Las serpientes, el aventurero capitán Gilson y los secretos de Enid Blyton

La escritora Enid Blyton.

La vida tiene estas cosas que tú vas y le presumes a alguien de que te ha caído un rayo en casa y él te cuenta que le ha mordido una víbora, que es más aventura. Manolo Díaz, el especialista en jardines que el otro día trepó con audacia digna de Jack Aubrey los 35 metros de mi abeto Douglas para colocarle unas bridas en la brecha que le abrió una pavorosa centella a mediados de verano, me explicó como si tal cosa la ocasión en que sufrió el ataque de la serpiente. Fue cerca del Gorg Negre de Viladrau y recibió el mordisco en un dedo al apoyar la mano sobre una piedra durante la bajada. “Noté un picotazo como si me hubiera herido con una zarza y vi enseguida a la víbora: no había duda, corta, de cabeza triangular, nariz levantada, ojos de pupila vertical”. Manolo me confesó: “Hice todo lo que no se debe hacer en estos casos. De entrada, José, que me acompañaba, me agarró el dedo y me lo mordió y chupó para sacar el veneno; me dolió más que la picadura. Luego me hizo un torniquete con un alambre, que provoca que se necrose el miembro [superior]. Y a continuación, con los nervios de punta, bajé corriendo hasta Viladrau, poniéndome el corazón a mil por hora, lo que hace que la ponzoña se extienda más deprisa”.

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La novela del capitán Gilson sobre submarinos.Los libros de Torres de Malory en el BookCrossing de Viladrau.Una imagen de la película 'Aventura en la isla', sobre la novela de Enid Blyton.Lucy y Dolly en una ilustración Noiquet para 'Aventura en el mar', de Enid Blyton, en la edición de Editorial Molino.Helena Bonham Carter como la escritora Enid Blyton en el biopic de 2009 'Enid'. Las vacaciones llegan a su fin bajo la advocación de la controvertida escritora británica y una biografía que la muestra como un personaje oscuro  

La vida tiene estas cosas que tú vas y le presumes a alguien de que te ha caído un rayo en casa y él te cuenta que le ha mordido una víbora, que es más aventura. Manolo Díaz, el especialista en jardines que el otro día trepó con audacia digna de Jack Aubrey los 35 metros de mi abeto Douglas para colocarle unas bridas en la brecha que le abrió una pavorosa centella a mediados de verano, me explicó como si tal cosa la ocasión en que sufrió el ataque de la serpiente. Fue cerca del Gorg Negre de Viladrau y recibió el mordisco en un dedo al apoyar la mano sobre una piedra durante la bajada. “Noté un picotazo como si me hubiera herido con una zarza y vi enseguida a la víbora: no había duda, corta, de cabeza triangular, nariz levantada, ojos de pupila vertical”. Manolo me confesó: “Hice todo lo que no se debe hacer en estos casos. De entrada, José, que me acompañaba, me agarró el dedo y me lo mordió y chupó para sacar el veneno; me dolió más que la picadura. Luego me hizo un torniquete con un alambre, que provoca que se necrose el miembro [superior]. Y a continuación, con los nervios de punta, bajé corriendo hasta Viladrau, poniéndome el corazón a mil por hora, lo que hace que la ponzoña se extienda más deprisa”.

Acabó en el hospital de Vic en observación, pero no le pusieron el antídoto aunque él pensaba que iba a morir y lógicamente se quejaba. Oía bromear a los internistas sobre el escurço negre, la víbora negra, la serie de Rowan Atkinson como Edmund Blackadler. La inflamación no se extendió más allá de la muñeca y le dijeron que probablemente la víbora había mordido a alguna otra criatura, más desafortunada, antes y no tenía mucho veneno ya para inocular. Parece que suele ser ventajoso que, como a Manolo, te muerdan avanzado el día. Cuando le dije que el suceso le acreditaba como miembro del selecto club de los supervivientes a las mordeduras de serpientes, por el libro de Jeremy Seal y que en Viladrau incluye a Antonio Viñas Jr. y a Marc Robusté, se entusiasmó.

Está siendo, dice todo el mundo, un verano de serpientes, quizá como preludio al congreso de herpetología que se celebrará del 1 al 4 de octubre en Barcelona. A los Gallego se les atascó una en la puerta del garaje y Javi Icart disparó con su rifle de aire comprimido contra otra que había sentado sus reales en la caseta del jardín: le dio —uno de esos tiros afortunados que te granjean la muñeca Pepona en la feria— pero el reptil se replegó bufando y Javi —que temía absurdamente que la inofensiva culebra le estrangulara mientras dormía— hubo de pedir refuerzos para extraerlo. Pobres serpientes, seres incomprendidos y vilipendiados.

La novela del capitán Gilson sobre submarinos.

Santi París, cuyo concepto de la indumentaria veraniega es el que tendrían un Paul Kruger o un Eugène Terre’Blanche, bermudas blancas incluidas, no ha visto serpientes; sin embargo hace años le cayó un rayo en un árbol del jardín, que conserva las cicatrices pero prospera, y me lo enseñó, tanto como demostración de que hay vida después del latigazo del cielo como para rebajar la excepcionalidad de lo mío. En todo caso, lo que despertó mi más insana envidia fue que me mostrara también su colección de novelas juveniles del capitán Gilson en las ediciones de Seix y Barral de los años treinta y cuarenta (La pagoda de cristal, El ojo de Guatama, El nenúfar escarlata). Charles James Louis Gilson (1878-1943), oficial británico que publicaba sus libros como Capitán Gilson, Mayor Gilson y más inexplicablemente como Barbara Gilson (Reina de los Andes, 1935), es un referente de la novela de aventuras y su producción incluye historias entre los pigmeos del Congo, en la invasión del Camerún alemán y durante la rebelión de los Boxer (había servido en China, no sabría decir si más de 55 días). Sus títulos son de esos que inducen a viajar con la imaginación a mundos lejanos y perdidos, como El reino del rey brujo: romance en África Central, El tesoro de la tribu roja, Rajá Dick, o mi favorito, La ciudad perdida: el relato auténtico del profesor Miles Unthank de la búsqueda del sarcófago de Serophis y del robo del Escarabajo Místico, depositado en el British Museum (1920), sobre un historiador que a través de un escarabeo egipcio accede a una ciudad perdida y a la tumba de un príncipe de Tebas con la ayuda de un gentleman aventurero; un relato sobre antigüedades, misterios y la superación de la cobardía. También escribió el capitán una historia de submarinos y espías ambientada en la Primera Guerra Mundial Submarine U93.

Le expliqué a Santi que por mi parte yo andaba metido en Enid Blyton (de la que he encontrado, casualmente, toda la colección de Torres de Malory en el fecundo BoockCrossing del pueblo) y puso cara de sorpresa y desdén al mismo tiempo, lo que no es fácil. Es cierto, las vacaciones en Viladrau me llevan siempre indefectiblemente a la escritora inglesa que dejó una huella indeleble en nuestras aventuras y excursiones infantiles y juveniles con sus series de libros y sus picnics a base de pastel de carne, arenques asados, sándwiches de las cosas más sorprendentes, como la mermelada de ruibarbo, y la indispensable cerveza de jengibre. Nunca fui de los Los Cinco ni de los Los Siete Secretos, mis novelas eran las de la serie Aventura (8), que me chiflaban, aunque he de confesar una querencia también por los citados libros de los cursos en Torres de Malory y los de las peripecias de las mellizas O’Sullivan en Santa Clara, que les robaba a mis hermanas y de los que aprendí mucho de lo que sé sobre psicología femenina, y así me va.

Los libros de Torres de Malory en el BookCrossing de Viladrau.

Cuando pienso en Enid Blyton me vienen a la cabeza sobre todo Jorge, Dolly, Lucy, Jack y el loro de este, Kiki (“¡límpiate los pies!”) metidos en algún lío, y Titi Estabanell yendo conmigo en bicicleta a pescar cangrejos a la Riera Mayor antes de que ella se marchara a la India y volviera con inquietudes más en la línea de la Bhagavad-Gita que de Aventura en el río, que es donde yo seguí muchos años.

Este verano me he traído un título de la serie que me faltaba por leer, Aventura en el mar, que he pillado en una preciosa edición ilustrada (Molino, 1972), con incluso formidables láminas en color de Noiquet y los dibujos inspiradores de Escolano. Es en realidad una lectura más para Formentera que para Viladrau, pero me he reencontrado con todo el mundo de Enid Blyton y la vieja conmoción que me provocaba. Más aún porque la historia incluye hidroaviones (hidroplanos) y pájaros, muchos pájaros, sobre todo frailecillos (Blyton era una gran experta en aves y trasladó ese interés a Jack, aunque el que recibe el sobrenombre de Copete, como nuestro conocido ornitólogo, es Jorge). Jorge y Dolly se llaman en las novelas originales en inglés Philip y Dinah; no he conseguido saber por qué se les cambió el nombre en la traducción al castellano.

Una imagen de la película 'Aventura en la isla', sobre la novela de Enid Blyton.

La trama lleva a los niños a unas islas solitarias en Escocia llenas de aves marinas nidificantes y en las que acampan y se dedican con fruición a desayunar, comer, merendar y cenar (“¿no va siendo hora de que comamos algo?”) hasta que se encuentran con unos peligrosos contrabandistas de armas y desmontan sus planes. Pese a que al principio acompaña a los chicos su amigo detective Bill Smugs/ Cunningham, pronto se quedan solos en la aventura (eso que nos fascinaba tanto de niños de ver a otros de nuestra edad libres de la tutela de los adultos). Me interesaba observar si en esta lectura detectaba alguna pulsión sexual entre los cuatro jovencitos (dos pares de hermanos de entre 11 y 13 años, Jorge y Dolly Mannering y los huérfanos que viven con ellos y su madre viuda, Lucy y Jack Trent), excluyendo al loro; pero no he detectado ninguna. Hay un momento en que se quitan los trajes de baño mojados y duermen en ropa interior y otro en que Lucy —la más sensible de las dos niñas— expresa su incomodidad porque ha de permanecer estirada debajo del cuerpo de Jack que la protege así durante un tiroteo, aunque todo es muy inocente. Lo que prevalece es la aventura y la inmersión en la naturaleza, junto a las palabras que al final les dirige Bill: “Conocéis el significado de la lealtad ya y, aun cuando sentís miedo, no os dais por vencidos jamás. Estoy orgulloso de teneros como amigos”. Y añade Blyton: “Los niños nada dijeron, aunque experimentaron un calor singular y una emoción profunda en sus adentros. Amistad… lealtad… firmeza ante el peligro… ellos conocían estas cosas y las apreciaban en toda su hermosura y su valor”.

Lucy y Dolly en una ilustración Noiquet para 'Aventura en el mar', de Enid Blyton, en la edición de Editorial Molino.

La bonita novela, que incluye un inesperado guiño a Guillermo Brown y alguna broma a costa de los ornitólogos “que a veces parecen un poco pasados de rosca”, me ha reconciliado con Enid Blyton tras leer en paralelo The real Enid Blyton, de Nadia Cohen (Pen & Sword, 2018), una biografía que muestra a la autora como una mujer bastante desagradable, vengativa y arrogante muy distinta del personaje cálido y empático que se esforzó por presentar al público. Con una carrera de 40 años en la que escribió alrededor de 800 libros, ¡veinte al año!, de los que lleva vendidos más de 600 millones de ejemplares, Blyton (Londres 1897-1968) fue un fenómeno literario que ha sobrevivido a todas las críticas y a todos los escándalos. Cohen explica su lado oscuro, sus complejas relaciones sentimentales, sus dos matrimonios fracasados, sus infidelidades y traiciones, la poca atención a sus dos hijas a las que pegaba con un cepillo (carecía de instinto maternal), sus épocas de desmadre, fiestas escandalosas y borracheras, y hasta recoge la historia de que jugaba a tenis desnuda. “El fuerte código moral y ético tan importante para sus personajes en sus libros no era ciertamente algo a lo que Enid Blyton se adhiriera en su vida privada”, sostiene Cohen. Se la ha acusado de que sus libros son simples, repetitivos y sembrados de clichés racistas, sexistas, clasistas y snobs, con un tratamiento de los personajes extranjeros o humildes lleno de prejuicios. Pero Blyton siempre pasó olímpicamente de los que la criticaban y repetía que solo le interesaba la opinión de los menores de 12 años, sus lectores.

En su biografía encontramos claves de su obra y de su carácter, empezando porque nació en vida todavía de la Reina Victoria. Nunca se sobrepuso al colapso del matrimonio de sus progenitores cuando tenía 13 años y al sentimiento de que su padre, al que adoraba y que la hizo amar la naturaleza y la poesía, la abandonó. Con su madre, que quería convertirla en una buena ama de casa y esposa, se llevaba fatal y trató de escapar de ella. Se ha dicho que Blyton, que falleció con demencia senil, era el sueño de un psicoanalista y que su obra está llena de símbolos eróticos como cuevas, túneles, torres y faros (!). Entre las curiosidades de la pormenorizada biografía de Cohen, el que Enid jugaba al lacrosse como sus niñas de escuela (fue capitana del equipo de su colegio), que se llevaba bien con la profe de francés, que le encantaba el circo, que estuvo en España y que siempre vestía algo rojo al escribir. Se independizó pronto e hizo de institutriz y maestra mientras ponía en el papel las historias que les contaba a sus pupilos, hasta que hacia 1922 triunfó con sus primeros libros y se dedicó plenamente a escribir. La popularidad que logró —y la pasta, tenía un Rolls Royce— es comparable a la actual de J. K. Rowling; está entre los autores más traducidos, detrás solo de Lenin, Marx y Julio Verne. La propia Isabel II era muy fan.

Helena Bonham Carter como la escritora Enid Blyton en el biopic de 2009 'Enid'.

Sus historias, como las de Los Cinco, Los Siete Secretos (que abrevió como SS causando algo de inquietud en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial) y las de Misterio, continúan siendo muy leídas y algunas han sido llevadas al teatro y al cine. Hay una película y una serie de televisión (Prime video) sobre las de Aventura. Helena Bonham Carter encarnó a la propia Enid en un biopic en 2009.

La imagen de una Enid Blyton adúltera, mentirosa y cruel, preocupada porque no se filtraran informaciones de su vida real que pudieran perjudicar su popularidad (y al negocio editorial), por no hablar de su original indumentaria tenística, sorprende cuando la lees y recuerdas qué buenos sentimientos te provocaba de niño. En todo caso, me cuesta cambiar mi opinión sobre los libros de la escritora (que están siendo publicados en nuevas ediciones expurgadas de los elementos que se juzgan poco edificantes). Me quedo con mis Aventuras y aquella emoción vagamente melancólica, de pies descalzos y cabello al viento, que desprenden y que siempre asocio a los finales de verano. Y me aferro a la idea de que no hace falta ser alguien especialmente íntegro y ejemplar para entender y valorar la amistad, el valor y la lealtad.

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