24 mentiras por segundo

<p>Si las grandes religiones teístas hubiesen surgido después de saberse que la Tierra está a más de 20.000 años luz del centro de la Vía Láctea, una galaxia de tantas, habrían tenido que <strong>hacer malabarismos para convencernos de que los humanos somos protagonistas de algo</strong>. De hecho, es lo que han hecho los nuevos cultos, devolver a la humanidad a la pista central tirando de ciencia ficción clásica (la cienciología) o negando la astrofísica por la vía rápida (el terraplanismo). Los que consumimos ficción de la otra manera también andamos buscando consuelo, que conste. </p>

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 Somos adictos a las historias porque tienen todo lo que deseamos en nuestras vidas, estructura, propósito y hasta significado. Qué más da si son mentira.  

Si las grandes religiones teístas hubiesen surgido después de saberse que la Tierra está a más de 20.000 años luz del centro de la Vía Láctea, una galaxia de tantas, habrían tenido que hacer malabarismos para convencernos de que los humanos somos protagonistas de algo. De hecho, es lo que han hecho los nuevos cultos, devolver a la humanidad a la pista central tirando de ciencia ficción clásica (la cienciología) o negando la astrofísica por la vía rápida (el terraplanismo). Los que consumimos ficción de la otra manera también andamos buscando consuelo, que conste.

Somos adictos a las historias porque tienen todo lo que deseamos en nuestras vidas, estructura, propósito y hasta significado. El problema es que nos empapamos tanto de ficción que confundimos sus leyes con nuestra experiencia y acabamos adoptando una cantidad sorprendente de creencias falsas. Aprovechando el próximo estreno del nuevo montaje de Kill Bill, aquí van tres ejemplos.

1. La venganza. No nos parece una idea muy lejana. En realidad, la respuesta común a las puñaladas es otra: el rencor eterno. Es posible que el destino nos ponga en bandeja la posibilidad de impartir justicia, pero eso no es ejecutar una venganza, sino ser un rencoroso con suerte. Sólo un individuo extraordinario y/o mentalmente inestable sería capaz de sacrificar su tiempo, su energía, sus relaciones personales y su estabilidad económica para cometer una agresión calculada. En la vida real, La Novia, tras despertar de su coma, buscaría trabajo, vivienda y, como mucho, se ofrecería como testigo en una investigación y juicio que merece otra película.

2. La simpatía por el lobo solitario. Es imposible imaginar una película, serie o novela en la que los buenos triunfen gracias a su ventaja numérica. Que se resuelva con una batalla en la que los héroes sean un ejército y el villano esté solo, abandonado a su suerte. La ficción nos ha hecho creer que compartimos un principio moral inalterable que nos posiciona automáticamente a favor del individuo en desventaja. En abstracto creemos que es así. La verdad es otra, en nuestras vidas entre película y película nada nos causa más felicidad que saber que «los otros» son pocos, débiles y fáciles de someter.

3. El viejo maestro. La ficción traza una relación directa entre la edad y la sabiduría. Es improbable que el gurú tenga la misma edad que el discípulo, y ni se plantea que sea más joven. Como si la experiencia acumulada garantizase un entendimiento superior. Cuando todos sabemos que a partir de los 50 tendemos a ser menos curiosos y flexibles. Nos atascamos intelectualmente y sustituimos la reflexión por las emociones, volviéndonos más difíciles de convencer y más fáciles de manipular. En la vida real, asumámoslo, Pai Mei, Bill, Obi-Wan Kenobi y Gandalf tienen todas las papeletas para ser insufribles.

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