Naranjas extraviadas, que buscan completarse, aparearse. Somos medias naranjas, cítricos hambrientos, limones sedientes, que buscan algo de luz, algo de sal. Echarse, darse un bocado el uno al otro, con la boca del cañón.
Lo que de verdad importa no es toparse con una media naranja hecha a la medida, sino dar con una que nos arroje fuera, en algo más grande
Naranjas extraviadas, que buscan completarse, aparearse. Somos medias naranjas, cítricos hambrientos, limones sedientes, que buscan algo de luz, algo de sal. Echarse, darse un bocado el uno al otro, con la boca del cañón.
No dejar ni una migaja cuando el baile se haya acabado, haberlo vivido todo, hasta el último goteo. Uno se asoma al otro, y entonces vamos hasta la frontera, cortamos el cordón umbilical. Nos aproximamos, adentramos en tierras ajenas. Palmo a palmo exploramos ese otro que no es yo, sino alguien, algo, ajeno, con sus arrancadas, sus sacudidas, sus cambios.
Y de ese encuentro nace un vértigo. Nos desprendemos de los escudos, nos quitamos las corazas del corazón, capa tras capa, como si fuéramos un ajo. Lo que de verdad importa no es toparse con una media naranja que esté hecha a nuestra medida sino, al contrario, dar con una que nos arroje fuera, en algo más grande. De pronto las matemáticas no valen, uno más uno no suman dos, ni tampoco se aniquilan o quedan en un cero.
Entramos en algo repleto. De pronto nos enteramos de lo que vale un peine, o un beso. Amamos a ese ser porque es otro, diferente, ni media ración ni limón. Amar a ese otro diferente para lograr, por fin, ser uno mismo. Para dejar de estar partido, extraviado, de ser una rueda loca, quemando llantas y aceite a diestro y siniestro, ir a lo loco, sin tumbo ni rumbo.
De pronto nos sentimos chorreando por todos los lados. Dejamos de ver el vaso medio vacío. Dejamos de pasmarnos ante lo ridículo de un mundo que elige un payaso con pelos de zanahoria, mechas y melena anaranjadas, un mentiroso sin rubor que mezcla el altar y la prédica con la lujuria, que no tiene ningún tipo de reparo ni atadura en soltar tacos como si fueran escupitajos, y así lo tienes berreando, bramando.
Un mundo, pues, donde la lujuria de estar vivo, la sed de vivir se reduce al tamaño muy varonil de la chequera, a la ceguera de cuántas millas, cuántas casas, acumulas o arrasas. Nos volcamos, irremediables, irreparables, hacia la carrera cuántica, con la nueva computación sacaremos a pico y pala baterías, vacunas, placas solares, todo tipo de trastos, para seguir dándole a la manivela, para ir más lejos, más alto, más fuerte.
Somos naranjas partidas, escurridas como zumos. Y así nos olvidamos de que la vida iba verdaderamente en serio, de que todas las mañanas del mundo eran entonces sin retorno. Nos olvidamos hasta que un día un sol limón, un perdigón de naranja, un rostro, nos estalla en plena cara. De pronto nos ponemos de poniente, la proa se levanta. De pronto nadie, nada, es más urgente que esa cara, que esa presencia que nos abre en dos y, al instante, nos reconcilia con el mundo.
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