Cuando Taylor Swift anunció hace unos días su nuevo disco en el podcast New Heights lo primero que puso sobre la mesa fue la fecha (3 de octubre), el nombre (The Life of a Showgirl) y el encargado de la producción: Max Martin. Otra joven estrella del pop, Sabrina Carpenter, habla con devoción de Jack Antonoff, el hombre que ha producido su nuevo trabajo, Man’s Best Friend (lanzado el pasado viernes). Martin y Antonoff definen el sonido del pop actual en su ámbito comercial. Se reparten un buen porcentaje del material que vende. Su omnipresencia resulta abusona. Lo demuestra su lista de producciones. Martin: Britney Spears, Backstreet Boys, Taylor Swift, Katy Perry, Adele, Céline Dion, Bon Jovi, Pink, Avril Lavigne, Kesha, Lana del Rey, Shakira, The Weeknd, Ariana Grande, Coldplay… Y Antonoff: Lana del Rey, Taylor Swift, Lorde, Kendrick Lamar, Sabrina Carpenter, Gracie Abrams, St. Vincent, Olivia Rodrigo, Florence and the Machine… Hay que empeñarse mucho en el aislamiento para no escuchar música con el toque mágico del uno o del otro.
Así es el método de estos dos productores y compositores que evitan la fama a toda costa y que se reparten un buen porcentaje de la música que vende, de Taylor Swift a The Weeknd
Cuando Taylor Swift anunció hace unos días su nuevo disco en el podcast New Heights lo primero que puso sobre la mesa fue la fecha (3 de octubre), el nombre (The Life of a Showgirl) y el encargado de la producción: Max Martin. Otra joven estrella del pop, Sabrina Carpenter, habla con devoción de Jack Antonoff, el hombre que ha producido su nuevo trabajo, Man’s Best Friend (lanzado el pasado viernes). Martin y Antonoff definen el sonido del pop actual en su ámbito comercial. Se reparten un buen porcentaje del material que vende. Su omnipresencia resulta abusona. Lo demuestra su lista de producciones. Martin: Britney Spears, Backstreet Boys, Taylor Swift, Katy Perry, Adele, Céline Dion, Bon Jovi, Pink, Avril Lavigne, Kesha, Lana del Rey, Shakira, The Weeknd, Ariana Grande, Coldplay… Y Antonoff: Lana del Rey, Taylor Swift, Lorde, Kendrick Lamar, Sabrina Carpenter, Gracie Abrams, St. Vincent, Olivia Rodrigo, Florence and the Machine… Hay que empeñarse mucho en el aislamiento para no escuchar música con el toque mágico del uno o del otro.
Quizá convendría, primero, delimitar la labor del productor, tantas veces mentado y tan pocas explicada su función. Responde para este periódico Leiva, que además de músico ejerce de productor (lo último de Joaquín Sabina, entre otros): “Es el profesional que ayuda a amueblar la casa. Es el arquitecto del disco. Porque hace falta que alguien diga: esto queda bien aquí, pero esto no tanto”. Existen diversos tipos de productores en la historia del pop. Los maestros más celebrados priorizaron su labor en encauzar el (mucho) talento de los músicos para los que trabajaron. Los hubo que lo ejecutar su labor con un derroche de tacto y elegancia (George Martin para los Beatles) o aquellos que optaron por el expeditivo yo sé lo que te conviene, así que hazme caso (Phil Spector).

Max Martin (Estocolmo, Suecia, 54 años) y Jack Antonoff (Nueva Jersey, Estados Unidos, 41) representan al productor contemporáneo, ese con dotes diplomáticas, que hace sentir cómoda a la estrella, que se esfuerza por entenderla, que se sienta al piano con ella para componer juntos. Huyen de sectarismos, comparten la producción con el artista, le dejan protagonismo. Martin es más científico; Antonoff más de aura, de emociones. Los dos aspiran a llegar a cuanta más gente mejor, quieren ofrecer música accesible, apuestan por la seguridad y lo normativo (más Martin que Antonoff). Canciones pegadizas, estrofa-estribillo-estrofa-estribillo, un andamiaje de hierro que cumple la función de quedarse revotando en el cerebro del oyente durante días. ¿Sencillo? Ni mucho menos. Tampoco es un trabajo inmovilista. Los musicólogos Nate Sloan y Charlie Harding hablan así del método de Max Martin en su libro El secreto de las canciones de éxito (Ed. Liburuak): “Trasciende barreras estilísticas y se apropia sin esfuerzo de otros géneros para incorporarlos al pop”.
Otra de las particularidades de estos superprofesionales es que, al contrario de lo que ocurría en épocas lejanas, ellos se involucran en la composición. “Existe una buena razón para que firmen las canciones junto al artista: ahora que no se venden discos, es una fuente de ingresos para ellos, ya que se llevan un porcentaje por derechos de autor cuando la canción es reproducida en Spotify o se interpreta en concierto”, cuenta por teléfono el productor español José Nortes.

Tanto Martin como Antonoff comenzaron como músicos. Martin, que atribuye su interés por la música a los programas de la educación pública sueca, en los noventa, cantando en It’s Alive, una banda que mezclaba grunge, Red Hot Chili Peppers y Mötley Crüe; y Antonoff en la primera década de los 2000, también de vocalista y tocando la guitarra en Steal Train, una banda de pop guitarrero. Si se escuchan las primeras canciones de ambas bandas ya se percibe una intención por componer estribillos infalibles. Martin, que todavía conserva su melena rockera, pertenece a la escuela sueca, la de Abba, esa que busca y encuentra la melodía que va a enganchar al ciudadano medio. Las estadísticas del sueco son deslumbrantes: es el productor con más números uno en Estados Unidos (25), por delante de George Martin (23); y el segundo compositor más laureado, con 26, junto a John Lennon, los dos por detrás de Paul McCartney, con 32. Estarían en lo cierto los que dijesen que Hey Jude, de McCartney (aunque acreditada como Lennon/McCartney), supera en calidad a I Kissed a Girl, de Katy Perry y Max Martin, pero los datos están ahí: las dos comparten que alcanzaron el número uno en ventas.
Martin y Antonoff apenas se prestan a entrevistas y son poco activos en redes sociales (el sueco ni tiene). En las pocas entrevistas que ha ofrecido, Martin se ha agarrado a una frase para definir su método. Es como decir nada, pero decirlo todo: “No necesariamente escribo una canción para crear un éxito, pero he tenido la suerte de que mi gusto personal coincida con el de mucha gente”. ¿El algoritmo es humano y se apellida Martin? Quizá. El artista sueco comenzó a levantar su imperio con la producción en 1995 de sus compatriotas Ace of Base y su reggae sintético; continuó el año siguiente con pelotazos como Quit Playing Games (with My Heart), de Backstreet Boys, y todo se disparó en 1998 con la composición y producción del primer sencillo de Britney Spears, …Baby One More Time. Martin encadena ya tres décadas de éxitos.

Trece años menor que Martin, Antonoff posee un perfil, digamos, más refinado, o indie, si se prefiere. De una familia judía de clase media-alta de Nueva Jersey, tuvo un gran éxito con una banda llamada Fun y la canción We are Young (2011). El trampolín en la producción fue su participación en dos canciones del disco de Taylor Swift 1989 (2014). Curiosamente, es un trabajo producido mayoritariamente por Max Martin. Paralelamente, Antonoff comenzó una carrera con su propio grupo, Bleachers, su capricho, con el que todavía continúa.
Si se quieren apreciar las diferencias entre el estilo de ambos, lo más gráfico es acudir al debate que mantuvieron los seguidores de Swift cuando, después de trabajar en los últimos discos con Antonoff, ella ha decidido volver con Martin para el nuevo, The Life of a Showgirl. “¿Antonoff no está en el disco? Bien” o “nos libramos de Antonoff”: son opiniones de los que prefieren la versión fiestera de Swift ante la más introspectiva de los trabajos con Antonoff.
Aquí surge una duda: ¿suenan estos discos más a como el productor quiere que a como la artista desea? Responde la cantante y productora española Linda Mirada: “Taylor Swift es un personaje que trasciende a todo, son sus letras y todo su universo lo que atrae a la gente. Ella lleva el mando. En el caso de Sabrina Carpenter tengo dudas. Sus primeros discos no tienen mucho que ver con lo que hace ahora, así que la figura de Antonoff sí que ha renovado su música. De todas formas, siempre son ellas las que eligen al productor, así son las que deciden”.
Si se observan los créditos de la mayoría de las canciones que copan la lista de las más escuchadas, llama la atención la cantidad de personas que participan en la elaboración de una pieza de poco más de tres minutos. José Nortes habla sobre que se ha perdido crear en soledad, “que muchas veces resulta estimulante”, que ahora todo va de “juntarse”: “Como los artistas están lejos de, por ejemplo, Joni Mitchell, ahora se tienen que juntar 15 personas para sacar una canción, porque si no, parece que son incapaces”. Y añade: “Muchas canciones son casi más la visión del equipo que la del artista. Así que suena todo muy homogéneo. Pero los responsables no son ni Martin ni Antonoff. La gente tiene la capacidad de elegir con un solo movimiento de su dedo en Spotify. El oyente siempre tiene el poder. No vale echar la culpa al algoritmo”.
El pasado 15 de agosto, la publicación estadounidense Billboard lanzó una lista con los mejores productores del siglo XXI, basándose básicamente en la cantidad de números uno. Luce el primero Max Martin y en el puesto siete aparece Jack Antonoff. Linda Mirada realiza una matización a los números: “Los que más éxito tienen no son necesariamente los mejores, son los que mejor han sabido jugar sus cartas”. La productora y cantante también deja una duda: “A los productores de sonido de factoría los reconoces porque suenan parecidos, y llega a agotar. La duda es si esos temas van a trascender en el tiempo. Por ejemplo, Blinding Lights, de The Weeknd, producida por Max Martin, todavía suena en muchas partes y es de 2019, así que es de suponer que esa canción permanecerá en el tiempo. Pero a mí es un tema que me suena muy nostálgico, te diría que recuerda mucho a Take On Me, de A-ha”.
El paso del tiempo dirá si estos artífices del sonido pop que vende hoy consiguen que su prodigioso método perdure.
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