Marcel Duchamp, el creador que hizo arte sin las manos

Un siglo antes de que un plátano pegado a la pared con cinta aislante dinamitase la definición de arte, la Fuente de Marcel Duchamp, un urinario de porcelana prefabricado dado la vuelta, montado sobre un pedestal y firmado con seudónimo en 1917, hacía historia como obra fundamental de la vanguardia y, por extensión, como ejemplo de la renovación, o reinvención, del arte. Duchamp pasó a los anales por esa creación, y por pintarle bigotes y perilla a la imagen de la Mona Lisa, pero a lo largo de más de seis décadas de carrera apuró todos los estilos y cabalgó los siguientes, del impresionismo al dadaísmo o las instalaciones casi calderianas. Su obra es una perfecta cronografía del arte del siglo XX, pero también lo es la animada biografía de su autor.

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 El MoMA de Nueva York ofrece la mayor retrospectiva del francés en Estados Unidos desde 1973, con 300 obras que van del impresionismo a la creación posindustrial  

Un siglo antes de que un plátano pegado a la pared con cinta aislante dinamitase la definición de arte, la Fuente de Marcel Duchamp, un urinario de porcelana prefabricado dado la vuelta, montado sobre un pedestal y firmado con seudónimo en 1917, hacía historia como obra fundamental de la vanguardia y, por extensión, como ejemplo de la renovación, o reinvención, del arte. Duchamp pasó a los anales por esa creación, y por pintarle bigotes y perilla a la imagen de la Mona Lisa, pero a lo largo de más de seis décadas de carrera apuró todos los estilos y cabalgó los siguientes, del impresionismo al dadaísmo o las instalaciones casi calderianas. Su obra es una perfecta cronografía del arte del siglo XX, pero también lo es la animada biografía de su autor.

Por eso el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) ha elegido el orden cronológico para la mayor retrospectiva de Duchamp (1887-1968) en Estados Unidos desde 1973, que podrá visitarse hasta el 22 de agosto. De sus cuadros de juventud, que resultan tan familiares como de los de cualquier impresionista, y unos dibujos limpios y esquemáticos donde parece asomarse Toulouse-Lautrec, a las instalaciones de objetos de su madurez, las 300 obras de Duchamp se exhiben en nueve salas del museo que podrían “ser también nueve exposiciones en sí mismas”, independientes unas de otras, explica una de las comisarias de la muestra, Ann Temkin, comisaria jefa de pintura y escultura en el MoMA.

La muestra es un recorrido guiado por la provocación, el humor y la irreverencia, pero también por la emoción, como la que provocan los cuadros que cuelgan en la primera sala: La partida de ajedrez, de 1910 —el juego le acompañó toda su vida—, paisajes y desnudos impresionistas, con tintes fauvistas. Las dos obras que abren la exposición las pintó a los 15 años: nacido en una familia de artistas, en Normandía, con dos hermanos también pintores, copiaba lo que se consideraba gran pintura, pero albergaba el ímpetu de la vanguardia.

“En esta primera sala, vemos a Duchamp formándose a sí mismo en pintura contemporánea a un ritmo vertiginoso, desde Monet hasta Matisse, pasando por Cézanne y Picasso”, explica Temkin. “Con estas primeras pinturas, Duchamp afirma: Soy parte de la vanguardia. Quiero provocar, como lo hicieron estos artistas”.

Enseguida, en la segunda sala, llega la ruptura con la tradición: lienzos de gran formato de un cubismo profundo, como el célebre Retrato (Dulcinea), una composición serialista que muestra cinco secuencias simultáneas de una mujer con la que se cruzó en la calle cuando estudiaba en París, en 1911; una imagen en movimiento, o fragmentada, de la realidad, como si fuera una fotografía de animación.

El mejor exponente de esa etapa, y la primera de sus obras que generó controversia, es Desnudo bajando una escalera (n.º 2), que parece un conjunto de dispositivos mecánicos y que fue rechazado por el cubista Salón de los independientes de París para, un año más tarde, en 1913, ser admitido en el Armory Show, una importante exposición que presentaba el arte vanguardista europeo al público estadounidense, y que sigue celebrándose anualmente. Aún sin obra en los museos, este cuadro se convirtió en el símbolo del arte más transgresor y para Duchamp fue su primer encuentro con la notoriedad a gran escala.

En las siguientes salas, copias y variaciones de su célebre urinario se codean con las distintas versiones de la Mona Lisa con mostacho, tituladas L.H.O.O.Q., un juego de palabras que, pronunciado en francés, suena “ella tiene el culo caliente”. Sobre la reproducción de La Gioconda con bigote y perilla, el irreverente cineasta John Waters dice en la audioguía de la muestra que constituye el acto de rebelión más destacado del arte contemporáneo.

El humor como rebelión atraviesa la obra de un Duchamp ya adulto, pero también el transformismo, como en las fotografías de Man Ray en las que el artista aparece vestido con pieles y joyas en 1924, encarnando a su álter ego femenino, Rrose Sélavy (leído en francés, Eros, c’est la vie). Como para Pessoa, el maestro de los heterónimos, Duchamp demostró que la identidad podía ser también un objeto artístico.

Pero es la sexta sala la que alberga el corazón de la muestra, en opinión de la comisaria Temkin: el proyecto Caja en una maleta (1935-1941), una sucesión de “galerías portátiles” con reproducciones en miniatura de toda su obra, cuando el artista, acuciado por la amenaza del fascismo y el ruido de los tambores de guerra, preparó su mudanza al Nuevo Mundo con su taller a cuestas. Tenía 50 años y sus obras aún no habían entrado en los museos. Ese bagaje empaquetado, a medias entre la maleta de objetos que se salvan de un naufragio y la casa de muñecas, “fue su manera de hacer su propia retrospectiva cuando ninguno de sus trabajos estaba todavía en un museo real”, explicaban el martes los tres comisarios de la muestra.

La de Duchamp fue una revolución copernicana en el mundo de las artes plásticas, el salto al vacío de la imagen al concepto. “Su gran acierto fue abandonar la idea de que, si eras artista, usabas las manos, ponías pintura en un pincel y pasabas el pincel sobre el lienzo”, explica Temkin. Según otra de las comisarias, Michelle Kuo, “inventó el tipo de obra que llamó ready-made, que significa que la obra de arte puede ser algo que ya está hecho, y en realidad, lo que haces como artista es seleccionar”. Un ejemplo de ready-mades es la serie de Monalisas pilosas.

La muestra, organizada en colaboración con el Museo de Arte de Filadelfia, que posee los mayores fondos de Duchamp en EE UU —el tercer comisario, Matthew Affron, representa a esta institución—, termina con la imagen de un Duchamp avejentado y cano en una película de 16 milímetros en blanco y negro rodada por Andy Warhol en 1966 en Nueva York, la ciudad donde vivió los últimos 25 años de su vida. Abundantes imágenes de los dos estudios que tuvo en Manhattan completan la iconografía del artista, avezado jugador de ajedrez e inventor, una figura tan poliédrica como su creación. El demiurgo que, junto con Picasso y Braque, contribuyó a establecer la perspectiva posindustrial en la historia del arte —convirtió la rueda de una bicicleta en ¿escultura?—, el precursor del arte conceptual.

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