Cuando don Francisco de Quevedo y Villegas, desde el ostracismo de la Torre (de Juan Abad, su modesto señorío agrario), escribió aquello tan célebre de que en mitad de los desiertos manchegos estar rodeado de pocos pero doctos libros le ayudaba a vivir en «conversación con los difuntos» y a escuchar con sus «ojos a los muertos», no estaba construyendo solo dos versos prodigiosos y rindiendo honores a la capacidad redentora de la lectura ante las constantes calamidades del mundo. Defendía también la importancia de la tradición —en este caso, la de los clásicos— y advertía, para quien supiera descifrar los matices de su escritura, que a veces quienes arrojan más luz sobre el presente no son nuestros estrictos contemporáneos, sino muchos autores que ya no están entre nosotros.
Es una reflexión bella y exacta. Y puede extenderse a otros campos del conocimiento. Un ejemplo lo tenemos en la figura histórica de Jorge Semprún (1923-2011), que fue comunista (en la clandestinidad) antes que ministro (socialista) y escritor antes y después de su paso por el campo de concentración de Buchenwald (Weimar, Alemania). En la obra de Semprún, marcada por su obstinación política y la mirada singular que le otorgó el hecho de nacer en España, educarse en Francia —y en francés, su primer idioma— y conocer en primera persona los dos grandes totalitarismos de la pasada centuria (el nazismo y el comunismo), palpita una constante cultural.
Es un viejo sueño y un anhelo nuevo: Europa. Lo fue ya en el siglo que nos precede y también, aunque en un contexto muy diferente, ahora, cuando la Administración Trump acaba de anunciar (por escrito) la extinción de nuestra cultura, estableciendo un nuevo orden internacional con grandes áreas continentales de influencia controladas por el absolutismo tecnológico y donde el derecho internacional no importa. Semprún escribió como nadie de esta zozobra europea que comenzó con el desvanecimiento del mundo de ayer de Zweig con la Primera Guerra Mundial, prosiguió con el holocausto de las masas de mediados de centuria y, tras un paréntesis de medio siglo, vuelve a enunciarse una vez que Estados Unidos ha decidido convertirse en emporio, sin dejar de operar como imperio.
La editorial Tusquets acaba de recuperar Vivir es resistir, un interesante libro misceláneo publicado por primera vez en Francia hace 13 años y vertido al español hace una década por Javier Albiñana. El volumen rescata tres conferencias, un discurso y una conversación —de marcado tono autobiográfico— entre Semprún y Franck Appréderis, cineasta. Las conferencias fueron agrupadas con el nombre de El oficio de hombre. Datan de 2002. Están dedicadas a tres personajes que encarnan una idea beligerante y disidente de Europa: Husserl, Bloch y Orwell. El diálogo entre Semprún y Appréderis, bautizado como El lenguaje es mi patria, fue registrado en el verano de 2010. Ocho años después. El discurso consiste en la intervención que Semprún, exdeportado de Buchenwald, pronunciase con motivo del 65.º aniversario de la liberación de los presos del campo de trabajo nazi cercano a Weimar.
Los retratos intelectuales de Husserl, Bloch y Orwell están entrelazados. Semprún establece en ellos una analogía entre la cultura continental en los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial y el arranque del siglo XXI. Dos momentos históricos que entonces parecían antagónicos, pero que ahora no lo son tanto. El pensador hispanofrancés describe como diferencias entre las posguerras de las dos contiendas mundiales la nefasta influencia del Tratado de Versalles, que sometió a Alemania a Francia, y cuya consecuencia fue el desprestigio de la democracia en Berlín y el viraje de la sociedad germana hacia posiciones totalitarias, frente al Plan Marshall, donde la lógica fue absolutamente diferente.
Europa, en la encrucijada
Cita a continuación la crisis económica de 1929 y el prestigio de las políticas intervencionistas en el campo económico, embrión del Estado del bienestar, y la nueva era de las masas, augurada por Freud y diagnosticada por José Ortega y Gasset. Los dos caminos posibles para Europa entonces consistían en optar por la barbarie totalitaria o procurar un renacimiento basado en un heroísmo de la razón capaz de superar el naturalismo (nacionalismo, identidades cerradas, demagogia cultural). Las enseñanzas de esta tormentosa Europa de los años treinta y el paraguas económico y defensivo tras la última contienda mundial condujeron a la fundación de la Unión Europea. Un legado cultural, social y político que ahora, debido a la hostilidad trumpista, vuelve a estar otra vez en riesgo.
Nadie ha resumido la encrucijada de nuestro presente como hiciera en su momento Husserl, el último filósofo clásico: «El mayor peligro que corre Europa es caer en el hastío». Dicho de otra forma: si Europa abandona el espíritu crítico de la razón, estará perdida ante Estados Unidos, Rusia y China. Husserl, Marc Bloch y Orwell son, para Semprún, espectros de este espíritu de resistencia. Referentes intelectuales que, desde perspectivas complementarias, reivindican la llama europea. En Husserl vendría a encarnarse la épica racionalista. Bloch, historiador, fundador de la revista Annales y miembro de la resistencia francesa, fusilado por la Gestapo diez días después del desembarco de Normandía, analizó la claudicación de las democracias europeas, una responsabilidad que adjudicó a las élites. ¿No está sucediendo ahora algo parecido? Los navegantes del presente deberían aprender de las enseñanzas del pretérito: rendirse sin luchar (ante el nazismo o frente al trumpismo) equivale a ser derrotado dos veces.
La figura de Orwell, un periodista colosal de origen modesto, sirve a Semprún para alertar sobre los riesgos de la pasividad europea ante su destino y mostrar los efectos (criminales) de la desunión. El autor de 1984, joven miliciano en Cataluña, recuerda que cuando las democracias pierden su naturaleza social para convertirse en meras estructuras políticas formales, caen en el descrédito. Un riesgo que no ha desaparecido.
El diálogo entre Semprún y Appréderis versa sobre las vicisitudes vitales del primero, que repasa instantes de su vida, su trabajo como guionista, sus convicciones políticas y su experiencia dentro de Buchenwald. De todo este recorrido, que resume la trayectoria de Semprún, «siempre entre la fe y la apostasía», lo que más asombra es la naturalidad con la que el pensador hispanofrancés —dirigente del PCE y preso de los nazis— reivindica «las dos memorias de la Guerra Civil». Por un lado, «la memoria republicana, del exilio, de los antifranquistas, la de los vencidos». Y, por otro, la memoria «de los que creyeron que el franquismo tal vez podía haber sido el vector de la pacificación de España, de un desarrollo económico, de un periodo de paz civil, a quienes, de uno u otro modo, decepcionó el régimen».
Es un discurso valiente que, en la España del sectarismo y la polarización sanchista, causaría escándalo por postular que la memoria histórica no es un monopolio de la izquierda, sino (igual que la idea de España) patrimonio de todos. Semprún ya reflexionó sobre esta idea en La guerra ha terminado, la primera película que escribió para Alain Resnais: «Escribí aquella película para salir del discurso de mi propia memoria, de lo que había oído contar en uno y otro lado, sobre todo en el Partido Comunista, a los viejos militantes. Romper ese relato y oír el de los otros fue algo fundamental». Este ejercicio cívico dejó de practicarse en España hace ahora casi dos décadas largas, cuando las tragedias del pasado empezaron a manipularse —por interés político— para así incendiar el presente.
Cuando don Francisco de Quevedo y Villegas, desde el ostracismo de la Torre (de Juan Abad, su modesto señorío agrario), escribió aquello tan célebre de que
Cuando don Francisco de Quevedo y Villegas, desde el ostracismo de la Torre (de Juan Abad, su modesto señorío agrario), escribió aquello tan célebre de que en mitad de los desiertos manchegos estar rodeado de pocos pero doctos libros le ayudaba a vivir en «conversación con los difuntos» y a escuchar con sus «ojos a los muertos», no estaba construyendo solo dos versos prodigiosos y rindiendo honores a la capacidad redentora de la lectura ante las constantes calamidades del mundo. Defendía también la importancia de la tradición —en este caso, la de los clásicos— y advertía, para quien supiera descifrar los matices de su escritura, que a veces quienes arrojan más luz sobre el presente no son nuestros estrictos contemporáneos, sino muchos autores que ya no están entre nosotros.
Es una reflexión bella y exacta. Y puede extenderse a otros campos del conocimiento. Un ejemplo lo tenemos en la figura histórica de Jorge Semprún (1923-2011), que fue comunista (en la clandestinidad) antes que ministro (socialista) y escritor antes y después de su paso por el campo de concentración de Buchenwald (Weimar, Alemania). En la obra de Semprún, marcada por su obstinación política y la mirada singular que le otorgó el hecho de nacer en España, educarse en Francia —y en francés, su primer idioma— y conocer en primera persona los dos grandes totalitarismos de la pasada centuria (el nazismo y el comunismo), palpita una constante cultural.
Es un viejo sueño y un anhelo nuevo: Europa. Lo fue ya en el siglo que nos precede y también, aunque en un contexto muy diferente, ahora, cuando la Administración Trump acaba de anunciar (por escrito) la extinción de nuestra cultura, estableciendo un nuevo orden internacional con grandes áreas continentales de influencia controladas por el absolutismo tecnológico y donde el derecho internacional no importa. Semprún escribió como nadie de esta zozobra europea que comenzó con el desvanecimiento del mundo de ayer de Zweig con la Primera Guerra Mundial, prosiguió con el holocausto de las masas de mediados de centuria y, tras un paréntesis de medio siglo, vuelve a enunciarse una vez que Estados Unidos ha decidido convertirse en emporio, sin dejar de operar como imperio.
La editorial Tusquets acaba de recuperar Vivir es resistir, un interesante libro misceláneo publicado por primera vez en Francia hace 13 años y vertido al español hace una década por Javier Albiñana. El volumen rescata tres conferencias, un discurso y una conversación —de marcado tono autobiográfico— entre Semprún y Franck Appréderis, cineasta. Las conferencias fueron agrupadas con el nombre de El oficio de hombre. Datan de 2002. Están dedicadas a tres personajes que encarnan una idea beligerante y disidente de Europa: Husserl, Bloch y Orwell. El diálogo entre Semprún y Appréderis, bautizado como El lenguaje es mi patria, fue registrado en el verano de 2010. Ocho años después. El discurso consiste en la intervención que Semprún, exdeportado de Buchenwald, pronunciase con motivo del 65.º aniversario de la liberación de los presos del campo de trabajo nazi cercano a Weimar.
Los retratos intelectuales de Husserl, Bloch y Orwell están entrelazados. Semprún establece en ellos una analogía entre la cultura continental en los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial y el arranque del siglo XXI. Dos momentos históricos que entonces parecían antagónicos, pero que ahora no lo son tanto. El pensador hispanofrancés describe como diferencias entre las posguerras de las dos contiendas mundiales la nefasta influencia del Tratado de Versalles, que sometió a Alemania a Francia, y cuya consecuencia fue el desprestigio de la democracia en Berlín y el viraje de la sociedad germana hacia posiciones totalitarias, frente al Plan Marshall, donde la lógica fue absolutamente diferente.
Cita a continuación la crisis económica de 1929 y el prestigio de las políticas intervencionistas en el campo económico, embrión del Estado del bienestar, y la nueva era de las masas, augurada por Freud y diagnosticada por José Ortega y Gasset. Los dos caminos posibles para Europa entonces consistían en optar por la barbarie totalitaria o procurar un renacimiento basado en un heroísmo de la razón capaz de superar el naturalismo (nacionalismo, identidades cerradas, demagogia cultural). Las enseñanzas de esta tormentosa Europa de los años treinta y el paraguas económico y defensivo tras la última contienda mundial condujeron a la fundación de la Unión Europea. Un legado cultural, social y político que ahora, debido a la hostilidad trumpista, vuelve a estar otra vez en riesgo.
Nadie ha resumido la encrucijada de nuestro presente como hiciera en su momento Husserl, el último filósofo clásico: «El mayor peligro que corre Europa es caer en el hastío». Dicho de otra forma: si Europa abandona el espíritu crítico de la razón, estará perdida ante Estados Unidos, Rusia y China. Husserl, Marc Bloch y Orwell son, para Semprún, espectros de este espíritu de resistencia. Referentes intelectuales que, desde perspectivas complementarias, reivindican la llama europea. En Husserl vendría a encarnarse la épica racionalista. Bloch, historiador, fundador de la revista Annales y miembro de la resistencia francesa, fusilado por la Gestapo diez días después del desembarco de Normandía, analizó la claudicación de las democracias europeas, una responsabilidad que adjudicó a las élites. ¿No está sucediendo ahora algo parecido? Los navegantes del presente deberían aprender de las enseñanzas del pretérito: rendirse sin luchar (ante el nazismo o frente al trumpismo) equivale a ser derrotado dos veces.
La figura de Orwell, un periodista colosal de origen modesto, sirve a Semprún para alertar sobre los riesgos de la pasividad europea ante su destino y mostrar los efectos (criminales) de la desunión. El autor de 1984, joven miliciano en Cataluña, recuerda que cuando las democracias pierden su naturaleza social para convertirse en meras estructuras políticas formales, caen en el descrédito. Un riesgo que no ha desaparecido.
El diálogo entre Semprún y Appréderis versa sobre las vicisitudes vitales del primero, que repasa instantes de su vida, su trabajo como guionista, sus convicciones políticas y su experiencia dentro de Buchenwald. De todo este recorrido, que resume la trayectoria de Semprún, «siempre entre la fe y la apostasía», lo que más asombra es la naturalidad con la que el pensador hispanofrancés —dirigente del PCE y preso de los nazis— reivindica «las dos memorias de la Guerra Civil». Por un lado, «la memoria republicana, del exilio, de los antifranquistas, la de los vencidos». Y, por otro, la memoria «de los que creyeron que el franquismo tal vez podía haber sido el vector de la pacificación de España, de un desarrollo económico, de un periodo de paz civil, a quienes, de uno u otro modo, decepcionó el régimen».
Es un discurso valiente que, en la España del sectarismo y la polarización sanchista, causaría escándalo por postular que la memoria histórica no es un monopolio de la izquierda, sino (igual que la idea de España) patrimonio de todos. Semprún ya reflexionó sobre esta idea en La guerra ha terminado, la primera película que escribió para Alain Resnais: «Escribí aquella película para salir del discurso de mi propia memoria, de lo que había oído contar en uno y otro lado, sobre todo en el Partido Comunista, a los viejos militantes. Romper ese relato y oír el de los otros fue algo fundamental». Este ejercicio cívico dejó de practicarse en España hace ahora casi dos décadas largas, cuando las tragedias del pasado empezaron a manipularse —por interés político— para así incendiar el presente.
Noticias de Cultura: Última hora de hoy en THE OBJECTIVE
