En estos días en los que se ha oído hablar repetidamente del abandono por parte de las autoridades de la España interior, del país vaciado, rural y apegado al pueblo, el cine español podría reivindicar que, por lo que atañe a su atención y cuidados, no hay remordimiento alguno. Que, en la última década, y sobre todo en el último lustro, las películas sobre sus gentes se han ido acumulando hasta crear una tendencia cercana a la sobredosis. El regreso al pueblo de aquellos que huyeron despavoridos en el pasado ante la falta de expectativas, y que ahora han retornado —a veces, por convicción; otras, por obligación—, tanto por las dificultades como por el hartazgo de la gran ciudad, se ha convertido casi en un cliché de nuestro cine contemporáneo.
La terra negra
Dirección: Alberto Morais.
Intérpretes: Laia Marull, Andrés Gertrúdix, Sergi López, Abdelatif Hwidar.
Género: drama. España, 2025.
Duración: 100 minutos.
Estreno: 29 de agosto.
El filme de Alberto Morais habla de seres perdidos que se encuentran gracias a la paz interior en una España rural vaciada
En estos días en los que se ha oído hablar repetidamente del abandono por parte de las autoridades de la España interior, del país vaciado, rural y apegado al pueblo, el cine español podría reivindicar que, por lo que atañe a su atención y cuidados, no hay remordimiento alguno. Que, en la última década, y sobre todo en el último lustro, las películas sobre sus gentes se han ido acumulando hasta crear una tendencia cercana a la sobredosis. El regreso al pueblo de aquellos que huyeron despavoridos en el pasado ante la falta de expectativas, y que ahora han retornado —a veces, por convicción; otras, por obligación—, tanto por las dificultades como por el hartazgo de la gran ciudad, se ha convertido casi en un cliché de nuestro cine contemporáneo.
Alberto Morais es el último reincidente en la temática, aunque desde unos postulados narrativos, estilísticos e interpretativos bien distintos al habitual realismo del drama social. Su mirada parece tener como modelo el cine de Robert Bresson, Pier Paolo Pasolini, Manoel de Oliveira y Abbas Kiarostami, extrayendo de cada uno de ellos su rigurosidad formal y, en algún caso, también su humanismo.
En los títulos de crédito iniciales se aprecian ya unas maneras que se salen de lo común: un plano fijo de Agnus Dei (Cordero de Dios), cuadro de Zurbarán, junto con un extracto de La pasión según San Mateo, de Bach, acompañan a los nombres de los profesionales implicados en la película, aglutinando así el apego a la tierra y al trabajo de sus personajes, el sacrificio cristiano, y el anhelo espiritual y las ansias de trascendencia de Morais. Posteriormente, el modo de actuación de sus actores y actrices, distanciado, alejado del naturalismo, seco como la mojama, casi mecánico en sus movimientos físicos, lleva inmediatamente la memoria al cine de Bresson. Unas interpretaciones sin intenciones, o con la intención de no tener intenciones (que no es lo mismo), que pueden ahuyentar a los espectadores más despistados, y en las que también puntúa para la desorientación un tono de tristeza en el ambiente que, en ocasiones, resulta más plúmbeo que desconsolado.

En ese entorno ganadero y agrícola del pueblo feo a rabiar, de influencia del paisaje físico, de lucha por las tierras con conflictos vecinales, inquinas, agresiones y resistencias, también hay mucho de wéstern, aunque de formas insólitas. De hecho, la aparición del personaje de Sergi López, de oscuro pasado y que viene de ninguna parte para trabajar en el terreno de los dos hermanos protagonistas (Laia Marull y Andrés Gertrúdix), y que puede cambiar sus cercadas existencias, tiene mucho del Shane de Raíces profundas, de George Stevens. Eso sí, con una aureola mística y una hipnótica influencia en los demás que se acaba vinculando más con un santón de los caminos que convence a los descarriados con su calma y su mirada, que con un vaquero dispuesto al duelo en el bar del pueblo por una partida de cartas, aunque también esto ocurra. De hecho, Morais utiliza una extraña puesta en escena para subrayar ese poder, consistente en un doble primer plano con López y la persona persuadida mirando a cámara, que al principio despista con su subjetividad, pero que luego acaba fructificando.
Austera, casi desnuda en su ambientación y sin acompañamiento de música externa, La terra negra habla de seres perdidos que se encuentran gracias a la paz interior. Su sistemática, practicada por el director en dos de sus cuatro películas anteriores (la estimable Las olas y la esquiva Los chicos del puerto), la hará difícil para una parte de la platea. Sin embargo, en cierto modo, y pese a una evidente morosidad, se agradece la huida del modelo habitual en la descripción del campo: habitualmente furioso; aquí, con ínfulas poéticas. Una perspectiva de la que podría dar cuenta este diálogo, hoy de plena actualidad: “Este es un buen lugar para hacer centros florales”; “Ah, ¿sí? Pues yo solo veo maleza y rastrojos”.
La terra negra
Dirección: Alberto Morais.
Intérpretes: Laia Marull, Andrés Gertrúdix, Sergi López, Abdelatif Hwidar.
Género: drama. España, 2025.
Duración: 100 minutos.
Estreno: 29 de agosto.
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