José María Lassalle, ensayista: “El liberalismo de verdad considera que el otro es tan importante como uno mismo”

“Verte 25 años atrás es un duro ejercicio de regresión psíquica: te reconoces, pero, a la vez, no te reconoces. Es difícil de explicar”, dice José María Lassalle, que ahora publica sus diarios entre 2001 y 2006 bajo el título La persistencia de la memoria (Taurus) y con prólogo de Jordi Gracia. Ensayista, doctor en Derecho, profesor universitario, Lassalle relata su llegada a Madrid como joven promesa intelectual desde su Santander natal, y el inicio de una carrera política en el Partido Popular que le llevaría a cargos como secretario de estado de Cultura o para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital.

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 El expolítico y profesor, que llegó a secretario de Estado durante el gobierno de Rajoy, publica ahora sus diarios entre 2001 y 2006. Son el inicio en la política, en tiempos convulsos, de alguien que no acaba en encajar en ningún sitio  

“Verte 25 años atrás es un duro ejercicio de regresión psíquica: te reconoces, pero, a la vez, no te reconoces. Es difícil de explicar”, dice José María Lassalle, que ahora publica sus diarios entre 2001 y 2006 bajo el título La persistencia de la memoria (Taurus) y con prólogo de Jordi Gracia. Ensayista, doctor en Derecho, profesor universitario, Lassalle relata su llegada a Madrid como joven promesa intelectual desde su Santander natal, y el inicio de una carrera política en el Partido Popular que le llevaría a cargos como secretario de estado de Cultura o para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital.

Una travesía atravesada por nombres de la política y la academia (José María Aznar, Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre o Gregorio Peces-Barba), pero no menos por nombres de la cultura que acompañan y obsesionan al autor (Marcel Proust, Ernest Jünger o Claudio Magris). Es la historia de un hombre que, en defensa de un liberalismo humanista, no acaba de encajar del todo en ninguna parte, ni a izquierda ni a derecha. Un verso libre.

Pregunta. En la Universidad Carlos III, con Peces-Barba como rector, no le aceptaban por hacer carrera en el PP. Y en el PP no encajaba por su liberalismo “humanista”.

Respuesta. No acabo de encajar en un personaje, quizás porque no quiero serlo. Uno se convierte en personaje cuando se siente muy satisfecho del lugar que ocupa. Y al final, el personaje se come a la persona… Yo trato de ser una persona.

P. En su diario salen muchísimas comidas y cenas. Así funciona el poder: comiendo y cenando.

R. Algo así… Siempre he sido una persona muy inquieta, me gusta hablar con mucha gente, es una forma de aprendizaje. Prepárate para el próximo volumen cuando me aproxime al poder, y para el siguiente, cuando esté en el poder como secretario de Estado.

P. No le tiembla el pulso a la hora de mostrar la sombra de algunos, como Peces-Barba, Esperanza Aguirre o Cayetana Álvarez de Toledo.

R. Lo hago desde el respeto, reflejando la personalidad que proyectan. Creo que es importante desarrollar en los diarios ese elemento, casi literario, donde tú te desnudas y desnudas a los otros en un ejercicio de sinceridad.

P. Y da morbo…

R. Bueno, tampoco creo que a la gente le resulte chocante lo que cuento. Quizás en la figura de Luis Bárcenas. Ahí muestro una arista no visible: una persona culta y con criterio, interesada por el arte, un gran conversador sobre literatura. Luego, por su condena, tiene otra fama.

P. También hace autocrítica, como en una pregunta parlamentaria a la socialista Carmen Calvo.

R. Eso fue una estupidez. Cometí el error de aproximarme a una mujer de su experiencia desde una mirada absolutamente machista. Quizás fue para reunir el valor en mi primera intervención en el hemiciclo. Me equivoqué, y lo siento, porque tengo una relación muy especial con lo femenino que parte desde otro lugar.

P. Se ve en el libro a un joven deslumbrado, algo que no podía mostrar de puertas para fuera.

R. Llevaba mucho tiempo en el barbecho universitario, investigando en mi despacho. De pronto me asomé al laboratorio de la gran política. Es algo que deslumbra: tratar a personas que admiras, que has visto en la televisión, y que ahora ocupan los mismos espacios que tú.

P. Su trayectoria está ligada a la defensa del liberalismo clásico.

R. Al liberalismo de verdad, el liberalismo humanista, el que considera que el otro es tan importante como uno mismo. Algo que el neoliberalismo o el anarcolibertarismo no son capaces de entender: que el egoísmo es un vicio, no una virtud. Eso es una frontera teórica, pero también emocional, porque te coloca en otro lugar.

P. Esas versiones egoístas van ganando…

R. Y otro problema es que se están hibridando peligrosamente con el autoritarismo neofascista. Hay una conexión inconsciente precisamente a través del egoísmo. La Escuela Austríaca, que es el germen teórico de estas corrientes, considera que el egoísmo es virtuoso. Esa idea, si tienes éxito en la vida, te lleva a una épica que va del mundo homérico a Ayn Rand.

P. ¿En qué se diferencia en la práctica ese liberalismo humanista de la socialdemocracia?

R. Hay una conexión muy potente. No hay una contradicción, sino una complementariedad. Ese liberalismo permite a las derechas operar sobre la centralidad y evitar el reaccionarismo. Y a las izquierdas evitar una conexión incómoda con el comunismo y sus herederos y ubicarse también en la centralidad. Una anécdota: conocí a Karl Popper en un seminario de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo organizado por Miguel Boyer. Es decir, una socialdemocracia que tenía como referente el liberalismo.

P. La palabra liberal es muy compleja: no es lo mismo en Estados Unidos que aquí, y hasta puede designar a los que practican sexo en grupo.

R. Es una palabra fascinante. Muchas veces se dice que, políticamente, se inventa de España, pero viene de la antigua Roma, de la liberalidad que acompaña a aquellos que, habiendo tenido éxito como patricios en la sociedad, entienden que los otros importan. Luego atraviesa el tiempo, hasta que alguien en Cádiz, probablemente el asturiano Agustín de Argüelles, conecta políticamente el pensamiento whig británico con el liberalismo. Es algo que no me atrevo a asegurar, quisiera investigarlo: creo que ahí está el origen de la palabra liberal.

P. En sus diarios cuenta sus comienzos en FAES, el think tank liberal de Aznar, donde tiene que pelear precisamente contra esa neoliberalizacion.

R. La FAES que yo conocí mostraba interés por autores que yo consideraba profundamente liberales y sobre los que trabajé allí: Ralf Dahrendorf, Karl Popper, Isaiah Berlin o Stefan Zweig. Pero, de los orígenes de FAES a lo que luego fue, hay un salto al vacío.

P. Habla en sus diarios de una mujer, llamada M.B., con la que entabla una relación. Es la socialista Meritxell Batet, con la que contrajo matrimonio y tuvo hijas.

R. La identidad de M.B. permanece en el libro en una nebulosa, que cada uno piense lo que quiera, pertenece a la literatura [risas].

P. En cualquier caso, sí que explica las dificultades de un amor entre partidos, y de la exposición pública que les acompañó. ¡Huyendo de los periodistas!

R. No se lleva bien que alguien se relacione con el otro político fuera de la estricta relación política. Eso pone de manifiesto que el síndrome de las dos Españas sigue existiendo. La Guerra Civil sigue percutiendo sobre nuestro presente, porque no la hemos sanado.

P. En cambio, cuando se lo cuenta a Mariano Rajoy, le dice “¿A usted le preocupa? A mí tampoco”.

R. Eso refleja, más allá de cualquier crítica a su gestión, quién es Rajoy en el fondo. Un conservador de provincias. Alguien con una sensatez que toca lo natural casi en el sentido escolástico del término: es la naturaleza de las cosas. Mostró un respeto profundo al mundo de los sentimientos.

P. Otro de los dramas políticos de sus diarios es la transición entre Aznar y Rajoy, de una visión más ideológica a una más pragmática.

R. No sé si yo he sido aznarista, creo que me dejé seducir por la imagen que proyectaba el Aznar que me abrió las puertas de la FAES. Tengo en el libro buenas palabras hacia él porque, más allá de los errores que ahí describo y de los que no le resto la responsabilidad, ha habido una falta de respeto muy profunda a lo que ha querido encarnar. No se ha apreciado la aportación que hizo a la democracia, proviniendo del mundo del que es hijo personal, intelectual, sentimental. Es un Antonio Maura al que se ha maltratado. En un determinado momento hizo las cosas muy bien, pero no transmitió que era sincero en lo que había hecho. Y eso genera tensiones muy profundas en el alma española. Es un poco lo que le está pasando ahora a Pedro Sánchez: se están rasgando los cielos y está habiendo un ensañamiento en lo biográfico y lo personal, que va más allá de lo político.

P. Con el Partido Popular, sin embargo, tiene varios desacuerdos: la guerra Irak (que en principio apoyó), el matrimonio de personas del mismo sexo o la gestión de los atentados del 11M.

R. Creo que con los atentados hubo un error de comunicación institucional desde el primer momento. Pero la contraparte llevó las cosas a la altura de las circunstancias que el otro había creado. El trabajo alrededor de un equipo de confianza con Rajoy me liberó de esas tensiones, estoy muy agradecido a figuras como Soraya Saénz de Santamaría o Paco Villar, al que considero mi padre político.

P. Escribía usted que es preciso “restaurar la inteligencia y desterrar la emocionalidad”. 25 años después, la emocionalidad es aún mayor.

R. Hay que poner énfasis en la inteligencia, pero llevándola a los sentimientos, que son diferentes a las emociones. En los sentimientos opera la inteligencia. En la emoción opera la simpleza de la experiencia en su sentido más radical, lo que nos aproxima al animal que seguimos siendo. Y eso es el problema de la política actual: emocionalidad sin inteligencia.

P. Pero no prestar atención a la emocionalidad ha hecho que haya dominado la política sin que nadie supiera cabalgarla.

R. Y también hemos vivido sobre una inteligencia muy abrasiva, muy imperativa, incluso autoritaria. Uno de los retos que el siglo XXI debería plantearnos es que si restauramos la Ilustración en el combate con la extrema derecha, deberíamos constreñir la inteligencia a sus justos límites y no considerarla el único mecanismo de interpretación y compresión del mundo.

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