Victoria Amelina y Tamara Duda: nacidas en Ucrania

«Algún día nos libraremos del mal y el repartidor nos dará de nuevo la pizza nuestra de cada día», se lee en la excelente novela Hija de Donetsk, de Tamara Duda. Escritora y periodista ucraniana, con el estallido de la guerra en el Donbás, Tamara abandonó todo para servir como voluntaria en el frente. Su libro será el testimonio, en forma de novela, pero recogiendo la experiencia de muchos, de la joven Elfa que logra levantarse y «renacer» de las cenizas, tras perder a su familia, el trabajo y su hogar, abrazando «un destino personal junto al del Donbás, entrelazados». «Si decides quedarte -dirá la protagonista- ten claro que vas a tener que cambiar. Prepárate y mantente alerta. Te alimentarás de tierra con tal de sobrevivir. Y un día, tú misma alimentarás la tierra. ¡Viviremos!».

Como afirma la autora de este, a ratos estremecedor, libro, «se trata también de coraje, del coraje absoluto para reclamar lo que es legítimamente tuyo, reconocerlo, clavar los pies en la tierra y jamás regalar a nadie lo que es tuyo, tu hogar, tu patria, tu corazón, tu derecho a caminar con la cabeza en alto». La heroína absorbe hasta lo más hondo del valor, la dignidad y el dolor las experiencias de un gran número de combatientes, voluntarios militares y personas desplazadas a quienes el destino reunió en un mismo lugar sacrificado y convertido en un «bastión» para muchos. «Viviremos», insiste la heroína. Y sin duda, se hará. Un libro que, junto a los magníficos de Serhiy Zhadan Orfanato y Voroshilovgrado, aparecidos ambos en Galaxia Gutenberg, seguramente se convertirá en un clásico de la ficción bélica y del periodismo bélico, a la vez que en un hito para nuestra comprensión de lo que está sucediendo en Ucrania hoy mismo.

Escritora y traductora, Tamara Duda, hija de un físico y de una profesora de matemáticas, nació en 1976 en Kiev (entonces parte de la Unión Soviética). Inicialmente, se dio a conocer a través de su página de Facebook, con la cual fue documentando su trabajo como voluntaria en el Donbás al comienzo de la guerra ruso-ucraniana. A partir de entonces comenzaría su carrera como novelista. Su primera novela, Hija de Donetsk, de 2019, traducida a una gran cantidad de lenguas, ganaría el que está considerado el máximo premio ucraniano, el Premio Nacional Taras-Shevchenko, a la Primera Novela, recibiéndolo de manos del presidente ucraniano Volodímir Zelenski.

En el año 2014, Tamara Duda se ofreció como voluntaria para la Operación de Fuerzas Conjuntas en Donbás después del inicio de la guerra. Al presenciar las lesiones en los ojos de los soldados ucranianos causadas por la metralla, se embarcó en una campaña para suministrar al ejército ucraniano gafas tácticas, implicando incluso al gobierno de Estados Unidos. Durante su época en primera línea, que duró hasta 2016, Tamara iría relatando su experiencia bajo el seudónimo de Tamara Horikha Zernya, consiguiendo mucha notoriedad. Durante este período de voluntariado que conoció a Svyatoslav Boyko, quien más tarde se convertiría en su esposo. Ambos serían reconocidos por sus esfuerzos como voluntarios por el alcalde de Kiev.

La segunda novela de Tamara Duda, aún sin traducir, titulada El principio de intervención, se publicaría en 2021, y narra la historia a Stanislava, una profesora de matemáticas viuda cuyo esposo fue asesinado durante la guerra ruso-ucraniana. Stanislava regresa a su ciudad natal en el óblast de Cherkasy para ayudar a un amigo a investigar el destino de una joven novia desaparecida. La novela termina con una escena singular en la que se ve a su protagonista bailando sobre la tumba de Vladimir Putin.

Vivir, como decía Tamara Duda en Hija de Donetsk, o simplemente ese sueño de toda una generación de continuar con la vida de siempre, desafiando a la barbarie, no sería posible para la joven escritora Victoria Amelina, nacida en Leópolis, en  1986, y fallecida a los 37 años en Kramatorsk, en 2023. Mientras Amelina cenaba el 1 de julio de ese año en el restaurante Ria Pizza, en la región de Donetsk, el establecimiento fue atacado por un misil ruso. Amelina estaba documentando en aquellos momentos los crímenes de guerra de Rusia en Ucrania en un proyecto llamado Truth Hounds y trabajaba en un libro en inglés que recogía testimonios de mujeres ucranianas sobre tales atrocidades.

Imposible no sobrecogerse cuando ahora tenemos entre las manos su maravillosa y emocionante novela Un hogar para Dom, dotada de una delicada y estremecedora poesía. Autora de obras infantiles y de numerosos artículos, esta era su segunda novela y contaba con los más importantes galardones (entre ellos, el Premio de la Unión Europea 2019) estando destinada, sin duda, a formar parte de lo mejor de la literatura ucraniana de las últimas décadas.

La deliciosa historia, a ratos irónica y dotada de un suave humor entre agridulce y desgarrador, de Un hogar para Dom, narra las aventuras, tras la caída de la URSS, de una estrafalaria familia ruso-ucraniana, los Tsilyk. Las vicisitudes están contadas por su perro, Dominik, o Dom, un caniche muchas veces tachado de «idiota», por las características que la raza encarna en el imaginario popular. El tormentoso pasado y sus secretos, enigmáticamente encerrados en un baúl que nadie puede abrir, tanto colectivos, del país, como personales, irá tejiendo toda la acción. Una fábula que, desde el principio, atrapa al lector a través de su prodigioso tono poético, entre el sueño y la duermevela, mezclando a cada paso las fervientes ilusiones y la fascinación por los misterios de la niñez y la adolescencia, con la aceptación y melancolía de la madurez. Un tipo de fábulas fantásticas que el gran Mijaíl Bulgákov, nacido en Kiev, o la imaginación prodigiosa de Stanislaw Lem, nacido en Leópolis, igualmente llevaron a cabo de forma magnífica.

Desorientados, vulnerables, «caminando como fantasmas», frágiles tras múltiples caídas y contratiempos, encerrados tercamente en sus secretos, a merced del viento nuevo que ha llegado tras la caída de la URSS, los peculiares Tsilyk, junto a su caniche, que no se separa tanto del abuelo, un coronel retirado de las Fuerzas Aéreas, como de Marusia, la nieta ciega, para cuya operación, con el fin de devolverle la vista, toda la familia ahorra, arrastran con ellos un pasado de tribu nómada, tras recorrer toda la Unión Soviética: «De república en república, de cuartel en cuartel, más de cuarenta años, por los valles de los ríos helados de Transbaikalia y Karelia, por las estepas kazajas y los aeródromos georgianos, entre escarpadas montañas, las extensiones de la URSS eran infinitas y esa es la única razón por la que uno podía amarlas». «Si no fuera por los soviéticos -añade el coronel- yo estaría pastoreando vacas en el pueblo».

Ahora, cuando el deambular ha cesado, han ido a parar todos a Leópolis. A la casa de «un escritor polaco famoso», Stanislaw Lem («seguro que los nazis le habían negado el derecho a llamarse polaco, seguro que tenían la intención de enviarlo al gueto, donde ya se encontraba el resto de su familia judía, pero alguien o algo debió salvarlo») que vivió allí antes que ellos y que dejó antes de irse un misterioso baúl cerrado al que le falta la llave para abrirlo.

Como un planeta autónomo, la identidad de esa mítica ciudad antaño multicultural pesa sin cesar en la reunión de personajes estrafalarios que son los Tsilyk y sus amigos: «Aunque huela a toda la Tierra, uno siempre ha sido y será leopolitano». Ya estén recogiendo mandarinas en España, trabajando con pieles de nutria en Finlandia o recorriendo el mundo, siempre acabarán volviendo a Leópolis. Una ciudad o encrucijada de muchos nombres y pasados (Lviv, Lvov, Leópolis, o el Lemberg de los alemanes), de un gigantesco pasado cultural, narrada por polacos, ucranianos o soviéticos, frontera con Polonia, y símbolo de las convulsiones de todo un siglo.

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 «Algún día nos libraremos del mal y el repartidor nos dará de nuevo la pizza nuestra de cada día», se lee en la excelente novela Hija  

«Algún día nos libraremos del mal y el repartidor nos dará de nuevo la pizza nuestra de cada día», se lee en la excelente novela Hija de Donetsk, de Tamara Duda. Escritora y periodista ucraniana, con el estallido de la guerra en el Donbás, Tamara abandonó todo para servir como voluntaria en el frente. Su libro será el testimonio, en forma de novela, pero recogiendo la experiencia de muchos, de la joven Elfa que logra levantarse y «renacer» de las cenizas, tras perder a su familia, el trabajo y su hogar, abrazando «un destino personal junto al del Donbás, entrelazados». «Si decides quedarte -dirá la protagonista- ten claro que vas a tener que cambiar. Prepárate y mantente alerta. Te alimentarás de tierra con tal de sobrevivir. Y un día, tú misma alimentarás la tierra. ¡Viviremos!».

Como afirma la autora de este, a ratos estremecedor, libro, «se trata también de coraje, del coraje absoluto para reclamar lo que es legítimamente tuyo, reconocerlo, clavar los pies en la tierra y jamás regalar a nadie lo que es tuyo, tu hogar, tu patria, tu corazón, tu derecho a caminar con la cabeza en alto». La heroína absorbe hasta lo más hondo del valor, la dignidad y el dolor las experiencias de un gran número de combatientes, voluntarios militares y personas desplazadas a quienes el destino reunió en un mismo lugar sacrificado y convertido en un «bastión» para muchos. «Viviremos», insiste la heroína. Y sin duda, se hará. Un libro que, junto a los magníficos de Serhiy Zhadan Orfanato y Voroshilovgrado, aparecidos ambos en Galaxia Gutenberg, seguramente se convertirá en un clásico de la ficción bélica y del periodismo bélico, a la vez que en un hito para nuestra comprensión de lo que está sucediendo en Ucrania hoy mismo.

Escritora y traductora, Tamara Duda, hija de un físico y de una profesora de matemáticas, nació en 1976 en Kiev (entonces parte de la Unión Soviética). Inicialmente, se dio a conocer a través de su página de Facebook, con la cual fue documentando su trabajo como voluntaria en el Donbás al comienzo de la guerra ruso-ucraniana. A partir de entonces comenzaría su carrera como novelista. Su primera novela, Hija de Donetsk, de 2019, traducida a una gran cantidad de lenguas, ganaría el que está considerado el máximo premio ucraniano, el Premio Nacional Taras-Shevchenko, a la Primera Novela, recibiéndolo de manos del presidente ucraniano Volodímir Zelenski.

En el año 2014, Tamara Duda se ofreció como voluntaria para la Operación de Fuerzas Conjuntas en Donbás después del inicio de la guerra. Al presenciar las lesiones en los ojos de los soldados ucranianos causadas por la metralla, se embarcó en una campaña para suministrar al ejército ucraniano gafas tácticas, implicando incluso al gobierno de Estados Unidos. Durante su época en primera línea, que duró hasta 2016, Tamara iría relatando su experiencia bajo el seudónimo de Tamara Horikha Zernya, consiguiendo mucha notoriedad. Durante este período de voluntariado que conoció a Svyatoslav Boyko, quien más tarde se convertiría en su esposo. Ambos serían reconocidos por sus esfuerzos como voluntarios por el alcalde de Kiev.

La segunda novela de Tamara Duda, aún sin traducir, titulada El principio de intervención, se publicaría en 2021, y narra la historia a Stanislava, una profesora de matemáticas viuda cuyo esposo fue asesinado durante la guerra ruso-ucraniana. Stanislava regresa a su ciudad natal en el óblast de Cherkasy para ayudar a un amigo a investigar el destino de una joven novia desaparecida. La novela termina con una escena singular en la que se ve a su protagonista bailando sobre la tumba de Vladimir Putin.

Vivir, como decía Tamara Duda en Hija de Donetsk, o simplemente ese sueño de toda una generación de continuar con la vida de siempre, desafiando a la barbarie, no sería posible para la joven escritora Victoria Amelina, nacida en Leópolis, en  1986, y fallecida a los 37 años en Kramatorsk, en 2023. Mientras Amelina cenaba el 1 de julio de ese año en el restaurante Ria Pizza, en la región de Donetsk, el establecimiento fue atacado por un misil ruso. Amelina estaba documentando en aquellos momentos los crímenes de guerra de Rusia en Ucrania en un proyecto llamado Truth Hounds y trabajaba en un libro en inglés que recogía testimonios de mujeres ucranianas sobre tales atrocidades.

Imposible no sobrecogerse cuando ahora tenemos entre las manos su maravillosa y emocionante novela Un hogar para Dom, dotada de una delicada y estremecedora poesía. Autora de obras infantiles y de numerosos artículos, esta era su segunda novela y contaba con los más importantes galardones (entre ellos, el Premio de la Unión Europea 2019) estando destinada, sin duda, a formar parte de lo mejor de la literatura ucraniana de las últimas décadas.

La deliciosa historia, a ratos irónica y dotada de un suave humor entre agridulce y desgarrador, de Un hogar para Dom, narra las aventuras, tras la caída de la URSS, de una estrafalaria familia ruso-ucraniana, los Tsilyk. Las vicisitudes están contadas por su perro, Dominik, o Dom, un caniche muchas veces tachado de «idiota», por las características que la raza encarna en el imaginario popular. El tormentoso pasado y sus secretos, enigmáticamente encerrados en un baúl que nadie puede abrir, tanto colectivos, del país, como personales, irá tejiendo toda la acción. Una fábula que, desde el principio, atrapa al lector a través de su prodigioso tono poético, entre el sueño y la duermevela, mezclando a cada paso las fervientes ilusiones y la fascinación por los misterios de la niñez y la adolescencia, con la aceptación y melancolía de la madurez. Un tipo de fábulas fantásticas que el gran Mijaíl Bulgákov, nacido en Kiev, o la imaginación prodigiosa de Stanislaw Lem, nacido en Leópolis, igualmente llevaron a cabo de forma magnífica.

Desorientados, vulnerables, «caminando como fantasmas», frágiles tras múltiples caídas y contratiempos, encerrados tercamente en sus secretos, a merced del viento nuevo que ha llegado tras la caída de la URSS, los peculiares Tsilyk, junto a su caniche, que no se separa tanto del abuelo, un coronel retirado de las Fuerzas Aéreas, como de Marusia, la nieta ciega, para cuya operación, con el fin de devolverle la vista, toda la familia ahorra, arrastran con ellos un pasado de tribu nómada, tras recorrer toda la Unión Soviética: «De república en república, de cuartel en cuartel, más de cuarenta años, por los valles de los ríos helados de Transbaikalia y Karelia, por las estepas kazajas y los aeródromos georgianos, entre escarpadas montañas, las extensiones de la URSS eran infinitas y esa es la única razón por la que uno podía amarlas». «Si no fuera por los soviéticos -añade el coronel- yo estaría pastoreando vacas en el pueblo».

Ahora, cuando el deambular ha cesado, han ido a parar todos a Leópolis. A la casa de «un escritor polaco famoso», Stanislaw Lem («seguro que los nazis le habían negado el derecho a llamarse polaco, seguro que tenían la intención de enviarlo al gueto, donde ya se encontraba el resto de su familia judía, pero alguien o algo debió salvarlo») que vivió allí antes que ellos y que dejó antes de irse un misterioso baúl cerrado al que le falta la llave para abrirlo.

Como un planeta autónomo, la identidad de esa mítica ciudad antaño multicultural pesa sin cesar en la reunión de personajes estrafalarios que son los Tsilyk y sus amigos: «Aunque huela a toda la Tierra, uno siempre ha sido y será leopolitano». Ya estén recogiendo mandarinas en España, trabajando con pieles de nutria en Finlandia o recorriendo el mundo, siempre acabarán volviendo a Leópolis. Una ciudad o encrucijada de muchos nombres y pasados (Lviv, Lvov, Leópolis, o el Lemberg de los alemanes), de un gigantesco pasado cultural, narrada por polacos, ucranianos o soviéticos, frontera con Polonia, y símbolo de las convulsiones de todo un siglo.

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