El pasado 20 de agosto de 2025, el embajador argentino en España tuvo la ocurrencia de terminar el homenaje por el 175 aniversario de la muerte de José de San Martín, el libertador de su país, dando vivas a Cádiz, España y al Rey. En Argentina molestó lo último. ¿Cómo era posible que el embajador diera vivas al Rey de España cuando San Martín, decían los indignados, había luchado contra el Rey para liberar a su país del “yugo español”? La prensa argentina llamó “ignorante” al embajador, pidió su cabeza, y que se fuera al carajo.
Quizá los ignorantes fueron quienes criticaron al embajador, porque José de San Martín sirvió al Rey de España y dio vivas al Rey durante la mayor parte de su vida. Y lo hizo de forma voluntaria en mil batallas. Además, San Martín fue monárquico durante toda su vida, y de ahí parte de los problemas que tuvo con Simón Bolívar. Y, además, ¿qué “yugo español”? Cuando San Martín se hace independentista, a finales de 1811, los americanos están representados en las Cortes de Cádiz con la misma entidad que los españoles. La constitución de 1812 decía en su artículo primero que “la Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”. Y, además, ¿contra qué Rey se levantó San Martín en 1812? Porque Fernando VII estaba en Francia, y el rey de España era José I Bonaparte. El conjunto me parece que necesita una explicación.
Hoy en Historia Canalla hablamos de José de San Martín, que tiene una estatua en Madrid desde 1960, como en Buenos Aires hay un Monumento de los Españoles que fue sufragado por la colonia española en la capital argentina en 1910, por el centenario de la Revolución de Mayo en el Virreinato del Río de la Plata, que fue un movimiento para supuestamente defender los derechos del rey Fernando VII frente a Napoleón. Empezamos.
José de San Martín fue el quinto hijo de un matrimonio de españoles, no de criollos ni de indígenas. Su padre, nacido en la provincia española de Palencia, era teniente gobernador de la provincia de Corrientes, hoy en Argentina. José nació en 1778, en Yapeyú, pero su familia dejó América en 1784 rumbo a Cádiz, cuando tenía seis años. Esto supone que “el libertador” no podía sentirse criollo ni por familia, recuerdos o crianza.
Estudió en Málaga, España, y con doce años ingresó en el Ejército, que era una costumbre en los hijos de militares al servicio del rey y de su patria. Su primera batalla fue en 1791, en Orán, en la actual Argelia. Acompañó al general Ricardos en la campaña del Rosellón, en 1793, bajo bandera española para defender la monarquía absoluta de Carlos IV, y contra la Francia revolucionaria de la libertad, igualdad y fraternidad. No se detuvo ahí. También estuvo con Godoy en la Guerra de las Naranjas contra Portugal, en 1801.
Descansó después, y marchó a Cádiz en 1802. Allí frecuentó los ambientes liberales y masónicos del momento, en una ciudad muy cosmopolita. Hay quien dice que fue entonces cuando ingresó en una logia masónica de tradición escocesa, y que esta decisión cambió su vida. No era una logia cualquiera, era la Logia Gran Reunión Americana o Logia de los Caballeros Racionales, que fue fundada por el independentista venezolano Francisco de Miranda en Londres el año 1798, en la que también estaba Simón Bolívar. Es claro que ingresó entonces en una masonería con miembros independentistas, lo que no cambió de momento fue su empeño en defender al Rey de España.
Se sumó a la rebelión contra la invasión francesa del país, y formó en el ejército de Andalucía que comandaba el general Castaños, al que ya conocía por la guerra del Rosellón. Estuvo en la victoria de Bailén, en la vanguardia de caballería, la primera vez que se derrotó al ejército de Napoleón, y luego en la batalla de La Albuera, en 1811, que fue otro éxito. Llegados a este punto, la pregunta es obvia: ¿Por qué a este español que luchaba por el Rey y por España de repente se le ocurre ir a Argentina a batallar por la independencia? Vamos con los supuestos.
Hay quien dice, en plan romántico, que fue su amor a la libertad y el recuerdo de la tierra en la que nació, al tiempo que la desesperanza por un país, España, lleno de fracasos y yugos absolutistas. Esto vale para un relato nacionalista o periodístico, pero hay otras versiones con más fundamento.
Algunos historiadores sostienen que fue su pertenencia a la logia masónica “Lautaro”, en Cádiz, que estaba compuesta por masones americanos, los que decidieron aprovechar la debilidad de la metrópoli para encabezar sublevaciones al otro lado del Atlántico. Otros historiadores vinculan este proyecto con los planes del Reino Unido para desmontar el imperio español y conseguir tratados comerciales ventajosos con las nuevas repúblicas. Por último, hay quien afirma que hubo también un motivo personal en San Martín, y fue que, tras una vida militar tan exitosa, no le concedieron el grado militar al que se creía merecedor. Indignado o despechado pidió la baja en el Ejército el 2 de septiembre de 1811, solicitó un pasaporte con nombre falso, “José Matorras”, y puso rumbo a Londres, donde se reunían los independentistas americanos y recibían fondos del Gobierno británico para el levantamiento.
Tanto amor tenía a Argentina, que San Martín pasó cuatro meses en Londres tejiendo la red personal y económica para la sublevación. El 9 de marzo de 1812 llegó a Buenos Aires y comenzó a instalarse. Se casó con una adolescente criolla de familia rica, se codeó con la flor y nata de la élite local, y se incorporó al Ejército independentista. Pronto, el Primer Triunvirato de dicho ejército le concedió el cargo que ansiaba y que el Gobierno español no le había concedido, el de teniente coronel. ¿Cómo agradeció San Martín al Triunvirato el nombramiento? Pues dio un golpe de mano, y acabó con ellos para que el Segundo Triunvirato le nombrara comandante del Ejército del norte.
El mito de San Martín comenzó con la victoria sobre el ejército realista -compuesto también por criollos, españoles e indígenas- en San Lorenzo, en febrero de 1813. El paroxismo nacionalista llegó al punto de comparar el paso de San Martín por los Andes con las expediciones de Anibal, Julio César y Alejandro Magno. Cosas de la propaganda. El caso es que San Martín tomó la capitanía de Chile, y organizó en 1817 un ejército para conquistar el virreinato del Perú. Sin embargo, la guerra entre independentistas argentinos se había desatado tres años antes, entre federalistas y centralistas. Fueron 66 años de guerras civiles entre argentinos, que concluyeron, además con el genocidio de los indígenas de la Patagonia. Esa es otra historia oculta. Debido a esa guerra civil, la operación militar de San Martín se retrasó hasta 1820.
Tomó el virreinato del Perú, y San Martín ofreció a los realistas del lugar que algún príncipe de la dinastía Borbón, otro rey, reinara en el Perú independiente. No quisieron y San Martín expulsó a miles de españoles, incautó sus propiedades, y se erigió en dictador de Perú entre agosto de 1821 y septiembre de 1822.
A San Martín le seguían llamando “el andaluz”, lo que molestaba a alguno de sus conmilitones, por ejemplo Bolívar, celoso de su compadre. Veía en él a un hombre más moderado y monárquico, que quería un rey constitucional para el pueblo americano liberado de España. Las diferencias entre Bolívar y San Martín se mostraron en la reunión que mantuvieron en Guayaquil en julio de 1822. San Martín no creía en la democracia porque la gente no estaba educada para ello, y prefería una monarquía constitucional. Bolívar, en cambio, quería una república en el que dictase él, como un Napoleón americano. Los partidarios de Bolívar complicaron la vida a San Martín hasta el punto de que decidió dejarlo todo. Antes de irse, reunió al Primer Congreso Constituyente, en septiembre de 1822, y dimitió de sus cargos dejando la resolución del lío a los que vinieran.
No quiso quedarse en Argentina ni en América. Cuando falleció su esposa embarcó para Francia. Se sintió un exiliado. Recordaba con nostalgia su vida en España, mientras le llegaban noticias de las luchas fratricidas entre los americanos que había ayudado a independizar. San Martín murió en Francia en 1850 en el mayor de los olvidos, incluso en Argentina.
El pasado 20 de agosto de 2025, el embajador argentino en España tuvo la ocurrencia de terminar el homenaje por el 175 aniversario de la muerte
El pasado 20 de agosto de 2025, el embajador argentino en España tuvo la ocurrencia de terminar el homenaje por el 175 aniversario de la muerte de José de San Martín, el libertador de su país, dando vivas a Cádiz, España y al Rey. En Argentina molestó lo último. ¿Cómo era posible que el embajador diera vivas al Rey de España cuando San Martín, decían los indignados, había luchado contra el Rey para liberar a su país del “yugo español”? La prensa argentina llamó “ignorante” al embajador, pidió su cabeza, y que se fuera al carajo.
Quizá los ignorantes fueron quienes criticaron al embajador, porque José de San Martín sirvió al Rey de España y dio vivas al Rey durante la mayor parte de su vida. Y lo hizo de forma voluntaria en mil batallas. Además, San Martín fue monárquico durante toda su vida, y de ahí parte de los problemas que tuvo con Simón Bolívar. Y, además, ¿qué “yugo español”? Cuando San Martín se hace independentista, a finales de 1811, los americanos están representados en las Cortes de Cádiz con la misma entidad que los españoles. La constitución de 1812 decía en su artículo primero que “la Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”. Y, además, ¿contra qué Rey se levantó San Martín en 1812? Porque Fernando VII estaba en Francia, y el rey de España era José I Bonaparte. El conjunto me parece que necesita una explicación.
Hoy en Historia Canalla hablamos de José de San Martín, que tiene una estatua en Madrid desde 1960, como en Buenos Aires hay un Monumento de los Españoles que fue sufragado por la colonia española en la capital argentina en 1910, por el centenario de la Revolución de Mayo en el Virreinato del Río de la Plata, que fue un movimiento para supuestamente defender los derechos del rey Fernando VII frente a Napoleón. Empezamos.
José de San Martín fue el quinto hijo de un matrimonio de españoles, no de criollos ni de indígenas. Su padre, nacido en la provincia española de Palencia, era teniente gobernador de la provincia de Corrientes, hoy en Argentina. José nació en 1778, en Yapeyú, pero su familia dejó América en 1784 rumbo a Cádiz, cuando tenía seis años. Esto supone que “el libertador” no podía sentirse criollo ni por familia, recuerdos o crianza.
Estudió en Málaga, España, y con doce años ingresó en el Ejército, que era una costumbre en los hijos de militares al servicio del rey y de su patria. Su primera batalla fue en 1791, en Orán, en la actual Argelia. Acompañó al general Ricardos en la campaña del Rosellón, en 1793, bajo bandera española para defender la monarquía absoluta de Carlos IV, y contra la Francia revolucionaria de la libertad, igualdad y fraternidad. No se detuvo ahí. También estuvo con Godoy en la Guerra de las Naranjas contra Portugal, en 1801.
Descansó después, y marchó a Cádiz en 1802. Allí frecuentó los ambientes liberales y masónicos del momento, en una ciudad muy cosmopolita. Hay quien dice que fue entonces cuando ingresó en una logia masónica de tradición escocesa, y que esta decisión cambió su vida. No era una logia cualquiera, era la Logia Gran Reunión Americana o Logia de los Caballeros Racionales, que fue fundada por el independentista venezolano Francisco de Miranda en Londres el año 1798, en la que también estaba Simón Bolívar. Es claro que ingresó entonces en una masonería con miembros independentistas, lo que no cambió de momento fue su empeño en defender al Rey de España.
Se sumó a la rebelión contra la invasión francesa del país, y formó en el ejército de Andalucía que comandaba el general Castaños, al que ya conocía por la guerra del Rosellón. Estuvo en la victoria de Bailén, en la vanguardia de caballería, la primera vez que se derrotó al ejército de Napoleón, y luego en la batalla de La Albuera, en 1811, que fue otro éxito. Llegados a este punto, la pregunta es obvia: ¿Por qué a este español que luchaba por el Rey y por España de repente se le ocurre ir a Argentina a batallar por la independencia? Vamos con los supuestos.
Hay quien dice, en plan romántico, que fue su amor a la libertad y el recuerdo de la tierra en la que nació, al tiempo que la desesperanza por un país, España, lleno de fracasos y yugos absolutistas. Esto vale para un relato nacionalista o periodístico, pero hay otras versiones con más fundamento.
Algunos historiadores sostienen que fue su pertenencia a la logia masónica “Lautaro”, en Cádiz, que estaba compuesta por masones americanos, los que decidieron aprovechar la debilidad de la metrópoli para encabezar sublevaciones al otro lado del Atlántico. Otros historiadores vinculan este proyecto con los planes del Reino Unido para desmontar el imperio español y conseguir tratados comerciales ventajosos con las nuevas repúblicas. Por último, hay quien afirma que hubo también un motivo personal en San Martín, y fue que, tras una vida militar tan exitosa, no le concedieron el grado militar al que se creía merecedor. Indignado o despechado pidió la baja en el Ejército el 2 de septiembre de 1811, solicitó un pasaporte con nombre falso, “José Matorras”, y puso rumbo a Londres, donde se reunían los independentistas americanos y recibían fondos del Gobierno británico para el levantamiento.
Tanto amor tenía a Argentina, que San Martín pasó cuatro meses en Londres tejiendo la red personal y económica para la sublevación. El 9 de marzo de 1812 llegó a Buenos Aires y comenzó a instalarse. Se casó con una adolescente criolla de familia rica, se codeó con la flor y nata de la élite local, y se incorporó al Ejército independentista. Pronto, el Primer Triunvirato de dicho ejército le concedió el cargo que ansiaba y que el Gobierno español no le había concedido, el de teniente coronel. ¿Cómo agradeció San Martín al Triunvirato el nombramiento? Pues dio un golpe de mano, y acabó con ellos para que el Segundo Triunvirato le nombrara comandante del Ejército del norte.
El mito de San Martín comenzó con la victoria sobre el ejército realista -compuesto también por criollos, españoles e indígenas- en San Lorenzo, en febrero de 1813. El paroxismo nacionalista llegó al punto de comparar el paso de San Martín por los Andes con las expediciones de Anibal, Julio César y Alejandro Magno. Cosas de la propaganda. El caso es que San Martín tomó la capitanía de Chile, y organizó en 1817 un ejército para conquistar el virreinato del Perú. Sin embargo, la guerra entre independentistas argentinos se había desatado tres años antes, entre federalistas y centralistas. Fueron 66 años de guerras civiles entre argentinos, que concluyeron, además con el genocidio de los indígenas de la Patagonia. Esa es otra historia oculta. Debido a esa guerra civil, la operación militar de San Martín se retrasó hasta 1820.
Tomó el virreinato del Perú, y San Martín ofreció a los realistas del lugar que algún príncipe de la dinastía Borbón, otro rey, reinara en el Perú independiente. No quisieron y San Martín expulsó a miles de españoles, incautó sus propiedades, y se erigió en dictador de Perú entre agosto de 1821 y septiembre de 1822.
A San Martín le seguían llamando “el andaluz”, lo que molestaba a alguno de sus conmilitones, por ejemplo Bolívar, celoso de su compadre. Veía en él a un hombre más moderado y monárquico, que quería un rey constitucional para el pueblo americano liberado de España. Las diferencias entre Bolívar y San Martín se mostraron en la reunión que mantuvieron en Guayaquil en julio de 1822. San Martín no creía en la democracia porque la gente no estaba educada para ello, y prefería una monarquía constitucional. Bolívar, en cambio, quería una república en el que dictase él, como un Napoleón americano. Los partidarios de Bolívar complicaron la vida a San Martín hasta el punto de que decidió dejarlo todo. Antes de irse, reunió al Primer Congreso Constituyente, en septiembre de 1822, y dimitió de sus cargos dejando la resolución del lío a los que vinieran.
No quiso quedarse en Argentina ni en América. Cuando falleció su esposa embarcó para Francia. Se sintió un exiliado. Recordaba con nostalgia su vida en España, mientras le llegaban noticias de las luchas fratricidas entre los americanos que había ayudado a independizar. San Martín murió en Francia en 1850 en el mayor de los olvidos, incluso en Argentina.
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