«Se abrieron las cataratas del cielo y la lluvia cayó sobre la tierra durante 40 días y 40 noches. Tanto crecieron las aguas sobre la tierra que cubrieron todos los montes más altos de debajo del cielo. Todos los seres vivientes sobre la superficie de la tierra fueron exterminados: hombres y bestias, reptiles y aves del cielo desaparecieron de sobre la tierra. La inundación de las aguas sobre la tierra duró 150 días».
Para esa masa de millones de personas que constituye la «América profunda», cuyo único pasto cultural era la lectura de la Biblia, estaba claro lo que pasaba en aquel año de 1926, hace ahora un siglo: Dios había decidido repetir el castigo total sobre la Humanidad, había vuelto a mandarnos el Diluvio Universal. La lectura del Génesis con la que hemos abierto este artículo resultaba bastante clara, pero incluso se quedaba corta. Según el texto bíblico llovió 40 días y 40 noches, pero en la llamada gran inundación del Misisipi de 1926-1927, empezó a llover a inicios del verano de 1926 y no amainó hasta agosto de 1927, ¡más de un año diluviando!
El río Misisipi, el Ol’Man River del folclore afroamericano, se había convertido en una monstruosa masa de agua. No es que permaneciese un año desbordado, es que en la ciudad de Nashville, la famosa capital de la música americana, el río medía 97 kilómetros de ancho, tres veces más que el canal de la Mancha que separa a Europa de Inglaterra. La superficie, totalmente anegada durante un año por hasta 17 metros de agua, fue de 70.000 kilómetros cuadrados, el doble de la extensión de un país medio como Suiza.
Los adeptos a esa nueva religión que es el cambio climático le achacan a este todos los fenómenos en que la naturaleza muestra su brutal poderío, y pretenden que hay unos culpables de ello. Sin embargo, hace un siglo no eran tan sofisticados: sabían que de vez en cuando el agua, el viento o el fuego caían sobre el hombre, demostrándole que no dominaba la tierra, aunque cada vez avanzase más en ese sentido.
En la gran inundación del Misisipi ni siquiera había un Gobierno al que echarle la culpa, como nos gusta hacer a los españoles. Hace un siglo, la capacidad de acción del Gobierno federal norteamericano estaba muy limitada, y dado que la gran inundación anegó a diez Estados diferentes, las responsabilidades estaban muy diluidas.
Cuando el 15 de abril de 1927 los pluviómetros de Nueva Orleans registraron 15 pulgadas (la tercera parte de un metro) de lluvia en unas horas, fueron los banqueros de la gran urbe de la desembocadura del Misisipi quienes decidieron tomar medidas en defensa de su ciudad. Fueron los banqueros quienes compraron los explosivos, contrataron expertos en demolición y se pusieron a volar los diques que otros habían construido a lo largo del Misisipi para impedir que anegasen sus tierras. Los banqueros inundaron una región cercana para salvar a Nueva Orleans, aunque no está claro que su acción fuese eficaz, pero era el sálvese quien pueda.
Dejando aparte las inmensas pérdidas económicas, soportables para un país con la riqueza y dinamismo de Estados Unidos, la gran inundación de Misisipi tuvo consecuencias que cambiaron la faz del país. La más importante fue la desaparición de los negros del valle del Misisipi. Desde los tiempos de la esclavitud había quedado un miserable residuo de esta: era la mano de obra negra que se utilizaba en la agricultura, en unas condiciones en muchos aspectos peores que cuando eran esclavos.
Esta población perdió absolutamente todo lo que tenía —que era poquísimo—, se encontró sin mecanismos de protección social que les ayudasen a rehacer sus vidas y, en consecuencia, decidieron abandonar el Ol’ Man River y buscar una suerte mejor en los centros industriales del Norte, especialmente Chicago. De la noche a la mañana, todo un paisaje humano del viejo sur desapareció.
La estrella de la inundación
La desaparición de los negros del valle del Misisipi tuvo una especie de compensación con la aparición de un nuevo astro en la política norteamericana, el futuro presidente Herbert Hoover, que ocupaba la cartera de Comercio en la Administración del presidente republicano Coolidge. Hoover era uno de esos típicos americanos que, partiendo de cero, se veía capaz de hacerse millonario y llegar a presidente de Estados Unidos.
Era ingeniero de minas, fue buscador de oro en China y Australia, una tierra de «moscas negras, polvo rojo y calor blanco» donde las condiciones de vida eran extremas, pero encontró el metal amarillo. A los 40 años era inmensamente rico y dejó de buscar el dinero, más interesado en el prestigio social. El estallido en 1914 de la Gran Guerra, que hoy conocemos como Primera Guerra Mundial, le daría la ocasión, pues Hoover se dedicó a asistir con eficacia a norteamericanos a los que hubiese atrapado la guerra en Europa.
Cuando se produjo la gran inundación, Hoover era secretario (ministro) de Comercio, pero su experiencia en evacuaciones en la Gran Guerra le llevó, de forma natural, a encargarse de esas tareas en la emergencia del Misisipi. Hoover fue capaz de montar unos mecanismos eficaces, con auténticas poblaciones de miles de tiendas de campaña. Un año después de la gran inundación, en las elecciones presidenciales de 1928, Hoover barrió a su oponente, el demócrata Al Smith, que solamente ganó unos cuantos estados en el sur. Es más, por primera vez desde la Guerra Civil, el Partido Republicano, el de Lincoln, consiguió imponerse en estados sureños clave, como Florida y Texas.

Hoover hizo su campaña apoyando la ley seca y ofreciendo una imagen de extraordinaria prosperidad económica, que se vendría abajo en 1929, con el crack de la Bolsa de Nueva York y la llegada de la Gran Depresión. Cuando en 1932 se enfrentó al candidato demócrata Franklin D. Roosevelt, que traía en su programa medidas para superar la crisis, Hoover fue derrotado en toda regla, y no le quedaría nada que hacer en la vida más que criticar a Roosevelt. Pero aparte de esto, la actuación de Hoover en la gran inundación tendría otra consecuencia importante en la política norteamericana: el trasvase del voto negro del Partido Republicano al Partido Demócrata.
Hasta hace un siglo, el voto negro —cuando los afroamericanos conseguían ejercer este derecho— iba en bloque al Partido Republicano de Lincoln, para el gran emancipador. Sin embargo, cuando llegó el momento de la elección de Hoover en 1928, este hizo grandes promesas a los negros, que luego no pudo cumplir. El resultado fue una decepción generalizada de los votantes racializados, que cambiaron sus lealtades al Partido Demócrata. Con la irrupción política de Franklin D. Roosevelt, el Partido Demócrata daría un giro a la izquierda y se convertiría en el partido de las minorías, el que luchó por los derechos civiles para los negros en los años 60. Toda una cascada de consecuencias sociopolíticas a raíz de una inundación.
«Se abrieron las cataratas del cielo y la lluvia cayó sobre la tierra durante 40 días y 40 noches. Tanto crecieron las aguas sobre la tierra
«Se abrieron las cataratas del cielo y la lluvia cayó sobre la tierra durante 40 días y 40 noches. Tanto crecieron las aguas sobre la tierra que cubrieron todos los montes más altos de debajo del cielo. Todos los seres vivientes sobre la superficie de la tierra fueron exterminados: hombres y bestias, reptiles y aves del cielo desaparecieron de sobre la tierra. La inundación de las aguas sobre la tierra duró 150 días».
Para esa masa de millones de personas que constituye la «América profunda», cuyo único pasto cultural era la lectura de la Biblia, estaba claro lo que pasaba en aquel año de 1926, hace ahora un siglo: Dios había decidido repetir el castigo total sobre la Humanidad, había vuelto a mandarnos el Diluvio Universal. La lectura del Génesis con la que hemos abierto este artículo resultaba bastante clara, pero incluso se quedaba corta. Según el texto bíblico llovió 40 días y 40 noches, pero en la llamada gran inundación del Misisipi de 1926-1927, empezó a llover a inicios del verano de 1926 y no amainó hasta agosto de 1927, ¡más de un año diluviando!
El río Misisipi, el Ol’Man River del folclore afroamericano, se había convertido en una monstruosa masa de agua. No es que permaneciese un año desbordado, es que en la ciudad de Nashville, la famosa capital de la música americana, el río medía 97 kilómetros de ancho, tres veces más que el canal de la Mancha que separa a Europa de Inglaterra. La superficie, totalmente anegada durante un año por hasta 17 metros de agua, fue de 70.000 kilómetros cuadrados, el doble de la extensión de un país medio como Suiza.
Los adeptos a esa nueva religión que es el cambio climático le achacan a este todos los fenómenos en que la naturaleza muestra su brutal poderío, y pretenden que hay unos culpables de ello. Sin embargo, hace un siglo no eran tan sofisticados: sabían que de vez en cuando el agua, el viento o el fuego caían sobre el hombre, demostrándole que no dominaba la tierra, aunque cada vez avanzase más en ese sentido.
En la gran inundación del Misisipi ni siquiera había un Gobierno al que echarle la culpa, como nos gusta hacer a los españoles. Hace un siglo, la capacidad de acción del Gobierno federal norteamericano estaba muy limitada, y dado que la gran inundación anegó a diez Estados diferentes, las responsabilidades estaban muy diluidas.
Cuando el 15 de abril de 1927 los pluviómetros de Nueva Orleans registraron 15 pulgadas (la tercera parte de un metro) de lluvia en unas horas, fueron los banqueros de la gran urbe de la desembocadura del Misisipi quienes decidieron tomar medidas en defensa de su ciudad. Fueron los banqueros quienes compraron los explosivos, contrataron expertos en demolición y se pusieron a volar los diques que otros habían construido a lo largo del Misisipi para impedir que anegasen sus tierras. Los banqueros inundaron una región cercana para salvar a Nueva Orleans, aunque no está claro que su acción fuese eficaz, pero era el sálvese quien pueda.
Dejando aparte las inmensas pérdidas económicas, soportables para un país con la riqueza y dinamismo de Estados Unidos, la gran inundación de Misisipi tuvo consecuencias que cambiaron la faz del país. La más importante fue la desaparición de los negros del valle del Misisipi. Desde los tiempos de la esclavitud había quedado un miserable residuo de esta: era la mano de obra negra que se utilizaba en la agricultura, en unas condiciones en muchos aspectos peores que cuando eran esclavos.
Esta población perdió absolutamente todo lo que tenía —que era poquísimo—, se encontró sin mecanismos de protección social que les ayudasen a rehacer sus vidas y, en consecuencia, decidieron abandonar el Ol’ Man River y buscar una suerte mejor en los centros industriales del Norte, especialmente Chicago. De la noche a la mañana, todo un paisaje humano del viejo sur desapareció.
La desaparición de los negros del valle del Misisipi tuvo una especie de compensación con la aparición de un nuevo astro en la política norteamericana, el futuro presidente Herbert Hoover, que ocupaba la cartera de Comercio en la Administración del presidente republicano Coolidge. Hoover era uno de esos típicos americanos que, partiendo de cero, se veía capaz de hacerse millonario y llegar a presidente de Estados Unidos.
Era ingeniero de minas, fue buscador de oro en China y Australia, una tierra de «moscas negras, polvo rojo y calor blanco» donde las condiciones de vida eran extremas, pero encontró el metal amarillo. A los 40 años era inmensamente rico y dejó de buscar el dinero, más interesado en el prestigio social. El estallido en 1914 de la Gran Guerra, que hoy conocemos como Primera Guerra Mundial, le daría la ocasión, pues Hoover se dedicó a asistir con eficacia a norteamericanos a los que hubiese atrapado la guerra en Europa.
Cuando se produjo la gran inundación, Hoover era secretario (ministro) de Comercio, pero su experiencia en evacuaciones en la Gran Guerra le llevó, de forma natural, a encargarse de esas tareas en la emergencia del Misisipi. Hoover fue capaz de montar unos mecanismos eficaces, con auténticas poblaciones de miles de tiendas de campaña. Un año después de la gran inundación, en las elecciones presidenciales de 1928, Hoover barrió a su oponente, el demócrata Al Smith, que solamente ganó unos cuantos estados en el sur. Es más, por primera vez desde la Guerra Civil, el Partido Republicano, el de Lincoln, consiguió imponerse en estados sureños clave, como Florida y Texas.

Hoover hizo su campaña apoyando la ley seca y ofreciendo una imagen de extraordinaria prosperidad económica, que se vendría abajo en 1929, con el crack de la Bolsa de Nueva York y la llegada de la Gran Depresión. Cuando en 1932 se enfrentó al candidato demócrata Franklin D. Roosevelt, que traía en su programa medidas para superar la crisis, Hoover fue derrotado en toda regla, y no le quedaría nada que hacer en la vida más que criticar a Roosevelt. Pero aparte de esto, la actuación de Hoover en la gran inundación tendría otra consecuencia importante en la política norteamericana: el trasvase del voto negro del Partido Republicano al Partido Demócrata.
Hasta hace un siglo, el voto negro —cuando los afroamericanos conseguían ejercer este derecho— iba en bloque al Partido Republicano de Lincoln, para el gran emancipador. Sin embargo, cuando llegó el momento de la elección de Hoover en 1928, este hizo grandes promesas a los negros, que luego no pudo cumplir. El resultado fue una decepción generalizada de los votantes racializados, que cambiaron sus lealtades al Partido Demócrata. Con la irrupción política de Franklin D. Roosevelt, el Partido Demócrata daría un giro a la izquierda y se convertiría en el partido de las minorías, el que luchó por los derechos civiles para los negros en los años 60. Toda una cascada de consecuencias sociopolíticas a raíz de una inundación.
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