Jahel Queralt y la defensa progresista de la meritocracia

En el contexto de lo que se entiende por posmodernidad, uno de los fenómenos más curiosos es la evolución ideológica de la izquierda. He escrito «evolución», pero debería haber dicho «involución». Es verdad que hoy somos todos más rigurosos ante antiguos conceptos fetiche (razón, ciencia), frente a nociones nucleares como democracia, libertad y justicia y, más aún, con las virtudes cívicas al estilo clásico. Pero de ahí a situarse en la orilla opuesta hay mucho trecho. El descrédito de la versión ingenua del progreso no debe suponer pasarse al otro extremo. Y digámoslo sin ambages: aunque usen (y abusen de) el término «progresista», desde la izquierda se defienden hoy planteamientos que implican un freno, cuando no una marcha atrás, respecto a grandes avances económicos, sociales, políticos y culturales.

La lista es larga, casi interminable. Contra la productividad y el crecimiento económico, en nombre de la sostenibilidad. Contra la igualdad ante la ley, en función de cuotas y discriminación positiva. Contra el universalismo, en defensa de las identidades. Contra la libertad de expresión, por la defensa de colectivos vulnerables. Contra el avance científico, por temor reverencial a transgénicos y otros experimentos. Contra las infraestructuras, por la sacralización intocable del medio ambiente. Contra la movilidad individual, para cumplir con la descarbonización. Contra la libertad de elección, por deificación de lo público o estatal (sanidad, educación). Contra la energía nuclear, por miedo y por un ecologismo de matriz romántica. Contra el feminismo de la igualdad, por énfasis en el criterio diferencial en torno al género. Contra la presunción de inocencia, por sobreprotección a las víctimas. Contra la libertad intelectual, con etiquetas abusivas de revisionismo y fascismo por doquier. Contra el cristianismo, pero en defensa acrítica de cualquier otra religión, del mismo modo que contra determinadas tradiciones, pero con una exaltación casi infantil de representaciones alternativas.

Podríamos seguir, desde el plano económico al ámbito cultural, desde lo político al orden jurídico, desde aspectos cardinales a lo puramente anecdótico. De esa panoplia, lo que me resulta más inquietante, y a veces hasta irritante, es un ostensible regodeo en el desprecio de la racionalidad ilustrada que nos ha llevado a conquistas históricas y ha hecho de Occidente —con todos sus defectos y contradicciones, no hay que ocultarlo— el espacio más seguro y civilizado en un mundo siempre convulso, conflictivo y traumático. Que ese desprecio se ejerza desde una relamida superioridad moral añade escarnio a la pataleta irreflexiva. Que se haga además sobre las bases de un desnortado relativismo cultural convierte todo en materia deleznable, porque la crítica sin afán constructivo conduce al desvarío. Me fijaré a continuación en uno de esos desmanes que, como se está viendo, conduce a un callejón sin salida y que tiene lugar en un campo tan sensible como el educativo: me refiero a la ideología contra el reconocimiento del mérito y la valoración del esfuerzo en aras de la igualdad y la no marginación.

Podría decir que tomo como excusa la aparición de un breve ensayo que, con el título casi provocativo de Nadie merece nada, firma Jahel Queralt (Anagrama). En realidad, no sería justo el antedicho término de excusa porque el volumen agavilla elementos que merecen por ellos mismos unas consideraciones sosegadas. El primero de ellos procede de lo que transmite su subtítulo, Por qué la izquierda necesita la meritocracia: sí, en efecto, la reivindicación del mérito se hace desde las propias filas que se dicen progresistas. Es tal la deriva desquiciada de las posiciones izquierdistas en los últimos tiempos que están surgiendo allá y acullá voces críticas en su seno advirtiendo que así no se llega a ninguna parte. Salvo al desastre absoluto, claro, aunque parece que esto no ha calado todavía en las élites. No hace mucho nos ocupamos en esta misma sección de una obra de similares características y desde las mismas bases ideológicas, aunque dirigida contra los excesos de la mentalidad woke: El conflicto no es abuso, de la norteamericana Sarah Schulman (Capitán Swing).

El libro que ahora nos ocupa tiene todas las características —virtudes y limitaciones— del ensayismo que hoy se estila. Entre las primeras, la principal, sin duda, es que rema a contracorriente del sector, como ya se ha dicho, y se atreve a coger el toro por los cuernos. Entre las segundas, que se trata de un ensayo que habría que calificar de light, no solo por su brevedad (se trata de un opúsculo, de unas 120 páginas), sino porque parece dictado por la inmediatez o la urgencia del momento, para ir rápido al grano, en su sentido más elemental. A ello se une el tributo al yo que parece consustancial al ensayismo actual, hasta el punto de que el volumen se presenta como un híbrido «entre el ensayo y la autobiografía». La autora se nos presenta como protagonista, no ya desde el primer párrafo, sino desde la primera frase: se define como una persona que pudo aprovechar «el ascensor social» y conseguir reconocimiento profesional y económico, no «como recompensa al mérito propio», sino por haber sabido aprovechar las oportunidades que le deparó la vida.

Hormigas y cigarras

Ese reconocimiento o, mejor, esa interpretación no tiene desperdicio porque nos pone en la pista de la contradicción que subyace a todo el recorrido. La izquierda abomina del mérito porque, en la visión que tiene del mismo, abona la desigualdad. Y la consecución de la igualdad a toda costa es un dogma incuestionable. Confunde así a propósito igualdad de oportunidades —que nadie discute— con igualdad de resultados, que es el punto en el que pueden intervenir el mérito, el esfuerzo o las capacidades de cada cual. Al señalar la autora, ya desde el inicio, que su privilegiado puesto actual de profesora universitaria, viniendo de una familia de pocos recursos, no ha sido el resultado de sus sacrificios, virtudes o, en definitiva, su aprovechamiento, nos devuelve al punto de partida: ¿qué ha sido, entonces, un golpe de suerte? O, mejor dicho, ¿una sucesión de ellos? Por supuesto, ninguna trayectoria vital o profesional es monocausal: intervienen múltiples y heterogéneos factores. Pero ¿dónde situamos el mérito (o el simple esfuerzo de cada cual)? Si lo reducimos a mero elemento subalterno, no habremos avanzado gran cosa en la comprensión del proceso.

Queralt pretende la cuadratura del círculo. No quisiera distorsionar su argumentación. Es ella misma quien lo expone así. El capítulo primero lleva como epígrafe «Una meritocracia sin mérito». Aquí intervienen las premisas —prejuicios— de la izquierda, como dogmas intocables: la autora confiesa su desconfianza sistemática —«desconfiar siempre»— «de los relatos demasiado limpios sobre el mérito y la responsabilidad individuales». Toda explicación ha de ser social —grupal— o, si no, no sirve. Por eso, aunque sienta la «tentación» de atribuirse el mérito, sabe que «estos relatos de hormigas prudentes y trabajadoras» que encandilan a la derecha, «son tan cautivadores como falsos». Rechaza la ética de la responsabilidad individual, porque no somos dueños de nuestra vida, estamos determinados no solo social y genéticamente, sino hasta por el simple azar. ¡Qué suerte —dice ella misma— «haber nacido hormiga en lugar de cigarra»!

¿En qué queda entonces su libertad, su esfuerzo, su rendimiento? «Mis decisiones se han limitado a rellenar los modestos espacios en blanco que han dejado mis circunstancias». Y ahora el salto previsible: «La meritocracia no va tanto de voluntad individual como de ingeniería institucional». Ya tenemos las bases para la sospecha. La meritocracia implica desclasamiento. Y «el repudio de clase se acaba traduciendo en desdén» hacia quienes han quedado atrás. La meritocracia, nos dice, es incuestionable como ideal de organización social, pero es, al tiempo, un arma peligrosa por dos motivos: por legitimar la desigualdad y por presentar el éxito como mérito personal. A ello se añade el factor político: a medida que la izquierda la ha contemplado como «ideal pernicioso», la derecha se la ha apropiado. Por eso propugna una meritocracia desvinculada de la cultura del esfuerzo, es decir, reconocimiento de la capacidad técnica para desempeñar un puesto, pero siempre desvinculándola de la virtud (en sentido amplio: personal y cívica).

Aceptar la meritocracia, continúa Queralt, debe suponer también asociarla a la solidaridad redistributiva. Esto obliga a que quien cobre más por desempeñar un puesto de responsabilidad quede más obligado a contribuir socialmente. Como suele haber una resistencia de facto a esta contribución, y no solo eso, sino que se pueden generar grandes desigualdades, la izquierda ha renegado erróneamente de la defensa de la meritocracia. Pero estas páginas se erigen en su defensa como principio de eficiencia y de justicia, aunque siempre con la mencionada cautela hacia esa dimensión de desigualdad salarial.

En definitiva, escribe Queralt, que el ideal de la meritocracia haya sido instrumentalizado por la derecha «no es razón suficiente» como para que la izquierda renuncie a él. Dentro de sus limitaciones, la propuesta de este libro me parece un tímido y bienintencionado paso del sedicente progresismo en la buena dirección, aunque lastrado por las contradicciones apuntadas. Más escéptico soy respecto a sus frutos: no parece que la izquierda realmente existente esté por reconocer sus errores. Por lo menos, aquí y ahora.

 En el contexto de lo que se entiende por posmodernidad, uno de los fenómenos más curiosos es la evolución ideológica de la izquierda. He escrito «evolución»,  

En el contexto de lo que se entiende por posmodernidad, uno de los fenómenos más curiosos es la evolución ideológica de la izquierda. He escrito «evolución», pero debería haber dicho «involución». Es verdad que hoy somos todos más rigurosos ante antiguos conceptos fetiche (razón, ciencia), frente a nociones nucleares como democracia, libertad y justicia y, más aún, con las virtudes cívicas al estilo clásico. Pero de ahí a situarse en la orilla opuesta hay mucho trecho. El descrédito de la versión ingenua del progreso no debe suponer pasarse al otro extremo. Y digámoslo sin ambages: aunque usen (y abusen de) el término «progresista», desde la izquierda se defienden hoy planteamientos que implican un freno, cuando no una marcha atrás, respecto a grandes avances económicos, sociales, políticos y culturales.

La lista es larga, casi interminable. Contra la productividad y el crecimiento económico, en nombre de la sostenibilidad. Contra la igualdad ante la ley, en función de cuotas y discriminación positiva. Contra el universalismo, en defensa de las identidades. Contra la libertad de expresión, por la defensa de colectivos vulnerables. Contra el avance científico, por temor reverencial a transgénicos y otros experimentos. Contra las infraestructuras, por la sacralización intocable del medio ambiente. Contra la movilidad individual, para cumplir con la descarbonización. Contra la libertad de elección, por deificación de lo público o estatal (sanidad, educación). Contra la energía nuclear, por miedo y por un ecologismo de matriz romántica. Contra el feminismo de la igualdad, por énfasis en el criterio diferencial en torno al género. Contra la presunción de inocencia, por sobreprotección a las víctimas. Contra la libertad intelectual, con etiquetas abusivas de revisionismo y fascismo por doquier. Contra el cristianismo, pero en defensa acrítica de cualquier otra religión, del mismo modo que contra determinadas tradiciones, pero con una exaltación casi infantil de representaciones alternativas.

Podríamos seguir, desde el plano económico al ámbito cultural, desde lo político al orden jurídico, desde aspectos cardinales a lo puramente anecdótico. De esa panoplia, lo que me resulta más inquietante, y a veces hasta irritante, es un ostensible regodeo en el desprecio de la racionalidad ilustrada que nos ha llevado a conquistas históricas y ha hecho de Occidente —con todos sus defectos y contradicciones, no hay que ocultarlo— el espacio más seguro y civilizado en un mundo siempre convulso, conflictivo y traumático. Que ese desprecio se ejerza desde una relamida superioridad moral añade escarnio a la pataleta irreflexiva. Que se haga además sobre las bases de un desnortado relativismo cultural convierte todo en materia deleznable, porque la crítica sin afán constructivo conduce al desvarío. Me fijaré a continuación en uno de esos desmanes que, como se está viendo, conduce a un callejón sin salida y que tiene lugar en un campo tan sensible como el educativo: me refiero a la ideología contra el reconocimiento del mérito y la valoración del esfuerzo en aras de la igualdad y la no marginación.

Podría decir que tomo como excusa la aparición de un breve ensayo que, con el título casi provocativo de Nadie merece nada, firma Jahel Queralt (Anagrama). En realidad, no sería justo el antedicho término de excusa porque el volumen agavilla elementos que merecen por ellos mismos unas consideraciones sosegadas. El primero de ellos procede de lo que transmite su subtítulo, Por qué la izquierda necesita la meritocracia: sí, en efecto, la reivindicación del mérito se hace desde las propias filas que se dicen progresistas. Es tal la deriva desquiciada de las posiciones izquierdistas en los últimos tiempos que están surgiendo allá y acullá voces críticas en su seno advirtiendo que así no se llega a ninguna parte. Salvo al desastre absoluto, claro, aunque parece que esto no ha calado todavía en las élites. No hace mucho nos ocupamos en esta misma sección de una obra de similares características y desde las mismas bases ideológicas, aunque dirigida contra los excesos de la mentalidad woke: El conflicto no es abuso, de la norteamericana Sarah Schulman (Capitán Swing).

El libro que ahora nos ocupa tiene todas las características —virtudes y limitaciones— del ensayismo que hoy se estila. Entre las primeras, la principal, sin duda, es que rema a contracorriente del sector, como ya se ha dicho, y se atreve a coger el toro por los cuernos. Entre las segundas, que se trata de un ensayo que habría que calificar de light, no solo por su brevedad (se trata de un opúsculo, de unas 120 páginas), sino porque parece dictado por la inmediatez o la urgencia del momento, para ir rápido al grano, en su sentido más elemental. A ello se une el tributo al yo que parece consustancial al ensayismo actual, hasta el punto de que el volumen se presenta como un híbrido «entre el ensayo y la autobiografía». La autora se nos presenta como protagonista, no ya desde el primer párrafo, sino desde la primera frase: se define como una persona que pudo aprovechar «el ascensor social» y conseguir reconocimiento profesional y económico, no «como recompensa al mérito propio», sino por haber sabido aprovechar las oportunidades que le deparó la vida.

Ese reconocimiento o, mejor, esa interpretación no tiene desperdicio porque nos pone en la pista de la contradicción que subyace a todo el recorrido. La izquierda abomina del mérito porque, en la visión que tiene del mismo, abona la desigualdad. Y la consecución de la igualdad a toda costa es un dogma incuestionable. Confunde así a propósito igualdad de oportunidades —que nadie discute— con igualdad de resultados, que es el punto en el que pueden intervenir el mérito, el esfuerzo o las capacidades de cada cual. Al señalar la autora, ya desde el inicio, que su privilegiado puesto actual de profesora universitaria, viniendo de una familia de pocos recursos, no ha sido el resultado de sus sacrificios, virtudes o, en definitiva, su aprovechamiento, nos devuelve al punto de partida: ¿qué ha sido, entonces, un golpe de suerte? O, mejor dicho, ¿una sucesión de ellos? Por supuesto, ninguna trayectoria vital o profesional es monocausal: intervienen múltiples y heterogéneos factores. Pero ¿dónde situamos el mérito (o el simple esfuerzo de cada cual)? Si lo reducimos a mero elemento subalterno, no habremos avanzado gran cosa en la comprensión del proceso.

Queralt pretende la cuadratura del círculo. No quisiera distorsionar su argumentación. Es ella misma quien lo expone así. El capítulo primero lleva como epígrafe «Una meritocracia sin mérito». Aquí intervienen las premisas —prejuicios— de la izquierda, como dogmas intocables: la autora confiesa su desconfianza sistemática —«desconfiar siempre»— «de los relatos demasiado limpios sobre el mérito y la responsabilidad individuales». Toda explicación ha de ser social —grupal— o, si no, no sirve. Por eso, aunque sienta la «tentación» de atribuirse el mérito, sabe que «estos relatos de hormigas prudentes y trabajadoras» que encandilan a la derecha, «son tan cautivadores como falsos». Rechaza la ética de la responsabilidad individual, porque no somos dueños de nuestra vida, estamos determinados no solo social y genéticamente, sino hasta por el simple azar. ¡Qué suerte —dice ella misma— «haber nacido hormiga en lugar de cigarra»!

¿En qué queda entonces su libertad, su esfuerzo, su rendimiento? «Mis decisiones se han limitado a rellenar los modestos espacios en blanco que han dejado mis circunstancias». Y ahora el salto previsible: «La meritocracia no va tanto de voluntad individual como de ingeniería institucional». Ya tenemos las bases para la sospecha. La meritocracia implica desclasamiento. Y «el repudio de clase se acaba traduciendo en desdén» hacia quienes han quedado atrás. La meritocracia, nos dice, es incuestionable como ideal de organización social, pero es, al tiempo, un arma peligrosa por dos motivos: por legitimar la desigualdad y por presentar el éxito como mérito personal. A ello se añade el factor político: a medida que la izquierda la ha contemplado como «ideal pernicioso», la derecha se la ha apropiado. Por eso propugna una meritocracia desvinculada de la cultura del esfuerzo, es decir, reconocimiento de la capacidad técnica para desempeñar un puesto, pero siempre desvinculándola de la virtud (en sentido amplio: personal y cívica).

Aceptar la meritocracia, continúa Queralt, debe suponer también asociarla a la solidaridad redistributiva. Esto obliga a que quien cobre más por desempeñar un puesto de responsabilidad quede más obligado a contribuir socialmente. Como suele haber una resistencia de facto a esta contribución, y no solo eso, sino que se pueden generar grandes desigualdades, la izquierda ha renegado erróneamente de la defensa de la meritocracia. Pero estas páginas se erigen en su defensa como principio de eficiencia y de justicia, aunque siempre con la mencionada cautela hacia esa dimensión de desigualdad salarial.

En definitiva, escribe Queralt, que el ideal de la meritocracia haya sido instrumentalizado por la derecha «no es razón suficiente» como para que la izquierda renuncie a él. Dentro de sus limitaciones, la propuesta de este libro me parece un tímido y bienintencionado paso del sedicente progresismo en la buena dirección, aunque lastrado por las contradicciones apuntadas. Más escéptico soy respecto a sus frutos: no parece que la izquierda realmente existente esté por reconocer sus errores. Por lo menos, aquí y ahora.

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