Patricia Lee «Patti» Smith (1946, Chicago) nunca ha separado la vida del arte. Para ella, cantar, escribir o recordar forman parte de un mismo gesto: resistir al paso del tiempo dotándolo de sentido. Pan de ángeles (Lumen, 2025), su nuevo libro de memorias, es quizá la prueba más clara de esa filosofía. Lejos de limitarse a un recuento de hitos o anécdotas de una carrera legendaria, Smith ofrece un texto hondo, irregular y luminoso, que funciona como un largo poema en prosa sobre la identidad, la pérdida y la fe en la creación.
15 años después de Éramos unos niños (Lumen, 2010), el libro que la consagró como una de las grandes memorialistas contemporáneas, Smith regresa al género con una ambición mayor: contar su vida entera, desde la infancia hasta la madurez, sin la pretensión de cerrarla ni explicarla del todo. Pan de ángeles no es una autobiografía convencional; es un mapa emocional, construido a base de recuerdos que emergen por afinidad, no por orden cronológico.
Una infancia marcada por la imaginación
El relato se abre con la infancia de Smith en el seno de una familia humilde, entre mudanzas, enfermedades y una temprana sensación de extrañeza frente al mundo. «La mía fue una infancia proustiana de cuarentena y convalecencia intermitente», escribe. Desde muy joven, los libros aparecen como salvación: la Biblia, Rimbaud, Blake, los poetas malditos y los visionarios. La niña que fue Patti Smith aprende pronto que la imaginación no es un lujo, sino una necesidad. Esa convicción atraviesa todo el libro y explica, en parte, la intensidad con la que más tarde se entregará a la música y la escritura.
El título, Pan de ángeles, remite a una imagen bíblica: el alimento que cae del cielo para sostener a quienes caminan por el desierto. Smith lo utiliza como metáfora de aquello que nos llega sin haberlo pedido —una canción, un libro, un encuentro— y que, sin embargo, nos permite seguir adelante. La memoria, parece decirnos, también puede ser ese pan.
Nueva York y la forja de una voz
La llegada a Nueva York, ya mítica en su obra, reaparece aquí con una mirada más amplia. El lector se encuentra con el Chelsea Hotel, los trabajos precarios, el hambre literal y simbólica, y la amistad y el amor compartidos con Robert Mapplethorpe. Pero esta vez esos episodios no ocupan el centro absoluto del relato: son piezas de un mosaico mayor. Ya contó con todo detalle esa relación en Éramos unos niños.
Smith recuerda la efervescencia cultural de finales de los sesenta y setenta, los recitales de poesía, el nacimiento de su banda y la grabación de Horses, el disco que la convirtió en un icono del punk. Sin embargo, el tono no es triunfalista. Hay distancia, gratitud y una conciencia clara de que aquel fuego juvenil fue tan decisivo como irrepetible.
El duelo como territorio creativo
Uno de los ejes más potentes del libro es la reflexión sobre la pérdida. La muerte de Mapplethorpe, de su marido Fred «Sonic» Smith y de otros amigos y compañeros de viaje atraviesa Pan de ángeles como una corriente subterránea. Patti Smith escribe sobre el duelo sin sentimentalismo, pero también sin esconder su fragilidad. La escritura aparece aquí como una forma de fidelidad: recordar es no abandonar a quienes ya no están.
Especialmente conmovedores son los pasajes dedicados a su vida familiar, a la maternidad (tuvo dos hijos con su marido Fred «Sonic» Smith) y a la experiencia de reconstruirse tras la viudez. Smith no idealiza el dolor, pero tampoco lo esquiva. Lo transforma en lenguaje, en imágenes que buscan tocar algo esencial en el lector.
El descubrimiento que reconfigura la historia familiar
En un giro inesperado, el libro aborda el descubrimiento tardío de aspectos ocultos de su origen familiar. En Pan de ángeles, Patti Smith relata uno de los episodios más desconcertantes de su vida: ya entrada en la madurez, alrededor de los 65 años, se sometió a una prueba de ADN junto a su hermana Linda y descubrió que no compartían el mismo padre biológico. Aquella revelación confirmó viejos rumores familiares y puso en cuestión la figura paterna que había dado por cierta durante toda su vida. El impacto fue tan profundo que, según confiesa, durante un tiempo quedó bloqueada creativamente, incapaz de escribir mientras intentaba asimilar una verdad que alteraba los cimientos de su identidad.
Lejos de quedarse en el desconcierto, Smith decidió investigar con paciencia y rigor. Con la ayuda de su hija mayor —a quien había dado en adopción siendo muy joven y con la que se reencontró años después— siguió pistas genéticas y familiares hasta identificar a su verdadero padre: un hombre llamado Sidney, de origen judío asquenazí, cuya familia había emigrado desde Europa del Este. Aunque él ya había fallecido cuando ella llegó a la certeza, Smith describe el hallazgo como un reconocimiento íntimo e inmediato, una convicción emocional que antecede a cualquier prueba: supo que era su padre incluso antes de conocer su rostro.
Una prosa que escucha el silencio
Formalmente, Pan de ángeles es un texto libre, fragmentario, a veces abrupto. Hay páginas de gran belleza lírica y otras más ásperas, casi desnudas. Smith no busca la perfección estilística, sino la verdad emocional. Su prosa se mueve entre la narración, la poesía y el cuaderno de notas, reflejando una mente que piensa a través de imágenes y asociaciones, al igual que sus canciones o sus fotografías (gran parte publicadas en su Libro de los días, Lumen, 2023).
Este carácter irregular puede desconcertar a algunos lectores, pero es precisamente lo que dota al libro de autenticidad. La memoria no es lineal, y Smith se niega a domesticarla. Smith nunca ha sido lineal, ni en su vida personal, ni en la música, ni en la poesía, ni en sus memorias.
Más que un cierre, Pan de ángeles se lee como una ofrenda. Patti Smith no escribe para fijar su lugar en la historia —ese lugar ya está asegurado— sino para compartir una experiencia vital marcada por la atención, la entrega y la gratitud hacia el arte. Su mensaje, si lo hay, es sencillo y exigente: vivir con intensidad, permanecer abiertos, confiar en la fuerza transformadora de la creación.
En estas memorias, Smith confirma que su verdadera obra no es solo una discografía o una bibliografía, sino una manera de estar en el mundo. Pan de ángeles es el testimonio de alguien que ha hecho de la vida un acto poético y que, al recordarla, nos invita a hacer lo mismo.
Patricia Lee «Patti» Smith (1946, Chicago) nunca ha separado la vida del arte. Para ella, cantar, escribir o recordar forman parte de un mismo gesto: resistir
Patricia Lee «Patti» Smith (1946, Chicago) nunca ha separado la vida del arte. Para ella, cantar, escribir o recordar forman parte de un mismo gesto: resistir al paso del tiempo dotándolo de sentido. Pan de ángeles (Lumen, 2025), su nuevo libro de memorias, es quizá la prueba más clara de esa filosofía. Lejos de limitarse a un recuento de hitos o anécdotas de una carrera legendaria, Smith ofrece un texto hondo, irregular y luminoso, que funciona como un largo poema en prosa sobre la identidad, la pérdida y la fe en la creación.
15 años después de Éramos unos niños (Lumen, 2010), el libro que la consagró como una de las grandes memorialistas contemporáneas, Smith regresa al género con una ambición mayor: contar su vida entera, desde la infancia hasta la madurez, sin la pretensión de cerrarla ni explicarla del todo. Pan de ángeles no es una autobiografía convencional; es un mapa emocional, construido a base de recuerdos que emergen por afinidad, no por orden cronológico.
El relato se abre con la infancia de Smith en el seno de una familia humilde, entre mudanzas, enfermedades y una temprana sensación de extrañeza frente al mundo. «La mía fue una infancia proustiana de cuarentena y convalecencia intermitente», escribe. Desde muy joven, los libros aparecen como salvación: la Biblia, Rimbaud, Blake, los poetas malditos y los visionarios. La niña que fue Patti Smith aprende pronto que la imaginación no es un lujo, sino una necesidad. Esa convicción atraviesa todo el libro y explica, en parte, la intensidad con la que más tarde se entregará a la música y la escritura.
El título, Pan de ángeles, remite a una imagen bíblica: el alimento que cae del cielo para sostener a quienes caminan por el desierto. Smith lo utiliza como metáfora de aquello que nos llega sin haberlo pedido —una canción, un libro, un encuentro— y que, sin embargo, nos permite seguir adelante. La memoria, parece decirnos, también puede ser ese pan.
La llegada a Nueva York, ya mítica en su obra, reaparece aquí con una mirada más amplia. El lector se encuentra con el Chelsea Hotel, los trabajos precarios, el hambre literal y simbólica, y la amistad y el amor compartidos con Robert Mapplethorpe. Pero esta vez esos episodios no ocupan el centro absoluto del relato: son piezas de un mosaico mayor. Ya contó con todo detalle esa relación en Éramos unos niños.
Smith recuerda la efervescencia cultural de finales de los sesenta y setenta, los recitales de poesía, el nacimiento de su banda y la grabación de Horses, el disco que la convirtió en un icono del punk. Sin embargo, el tono no es triunfalista. Hay distancia, gratitud y una conciencia clara de que aquel fuego juvenil fue tan decisivo como irrepetible.
Uno de los ejes más potentes del libro es la reflexión sobre la pérdida. La muerte de Mapplethorpe, de su marido Fred «Sonic» Smith y de otros amigos y compañeros de viaje atraviesa Pan de ángeles como una corriente subterránea. Patti Smith escribe sobre el duelo sin sentimentalismo, pero también sin esconder su fragilidad. La escritura aparece aquí como una forma de fidelidad: recordar es no abandonar a quienes ya no están.
Especialmente conmovedores son los pasajes dedicados a su vida familiar, a la maternidad (tuvo dos hijos con su marido Fred «Sonic» Smith) y a la experiencia de reconstruirse tras la viudez. Smith no idealiza el dolor, pero tampoco lo esquiva. Lo transforma en lenguaje, en imágenes que buscan tocar algo esencial en el lector.
En un giro inesperado, el libro aborda el descubrimiento tardío de aspectos ocultos de su origen familiar. En Pan de ángeles, Patti Smith relata uno de los episodios más desconcertantes de su vida: ya entrada en la madurez, alrededor de los 65 años, se sometió a una prueba de ADN junto a su hermana Linda y descubrió que no compartían el mismo padre biológico. Aquella revelación confirmó viejos rumores familiares y puso en cuestión la figura paterna que había dado por cierta durante toda su vida. El impacto fue tan profundo que, según confiesa, durante un tiempo quedó bloqueada creativamente, incapaz de escribir mientras intentaba asimilar una verdad que alteraba los cimientos de su identidad.
Lejos de quedarse en el desconcierto, Smith decidió investigar con paciencia y rigor. Con la ayuda de su hija mayor —a quien había dado en adopción siendo muy joven y con la que se reencontró años después— siguió pistas genéticas y familiares hasta identificar a su verdadero padre: un hombre llamado Sidney, de origen judío asquenazí, cuya familia había emigrado desde Europa del Este. Aunque él ya había fallecido cuando ella llegó a la certeza, Smith describe el hallazgo como un reconocimiento íntimo e inmediato, una convicción emocional que antecede a cualquier prueba: supo que era su padre incluso antes de conocer su rostro.
Formalmente, Pan de ángeles es un texto libre, fragmentario, a veces abrupto. Hay páginas de gran belleza lírica y otras más ásperas, casi desnudas. Smith no busca la perfección estilística, sino la verdad emocional. Su prosa se mueve entre la narración, la poesía y el cuaderno de notas, reflejando una mente que piensa a través de imágenes y asociaciones, al igual que sus canciones o sus fotografías (gran parte publicadas en su Libro de los días, Lumen, 2023).
Este carácter irregular puede desconcertar a algunos lectores, pero es precisamente lo que dota al libro de autenticidad. La memoria no es lineal, y Smith se niega a domesticarla. Smith nunca ha sido lineal, ni en su vida personal, ni en la música, ni en la poesía, ni en sus memorias.
Más que un cierre, Pan de ángeles se lee como una ofrenda. Patti Smith no escribe para fijar su lugar en la historia —ese lugar ya está asegurado— sino para compartir una experiencia vital marcada por la atención, la entrega y la gratitud hacia el arte. Su mensaje, si lo hay, es sencillo y exigente: vivir con intensidad, permanecer abiertos, confiar en la fuerza transformadora de la creación.
En estas memorias, Smith confirma que su verdadera obra no es solo una discografía o una bibliografía, sino una manera de estar en el mundo. Pan de ángeles es el testimonio de alguien que ha hecho de la vida un acto poético y que, al recordarla, nos invita a hacer lo mismo.
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