Ruth Asawa llega al Guggenheim: la artista que convirtió en arte las alambradas del campo de internamiento

A Ruth Asawa, la Segunda Guerra Mundial la pilló con 15 años. Vivía con sus padres, inmigrantes japoneses, en una granja en Norwalk (California, Estados Unidos), el pueblo donde había nacido. El imperio nipón acababa de atacar Pearl Harbor, la base naval más importante de EE UU en el pacífico, y con la entrada del país en la guerra, el Gobierno de Roosevelt aprobaba el internamiento forzoso de más de 100.000 estadounidenses de origen japonés en campos de concentración. Su padre quemó todo aquello que pudiera identificarlos como extranjeros, pero no los salvó. A él lo detuvieron el mismo mes; Asawa, sus hermanos y su madre fueron encarcelados poco después, primero en un antiguo hipódromo, donde durmieron en establos, y después en un “Centro de Reubicación de Guerra”, rodeado de vallas con púas de alambre.

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 El museo bilbaíno recibe la primera retrospectiva europea de la estadounidense de origen japonés, en su centenario y tras su paso por el MoMA de Nueva York  

A Ruth Asawa, la Segunda Guerra Mundial la pilló con 15 años. Vivía con sus padres, inmigrantes japoneses, en una granja en Norwalk (California, Estados Unidos), el pueblo donde había nacido. El imperio nipón acababa de atacar Pearl Harbor, la base naval más importante de EE UU en el pacífico, y con la entrada del país en la guerra, el Gobierno de Roosevelt aprobaba el internamiento forzoso de más de 100.000 estadounidenses de origen japonés en campos de concentración. Su padre quemó todo aquello que pudiera identificarlos como extranjeros, pero no los salvó. A él lo detuvieron el mismo mes; Asawa, sus hermanos y su madre fueron encarcelados poco después, primero en un antiguo hipódromo, donde durmieron en establos, y después en un “Centro de Reubicación de Guerra”, rodeado de vallas con púas de alambre.

Paradójicamente, aquella experiencia de separación originó su carrera artística: tenía tiempo libre, conoció a tres artistas de Walt Disney —Tom Okamoto, Chris Ishii y James Tanaka— y el papel, carboncillo y tinta donados por esos hombres sirvieron como primeros pasos de una artista que entendió la creación artística y la convivencia con los demás como algo profundamente relacionado: su casa fue su estudio, sus amigos su inspiración; sus hijos y familiares, ayudantes y modelos. Y el material de aquellas púas que la encerraron, como metáfora poética, más tarde regresó a su vida para convertirse en la sustacia de su más relevante obra: unas hipnóticas esculturas colgantes de alambre en bucle.

Su carrera fue larga, prolífica y reconocida —sobre todo en San Francisco, ciudad en la que vivió desde 1949 hasta su muerte en 2013— pero solo recientemente ha cobrado una relevancia internacional. Desde una exposición el Museo Whitney en 2019, que la devolvió a la primera plana en el mundo del arte, no ha dejado de sumar adeptos. En 2025 el SFMOMA (Museo de arte moderno de San Francisco) inauguró la primera gran retrospectiva de la artista que luego viajó al MoMA de Nueva York, convirtiéndose en la retrospectiva más grande dedicada a una mujer en la institución puntera del arte moderno. La misma muestra, con 240 obras producidas durante 60 años de trabajo, llega ahora al Guggenheim de Bilbao, como carta de presentación a los grandes públicos de Europa. Es la primera gran exposición museística de Asawa en el continente, desde este jueves y hasta el 13 de septiembre.

“Fue uno de los talentos más singulares del siglo pasado. Su trabajo expandió las posibilidades de lo que podía ser el arte en el Siglo XXI”, explica Cara Manes, del departamento de Pintura y Escultura del MoMA y una de las comisarias de la exposición. La muestra que creó durante cinco años junto con Janet Bishop, comisaria jefa ‘Thomas Weisel Family’, del SFMOMA, y ahora con la colaboración de Geaninne Gutiérrez-Guimarães, comisaria del Guggenheim, presenta diez secciones, en orden cronológico, que demuestran las distintas disciplinas que la artista desarrolló en diferentes etapas de su vida —además de sus famosas esculturas, hizo pintura, cerámica, dibujos, grabados, máscaras…— y que, gracias también a una extensa documentación, demuestran, en palabras de Manes, cómo “su arte invitaba a otros a su proceso creativo, haciéndolo una experiencia en conjunto”.

Hay imágenes de archivo de la casa-estudio de la artista, fotografías suyas hechas por amigos, vídeos de su trabajo, máscaras que moldeó de los visitantes de su casa, una puerta de secuoya tallada a mano o dibujos, grabados y acuarelas que representan productos de su propio huerto. “El objetivo central de nuestro proyecto, desde el comienzo, ha sido demostrar lo profundamente interconectada que fue su práctica a través de los medios, a través de las disciplinas y a través del tiempo”, dice la comisaria.

Lo que más atrae, sin duda, y que puebla prácticamente todos los espacios de las salas de exposición, son esas formas flotantes, transparentes, suspendidas a distintas alturas, algunas alargadas, otras esféricas, con figuras que flotan en las entrañas de otras figuras más grandes y que se mueven ligeramente mientras los visitantes caminan entre ellas. “A Asawa lo que más le interesaba era ese diálogo entre interior y exterior. Todo está conectado entre sí. Es una técnica relativamente sencilla en la que dobla y moldea líneas continuas, le da forma para crear estructuras con formas continuadas e ininterrumpidas y que, además, expuestas responden e interactuan con su espectador y con el ambiente”, cuenta Manes.

La inspiración de la artista surgió, la anécdota es bien conocida, durante un verano que pasó en Toluca, México. Ahí, en un mercado de la ciudad, la cautivaron las cestas de alambre que los vendedores utilizaban —y que se encuentran todavía por los mercados mexicanos— para transportar huevos. Asawa contaba que la transparencia del material le recordaba a las alas de un insecto. “Por ese viaje”, explica Gutiérrez-Guimarães, la comisaria del Guggenheim, “ella empieza a estudiar esta idea de la línea continua y las ideas de la transparencia, del volumen, de la luz, de la sombra”.

Pero su discurso artístico no se entiende solo con la anécdota, sino gracias al profundo conocimiento del modernismo europeo que tenía. Cuando abandonó el campo de concentración en 1943, hizo lo que pudo para dedicarse a la enseñanza, pero las escuelas de un país lastrado por la discriminación a los japoneses no lo permitieron. En cambio, se inscribió en el Black Mountain College, un experimento inspirado en la Bauhaus en Carolina del Norte, donde los estudiantes convivían con sus profesores y cuyo plan de estudios se basaba en la experiencia sensorial y el trabajo con los materiales. Compartió clases con Ray Johnsony o Robert Rauschenberg, y entre sus profesores estaban Buckminster Fuller, Willem de Kooning o Josef Albers, de quien, como aseguró en algún momento, “aprendió a ver”. Esta primera etapa inaugura el recorrido en el museo español. Hay, por ejemplo, unas abstractas figuras danzantes, ”inspiradas en las clases de danza que tomó”, explica Geaninne Gutiérrez, y los primeros dibujos y pinturas “inspiradas en formas naturales y patrones matemáticos”.

También pasó por una etapa de diseños comerciales, a principios de la década de 1950, con diseños basados en sus obras de papiroflexia, o tejidos que incorporaban motivos como formas de espiral logarítmica. Al mismo tiempo empezó a cosechar su éxito artístico, con exposiciones en galerías, cuenta la comisaria del MoMA, “incluyendo la importante galería de modernismo Peridot de Nueva York, que introdujeron su obra a una audiencia que creció aún más con su participación en 1955 en la Bienal de São Paulo”. Ya consolidadá, intervino también en su ciudad adoptiva, San Francisco —lo vemos sobre todo con documentos en una de las últimas secciones de la muestra—creando obras en espacios públicos, como la fuente de bronce Andrea o las Fuentes de Origami.

La última sección del recorrido es especial porque está dedicada a la casa de Asawa: un espacio con tintes surrealistas, que retrata una fotografía donde cuelgan algunas de sus obras, se ven piezas de cerámica en una mesa, a sus seis hijos y su perro. “Mi casa era y sigue siendo mi estudio”, dijo la artista alguna vez en una frase que se volvió famosa. En la sala están esas esculturas, otras piezas hechas por sus amigos de toda la vida, como Josef Albers, y libros de arte. “Alguna vez estaba haciendo”, dice la comisaria del Guggenheim, “junto con su hijo una pequeña maqueta del salón de su casa en una caja de zapatos para llevar a su escuela. Cuando terminaron, Ruth dijo: ‘¡Espera! Te falta una de mis esculturas colgando”. Hizo una miniatura, de no más de tres centímetros, que colgó en el cartón de la caja. Y quizá no haya anécdota que condense mejor la filosofía de una artista que entendía su obra como un acto de desafiante hospitalidad.

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