En el Génesis (capítulo 2, versículos 19-20) se relata que, tras crear a todas las bestias y aves de la tierra, Dios otorgó a Adán, el lejano primer hombre, la tarea (sagrada) de imponer un nombre a cada uno de los animales, cediéndole así el poder (bautismal) de atribuir la identidad ajena a quien ha venido a este mundo sin ella. Todos tenemos nombres perfectamente intercambiables, pero no seríamos los mismos si alguien nos adjudicase una denominación alternativa. La prueba son los pseudónimos: nombres que sirven para fingir una identidad —incluso aquellos de los que conocemos la referencia real— por el procedimiento infalible de inventar otra.
No existe nada más vulgar que tener nombre propio. Por eso a quienes carecen de él se les considera —en todas las lenguas y culturas— seres anónimos. Y, sin embargo, la mayoría de las palabras con las que nos entendemos, o no insultamos, vienen de una placenta común, lo que viene a confirmar —al menos en potencia— la idea de igualdad universal entre los seres humanos. A esta raíz lingüística común —el indoeuropeo— dedica la periodista británica Laura Spinney un original ensayo —Lengua madre (Crítica)— en el que, al modo del viaje a la semilla de Alejo Carpentier, regresa virtualmente a ese tiempo ancestral donde todo comenzó.
El indoeuropeo es el antecedente conjetural de la mayoría de las lenguas que se hablan en el mundo. Nacido en la Edad del Cobre —hace entre 4.000 y 6.000 años—, carece de registros escritos y era el supuesto esperanto —esa hermosa obstinación de nuestros abuelos— que usaron las tribus nómadas del mar Negro, que terminarían diseminándose por el orbe mediante migraciones que, al dejar atrás de su raíz, fueron separándose y dieron lugar a una extensa familia de nuevas lenguas cuyos hablantes perdieron la memoria del idioma de sus ancestros más remotos.
Son el deshielo —las migraciones comenzaron cuando acabó una glaciación— y el movimiento los dos hechos que explican, según Spinney, la diversidad lingüística del presente, condenada en el mito bíblico de Babel. La historia de esta lengua madre tiene bastante de abstracción, igual que el big bang que explicaría la génesis del universo. Los investigadores intentan delimitarla con la arqueología, analizando el devenir de las lenguas resultantes y la genética, que dibuja el mapa de la dispersión migratoria.
Spinney sigue el rastro de estas pesquisas y, a través de un hábil y ágil relato narrativo, traza los caminos del indoeuropeo desde las frías estepas de Eurasia al resto del planeta. Su libro es, sin presentarse de esta manera, una historia global de la humanidad escrita siguiendo las huellas del lenguaje, un enfoque que le permite moverse en un abanico temático que toca el comercio, la economía, la historia, las costumbres, las guerras o la violencia. Todo un universo (perdido) de calamidades y maravillas.
Ser vivo
De partida parece una historia épica, pero en realidad se trata de una relación histórica prosaica. Una de las invariantes de todos los cambios lingüísticos, además de la funcionalidad, es la constante vulgarización. Todas las lenguas cambian porque quienes las hablan son incapaces de mantener sus fuentes originales, lo que invalida la tesis —idealista— que vincula un idioma a la existencia o el sentir de una determinada nación. Los idiomas funcionan igual que cualquier ser vivo: están sometidos a constantes y sucesivos cambios y corrupciones que, al tiempo que los alejan de su origen, hacen que puedan continuar siendo herramientas útiles.
Spinney lo ejemplifica a través de las historias del anatolio o el tocario, las primeras variantes idiomáticas que se han registrado —sobre el inmenso vacío de la escritura— en enclaves geográficos de intercambio vinculados a rutas comerciales, como la que seguía la seda. La periodista británica salta después a Europa, donde nacen el itálico, el celta y el germánico. Después vira hacia Oriente —India y la antigua Persia—, sube al Báltico, hogar de las lenguas eslavas, y pasa por el Cáucaso, Grecia y Albania, zonas de mezcla de acentos, palabras y conceptos, en las que las aguas de un río se mezclan con las de otro, creando un cauce fluvial irregular y lleno de meandros.
Spinney proyecta también analogías entre el pretérito y el presente con el fin de acercar la materia sobre la que escribe a sus lectores. La atomización del indoeuropeo, visualizada en una imagen gráfica creada por la infografista Minna Sundberg para tareas educativas y de divulgación, se representa bajo la forma de un inmenso árbol lingüístico con 12 ramas principales y todo un caudal de variaciones. No todas las hijas de la lengua madre sobrevivieron al tiempo: muchas de ellas murieron —se quedaron sin hablantes— y otras enfilaron por un sendero sin salida. Algunas, como el hitita, no fueron descifradas hasta hace una centuria. Sus voces permanecieron mudas durante siglos. Otras fueron alterándose por las necesidades de uso, la distancia, la geografía o simple utilidad. Un hecho que no significa —como alegan los esencialistas idiomáticos— ninguna tragedia cultural porque responde a una evolución perfectamente natural.
La lingüística comparada evidencia que nada está libre de contaminación y que todas las palabras que usamos, y los nombres que tenemos, aquellos que nos definen sólo a nosotros, en algún momento se pronunciaron de otra forma o significaron más cosas para otras personas. Igual que la cultura, la filología —el amor por las palabras— es una disciplina heterodoxa e impura. Por resumirlo al modo de Borges: todos los libros son un mismo libro, todos los idiomas son una única lengua. Todos los hombres son el hombre.
En el Génesis (capítulo 2, versículos 19-20) se relata que, tras crear a todas las bestias y aves de la tierra, Dios otorgó a Adán, el
En el Génesis (capítulo 2, versículos 19-20) se relata que, tras crear a todas las bestias y aves de la tierra, Dios otorgó a Adán, el lejano primer hombre, la tarea (sagrada) de imponer un nombre a cada uno de los animales, cediéndole así el poder (bautismal) de atribuir la identidad ajena a quien ha venido a este mundo sin ella. Todos tenemos nombres perfectamente intercambiables, pero no seríamos los mismos si alguien nos adjudicase una denominación alternativa. La prueba son los pseudónimos: nombres que sirven para fingir una identidad —incluso aquellos de los que conocemos la referencia real— por el procedimiento infalible de inventar otra.
No existe nada más vulgar que tener nombre propio. Por eso a quienes carecen de él se les considera —en todas las lenguas y culturas— seres anónimos. Y, sin embargo, la mayoría de las palabras con las que nos entendemos, o no insultamos, vienen de una placenta común, lo que viene a confirmar —al menos en potencia— la idea de igualdad universal entre los seres humanos. A esta raíz lingüística común —el indoeuropeo— dedica la periodista británica Laura Spinney un original ensayo —Lengua madre (Crítica)— en el que, al modo del viaje a la semilla de Alejo Carpentier, regresa virtualmente a ese tiempo ancestral donde todo comenzó.
El indoeuropeo es el antecedente conjetural de la mayoría de las lenguas que se hablan en el mundo. Nacido en la Edad del Cobre —hace entre 4.000 y 6.000 años—, carece de registros escritos y era el supuesto esperanto —esa hermosa obstinación de nuestros abuelos— que usaron las tribus nómadas del mar Negro, que terminarían diseminándose por el orbe mediante migraciones que, al dejar atrás de su raíz, fueron separándose y dieron lugar a una extensa familia de nuevas lenguas cuyos hablantes perdieron la memoria del idioma de sus ancestros más remotos.
Son el deshielo —las migraciones comenzaron cuando acabó una glaciación— y el movimiento los dos hechos que explican, según Spinney, la diversidad lingüística del presente, condenada en el mito bíblico de Babel. La historia de esta lengua madre tiene bastante de abstracción, igual que el big bang que explicaría la génesis del universo. Los investigadores intentan delimitarla con la arqueología, analizando el devenir de las lenguas resultantes y la genética, que dibuja el mapa de la dispersión migratoria.
Spinney sigue el rastro de estas pesquisas y, a través de un hábil y ágil relato narrativo, traza los caminos del indoeuropeo desde las frías estepas de Eurasia al resto del planeta. Su libro es, sin presentarse de esta manera, una historia global de la humanidad escrita siguiendo las huellas del lenguaje, un enfoque que le permite moverse en un abanico temático que toca el comercio, la economía, la historia, las costumbres, las guerras o la violencia. Todo un universo (perdido) de calamidades y maravillas.
De partida parece una historia épica, pero en realidad se trata de una relación histórica prosaica. Una de las invariantes de todos los cambios lingüísticos, además de la funcionalidad, es la constante vulgarización. Todas las lenguas cambian porque quienes las hablan son incapaces de mantener sus fuentes originales, lo que invalida la tesis —idealista— que vincula un idioma a la existencia o el sentir de una determinada nación. Los idiomas funcionan igual que cualquier ser vivo: están sometidos a constantes y sucesivos cambios y corrupciones que, al tiempo que los alejan de su origen, hacen que puedan continuar siendo herramientas útiles.
Spinney lo ejemplifica a través de las historias del anatolio o el tocario, las primeras variantes idiomáticas que se han registrado —sobre el inmenso vacío de la escritura— en enclaves geográficos de intercambio vinculados a rutas comerciales, como la que seguía la seda. La periodista británica salta después a Europa, donde nacen el itálico, el celta y el germánico. Después vira hacia Oriente —India y la antigua Persia—, sube al Báltico, hogar de las lenguas eslavas, y pasa por el Cáucaso, Grecia y Albania, zonas de mezcla de acentos, palabras y conceptos, en las que las aguas de un río se mezclan con las de otro, creando un cauce fluvial irregular y lleno de meandros.
Spinney proyecta también analogías entre el pretérito y el presente con el fin de acercar la materia sobre la que escribe a sus lectores. La atomización del indoeuropeo, visualizada en una imagen gráfica creada por la infografista Minna Sundberg para tareas educativas y de divulgación, se representa bajo la forma de un inmenso árbol lingüístico con 12 ramas principales y todo un caudal de variaciones. No todas las hijas de la lengua madre sobrevivieron al tiempo: muchas de ellas murieron —se quedaron sin hablantes— y otras enfilaron por un sendero sin salida. Algunas, como el hitita, no fueron descifradas hasta hace una centuria. Sus voces permanecieron mudas durante siglos. Otras fueron alterándose por las necesidades de uso, la distancia, la geografía o simple utilidad. Un hecho que no significa —como alegan los esencialistas idiomáticos— ninguna tragedia cultural porque responde a una evolución perfectamente natural.
La lingüística comparada evidencia que nada está libre de contaminación y que todas las palabras que usamos, y los nombres que tenemos, aquellos que nos definen sólo a nosotros, en algún momento se pronunciaron de otra forma o significaron más cosas para otras personas. Igual que la cultura, la filología —el amor por las palabras— es una disciplina heterodoxa e impura. Por resumirlo al modo de Borges: todos los libros son un mismo libro, todos los idiomas son una única lengua. Todos los hombres son el hombre.
Noticias de Cultura: Última hora de hoy en THE OBJECTIVE
