Rubén Darío, el Sur y la moda orientalista

El 1 de diciembre de 1903, en compañía de Francisca Sánchez, su mujer, y su hijo Phocás, Rubén Darío llegó a Barcelona, procedente de París, donde se desempeñaba como cónsul de Nicaragua. Llegaron por vía marítima desde Marsella a la ciudad condal, pero su destino era Málaga. Aconsejado por su médico, había decidido pasar el invierno en tierras del Sur para paliar los efectos de su enfermedad. Oficialmente padecía una congestión pulmonar, pero, en realidad, era una consecuencia más del alcoholismo. Esperaba que el sol y el clima de Málaga, como bálsamo terapéutico, obrasen el milagro, y la estancia le sirviese de convalecencia para su enfermedad.

Antes de llegar a Málaga, pasó por Madrid para visitar a su amigo Juan Ramón Jiménez, al que, también enfermo, le resultaba imposible alejarse del doctor Simarro, bajo cuya protección vivía. Es interesante comprobar en el epistolario de Rubén y Juan Ramón el grado de sinceridad con la que el poeta de Moguer se refiere a su dolencia psiquiátrica, como «mi hipocondría, mi maldita idea fija», que, como él mismo se encarga de aclarar en otra carta, se trataba de la «obsesión de una muerte repentina». Por el contrario, Darío no es tan franco con su amigo y habla de «una neurastenia del demonio», pero todo el mundillo literario conocía cuál era el mal que aquejaba al padre del Modernismo hispano. Confiaba en que el calor y el aire acariciador del Mediterráneo produjeran un efecto benéfico en su debilitada salud.

Hacía años que Darío colaboraba en el diario bonaerense La Nación, el periódico más importante del mundo hispano entonces, y el que tenía fama de pagar mejor las colaboraciones literarias. El poeta completaba así el sueldo exiguo de su empleo diplomático; sabido es el escaso beneficio económico que los libros de poesía le rentaban. Así es como un viaje medicinal se va a convertir en fuente de ingresos extras y, finalmente, en unas magníficas crónicas de viaje, que, a pesar del tiempo transcurrido, mantienen íntegro su valor literario y una modernidad indiscutible. Darío no se conforma con escribir y contar, ensalzar o criticar lo que ve. Se introduce él mismo en las crónicas como personaje y testigo privilegiado, con grandes dosis de subjetividad, muy en la línea de lo que muchas décadas después caracterizaría al «nuevo periodismo».

El 11 de diciembre firma la primera desde Málaga, a la que habrían de seguir tres más. Antes de llegar a Andalucía, a su paso por Barcelona había enviado la primera de las crónicas, que bajo el título genérico de Tierras solares escribiría en los meses siguientes. La crónica de Barcelona es una excepción dentro del conjunto, porque en principio no iba a formar parte de la serie. De hecho, no pensaba detenerse en la ciudad, dado que su intención es llegar lo antes posible a Málaga, pero quedó fascinado por el progreso y la riqueza de la urbe catalana, en la que encontraría alguna similitud con París… La breve permanencia parece haber sido suficiente para asumir algunos postulados del catalanismo emergente: Cataluña sería la «hormiga» laboriosa de España y Castilla la perezosa «cigarra»… En la crónica, Darío, en calidad de politólogo improvisado, arriesga un pronóstico político, y defiende «…que cada región tenga y conserve su egoísmo altivo, pues de la conjunción de todos esos egoísmos se forma la común grandeza…». No midió bien el tamaño del «egoísmo» del catalanismo independentista.

Darío y familia se instalaron en Málaga e hicieron de la ciudad su cuartel general hasta el regreso a París en marzo. Desde Málaga viajarían a Granada, Sevilla, Córdoba, Gibraltar y Tánger; desde cada uno de estos destinos enviaba una o dos crónicas al periódico, pero ninguna de estas ciudades, aun teniendo más peso histórico e importancia monumental, merecerá la atención que la capital malagueña. Es evidente que en esta pasará más tiempo de acuerdo con el fin terapéutico del viaje, porque lo que busca el poeta es mejorar su salud y, hasta cierto punto, rentabilizar la estancia; lo demás sería secundario.

«Paraíso oriental»

El poeta tenía una idea de lo que iba a encontrar en su viaje. No en vano había vivido ya en España anteriormente, pero ahora traía consigo algo nuevo: la moda del orientalismo. El exotismo oriental actúa como un prejuicio que le obliga a buscar y, sobre todo, a imaginar vestigios de arabismo en la España de comienzos del siglo XX y sentirse frustrado cuando no los encuentra. La idea de la excelencia y superioridad de la cultura musulmana sobre la de la España del momento le mueve a despreciar lo que encuentra en Málaga por considerarlo mísero y atrasado. Es evidente que en Córdoba, Granada o Sevilla encuentra monumentos árabes maravillosos que, comparados con la realidad española más humilde, le impiden relativizar sus juicios a veces muy peyorativos.

De acuerdo con la moda orientalista, Darío cierra y culmina el viaje con la visita a Tánger. El viajero, fiel a su orientalismo irredento, contempla fascinado la silueta blanca del caserío de la ciudad, rematada por minaretes verdes, para a continuación criticar la profanación que los occidentales hicieron del «paraíso oriental»: «Confieso que es para mí de un singular placer esta llegada a un lugar que se compadece con mis lecturas y ensueños orientales, a pesar de que sé —apostilla Rubén— que es una ciudad profanada por la invasión europea, adonde la civilización ha llevado, con escasos bienes, muchos de sus daños habituales».

A veces incurre en contradicciones flagrantes, como le ocurre en Barcelona, impresionado por el desarrollo industrial, por la actividad comercial y por la riqueza que genera en la ciudad. Hace una loa colosal al espíritu empresarial y capitalista del catalán. En cambio, al llegar a Málaga, aunque queda sorprendido por la vitalidad y espíritu festivo de la ciudad y fascinado por la belleza y gracia de la mujer malagueña, airea y destaca la pobreza y miseria de la población. Pero, al contemplar los altos hornos y la industria siderúrgica de Málaga, lamenta que el progreso industrial de la ciudad arrastre los encantos de la tradición…

Darío encontraría de hecho en Málaga razones para cuestionarse las convicciones de su ideario modernista. Como es sabido, el Modernismo exaltaba la Edad Media, el dieciochismo versallesco, lo decadente; en suma, defendía el «pasadismo» como doctrina, mientras que abominaba y rechazaba el progreso moderno en tanto que destructor de la armonía natural cósmica y otras abstracciones de este jaez. Sin embargo, ante el espectáculo malagueño, Darío no dirige sus dardos, por ejemplo, contra las factorías e industrias de los Larios, sino contra las evidentes carencias y miserias de la población. Comprobaría también que la forma de vida occidental, guiada por el trabajo y la actividad económica propia de los países anglosajones, había conseguido arrumbar la idiosincrasia andaluza del dolce far niente, según lo cual lo vernáculo empezaba a ser postergado por lo internacional.

Indolencia y miseria

«Málaga es una ciudad inglesa», apunta consternado Darío, «si atendemos a su actividad industrial y comercial». Esto, claro, no sin resistencias, porque es testigo de cómo un tranvía tiene que detenerse pacientemente unos minutos hasta que un buen hombre se retire de los raíles sobre los que remienda un saco roto de su carromato. Por otra parte, también comprueba con desolación que allí donde no ha llegado el «monstruo» del progreso, la miseria, la pobreza y la enfermedad se enseñorean de las gentes, esclavas de la molicie, la indolencia y la falta de trabajo. «Lo pintoresco no quita la sensación de miseria» y «la lucha por la existencia resulta penosísima», anota en su visita al mercado que se monta en el cauce seco del Guadalmedina.

La edición de los profesores Estévez y Pascual Gay toma como base la primera edición de las crónicas periodísticas en forma de libro de 1904 y realiza cotejos con los textos publicados por La Nación y con la edición de las Obras Completas (1950). Llenan el pie del texto de meticulosas notas, que cuando son aclaratorias e informativas son de agradecer, pero cuando enmiendan o se refieren a pequeñas y puntillosas cuestiones ortográficas, distraen la atención y molestan la lectura. Por otra parte, en su edición, han incorporado a la de 1904 las crónicas escritas en su viaje por Centroeuropa, las cuales nada tienen que ver con las «tierras solares» y como tales se identifican como «Tierras de bruma».

Darío es muy conocido por libros de poemas como Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza, menos por sus relatos y novelas o por sus memorias. Las crónicas de Tierras solares, como otros libros que provienen de las colaboraciones en la prensa, no desmerecen de los anteriores. Conservan intactas la brillantez de estilo y su ágil y rítmica prosa. A pesar de haber nacido para el periódico, Darío sabe captar aspectos esenciales de las ciudades que visita y consigue interesarnos todavía. Es una buena ocasión para descubrirlas y disfrutarlas en esta nueva edición de Ediciones Evohé en la colección de libros de viajes El Periscopio.

 El 1 de diciembre de 1903, en compañía de Francisca Sánchez, su mujer, y su hijo Phocás, Rubén Darío llegó a Barcelona, procedente de París, donde  

El 1 de diciembre de 1903, en compañía de Francisca Sánchez, su mujer, y su hijo Phocás, Rubén Darío llegó a Barcelona, procedente de París, donde se desempeñaba como cónsul de Nicaragua. Llegaron por vía marítima desde Marsella a la ciudad condal, pero su destino era Málaga. Aconsejado por su médico, había decidido pasar el invierno en tierras del Sur para paliar los efectos de su enfermedad. Oficialmente padecía una congestión pulmonar, pero, en realidad, era una consecuencia más del alcoholismo. Esperaba que el sol y el clima de Málaga, como bálsamo terapéutico, obrasen el milagro, y la estancia le sirviese de convalecencia para su enfermedad.

Antes de llegar a Málaga, pasó por Madrid para visitar a su amigo Juan Ramón Jiménez, al que, también enfermo, le resultaba imposible alejarse del doctor Simarro, bajo cuya protección vivía. Es interesante comprobar en el epistolario de Rubén y Juan Ramón el grado de sinceridad con la que el poeta de Moguer se refiere a su dolencia psiquiátrica, como «mi hipocondría, mi maldita idea fija», que, como él mismo se encarga de aclarar en otra carta, se trataba de la «obsesión de una muerte repentina». Por el contrario, Darío no es tan franco con su amigo y habla de «una neurastenia del demonio», pero todo el mundillo literario conocía cuál era el mal que aquejaba al padre del Modernismo hispano. Confiaba en que el calor y el aire acariciador del Mediterráneo produjeran un efecto benéfico en su debilitada salud.

Hacía años que Darío colaboraba en el diario bonaerense La Nación, el periódico más importante del mundo hispano entonces, y el que tenía fama de pagar mejor las colaboraciones literarias. El poeta completaba así el sueldo exiguo de su empleo diplomático; sabido es el escaso beneficio económico que los libros de poesía le rentaban. Así es como un viaje medicinal se va a convertir en fuente de ingresos extras y, finalmente, en unas magníficas crónicas de viaje, que, a pesar del tiempo transcurrido, mantienen íntegro su valor literario y una modernidad indiscutible. Darío no se conforma con escribir y contar, ensalzar o criticar lo que ve. Se introduce él mismo en las crónicas como personaje y testigo privilegiado, con grandes dosis de subjetividad, muy en la línea de lo que muchas décadas después caracterizaría al «nuevo periodismo».

El 11 de diciembre firma la primera desde Málaga, a la que habrían de seguir tres más. Antes de llegar a Andalucía, a su paso por Barcelona había enviado la primera de las crónicas, que bajo el título genérico de Tierras solares escribiría en los meses siguientes. La crónica de Barcelona es una excepción dentro del conjunto, porque en principio no iba a formar parte de la serie. De hecho, no pensaba detenerse en la ciudad, dado que su intención es llegar lo antes posible a Málaga, pero quedó fascinado por el progreso y la riqueza de la urbe catalana, en la que encontraría alguna similitud con París… La breve permanencia parece haber sido suficiente para asumir algunos postulados del catalanismo emergente: Cataluña sería la «hormiga» laboriosa de España y Castilla la perezosa «cigarra»… En la crónica, Darío, en calidad de politólogo improvisado, arriesga un pronóstico político, y defiende «…que cada región tenga y conserve su egoísmo altivo, pues de la conjunción de todos esos egoísmos se forma la común grandeza…». No midió bien el tamaño del «egoísmo» del catalanismo independentista.

Darío y familia se instalaron en Málaga e hicieron de la ciudad su cuartel general hasta el regreso a París en marzo. Desde Málaga viajarían a Granada, Sevilla, Córdoba, Gibraltar y Tánger; desde cada uno de estos destinos enviaba una o dos crónicas al periódico, pero ninguna de estas ciudades, aun teniendo más peso histórico e importancia monumental, merecerá la atención que la capital malagueña. Es evidente que en esta pasará más tiempo de acuerdo con el fin terapéutico del viaje, porque lo que busca el poeta es mejorar su salud y, hasta cierto punto, rentabilizar la estancia; lo demás sería secundario.

El poeta tenía una idea de lo que iba a encontrar en su viaje. No en vano había vivido ya en España anteriormente, pero ahora traía consigo algo nuevo: la moda del orientalismo. El exotismo oriental actúa como un prejuicio que le obliga a buscar y, sobre todo, a imaginar vestigios de arabismo en la España de comienzos del siglo XX y sentirse frustrado cuando no los encuentra. La idea de la excelencia y superioridad de la cultura musulmana sobre la de la España del momento le mueve a despreciar lo que encuentra en Málaga por considerarlo mísero y atrasado. Es evidente que en Córdoba, Granada o Sevilla encuentra monumentos árabes maravillosos que, comparados con la realidad española más humilde, le impiden relativizar sus juicios a veces muy peyorativos.

De acuerdo con la moda orientalista, Darío cierra y culmina el viaje con la visita a Tánger. El viajero, fiel a su orientalismo irredento, contempla fascinado la silueta blanca del caserío de la ciudad, rematada por minaretes verdes, para a continuación criticar la profanación que los occidentales hicieron del «paraíso oriental»: «Confieso que es para mí de un singular placer esta llegada a un lugar que se compadece con mis lecturas y ensueños orientales, a pesar de que sé —apostilla Rubén— que es una ciudad profanada por la invasión europea, adonde la civilización ha llevado, con escasos bienes, muchos de sus daños habituales».

A veces incurre en contradicciones flagrantes, como le ocurre en Barcelona, impresionado por el desarrollo industrial, por la actividad comercial y por la riqueza que genera en la ciudad. Hace una loa colosal al espíritu empresarial y capitalista del catalán. En cambio, al llegar a Málaga, aunque queda sorprendido por la vitalidad y espíritu festivo de la ciudad y fascinado por la belleza y gracia de la mujer malagueña, airea y destaca la pobreza y miseria de la población. Pero, al contemplar los altos hornos y la industria siderúrgica de Málaga, lamenta que el progreso industrial de la ciudad arrastre los encantos de la tradición…

Darío encontraría de hecho en Málaga razones para cuestionarse las convicciones de su ideario modernista. Como es sabido, el Modernismo exaltaba la Edad Media, el dieciochismo versallesco, lo decadente; en suma, defendía el «pasadismo» como doctrina, mientras que abominaba y rechazaba el progreso moderno en tanto que destructor de la armonía natural cósmica y otras abstracciones de este jaez. Sin embargo, ante el espectáculo malagueño, Darío no dirige sus dardos, por ejemplo, contra las factorías e industrias de los Larios, sino contra las evidentes carencias y miserias de la población. Comprobaría también que la forma de vida occidental, guiada por el trabajo y la actividad económica propia de los países anglosajones, había conseguido arrumbar la idiosincrasia andaluza del dolce far niente, según lo cual lo vernáculo empezaba a ser postergado por lo internacional.

«Málaga es una ciudad inglesa», apunta consternado Darío, «si atendemos a su actividad industrial y comercial». Esto, claro, no sin resistencias, porque es testigo de cómo un tranvía tiene que detenerse pacientemente unos minutos hasta que un buen hombre se retire de los raíles sobre los que remienda un saco roto de su carromato. Por otra parte, también comprueba con desolación que allí donde no ha llegado el «monstruo» del progreso, la miseria, la pobreza y la enfermedad se enseñorean de las gentes, esclavas de la molicie, la indolencia y la falta de trabajo. «Lo pintoresco no quita la sensación de miseria» y «la lucha por la existencia resulta penosísima», anota en su visita al mercado que se monta en el cauce seco del Guadalmedina.

La edición de los profesores Estévez y Pascual Gay toma como base la primera edición de las crónicas periodísticas en forma de libro de 1904 y realiza cotejos con los textos publicados por La Nación y con la edición de las Obras Completas (1950). Llenan el pie del texto de meticulosas notas, que cuando son aclaratorias e informativas son de agradecer, pero cuando enmiendan o se refieren a pequeñas y puntillosas cuestiones ortográficas, distraen la atención y molestan la lectura. Por otra parte, en su edición, han incorporado a la de 1904 las crónicas escritas en su viaje por Centroeuropa, las cuales nada tienen que ver con las «tierras solares» y como tales se identifican como «Tierras de bruma».

Darío es muy conocido por libros de poemas como Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza, menos por sus relatos y novelas o por sus memorias. Las crónicas de Tierras solares, como otros libros que provienen de las colaboraciones en la prensa, no desmerecen de los anteriores. Conservan intactas la brillantez de estilo y su ágil y rítmica prosa. A pesar de haber nacido para el periódico, Darío sabe captar aspectos esenciales de las ciudades que visita y consigue interesarnos todavía. Es una buena ocasión para descubrirlas y disfrutarlas en esta nueva edición de Ediciones Evohé en la colección de libros de viajes El Periscopio.

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