Vuelve a ser 2011. Pero es un 2011 ligeramente distinto. Uno en el que la sociedad mundial ha abrazado la Paridad Mental. ¿Que en qué consiste la Paridad Mental? En que nadie pueda ser considerado tonto y, por supuesto, ninguno de sus sinónimos. Así, en las escuelas no importa que des respuestas absurdas a cualquier pregunta sencilla, porque “es otra forma de verlo, ¡por supuesto!”, y ningún tipo de mérito te hará merecedor del puesto de trabajo que deseas porque “durante mucho tiempo se ha discriminado a los que no saben nada” y ellos “lo merecen igual que tú”. El porvenir en 2011 es entrar en un hospital para una operación sencilla y, con suerte, salir con vida. Y que a nadie se le juzgue por casi haberte matado porque ese alguien —el doctor o la doctora— tiene derecho a no ser considerado un inepto.
La autora de la emblemática ‘Tenemos que hablar de Kevin’ afronta un escenario en su última y abrasiva novela, ‘Manía’, en el que se castiga a aquel que no sigue la corriente
Vuelve a ser 2011. Pero es un 2011 ligeramente distinto. Uno en el que la sociedad mundial ha abrazado la Paridad Mental. ¿Que en qué consiste la Paridad Mental? En que nadie pueda ser considerado tonto y, por supuesto, ninguno de sus sinónimos. Así, en las escuelas no importa que des respuestas absurdas a cualquier pregunta sencilla, porque “es otra forma de verlo, ¡por supuesto!”, y ningún tipo de mérito te hará merecedor del puesto de trabajo que deseas porque “durante mucho tiempo se ha discriminado a los que no saben nada” y ellos “lo merecen igual que tú”. El porvenir en 2011 es entrar en un hospital para una operación sencilla y, con suerte, salir con vida. Y que a nadie se le juzgue por casi haberte matado porque ese alguien —el doctor o la doctora— tiene derecho a no ser considerado un inepto.
Manía, la última novela de Lionel Shriver (Carolina del Norte, 68 años), publicada en español por Anagrama, es poderosamente incendiaria y delirante. “Vivimos, como sociedad, rodeados de manías. En una neurosis colectiva. Nuestra mente colmena está eliminando el pensamiento crítico y seguimos modas de pensamiento único que, de repente, apagan todo lo demás y se vuelven algo parecido a la histeria. Una histeria que cambia de forma continuamente y que nos hace completamente maleables”, cuenta Shriver. La escritora está en su casa, que desde hace dos años está en algún lugar de Portugal, tras mudarse del Reino Unido, frente al mar. “Me gusta lo que veo desde aquí. Londres se volvió insoportable. Inglaterra está en plena caída libre”, dice cuando descuelga la videollamada.
La autora de la totémica Tenemos que hablar de Kevin lleva casi cuatro décadas alertando a la sociedad sobre la deriva de su comportamiento. Al principio lo hacía generando una trampa individual —como la maternidad en alguien que no la desea en Tenemos que hablar de Kevin— y observando cómo salía de ella. Ahora, desde hace al menos una década, es probable que desde que se internó en la ucronía salvajemente antiestadounidense, se dedica a situar a su protagonista ante una sociedad irreconocible y contemplar cómo ya no puede abrirse camino a través de ella de ninguna de las maneras. Lo hizo utilizando el running en El movimiento del cuerpo a través del espacio, y lo hace en esta última novela con un tipo muy concreto de pensamiento políticamente correcto, que exagera para ridiculizarlo y, de paso, a la sociedad que lo ha creado. “¿La verdad? Para mí es una novela sobre la amistad”, propone.
Y es cierto. En el centro hay dos amigas que piensan distinto. En realidad, hay una amiga con pensamiento crítico —Pearson, la protagonista, una mujer que fue una niña encerrada en una familia de testigos de Jehová y que sabe en qué consisten las normas autoimpuestas y en qué te convierten— y otra que simplemente quiere ser alguien importante, dejarse llevar por la corriente, convertirse en su mejor portavoz. Su nombre es Emory. Y no respeta otra cosa que su propio narcisismo. “En los últimos años he perdido muchos amigos por culpa de pensar distinto. Y ha sido muy triste. Los echo de menos. No entiendo de qué manera tener una opinión distinta sobre algo puede separarte hasta tal punto de alguien. Sé que hay temas que con una persona de extrema izquierda a la que quiera mucho jamás podré tocar. Pero no los tocaré y listo. No somos solo la opinión que tenemos sobre las cosas. Somos mucho más. Toda nuestra propia historia”, dice la autora.
Shriver se cambió el nombre a los 15 años por considerarlo demasiado femenino —se llamaba Margaret Ann, cosa que le parecía absurda—. Es decir, siempre ha tenido claro quién es y cómo funciona el mundo (para ella), y se ha mantenido fiel, como Pearson, a sus principios. Eso la llevó primero a abandonar Estados Unidos y recientemente Inglaterra, y atacar todo aquello que considera atacable, desde los excesos de la Seguridad Social a cualquier tipo de discriminación positiva. Dice despertarse cada mañana pensando que su carrera se ha acabado. “Cada vez que me piden un artículo y se publica con aquello en lo que pienso, que normalmente es contrario o tiene poco que ver con el pensamiento único, me digo que van a cancelarme y que mi carrera se acabará. Pero nunca se acaba. Y no sé por qué. Es como si estuviera sobreviviendo a esta época, extraña y misteriosamente”, cuenta.
Sin embargo, su última novela, no Manía sino la próxima, que ya tiene lista y que trata el tema de la inmigración —“con su parte nada agradable incluida, y nada políticamente correcta”, explica—, está empezando a ser ignorada por las que hasta ahora eran sus editoriales en países de habla no inglesa. “Tal vez ha llegado mi momento”, se dice. “Creo que si perdemos la capacidad de rebelarnos, lo perdemos todo. ¿A nadie le parece sospechoso que, de la noche a la mañana, ciertas ideas se vuelvan centrales y no importe nada más?“. Y ejemplifica: ”No digo que el racismo no sea un problema, pero cuando se convierte en un eslogan [hace referencia al movimiento Black Lives Matter] se convierte en un producto, en una moda, y modifica la sociedad sin tener en cuenta todo lo demás por un tiempo. Luego llega otra cosa que lo sustituye y se entra en otro ciclo que también aparta todo lo demás, incluido el propio Black Lives Matter. ¿Y nadie se pregunta por qué?“.
Para ella hubo un antes y un después de la pandemia. “No soy negacionista, por supuesto que había una enfermedad circulando, pero la forma en que se gestionó fue terrorífica si lo piensas fríamente. De la noche a la mañana perdimos todos nuestros derechos como ciudadanos. Y lo aceptamos sin más. Todas esas normas absurdas que se inventaron y que tuvimos que acatar. La mente colmena es muy peligrosa. Y la inteligencia artificial no va a ayudarnos. Me pregunto qué clase de espíritu crítico puede desarrollarse en un mundo en el que le pides a un ordenador que piense por ti. ¿Es que soy la única a la que le da miedo?”, se pregunta. Y en parte, está reproduciendo aquello que Pearson, la protagonista de Manía, con su pensamiento a contracorriente, trata de infundir en los que la rodean. Algún tipo de despertar. “No quiero vivir en un mundo como el de Pluribus“, dice, refiriéndose a la serie de Vince Gilligan en la que la humanidad se ve infectada por un virus que unifica a todos los individuos en una sola conciencia.
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