar y disfrutar, y todo su trabajo lo centró en la capital, en cuatro o cinco calles de La Habana. La última vez que la visitó fue justo antes de la pandemia. Confiesa que se iría a vivir allá si la cosa estuviera más tranquila, porque desde que él pisó por primera vez esa tierra y hasta su última visita, aunque había pobreza y las cosas no eran fáciles, aún no se vivía en Cuba la asfixia que existe hoy. “Yo solo quería conocer La Habana a fondo, pero La Habana me entregó tantas cosas más”.

 Feed MRSS-S Noticias

Noticias Similares