‘Sufro, luego existo’: Pascal Bruckner arremete contra el uso espurio del victimismo

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, de padre asquenazí de origen lituano y madre sefardí de origen búlgaro, exige a España que pida perdón por la conquista. Ha heredado el tic de su predecesor, López Obrador, cuyos dos apellidos son sin duda aztecas. En España algunos articulistas sienten herido su orgullo patriótico y entran al trapo. Nuestro Rey balbucea un comentario que se interpreta como una disculpa con la boca pequeña y da pie a ríos de tinta. Vivir para ver: tensión diplomática por algo que sucedió hace cinco siglos.  Si nos ponemos estupendos, podríamos pedirle a Macron una genuflexión por la invasión napoleónica y, ya puestos, señalar con dedo acusador a Meloni por la conquista romana de la península ibérica.

Lo de Sheinbaum y López Obrador es un síntoma de nuestro tiempo: el uso espurio del victimismo. Un asunto que analiza en profundidad Pascal Bruckner en Sufro, luego existo (Siruela). No estamos ante un ejercicio de cinismo, el filósofo no se revuelve contra la empatía por las víctimas, ni pretende borrar de la historia las atrocidades. Pero sí denuncia que, en la actualidad, presentarse como víctima en las sociedades occidentales reporta grandes réditos. Dice el autor: «Si el cristianismo proponía la redención por el sufrimiento, el derecho moderno le contrapone la reparación. Lo que se promete ahora a quien puede sumarse al martirologio contemporáneo es la resurrección».

Él defiende el legado de la Ilustración, que proponía un mundo liberado del fatalismo y el fanatismo. Según su tesis, en el presente esto se ha ido distorsionando y ha desembocado «en una sociedad del sollozo y de la fragilidad». En ella, el estatus de paria permite poseer potencialmente todos los derechos, «sobre todo el de acusar y oprimir en nombre de esa herida». Insiste Bruckner: «El lenguaje del vencedor consiste en decir: tengo razón porque soy más fuerte. El lenguaje de la víctima tiene el enunciado contrario: mi debilidad es mi arma y mi derecho. Hay en ella una trascendencia y casi una santidad: su herida es la mía, su situación me ordena acudir en su ayuda».

No es la primera vez que el filósofo aborda este tema. Si me permiten un pequeño excurso personal, en 2008 yo era director editorial de Ariel y publiqué La tiranía de la penitencia: ensayo sobre el masoquismo occidental, un volumen en el que Bruckner ya abordaba los temas que ahora sigue desarrollando. Hasta entonces sus libros habían aparecido en España en un par de editoriales de mucho prestigio, pero, para mi sorpresa, los derechos en español de su nueva obra estaban disponibles. En 2008 todavía no habían estallado el Black Lives Matter y el #MeToo, que cambiarían de forma radical el panorama sociocultural. El libro de Bruckner, que cuestionaba la demonización de Occidente por el pasado colonial, culpabilizándolo de todos los males poscoloniales, anticipaba tesis que iban a resultar muy incómodas para la izquierda biempensante y buenista. Lo cierto es que a todos los llamados nuevos filósofos franceses —Bruckner, Finkielkraut, Bernard-Henri Lévy y el ya fallecido Glucksmann— los han acabado tildando en algún momento de fachas, que es el modo de sacarse de encima a quien plantea reflexiones incómodas.

En aquel ya lejano 2008 traje de promoción a Bruckner —recuerdo una muy grata cena con él en Madrid—, pero La tiranía de la penitencia pasó sin pena ni gloria, porque se adelantaba a debates que años después serían centrales. Ahora el autor da una nueva vuelta de tuerca al asunto en Sufro, luego existo, ampliando el tema más allá del pasado colonial, aunque vuelve a insistir en este tema: «¿Cuántos Estados independientes invocan a la antigua metrópolis colonial para seguir explotando a sus pueblos? La inclinación natural de todo perseguido, una vez llegado al poder, es metamorfosearse en perseguidor. El victimismo es un belicismo: cuánto más se compadece uno por su caso, más justificado se siente para castigar a quienes se designa como enemigos. Las lágrimas están cargadas de rabia y animosidad». Ve Bruckner en esta explotación del victimismo a muchos falsarios y sobreactuados, que lo utilizan sabiendo que es un instrumento muy útil. Tenemos a nuestro alrededor multitud de ejemplos.

Chantaje y cinismo

En Sufro, luego existo aborda los dos polos más extremos de la victimización. Por un lado, el mecanismo que consiste en convertir cualquier cosa en un grave problema: «Hoy en día somos todos seres sombríos que caemos fulminados al menor golpe, a la menor observación. De ahí el concepto de las microagresiones, que sirve para todos los chantajes; observaciones vividas como desagradables, semejantes al suplicio de la gota de agua. (…) En 2015 el presidente Obama, alarmado por la mentalidad pusilánime de una parte de la juventud, recordaba que las universidades no son guarderías». Y continúa Bruckner: «En nuestra sociedad de hipersensibles, cualquier grupo o comunidad puede rebelarse en nombre de la defensa de su imagen contra una alusión peyorativa. Todas las causas, incluso las más estrafalarias, se vuelven defendibles».

En el extremo opuesto, un ejemplo de desvergüenza y cinismo es la propaganda de la causa palestina y Hamás, que «juega hábilmente en los dos tableros, el del horror y el de la piedad: se enorgullece de violar, decapitar, quemar mujeres o ancianos, y pone los vídeos a disposición del gran público, pero utiliza la muerte de niños palestinos durante los bombardeos para conmover a la comunidad internacional y acelerar la condena de Israel (…) El oprimido tiene todos los derechos, incluido el de liberarse de las reglas elementales de la decencia humana. Hoy en día, los grandes asesinos proceden en nombre de la justicia, de los oprimidos, de la moral, de Dios. (…) Antes de afilar los cuchillos, se declaran víctimas para obtener la absolución».

Incomodar invita a pensar críticamente. Y este ensayo lo consigue. No todas las argumentaciones de Bruckner son igualmente sólidas y algunos puntos son rebatibles por endebles, pero en su conjunto el libro consigue detectar un mal contemporáneo, del que tenemos ejemplos casi a diario, en ámbitos muy diversos. Desde la insistencia en los derechos, pero no en los deberes, de quienes llegan a un país occidental como inmigrantes, hasta la demonización del hombre blanco occidental como la fuente de todos los males. «El pene ha entrado en la era de la sospecha», sentencia el autor.

Se pregunta Bruckner: «¿Por qué es tan fecundo el terreno victimista? El sufrimiento se ha convertido, paradójicamente, en el Occidente hedonista, en una nueva sacralidad que fascina (…) El sueño supremo sería convertirse en mártir sin haber sufrido otra desgracia que la de haber nacido un día». Existe en la actualidad un mercado de la aflicción, lo que lleva al filósofo a preguntarse con apesadumbrada ironía: «¿Cómo hemos pasado de la figura heroica de Rosa Parks luchando contra la discriminación en Estados Unidos a la de Greta Thunberg llorando por la suerte del planeta?»

 La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, de padre asquenazí de origen lituano y madre sefardí de origen búlgaro, exige a España que pida perdón por la  

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, de padre asquenazí de origen lituano y madre sefardí de origen búlgaro, exige a España que pida perdón por la conquista. Ha heredado el tic de su predecesor, López Obrador, cuyos dos apellidos son sin duda aztecas. En España algunos articulistas sienten herido su orgullo patriótico y entran al trapo. Nuestro Rey balbucea un comentario que se interpreta como una disculpa con la boca pequeña y da pie a ríos de tinta. Vivir para ver: tensión diplomática por algo que sucedió hace cinco siglos.  Si nos ponemos estupendos, podríamos pedirle a Macron una genuflexión por la invasión napoleónica y, ya puestos, señalar con dedo acusador a Meloni por la conquista romana de la península ibérica.

Lo de Sheinbaum y López Obrador es un síntoma de nuestro tiempo: el uso espurio del victimismo. Un asunto que analiza en profundidad Pascal Bruckner en Sufro, luego existo (Siruela). No estamos ante un ejercicio de cinismo, el filósofo no se revuelve contra la empatía por las víctimas, ni pretende borrar de la historia las atrocidades. Pero sí denuncia que, en la actualidad, presentarse como víctima en las sociedades occidentales reporta grandes réditos. Dice el autor: «Si el cristianismo proponía la redención por el sufrimiento, el derecho moderno le contrapone la reparación. Lo que se promete ahora a quien puede sumarse al martirologio contemporáneo es la resurrección».

Él defiende el legado de la Ilustración, que proponía un mundo liberado del fatalismo y el fanatismo. Según su tesis, en el presente esto se ha ido distorsionando y ha desembocado «en una sociedad del sollozo y de la fragilidad». En ella, el estatus de paria permite poseer potencialmente todos los derechos, «sobre todo el de acusar y oprimir en nombre de esa herida». Insiste Bruckner: «El lenguaje del vencedor consiste en decir: tengo razón porque soy más fuerte. El lenguaje de la víctima tiene el enunciado contrario: mi debilidad es mi arma y mi derecho. Hay en ella una trascendencia y casi una santidad: su herida es la mía, su situación me ordena acudir en su ayuda».

No es la primera vez que el filósofo aborda este tema. Si me permiten un pequeño excurso personal, en 2008 yo era director editorial de Ariel y publiqué La tiranía de la penitencia: ensayo sobre el masoquismo occidental, un volumen en el que Bruckner ya abordaba los temas que ahora sigue desarrollando. Hasta entonces sus libros habían aparecido en España en un par de editoriales de mucho prestigio, pero, para mi sorpresa, los derechos en español de su nueva obra estaban disponibles. En 2008 todavía no habían estallado el Black Lives Matter y el #MeToo, que cambiarían de forma radical el panorama sociocultural. El libro de Bruckner, que cuestionaba la demonización de Occidente por el pasado colonial, culpabilizándolo de todos los males poscoloniales, anticipaba tesis que iban a resultar muy incómodas para la izquierda biempensante y buenista. Lo cierto es que a todos los llamados nuevos filósofos franceses —Bruckner, Finkielkraut, Bernard-Henri Lévy y el ya fallecido Glucksmann— los han acabado tildando en algún momento de fachas, que es el modo de sacarse de encima a quien plantea reflexiones incómodas.

En aquel ya lejano 2008 traje de promoción a Bruckner —recuerdo una muy grata cena con él en Madrid—, pero La tiranía de la penitencia pasó sin pena ni gloria, porque se adelantaba a debates que años después serían centrales. Ahora el autor da una nueva vuelta de tuerca al asunto en Sufro, luego existo, ampliando el tema más allá del pasado colonial, aunque vuelve a insistir en este tema: «¿Cuántos Estados independientes invocan a la antigua metrópolis colonial para seguir explotando a sus pueblos? La inclinación natural de todo perseguido, una vez llegado al poder, es metamorfosearse en perseguidor. El victimismo es un belicismo: cuánto más se compadece uno por su caso, más justificado se siente para castigar a quienes se designa como enemigos. Las lágrimas están cargadas de rabia y animosidad». Ve Bruckner en esta explotación del victimismo a muchos falsarios y sobreactuados, que lo utilizan sabiendo que es un instrumento muy útil. Tenemos a nuestro alrededor multitud de ejemplos.

En Sufro, luego existo aborda los dos polos más extremos de la victimización. Por un lado, el mecanismo que consiste en convertir cualquier cosa en un grave problema: «Hoy en día somos todos seres sombríos que caemos fulminados al menor golpe, a la menor observación. De ahí el concepto de las microagresiones, que sirve para todos los chantajes; observaciones vividas como desagradables, semejantes al suplicio de la gota de agua. (…) En 2015 el presidente Obama, alarmado por la mentalidad pusilánime de una parte de la juventud, recordaba que las universidades no son guarderías». Y continúa Bruckner: «En nuestra sociedad de hipersensibles, cualquier grupo o comunidad puede rebelarse en nombre de la defensa de su imagen contra una alusión peyorativa. Todas las causas, incluso las más estrafalarias, se vuelven defendibles».

En el extremo opuesto, un ejemplo de desvergüenza y cinismo es la propaganda de la causa palestina y Hamás, que «juega hábilmente en los dos tableros, el del horror y el de la piedad: se enorgullece de violar, decapitar, quemar mujeres o ancianos, y pone los vídeos a disposición del gran público, pero utiliza la muerte de niños palestinos durante los bombardeos para conmover a la comunidad internacional y acelerar la condena de Israel (…) El oprimido tiene todos los derechos, incluido el de liberarse de las reglas elementales de la decencia humana. Hoy en día, los grandes asesinos proceden en nombre de la justicia, de los oprimidos, de la moral, de Dios. (…) Antes de afilar los cuchillos, se declaran víctimas para obtener la absolución».

Incomodar invita a pensar críticamente. Y este ensayo lo consigue. No todas las argumentaciones de Bruckner son igualmente sólidas y algunos puntos son rebatibles por endebles, pero en su conjunto el libro consigue detectar un mal contemporáneo, del que tenemos ejemplos casi a diario, en ámbitos muy diversos. Desde la insistencia en los derechos, pero no en los deberes, de quienes llegan a un país occidental como inmigrantes, hasta la demonización del hombre blanco occidental como la fuente de todos los males. «El pene ha entrado en la era de la sospecha», sentencia el autor.

Se pregunta Bruckner: «¿Por qué es tan fecundo el terreno victimista? El sufrimiento se ha convertido, paradójicamente, en el Occidente hedonista, en una nueva sacralidad que fascina (…) El sueño supremo sería convertirse en mártir sin haber sufrido otra desgracia que la de haber nacido un día». Existe en la actualidad un mercado de la aflicción, lo que lleva al filósofo a preguntarse con apesadumbrada ironía: «¿Cómo hemos pasado de la figura heroica de Rosa Parks luchando contra la discriminación en Estados Unidos a la de Greta Thunberg llorando por la suerte del planeta?»

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