El hombre, mutilado, camina serio y con muletas por las ruinas de Ciudad Universitaria. Viste traje, lleva bigote de posguerra y mira la desolación del paisaje después de la batalla. Los esqueletos de hormigón armado, las trincheras abiertas, los nidos de ametralladoras. Miles de agujeros de proyectil dibujan un tétrico hueco relieve en las fachadas. Cerca se yerguen, en mitad de la nada, una corona y una cruz en recuerdo a los difuntos. Son las vísceras al aire de un país muerto. El hombre solitario piensa, se supone, en los muertos que se llevó la guerra y en cómo él mismo perdió la pierna en aquella maldita guerra. Se supone. Porque nada es como parece en este corto documental de 15 minutos que proyecta una sala del IVAM de València.
En las caminetas de hoy por aquel conflicto bélico antiguo también siguen las trincheras, los hierros y los orificios de bala
El hombre, mutilado, camina serio y con muletas por las ruinas de Ciudad Universitaria. Viste traje, lleva bigote de posguerra y mira la desolación del paisaje después de la batalla. Los esqueletos de hormigón armado, las trincheras abiertas, los nidos de ametralladoras. Miles de agujeros de proyectil dibujan un tétrico hueco relieve en las fachadas. Cerca se yerguen, en mitad de la nada, una corona y una cruz en recuerdo a los difuntos. Son las vísceras al aire de un país muerto. El hombre solitario piensa, se supone, en los muertos que se llevó la guerra y en cómo él mismo perdió la pierna en aquella maldita guerra. Se supone. Porque nada es como parece en este corto documental de 15 minutos que proyecta una sala del IVAM de València.
Lo rodaron los estudiantes Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga en las prácticas de segundo de la Escuela de Cine. Era el curso 48-49. Una década después de laguerrahaterminado ahí seguían las ruinas. Franco había decidido mantener visibles las venas abiertas de nuestra guerra en Madrid —como en Belchite— para que nadie jamás olvidara la ofrenda de sangre derramada en el altar de Dios y de la patria; una ofrenda cobrada, más tarde, en fríos paredones de posguerra, en cunetas calladas, en cárceles infectas, en exilios desgarrados, en atrasos irrecuperables ya.
Las ruinas continuaban, pero los tiempos estaban cambiando. La vieja autarquía abrazaba el capitalismo —una, grande y camaleónica— y las camisas azules quedaban plegadas en los baúles para las fiestas de guardar. Fue entonces cuando los estudiantes Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga —con Agustín Navarro y Florentino Soria— se lanzaron a rodar las ruinas que muy pronto iban a desaparecer en aras a la reconstrucción y el desarrollismo, la nueva divisa imperial.
La película –Paseo por una guerra antigua– la montaron en casa de Bardem, pero quedó sin sonorizar porque no había dinero. Es más: pocos años después la película se perdió y lo único que nos ha quedado es este montaje compuesto de retazos, fragmentos y descartes no utilizados del negativo y de un copión sin montar.
Miro las imágenes. Afuera el viento sacude con fuerza las ramas y seguro que agita las páginas recién estrenadas de algún calendario del 2026, 90 años después de aquella guerra antigua. Sigo mirando las imágenes con ese poder hipnótico que tiene lo inconexo y fragmentario, lo no conclusivo.
Ese mutilado recorriendo la destrucción.
Su sombra reflejada en las paredes acribilladas.
La mirada lacónica del protagonista que deambula por un tiempo y un espacio dislocados en los que sigue atrapada su vida.
La película remite al aroma de El cielo sobre Berlínde Wim Wenders: ese pasado que encharca el presente y que impide caminar sin muletas hacia el futuro. Ese pasado que nunca pasa.
Pienso en el copión original perdido. No la película, pues es más bello que solo queden los restos, sus cascotes, sino en el copión original perdido que era la memoria directa de nuestra guerra. En un país que roza los 50 millones de habitantes solo quedan 19.190 personas que tenían 10 años o más cuando la guerra empezó. Uno era mi abuelo Pepe y falleció la semana pasada a los 100 años. Un día antes de morir, tomándome la mano y con lucidez plena, me contaba cómo había idealizado —esa fue la palabra que empleó— a su padre. Se lo robaron cuando él tenía 17 años. A su padre lo fusilaron en el paredón de Paterna en 1943 por haber sido concejal republicano. A mi abuelo siempre le quedó ese hueco relieve acallado en su memoria.
Termino de ver la película. El hombre mutilado se sienta, se enciende un cigarrillo y mira al horizonte. Después me enteraré de que no era un mutilado de guerra sino un amigo de Bardem que jugaba al rugby como él y al que le fue amputada la pierna gangrenada por una lesión mal curada. A veces nada es lo que parece en quien mira una guerra antigua y su traumático legado. Nadie mejor ha descrito la distinción entre la guerra luchada y la guerra representada que el catedrático Antonio Monegal en El silencio de la guerra, una obra fundamental para estos furiosos días.
Tras dar la primera calada a su pitillo, el mutilado de la película entorna los ojos. Ahí siguen las trincheras. En el documental son las trincheras de aquel Madrid reventado 10 años atrás. En los paseos de hoy por aquella guerra antigua también siguen las trincheras, los hierros y los orificios de bala. Pero ya no son los de la batalla. Son el crudo paisaje de nuestra memoria. Son la sombra que arrastramos. O que nos arrastra.
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