¡Escándalo! En la última ceremonia de los BAFTA (el equivalente británico a los Óscar) se produjo una situación inaudita. Cuando estaban en el escenario, presentando un galardón, las dos estrellas de Sinners, los actores afroamericanos Michael B. Jordan (que poco después ganó el Óscar) y Delroy Lindo, alguien del público gritó de forma perfectamente audible: «Nigger». Como a estas alturas todo el mundo sabe, esta palabra, a la que los anglosajones se refieren como the n-word, es un insulto gravísimo. Eso sí, con una peculiaridad: si se lo dice un negro a otro negro, se convierte en una inocua expresión argótica. Pero si lo suelta un blanco, se arriesga a que le arreen un puñetazo en los morros o lo lleven a juicio por racista.
¿Qué demonios pasó entonces en los BAFTA? ¿Quién fue el incontrolado que gritó la palabra prohibida? Pues un escocés llamado John Davidson, cuya vida se recrea en una película titulada precisamente Incontrolable, que optaba a varios premios. Davidson padece síndrome de Tourette, lo cual significa que su cuerpo está sometido a tics y movimientos espasmódicos incontrolables y que verbaliza de forma irreprimible todo tipo de obscenidades y comentarios ofensivos.
En 1989, cuando era un adolescente, protagonizó un aplaudido documental de la BBC, John is not mad, que dio visibilidad al síndrome de Tourette. Ya adulto, se dedicó en cuerpo y alma a sensibilizar a la sociedad sobre esta enfermedad, que genera mucha incomprensión por su explosiva sintomatología y dificulta las relaciones sociales de quienes la sufren. Davidson se ha dedicado, por ejemplo, a dar charlas informativas a los cuerpos policiales, que en más de una ocasión detenían sin contemplaciones a personas con este síndrome, sin entender que se trataba de alguien enfermo. Esta labor le valió una condecoración de la reina Isabel II. Y es precisamente con esta comprometida situación —¿seré capaz de saludar a la monarca sin que se me escape alguna obscenidad y la acabe llamando vieja zorra?— como arranca Incontrolable. A partir de ahí, toda la película en un largo flashback que se inicia en la infancia del protagonista, hasta retomar al final el encuentro con la reina.
Cuando Hollywood abordó el autismo, les salió Rain man, que era una versión edulcorada y bastante tramposa de esa enfermedad, en la que Dustin Hoffman montaba uno de esos números actorales que te garantizan el Óscar (lo ganó, claro, y también se llevaron el de mejor película). Lo primero que hay que agradecerle a Incontrolable es que ni edulcora ni carga las tintas de lo lacrimógeno. Circula por una difícil vía intermedia y consigue mantener un delicado equilibrio: no ahorra ni un gramo de cruda realidad, pero tampoco se regodea de forma miserabilista en ella. De hecho, conforme la película avanza y el personaje aprende a lidiar con la enfermedad, el espectador puede incluso no reírse de él, sino reírse con él.
El director y guionista Kirk Jones no pone paños calientes a la hora de narrar los aspectos más duros en la vida diaria de quien padece este síndrome, empezando por la incomprensión en el colegio cuando se desencadenan los primeros síntomas y el niño es castigado porque lo toman por un bocazas malcarado que busca llamar la atención. Más desgarradora es todavía la incapacidad de los padres de entender y afrontar la enfermedad del hijo. Y hay situaciones verdaderamente dramáticas, provocadas por su extraño comportamiento en la interacción social: una tentativa de salida nocturna con un amigo acaba en detención policial, porque un involuntario manotazo provocado por sus movimientos convulsivos deriva en batalla campal. Y un irreprimible insulto a una chica por la calle se salda con la agresión del novio y los amigos de este, que acaba con el protagonista hospitalizado.
Mensaje positivo
Sin embargo, no estamos ante una muestra de descarnado verismo, sino ante una película de vocación humanística, con un mensaje positivo hasta donde eso es posible con esta enfermedad. Esta vertiente humanista la despliegan los dos ángeles guardianes que John Davidson encuentra en su vida. Una enfermera psiquiátrica (Maxine Peake) que, ante la incapacidad de la madre de John de afrontar la situación, lo acoge en su casa y lo integra en su familia. Y el encargado de mantenimiento de unas dependencias municipales (el veterano Peter Mullan), que confía en él y sus ganas de superarse y le ofrece un trabajo como su ayudante. Ambos saben tomarse con humor los manotazos involuntarios (es peligroso caminar a su derecha, porque se le dispara la mano) y los exabruptos.
Una de las formas de medir el grado de civilización de una sociedad es el modo en que se trata a las personas con discapacidades. Y estos dos personajes que ayudan a John Davidson representan lo mejor del ser humano. A Davidson lo interpreta con gran desenvoltura Robert Aramayo (ganó el BAFTA a mejor actor), que logra no limitar su actuación a un repertorio de tics y consigue dotar de matices emocionales al personaje.
Hay quien puede tener la tentación de interpretar el síndrome de Tourette como una suerte de liberación de todos los filtros sociales: el que lo sufre dice lo que le pasa por la cabeza sin cortapisas. Hay en la película una escena muy divertida: cuando se intenta que John viva solo, sin tutelaje, en un pequeño apartamento, es captado por un traficante local para que transporte droga. Y en su primer día de prueba, con un paquete escondido en los pantalones, no puede evitar ir por la calle gritando «¡Llevo droga!», hasta que dos policías lo oyen y proceden a registrarlo.
Incontrolable logra retratar con eficacia, compasión y unas cuantas pinceladas de humor lo que supone vivir con el síndrome de Tourette. Su mérito es que, más allá de su función pedagógica, consigue construir una historia conmovedora y retratar a un personaje con sus complejidades y flaquezas, que lucha por mantenerse a flote nadando a contracorriente.
¡Escándalo! En la última ceremonia de los BAFTA (el equivalente británico a los Óscar) se produjo una situación inaudita. Cuando estaban en el escenario, presentando un
¡Escándalo! En la última ceremonia de los BAFTA (el equivalente británico a los Óscar) se produjo una situación inaudita. Cuando estaban en el escenario, presentando un galardón, las dos estrellas de Sinners, los actores afroamericanos Michael B. Jordan (que poco después ganó el Óscar) y Delroy Lindo, alguien del público gritó de forma perfectamente audible: «Nigger». Como a estas alturas todo el mundo sabe, esta palabra, a la que los anglosajones se refieren como the n-word, es un insulto gravísimo. Eso sí, con una peculiaridad: si se lo dice un negro a otro negro, se convierte en una inocua expresión argótica. Pero si lo suelta un blanco, se arriesga a que le arreen un puñetazo en los morros o lo lleven a juicio por racista.
¿Qué demonios pasó entonces en los BAFTA? ¿Quién fue el incontrolado que gritó la palabra prohibida? Pues un escocés llamado John Davidson, cuya vida se recrea en una película titulada precisamente Incontrolable, que optaba a varios premios. Davidson padece síndrome de Tourette, lo cual significa que su cuerpo está sometido a tics y movimientos espasmódicos incontrolables y que verbaliza de forma irreprimible todo tipo de obscenidades y comentarios ofensivos.
En 1989, cuando era un adolescente, protagonizó un aplaudido documental de la BBC, John is not mad, que dio visibilidad al síndrome de Tourette. Ya adulto, se dedicó en cuerpo y alma a sensibilizar a la sociedad sobre esta enfermedad, que genera mucha incomprensión por su explosiva sintomatología y dificulta las relaciones sociales de quienes la sufren. Davidson se ha dedicado, por ejemplo, a dar charlas informativas a los cuerpos policiales, que en más de una ocasión detenían sin contemplaciones a personas con este síndrome, sin entender que se trataba de alguien enfermo. Esta labor le valió una condecoración de la reina Isabel II. Y es precisamente con esta comprometida situación —¿seré capaz de saludar a la monarca sin que se me escape alguna obscenidad y la acabe llamando vieja zorra?— como arranca Incontrolable. A partir de ahí, toda la película en un largo flashback que se inicia en la infancia del protagonista, hasta retomar al final el encuentro con la reina.
Cuando Hollywood abordó el autismo, les salió Rain man, que era una versión edulcorada y bastante tramposa de esa enfermedad, en la que Dustin Hoffman montaba uno de esos números actorales que te garantizan el Óscar (lo ganó, claro, y también se llevaron el de mejor película). Lo primero que hay que agradecerle a Incontrolable es que ni edulcora ni carga las tintas de lo lacrimógeno. Circula por una difícil vía intermedia y consigue mantener un delicado equilibrio: no ahorra ni un gramo de cruda realidad, pero tampoco se regodea de forma miserabilista en ella. De hecho, conforme la película avanza y el personaje aprende a lidiar con la enfermedad, el espectador puede incluso no reírse de él, sino reírse con él.
El director y guionista Kirk Jones no pone paños calientes a la hora de narrar los aspectos más duros en la vida diaria de quien padece este síndrome, empezando por la incomprensión en el colegio cuando se desencadenan los primeros síntomas y el niño es castigado porque lo toman por un bocazas malcarado que busca llamar la atención. Más desgarradora es todavía la incapacidad de los padres de entender y afrontar la enfermedad del hijo. Y hay situaciones verdaderamente dramáticas, provocadas por su extraño comportamiento en la interacción social: una tentativa de salida nocturna con un amigo acaba en detención policial, porque un involuntario manotazo provocado por sus movimientos convulsivos deriva en batalla campal. Y un irreprimible insulto a una chica por la calle se salda con la agresión del novio y los amigos de este, que acaba con el protagonista hospitalizado.
Sin embargo, no estamos ante una muestra de descarnado verismo, sino ante una película de vocación humanística, con un mensaje positivo hasta donde eso es posible con esta enfermedad. Esta vertiente humanista la despliegan los dos ángeles guardianes que John Davidson encuentra en su vida. Una enfermera psiquiátrica (Maxine Peake) que, ante la incapacidad de la madre de John de afrontar la situación, lo acoge en su casa y lo integra en su familia. Y el encargado de mantenimiento de unas dependencias municipales (el veterano Peter Mullan), que confía en él y sus ganas de superarse y le ofrece un trabajo como su ayudante. Ambos saben tomarse con humor los manotazos involuntarios (es peligroso caminar a su derecha, porque se le dispara la mano) y los exabruptos.
Una de las formas de medir el grado de civilización de una sociedad es el modo en que se trata a las personas con discapacidades. Y estos dos personajes que ayudan a John Davidson representan lo mejor del ser humano. A Davidson lo interpreta con gran desenvoltura Robert Aramayo (ganó el BAFTA a mejor actor), que logra no limitar su actuación a un repertorio de tics y consigue dotar de matices emocionales al personaje.
Hay quien puede tener la tentación de interpretar el síndrome de Tourette como una suerte de liberación de todos los filtros sociales: el que lo sufre dice lo que le pasa por la cabeza sin cortapisas. Hay en la película una escena muy divertida: cuando se intenta que John viva solo, sin tutelaje, en un pequeño apartamento, es captado por un traficante local para que transporte droga. Y en su primer día de prueba, con un paquete escondido en los pantalones, no puede evitar ir por la calle gritando «¡Llevo droga!», hasta que dos policías lo oyen y proceden a registrarlo.
Incontrolable logra retratar con eficacia, compasión y unas cuantas pinceladas de humor lo que supone vivir con el síndrome de Tourette. Su mérito es que, más allá de su función pedagógica, consigue construir una historia conmovedora y retratar a un personaje con sus complejidades y flaquezas, que lucha por mantenerse a flote nadando a contracorriente.
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