El joven Agustí Calvet, Gaziel por seudónimo, iba para profesor de filosofía y terminó siendo periodista, cuando le sorprendió el comienzo de la Gran Guerra en París, donde estaba preparando las oposiciones a cátedra de universidad. No fue cualquier periodista, porque, desde 1918, final de aquella guerra, y hasta 1936, comienzo de la otra, ejerció una importante influencia en la opinión pública, como redactor y director de La Vanguardia. Según Josep Pla, sería «la figura más señera del periodismo peninsular» de este periodo. Para Augusto Assía, su compañero en La Vanguardia, sería «el escritor más lúcido que ha dado España entre las dos grandes guerras».
Antes de colaborar en La Vanguardia, Calvet había escrito para La Veu de Catalunya, el periódico de Francesc Cambó, firmando ya como Gaziel algunos artículos desde París. Por tanto, el suyo no fue un simple cambio de cabecera, sino algo más crucial, como fue el abandono de la lengua catalana por el castellano, que le habría de traer problemas el resto de su vida… Por esto, su figura, siempre controvertida, aunque poco conocida fuera de Cataluña, sería difamada por el catalanismo, que lo consideró, y lo considera todavía, un traidor a la causa del catalanismo: un botifler para los independentistas.
En realidad, fue un liberal conservador, independiente a cualquier consigna partidista, catalanista moderado, republicano federalista y muy crítico con el catalanismo independentista, cuyos desmanes, en su opinión, harían naufragar la República. Formaría parte, en el ámbito catalán, de la conocida como «tercera España», aquella que, durante los años de la República y de la Guerra Civil, no se identificó con ninguno de los dos bandos que, en su opinión, llevaron a España al conflicto bélico. Ante el dilema que representa su figura política en el ámbito catalán, Francisco Fuster adopta en su reciente biografía del periodista (Insobornable. Vida de Gaziel, Barcelona, Galaxia Gutenberg) una postura neutral, comprensible pero discutible, que su autor trata de justificar tras una declarada pasión de investigador que «hace historia» en los archivos periodísticos. Volveremos a este punto cuando veamos de qué manera influye esta elección en el resultado final de su trabajo.
La biografía de Fuster —como la de Manuel Llanas en catalán de 1998—, junto a la publicación de sus escritos en las últimas décadas, representan el mayor esfuerzo por restituir y clarificar la importancia del periodista y su obra en el contexto de la historia del catalanismo. Sin olvidar otras facetas del personaje como pensador y escritor, memorialista sobre todo, Fuster, consecuente con la elección investigadora declarada, se centra en la de periodista y editorialista político. En este sentido, hay que destacar que el trabajo biográfico es espléndido, porque podemos seguir cómo Gaziel se enfrenta en sus artículos a las numerosas encrucijadas que vive España entre 1918 y 1936.
Por el contrario, no presta atención apenas a los aspectos personales de la vida de Gaziel, que el biógrafo señala sin profundizar. Al no rastrear, por ejemplo, la influencia que pudiera tener en su personalidad el conflictivo matrimonio de sus padres o la tensa relación con el padre que quería, a toda costa, que su hijo estudiase Derecho —así como otros aspectos de su vida privada—, nos quedamos sin conocer la persona que había detrás del periodista… Tampoco se refiere apenas a su esposa francesa, Louise Bernard, a la que había conocido en París: un poderoso motivo para que Gaziel regresase a Francia poco después, convertido en flamante corresponsal de La Vanguardia, y se casase con ella.
Diario de la guerra
La razón asiste a Fuster, al considerar, como el episodio más importante de la vida de Gaziel, el hecho de encontrarse en el momento justo, agosto de 1914, y en el lugar apropiado, París, cuando Francia declaró la guerra a Prusia. En esas circunstancias, la preparación de las oposiciones, razón por la que estaba en la capital francesa, desaparecería de su horizonte vital cuando, sin ser consciente todavía, comenzase a llevar un diario sobre lo que acontecía en su entorno más próximo, en la pensión del barrio latino y en la calle. Era una situación tan nueva y única, que le había de marcar vocacionalmente su destino.
Estas anotaciones, registradas entre el 1 de agosto y el 4 de septiembre de 1914, en los primeros días de la guerra, se convertirían, a su regreso a Barcelona, en crónicas para La Vanguardia, y al año siguiente en el libro Diario de un estudiante en París (1915). El diario arranca de la reacción social que desencadena la declaración de guerra a Prusia por parte de Rusia (aliada entonces de Francia) y el previsible temor de que Francia entre también en el conflicto. En los primeros días, Gaziel se hace eco de la controversia que produce en la sociedad francesa la participación o no en la guerra.
Después, al declarar Francia la guerra, Gaziel evita el debate que esta cuestión suscitó en la izquierda francesa, pero se asombra de la «heroicidad patriótica» que el conflicto bélico enciende en la gente, ignorando las consecuencias. Lo que llama su atención es la reacción patriótica del pueblo de París, que está dispuesto a sacrificar a sus hijos, su vida, todo, antes que ver doblegada la «tierra francesa» por los invasores. Su admiración es tanto más grande cuanto más claramente presiente que ni en España ni en Cataluña cabría esperar una reacción tan unitaria y nacional como la que comprueba entre la gente parisina.
Después, cuando salga huyendo, en su viaje hacia Barcelona descubrirá que, en el Midi francés, la gente se manifiesta contra la guerra. Gaziel regresaría a Francia meses después para seguir de cerca el desarrollo del conflicto. Las crónicas para La Vanguardia, que son una vivaz descripción de cómo se vivió la guerra cotidianamente, irían apareciendo después como libros: Narraciones de tierras heroicas (1916), En las líneas de fuego (1917), De París a Monestir (1917) y El año de Verdún (1918).
Vida en Madrid
En 1936, siendo director de La Vanguardia, huyó a París por el fundado temor de que su vida peligraba. En 1940, huyendo ahora de las bombas alemanas, volvió a España, a pesar de tener pendiente un consejo de guerra, que le fue sobreseído en 1943, así como una denuncia de Carlos Godó y otros adláteres de La Vanguardia, desestimada por los jueces en 1945. Desde su regreso, aunque hacía visitas intermitentes a Cataluña, vivió en Madrid, dirigiendo la editorial Plus Ultra, hasta que volvió definitivamente a Barcelona a finales de los cincuenta. En el exilio madrileño confesaría que era en la lejanía de Cataluña donde más cerca se sentía de su tierra.
En estos años de vida en Madrid, una ciudad que había descubierto y llegado a querer en sus años de estudiante de filosofía entre 1907 y 1909 («Aquell Madrid tibetá…»), va a llevar diario. Sus registros le servirán de brújula en el desierto de la posguerra. Lo publicó como Meditacions en el desert (1974 y 1999) (Meditaciones en el desierto, 2005 en castellano), pero lo escribió entre 1946 y 1953, aunque Fuster anota que en realidad abarca 20 años, de 1936 a 1956, y fue reescrito posteriormente para su publicación.
En Meditacions… reflexiona, entre otros asuntos, sobre el catalanismo, sus demandas soberanistas y su debacle final en la República y la guerra. Es su obra más destacada, importante para conocer su personalidad: su testamento político. La escritura se centra en unos pocos temas a los que vuelve una y otra vez. Anida remotas esperanzas de cambio: que el régimen de Franco quiebre, que las democracias occidentales lo ahoguen, que la burguesía liberal se decida a jugar sus cartas, que Cataluña sea capaz de arrastrar a Castilla a la modernidad… Pero el tiempo pasa y no ocurre nada, y termina por confesar su desaliento, que va en aumento según avanzan los días. Mientras tanto, ajusta las cuentas con el régimen de Franco, que, en su opinión, ha enterrado las esperanzas de modernizar y civilizar el país.
Fracaso del catalanismo
Pero quizá lo más doloroso para Gaziel, lo que llama «la pena más íntima», es la constatación del hundimiento y la corrupción del proyecto liberal y el fracaso general de las políticas conservadoras catalanas, fracaso que él simboliza en la figura de Cambó, a quien dedica, a raíz de su muerte en 1947, una entrada muy crítica. La renuncia del catalanismo a jugar un papel modernizador del Estado español y la defensa de sus intereses a cambio de su apoyo tácito al régimen franquista le parecían imperdonables. Él lo vivió como la derrota de sus ideales liberales y como el fracaso del catalanismo.
No era el primer desencuentro con el catalanismo, que no entendió ni le perdonó nunca su abandono de La Veu de Catalunya para ingresar en La Vanguardia. Pero fue tan grande su decepción que anota con consuelo lo que significaba vivir en Madrid: «… por eso doy, a menudo, gracias a Dios, que, en medio de tanta miseria, me haya concedido el consuelo de poder vivir ahora en Madrid […]. En Barcelona —cada vez que vuelvo allí— me siento extranjero» (Meditacions en el desert).
El título de la biografía, Insobornable, quiere hacer justicia al compromiso y a la firmeza con que Gaziel defendió sus ideas y fue crítico con los errores de los que provocaron la quiebra de la República y, sobre todo, el fracaso de la Autonomía de Catalunya. A juicio del que suscribe, esto mismo exigía del biógrafo una mayor determinación a la hora de biografiar a Gaziel y valorar su figura. ¿Fue un traidor o simplemente ignoró el partidismo? La pregunta, sin formularse explícitamente, flota en el libro. El biógrafo da cumplida cuenta de las ideas que Gaziel defiende en los artículos y las críticas que estos despiertan en el catalanismo totalitario. El lector, por su parte, puede llegar a su propia conclusión, pero le gustaría conocer la del biógrafo. No basta con suponer que el lector tiene inteligencia; espera que el biógrafo arriesgue la suya.
El joven Agustí Calvet, Gaziel por seudónimo, iba para profesor de filosofía y terminó siendo periodista, cuando le sorprendió el comienzo de la Gran Guerra en
El joven Agustí Calvet, Gaziel por seudónimo, iba para profesor de filosofía y terminó siendo periodista, cuando le sorprendió el comienzo de la Gran Guerra en París, donde estaba preparando las oposiciones a cátedra de universidad. No fue cualquier periodista, porque, desde 1918, final de aquella guerra, y hasta 1936, comienzo de la otra, ejerció una importante influencia en la opinión pública, como redactor y director de La Vanguardia. Según Josep Pla, sería «la figura más señera del periodismo peninsular» de este periodo. Para Augusto Assía, su compañero en La Vanguardia, sería «el escritor más lúcido que ha dado España entre las dos grandes guerras».
Antes de colaborar en La Vanguardia, Calvet había escrito para La Veu de Catalunya, el periódico de Francesc Cambó, firmando ya como Gaziel algunos artículos desde París. Por tanto, el suyo no fue un simple cambio de cabecera, sino algo más crucial, como fue el abandono de la lengua catalana por el castellano, que le habría de traer problemas el resto de su vida… Por esto, su figura, siempre controvertida, aunque poco conocida fuera de Cataluña, sería difamada por el catalanismo, que lo consideró, y lo considera todavía, un traidor a la causa del catalanismo: un botifler para los independentistas.
En realidad, fue un liberal conservador, independiente a cualquier consigna partidista, catalanista moderado, republicano federalista y muy crítico con el catalanismo independentista, cuyos desmanes, en su opinión, harían naufragar la República. Formaría parte, en el ámbito catalán, de la conocida como «tercera España», aquella que, durante los años de la República y de la Guerra Civil, no se identificó con ninguno de los dos bandos que, en su opinión, llevaron a España al conflicto bélico. Ante el dilema que representa su figura política en el ámbito catalán, Francisco Fuster adopta en su reciente biografía del periodista (Insobornable. Vida de Gaziel, Barcelona, Galaxia Gutenberg) una postura neutral, comprensible pero discutible, que su autor trata de justificar tras una declarada pasión de investigador que «hace historia» en los archivos periodísticos. Volveremos a este punto cuando veamos de qué manera influye esta elección en el resultado final de su trabajo.
La biografía de Fuster —como la de Manuel Llanas en catalán de 1998—, junto a la publicación de sus escritos en las últimas décadas, representan el mayor esfuerzo por restituir y clarificar la importancia del periodista y su obra en el contexto de la historia del catalanismo. Sin olvidar otras facetas del personaje como pensador y escritor, memorialista sobre todo, Fuster, consecuente con la elección investigadora declarada, se centra en la de periodista y editorialista político. En este sentido, hay que destacar que el trabajo biográfico es espléndido, porque podemos seguir cómo Gaziel se enfrenta en sus artículos a las numerosas encrucijadas que vive España entre 1918 y 1936.
Por el contrario, no presta atención apenas a los aspectos personales de la vida de Gaziel, que el biógrafo señala sin profundizar. Al no rastrear, por ejemplo, la influencia que pudiera tener en su personalidad el conflictivo matrimonio de sus padres o la tensa relación con el padre que quería, a toda costa, que su hijo estudiase Derecho —así como otros aspectos de su vida privada—, nos quedamos sin conocer la persona que había detrás del periodista… Tampoco se refiere apenas a su esposa francesa, Louise Bernard, a la que había conocido en París: un poderoso motivo para que Gaziel regresase a Francia poco después, convertido en flamante corresponsal de La Vanguardia, y se casase con ella.
La razón asiste a Fuster, al considerar, como el episodio más importante de la vida de Gaziel, el hecho de encontrarse en el momento justo, agosto de 1914, y en el lugar apropiado, París, cuando Francia declaró la guerra a Prusia. En esas circunstancias, la preparación de las oposiciones, razón por la que estaba en la capital francesa, desaparecería de su horizonte vital cuando, sin ser consciente todavía, comenzase a llevar un diario sobre lo que acontecía en su entorno más próximo, en la pensión del barrio latino y en la calle. Era una situación tan nueva y única, que le había de marcar vocacionalmente su destino.
Estas anotaciones, registradas entre el 1 de agosto y el 4 de septiembre de 1914, en los primeros días de la guerra, se convertirían, a su regreso a Barcelona, en crónicas para La Vanguardia, y al año siguiente en el libro Diario de un estudiante en París (1915). El diario arranca de la reacción social que desencadena la declaración de guerra a Prusia por parte de Rusia (aliada entonces de Francia) y el previsible temor de que Francia entre también en el conflicto. En los primeros días, Gaziel se hace eco de la controversia que produce en la sociedad francesa la participación o no en la guerra.
Después, al declarar Francia la guerra, Gaziel evita el debate que esta cuestión suscitó en la izquierda francesa, pero se asombra de la «heroicidad patriótica» que el conflicto bélico enciende en la gente, ignorando las consecuencias. Lo que llama su atención es la reacción patriótica del pueblo de París, que está dispuesto a sacrificar a sus hijos, su vida, todo, antes que ver doblegada la «tierra francesa» por los invasores. Su admiración es tanto más grande cuanto más claramente presiente que ni en España ni en Cataluña cabría esperar una reacción tan unitaria y nacional como la que comprueba entre la gente parisina.
Después, cuando salga huyendo, en su viaje hacia Barcelona descubrirá que, en el Midi francés, la gente se manifiesta contra la guerra. Gaziel regresaría a Francia meses después para seguir de cerca el desarrollo del conflicto. Las crónicas para La Vanguardia, que son una vivaz descripción de cómo se vivió la guerra cotidianamente, irían apareciendo después como libros: Narraciones de tierras heroicas (1916), En las líneas de fuego (1917), De París a Monestir (1917) y El año de Verdún (1918).
En 1936, siendo director de La Vanguardia, huyó a París por el fundado temor de que su vida peligraba. En 1940, huyendo ahora de las bombas alemanas, volvió a España, a pesar de tener pendiente un consejo de guerra, que le fue sobreseído en 1943, así como una denuncia de Carlos Godó y otros adláteres de La Vanguardia, desestimada por los jueces en 1945. Desde su regreso, aunque hacía visitas intermitentes a Cataluña, vivió en Madrid, dirigiendo la editorial Plus Ultra, hasta que volvió definitivamente a Barcelona a finales de los cincuenta. En el exilio madrileño confesaría que era en la lejanía de Cataluña donde más cerca se sentía de su tierra.
En estos años de vida en Madrid, una ciudad que había descubierto y llegado a querer en sus años de estudiante de filosofía entre 1907 y 1909 («Aquell Madrid tibetá…»), va a llevar diario. Sus registros le servirán de brújula en el desierto de la posguerra. Lo publicó como Meditacions en el desert (1974 y 1999) (Meditaciones en el desierto, 2005 en castellano), pero lo escribió entre 1946 y 1953, aunque Fuster anota que en realidad abarca 20 años, de 1936 a 1956, y fue reescrito posteriormente para su publicación.
En Meditacions… reflexiona, entre otros asuntos, sobre el catalanismo, sus demandas soberanistas y su debacle final en la República y la guerra. Es su obra más destacada, importante para conocer su personalidad: su testamento político. La escritura se centra en unos pocos temas a los que vuelve una y otra vez. Anida remotas esperanzas de cambio: que el régimen de Franco quiebre, que las democracias occidentales lo ahoguen, que la burguesía liberal se decida a jugar sus cartas, que Cataluña sea capaz de arrastrar a Castilla a la modernidad… Pero el tiempo pasa y no ocurre nada, y termina por confesar su desaliento, que va en aumento según avanzan los días. Mientras tanto, ajusta las cuentas con el régimen de Franco, que, en su opinión, ha enterrado las esperanzas de modernizar y civilizar el país.
Pero quizá lo más doloroso para Gaziel, lo que llama «la pena más íntima», es la constatación del hundimiento y la corrupción del proyecto liberal y el fracaso general de las políticas conservadoras catalanas, fracaso que él simboliza en la figura de Cambó, a quien dedica, a raíz de su muerte en 1947, una entrada muy crítica. La renuncia del catalanismo a jugar un papel modernizador del Estado español y la defensa de sus intereses a cambio de su apoyo tácito al régimen franquista le parecían imperdonables. Él lo vivió como la derrota de sus ideales liberales y como el fracaso del catalanismo.
No era el primer desencuentro con el catalanismo, que no entendió ni le perdonó nunca su abandono de La Veu de Catalunya para ingresar en La Vanguardia. Pero fue tan grande su decepción que anota con consuelo lo que significaba vivir en Madrid: «… por eso doy, a menudo, gracias a Dios, que, en medio de tanta miseria, me haya concedido el consuelo de poder vivir ahora en Madrid […]. En Barcelona —cada vez que vuelvo allí— me siento extranjero» (Meditacions en el desert).
El título de la biografía, Insobornable, quiere hacer justicia al compromiso y a la firmeza con que Gaziel defendió sus ideas y fue crítico con los errores de los que provocaron la quiebra de la República y, sobre todo, el fracaso de la Autonomía de Catalunya. A juicio del que suscribe, esto mismo exigía del biógrafo una mayor determinación a la hora de biografiar a Gaziel y valorar su figura. ¿Fue un traidor o simplemente ignoró el partidismo? La pregunta, sin formularse explícitamente, flota en el libro. El biógrafo da cumplida cuenta de las ideas que Gaziel defiende en los artículos y las críticas que estos despiertan en el catalanismo totalitario. El lector, por su parte, puede llegar a su propia conclusión, pero le gustaría conocer la del biógrafo. No basta con suponer que el lector tiene inteligencia; espera que el biógrafo arriesgue la suya.
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