‘Torrente’ contra Almodóvar: el gran combate del cine español

Dos bandos enfrentados: Santiago Segura frente a Pedro Almodóvar. Los fans de Torrente frente a los idólatras del manchego oscarizado. Cine popular frente a cine subvencionado. Caspa celtíbera frente modernidad de colorines pop. Humor localista frente a sofisticación exportable. Amiguete de Pablo Motos frente a devoto del superhéroe de la democracia. ¿Derecha contra izquierda? Como no tendremos combate en el ring, me permitirán algunas reflexiones sobre este duelo de titanes. El motivo: que la semana pasada se estrenó Torrente presidente y este viernes llega a los cines Amarga Navidad. Y Segura y Almodóvar representan dos corrientes antitéticas del cine patrio.

Ambos coinciden, eso sí, en ser personajes con proyección pública y genios del marketing. Santiago Segura ha lanzado Torrente presidente con una inusual y eficaz campaña basada en el secretismo. Ni una filtración y pases para la prensa convocados de forma inaudita después del estreno. Sin embargo, parte de la crítica acudió a la primera sesión matinal el día del estreno y a las dos horas ya se habían destripado todos los cameos. Segura ha escenificado indignación, pero la jugada le ha salido redonda: ha logrado que todo el mundo hable de la película. Almodóvar, por su parte, lleva años consiguiendo que se hable de cada nuevo proyecto suyo incluso antes de que haya siquiera empezado a escribir el guion. Y cuando llega el estreno, el despliegue mediático es digno de una final de la Champions.

Las producciones de los dos suelen ser rentables, aunque en este caso Segura va a ganar por goleada y sin duda meterá su película en el ranking de las más taquilleras de la historia del cine español. El nuevo Almodóvar es un juego metacinematográfico de cierta complejidad: una mise en absyme con una historia dentro de una historia dentro de una historia. Versa sobre la construcción de un guion y las relaciones entre realidad y ficción, y a pesar de que es una de sus mejores películas, dudo que vaya a ser un taquillazo.

Segura y Almodóvar son cabeza de cartel de dos vías antagónicas del cine español: el popular, que se financia con la taquilla y la preventa a las televisiones, frente al de prestigio que, salvo contadas excepciones, no saldría adelante sin ayudas estatales. Vociferar contra las subvenciones es demagógico: todos los países europeos las tienen, organizadas de uno u otro modo. Y en España reciben ayudas gubernamentales directas o indirectas otros muchos sectores, desde el campo a la prensa. Ahora bien, sí es pertinente el debate sobre el criterio con el que se adjudican y cuál debería ser su cuantía. En estos días algunos insiders —como el cineasta Juanma Bajo Ulloa y el actor Karra Elejalde— se han atrevido a quejarse de los disparates que rigen el sistema de puntos para conseguir estas ayudas, su sesgo ideológico y las triquiñuelas que genera la discriminación positiva (aplicada a la presencia femenina en los equipos), que siempre acaba siendo un camino al infierno cargado de buenas intenciones.

El tema viene de lejos: interesantes documentales recientes como Sesión salvaje de Paco Limón y Julio César Sánchez y Clasificado S: transgresión en la Transición de Alberto Sedano han explicado cómo en 1983 la aplicación de la llamada Ley Miró se cargó la industria del cine popular para impulsar películas de qualité, cambiando el sistema de ayudas. ¿Quién decide qué es cine de calidad? ¿Las producciones resultantes de esa ley fueron más interesantes que las películas más asilvestradas y comerciales de la Transición? Permítanme una provocación: ¿la pulcra qualité de Los santos inocentes de Mario Camus, con su coartada literaria, su ruralismo tremendista y su premio actoral en Cannes era mejor que la visceralidad con escenas gore de La semana del asesino de Eloy de la Iglesia o la tosquedad libérrima de Vampyros Lesbos de Jesús Franco?

Arte e industria

Yo me declaro partidario de Franco y de la Iglesia. Que no cunda el pánico, aclaro: del rojo, gay y yonqui Eloy De la Iglesia y del libertario pornógrafo Jesús Franco. Hay más creatividad en sus propuestas que en el aseado cine de Camus, modelo de demasiadas películas españolas posteriores. Cine de catequesis ideológica, que rema siempre a favor de la corriente y es previsible hasta la náusea. El cine patrio está saturado de cintas que ya sabes qué te van a contar y cómo te lo van a contar antes de que empiece la proyección. Por eso hay que aplaudir apuestas radicales —e incluso divisivas— como Segundo Premio de Lacuesta y Navarro, Sirât de Laxe o Tardes de soledad de Albert Serra. Porque al menos toman riesgos y se salen del camino trillado.

Vuelvo a la actualidad: Torrente presidente y Amarga Navidad son polos que se repelen. ¿Quiere esto decir que hay que posicionarse a favor de una y en contra de la otra? No necesariamente, porque lo sensato es juzgarlas en función de sus pretensiones. Aplicar el colmillo retorcido y el tonillo sobrado para despreciar con cara de asco Torrente presidente es absurdo. La película de Santiago Segura no pretende ser otra cosa que un divertimento burrote y zarrapastroso, y eso lo consigue con eficacia. No desvariemos: es un fenómeno de interés más sociológico que cinematográfico, pero tengamos claro que no todo lo que llega a las pantallas tiene que ser Béla Tarr. El cine no solo es arte, también es industria.

Torrente presidente conecta con una tradición de comedia popular todo lo casposa que se quiera, pero que tiene su público. No por casualidad aparece en un cameo Fernando Esteso, ya muy mermado, en un homenaje entrañable. Las raíces de Segura hay que buscarlas también en la escuela Bruguera: Torrente es hijo de Mortadelo y Filemón de Ibáñez y de Carpanta de Escobar, pero con dos rombos (que aparecen en un simpático guiño en los títulos de crédito de la película). No olvidemos que Segura interpretó al mítico Manuel Vázquez, creador de Anacleto, agente secreto y La familia Cebolleta, en El gran Vázquez de Óscar Aibar. 

Algo que nadie puede negarle a Santiago Segura es que tiene olfato y que con el personaje de Torrente ha creado un icono popular español a la altura de Mortadelo y Filemón. El mundo ha cambiado mucho desde que en 1998 se estrenó Torrente, el brazo tonto de la ley (en aquella ocasión, el guiño al pasado de la comedia española fue el rescate de Toni Leblanc) y tras la quinta entrega en 2014 abandonó la saga, no fuera a pasar que los cancelaran al personaje y a él.

Antídoto contra lo ‘woke’

Se pasó entonces a la comedia familiar de humor impolutamente blanco con la saga Padre no hay más que uno (cinco entregas, cinco taquillazos, no he visto ninguna, no me interesa el humor blanco y familiar). Pero ahora ha olfateado que la política española es un esperpento y sobre todo que hay hartazgo de prohibicionismo woke, y Torrente es un antídoto en vena y en dosis caballuna. Vi la película el lunes, en una sesión para la prensa, en una sala llena de críticos. De entrada, un público poco dispuesto a celebrar el humor de brocha gorda. Pero —¡oh, sorpresa!— hubo carcajadas. Y, sí, yo también me reí en varios momentos. La película es, por encima de todo, una invitación —protegidos por la anónima oscuridad de la sala— a desinhibirse de la corrección política imperante y soltar unas carcajadas. Eso sí, sin la sofisticada justificación del humor cringe, ni la mala baba de ese Atila de la iconoclastia que es Sacha Baron Cohen (Borat, Brüno, ¿Qué es América?).

Como sátira política, Torrente presidente no se acerca ni por asomo al virtuoso vitriolo de La escopeta nacional de Berlanga. Un grave problema para este tipo de humor en la España actual es que la realidad siempre supera al arte. ¿Cómo satirizas las andanzas de un ministro putero, que coloca a sus amiguitas de pago en empresas públicas y tiene como asistente a un portero de puticlub que acaba de consejero en Renfe? Es imposible, porque la realidad política en la que vivimos es una sátira en sí misma.

Hay en Torrente presidente unas cuantas gracietas disfrutables: el muy popular personaje que interpreta a un trasunto de Sánchez, el cameo de un expresidente dispuesto a reírse de sí mismo, o la maldad de que el personaje al que da vida Willy Bárcenas acabe nombrado tesorero del próximo Gobierno. Y para sorpresa de algunos, aunque hay pullas a los socialistas, las collejas más tronchantes se las lleva Vox (en la película, NOX). Sin embargo, Segura se queda muy corto: no hay ni media referencia al matrimonio Lenin de Galapagar, ni a la vicepresidenta comunista-fashionista, ni al zafio independentista (o ya exindependentista) que montó un espectáculo de una estulticia insuperable con un trozo de cuerda y una niña china ahogada… Y además, aunque es un buen golpe de efecto la aparición al final de un actor estadounidense canceladísimo (y absuelto en los tribunales), interpretando a un malo estilo James Bond que preside el Club Bilderberg y a los Illuminati, el intérprete idóneo para este papel era ZP. Eso sí habría sido un puntazo.

¿Es Torrente presidente una gran comedia? Desde luego que no, es cine de usar y tirar, cuyos guiños y bromas no se entenderán cruzados los Pirineos ni de aquí a 20 años. Es cine de trazo grueso pegado a la actualidad, similar al que hacía en la Transición Mariano Ozores con Esteso y Pajares. Cine —eso sí— filmado con mucho oficio, a partir de un guion destartalado en el que priman la sucesión de ocurrencias y los infinitos cameos. Como muchos de los que aparecen —algunos, como el Pequeño Nicolás, en papeles de cierta envergadura— no son actores, la película se acaba resintiendo de la torpeza actoral.

Artificio y pomposidad

Por lo tanto: los amantes del cine exquisito, ambicioso y exigente, y los alérgicos a la astracanada, el humor casposo y el feísmo harán bien en abstenerse. Quienes no tengan tantos prejuicios, se reirán un rato y a los cinco minutos se habrán olvidado de la película. Que, eso sí, es de las que sostienen una industria. Que les pregunten a los propietarios de salas lo que opinan de Torrente presidente.

También Almodóvar cultivó en sus inicios —Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón— la astracanada y el mal gusto, aunque en su caso con coartada underground. Pero después se hizo mayor. Del desmelenado petardeo de la movida saltó a la comedia disparatada; de ahí al melodrama pasado de vueltas, con ecos de folletín y el culebrón, que después mutó en melodrama puro y duro y ha desembocado en drama a secas y en introspección autorreferencial. Conforme ha ido cumpliendo años —tiene ya 76, ahí es nada—, su cine ha ido ganando gravitas. Y también cierta pomposidad. Pero lo que ni siquiera sus haters más acérrimos podrán negar es que su puesta en escena es cada vez más depurada y estilizada, y la composición de sus planos es de una elegancia exquisita.

Amarga Navidad versa sobre el proceso creativo y las dudas éticas que plantea la utilización en las ficciones de detalles íntimos de las personas que rodean a los creadores. Esto hace que, por una vez, incluso los estilemas almodovarianos más irritantes —los diálogos excesivamente enfáticos, las situaciones forzadas, la sobreactuación de sus intérpretes, la desmedida sobrecarga emocional de las bandas sonoras de Alberto Iglesias, los decorados de chillón colorido pop, …— remen a favor de la película. Porque estamos ante una ficción sobre cómo se construyen las ficciones y por lo tanto, el artificio es bienvenido.

La película tiene algo cada vez más presente en su cine: el componente autorreferencial. Son ya unos cuantos los cineastas que han aparecido en su obra como personajes: en La ley del deseo, Átame, La mala educación, Los abrazos rotos, Dolor y gloria y ahora Amarga Navidad. Aquí el protagonista es un director (Leonardo Sbaraglia) que —como el de Dolor y gloria— se parece sospechosamente a Almodóvar (y al que, en un arrebato de ego, el guionista Almodóvar hace que un personaje compare nada menos que con Bergman y Fellini).

Este cineasta está escribiendo un guion sobre una directora en dique seco (Bárbara Lennie), que recupera la inspiración y se pone a su vez a escribir un guion… Un personaje en apariencia muy secundario (Aitana Sánchez-Gijon) y su vínculo con una amiga destrozada por la muerte de su hijo es el puente entre la realidad y la ficción. Esto permite a Almodóvar retratar al creador como vampiro que succiona vivencias ajenas. Sabe de lo que habla, porque él mismo lo ha hecho, como cualquier inventor de ficciones. Y esto conduce a la escena clave de la película, en la que el cineasta protagonista cae por fin en la cuenta de algo que cambiará radicalmente el guion que está escribiendo… y acaso también su modo de entender la vida.

 Dos bandos enfrentados: Santiago Segura frente a Pedro Almodóvar. Los fans de Torrente frente a los idólatras del manchego oscarizado. Cine popular frente a cine subvencionado.  

Dos bandos enfrentados: Santiago Segura frente a Pedro Almodóvar. Los fans de Torrente frente a los idólatras del manchego oscarizado. Cine popular frente a cine subvencionado. Caspa celtíbera frente modernidad de colorines pop. Humor localista frente a sofisticación exportable. Amiguete de Pablo Motos frente a devoto del superhéroe de la democracia. ¿Derecha contra izquierda? Como no tendremos combate en el ring, me permitirán algunas reflexiones sobre este duelo de titanes. El motivo: que la semana pasada se estrenó Torrente presidente y este viernes llega a los cines Amarga Navidad. Y Segura y Almodóvar representan dos corrientes antitéticas del cine patrio.

Ambos coinciden, eso sí, en ser personajes con proyección pública y genios del marketing. Santiago Segura ha lanzado Torrente presidente con una inusual y eficaz campaña basada en el secretismo. Ni una filtración y pases para la prensa convocados de forma inaudita después del estreno. Sin embargo, parte de la crítica acudió a la primera sesión matinal el día del estreno y a las dos horas ya se habían destripado todos los cameos. Segura ha escenificado indignación, pero la jugada le ha salido redonda: ha logrado que todo el mundo hable de la película. Almodóvar, por su parte, lleva años consiguiendo que se hable de cada nuevo proyecto suyo incluso antes de que haya siquiera empezado a escribir el guion. Y cuando llega el estreno, el despliegue mediático es digno de una final de la Champions.

Las producciones de los dos suelen ser rentables, aunque en este caso Segura va a ganar por goleada y sin duda meterá su película en el ranking de las más taquilleras de la historia del cine español. El nuevo Almodóvar es un juego metacinematográfico de cierta complejidad: una mise en absyme con una historia dentro de una historia dentro de una historia. Versa sobre la construcción de un guion y las relaciones entre realidad y ficción, y a pesar de que es una de sus mejores películas, dudo que vaya a ser un taquillazo.

Segura y Almodóvar son cabeza de cartel de dos vías antagónicas del cine español: el popular, que se financia con la taquilla y la preventa a las televisiones, frente al de prestigio que, salvo contadas excepciones, no saldría adelante sin ayudas estatales. Vociferar contra las subvenciones es demagógico: todos los países europeos las tienen, organizadas de uno u otro modo. Y en España reciben ayudas gubernamentales directas o indirectas otros muchos sectores, desde el campo a la prensa. Ahora bien, sí es pertinente el debate sobre el criterio con el que se adjudican y cuál debería ser su cuantía. En estos días algunos insiders —como el cineasta Juanma Bajo Ulloa y el actor Karra Elejalde— se han atrevido a quejarse de los disparates que rigen el sistema de puntos para conseguir estas ayudas, su sesgo ideológico y las triquiñuelas que genera la discriminación positiva (aplicada a la presencia femenina en los equipos), que siempre acaba siendo un camino al infierno cargado de buenas intenciones.

El tema viene de lejos: interesantes documentales recientes como Sesión salvaje de Paco Limón y Julio César Sánchez y Clasificado S: transgresión en la Transición de Alberto Sedano han explicado cómo en 1983 la aplicación de la llamada Ley Miró se cargó la industria del cine popular para impulsar películas de qualité, cambiando el sistema de ayudas. ¿Quién decide qué es cine de calidad? ¿Las producciones resultantes de esa ley fueron más interesantes que las películas más asilvestradas y comerciales de la Transición? Permítanme una provocación: ¿la pulcra qualité de Los santos inocentes de Mario Camus, con su coartada literaria, su ruralismo tremendista y su premio actoral en Cannes era mejor que la visceralidad con escenas gore de La semana del asesino de Eloy de la Iglesia o la tosquedad libérrima de Vampyros Lesbos de Jesús Franco?

Yo me declaro partidario de Franco y de la Iglesia. Que no cunda el pánico, aclaro: del rojo, gay y yonqui Eloy De la Iglesia y del libertario pornógrafo Jesús Franco. Hay más creatividad en sus propuestas que en el aseado cine de Camus, modelo de demasiadas películas españolas posteriores. Cine de catequesis ideológica, que rema siempre a favor de la corriente y es previsible hasta la náusea. El cine patrio está saturado de cintas que ya sabes qué te van a contar y cómo te lo van a contar antes de que empiece la proyección. Por eso hay que aplaudir apuestas radicales —e incluso divisivas— como Segundo Premio de Lacuesta y Navarro, Sirât de Laxe o Tardes de soledad de Albert Serra. Porque al menos toman riesgos y se salen del camino trillado.

Vuelvo a la actualidad: Torrente presidente y Amarga Navidad son polos que se repelen. ¿Quiere esto decir que hay que posicionarse a favor de una y en contra de la otra? No necesariamente, porque lo sensato es juzgarlas en función de sus pretensiones. Aplicar el colmillo retorcido y el tonillo sobrado para despreciar con cara de asco Torrente presidente es absurdo. La película de Santiago Segura no pretende ser otra cosa que un divertimento burrote y zarrapastroso, y eso lo consigue con eficacia. No desvariemos: es un fenómeno de interés más sociológico que cinematográfico, pero tengamos claro que no todo lo que llega a las pantallas tiene que ser Béla Tarr. El cine no solo es arte, también es industria.

Torrente presidente conecta con una tradición de comedia popular todo lo casposa que se quiera, pero que tiene su público. No por casualidad aparece en un cameo Fernando Esteso, ya muy mermado, en un homenaje entrañable. Las raíces de Segura hay que buscarlas también en la escuela Bruguera: Torrente es hijo de Mortadelo y Filemón de Ibáñez y de Carpanta de Escobar, pero con dos rombos (que aparecen en un simpático guiño en los títulos de crédito de la película). No olvidemos que Segura interpretó al mítico Manuel Vázquez, creador de Anacleto, agente secreto y La familia Cebolleta, en El gran Vázquez de Óscar Aibar. 

Algo que nadie puede negarle a Santiago Segura es que tiene olfato y que con el personaje de Torrente ha creado un icono popular español a la altura de Mortadelo y Filemón. El mundo ha cambiado mucho desde que en 1998 se estrenó Torrente, el brazo tonto de la ley (en aquella ocasión, el guiño al pasado de la comedia española fue el rescate de Toni Leblanc) y tras la quinta entrega en 2014 abandonó la saga, no fuera a pasar que los cancelaran al personaje y a él.

Se pasó entonces a la comedia familiar de humor impolutamente blanco con la saga Padre no hay más que uno (cinco entregas, cinco taquillazos, no he visto ninguna, no me interesa el humor blanco y familiar). Pero ahora ha olfateado que la política española es un esperpento y sobre todo que hay hartazgo de prohibicionismo woke, y Torrente es un antídoto en vena y en dosis caballuna. Vi la película el lunes, en una sesión para la prensa, en una sala llena de críticos. De entrada, un público poco dispuesto a celebrar el humor de brocha gorda. Pero —¡oh, sorpresa!— hubo carcajadas. Y, sí, yo también me reí en varios momentos. La película es, por encima de todo, una invitación —protegidos por la anónima oscuridad de la sala— a desinhibirse de la corrección política imperante y soltar unas carcajadas. Eso sí, sin la sofisticada justificación del humor cringe, ni la mala baba de ese Atila de la iconoclastia que es Sacha Baron Cohen (Borat, Brüno, ¿Qué es América?).

Como sátira política, Torrente presidente no se acerca ni por asomo al virtuoso vitriolo de La escopeta nacional de Berlanga. Un grave problema para este tipo de humor en la España actual es que la realidad siempre supera al arte. ¿Cómo satirizas las andanzas de un ministro putero, que coloca a sus amiguitas de pago en empresas públicas y tiene como asistente a un portero de puticlub que acaba de consejero en Renfe? Es imposible, porque la realidad política en la que vivimos es una sátira en sí misma.

Hay en Torrente presidente unas cuantas gracietas disfrutables: el muy popular personaje que interpreta a un trasunto de Sánchez, el cameo de un expresidente dispuesto a reírse de sí mismo, o la maldad de que el personaje al que da vida Willy Bárcenas acabe nombrado tesorero del próximo Gobierno. Y para sorpresa de algunos, aunque hay pullas a los socialistas, las collejas más tronchantes se las lleva Vox (en la película, NOX). Sin embargo, Segura se queda muy corto: no hay ni media referencia al matrimonio Lenin de Galapagar, ni a la vicepresidenta comunista-fashionista, ni al zafio independentista (o ya exindependentista) que montó un espectáculo de una estulticia insuperable con un trozo de cuerda y una niña china ahogada… Y además, aunque es un buen golpe de efecto la aparición al final de un actor estadounidense canceladísimo (y absuelto en los tribunales), interpretando a un malo estilo James Bond que preside el Club Bilderberg y a los Illuminati, el intérprete idóneo para este papel era ZP. Eso sí habría sido un puntazo.

¿Es Torrente presidente una gran comedia? Desde luego que no, es cine de usar y tirar, cuyos guiños y bromas no se entenderán cruzados los Pirineos ni de aquí a 20 años. Es cine de trazo grueso pegado a la actualidad, similar al que hacía en la Transición Mariano Ozores con Esteso y Pajares. Cine —eso sí— filmado con mucho oficio, a partir de un guion destartalado en el que priman la sucesión de ocurrencias y los infinitos cameos. Como muchos de los que aparecen —algunos, como el Pequeño Nicolás, en papeles de cierta envergadura— no son actores, la película se acaba resintiendo de la torpeza actoral.

Por lo tanto: los amantes del cine exquisito, ambicioso y exigente, y los alérgicos a la astracanada, el humor casposo y el feísmo harán bien en abstenerse. Quienes no tengan tantos prejuicios, se reirán un rato y a los cinco minutos se habrán olvidado de la película. Que, eso sí, es de las que sostienen una industria. Que les pregunten a los propietarios de salas lo que opinan de Torrente presidente.

También Almodóvar cultivó en sus inicios —Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón— la astracanada y el mal gusto, aunque en su caso con coartada underground. Pero después se hizo mayor. Del desmelenado petardeo de la movida saltó a la comedia disparatada; de ahí al melodrama pasado de vueltas, con ecos de folletín y el culebrón, que después mutó en melodrama puro y duro y ha desembocado en drama a secas y en introspección autorreferencial. Conforme ha ido cumpliendo años —tiene ya 76, ahí es nada—, su cine ha ido ganando gravitas. Y también cierta pomposidad. Pero lo que ni siquiera sus haters más acérrimos podrán negar es que su puesta en escena es cada vez más depurada y estilizada, y la composición de sus planos es de una elegancia exquisita.

Amarga Navidad versa sobre el proceso creativo y las dudas éticas que plantea la utilización en las ficciones de detalles íntimos de las personas que rodean a los creadores. Esto hace que, por una vez, incluso los estilemas almodovarianos más irritantes —los diálogos excesivamente enfáticos, las situaciones forzadas, la sobreactuación de sus intérpretes, la desmedida sobrecarga emocional de las bandas sonoras de Alberto Iglesias, los decorados de chillón colorido pop, …— remen a favor de la película. Porque estamos ante una ficción sobre cómo se construyen las ficciones y por lo tanto, el artificio es bienvenido.

La película tiene algo cada vez más presente en su cine: el componente autorreferencial. Son ya unos cuantos los cineastas que han aparecido en su obra como personajes: en La ley del deseo, Átame, La mala educación, Los abrazos rotos, Dolor y gloria y ahora Amarga Navidad. Aquí el protagonista es un director (Leonardo Sbaraglia) que —como el de Dolor y gloria— se parece sospechosamente a Almodóvar (y al que, en un arrebato de ego, el guionista Almodóvar hace que un personaje compare nada menos que con Bergman y Fellini).

Este cineasta está escribiendo un guion sobre una directora en dique seco (Bárbara Lennie), que recupera la inspiración y se pone a su vez a escribir un guion… Un personaje en apariencia muy secundario (Aitana Sánchez-Gijon) y su vínculo con una amiga destrozada por la muerte de su hijo es el puente entre la realidad y la ficción. Esto permite a Almodóvar retratar al creador como vampiro que succiona vivencias ajenas. Sabe de lo que habla, porque él mismo lo ha hecho, como cualquier inventor de ficciones. Y esto conduce a la escena clave de la película, en la que el cineasta protagonista cae por fin en la cuenta de algo que cambiará radicalmente el guion que está escribiendo… y acaso también su modo de entender la vida.

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