Franco Ferrara, el maestro caído

El 7 de septiembre de 1985, hace ahora cuarenta años, moría en un hospital de Florencia Franco Ferrara, uno de los músicos más enigmáticos del siglo XX. Son conocidas las diferencias y las rivalidades que separaban a directores como Herbert von Karajan, Leonard Bernstein o Sergiu Celibidache. Este último, sobre todo, nunca dejaba de decir tutto quel mal che in bocca le venia sobre sus colegas, a los que acusaba de ser «las personas más ignorantes del mundo, después de los periodistas». Solo hubo una excepción que les ponía de acuerdo, a ellos y todo el orbe musical: Franco Ferrara había sido el mejor. Karajan decía que solo temía el juicio de una sola persona y esa persona era Ferrara. Celibidache, con su habitual contundencia, aseguraba que Franco Ferrara è la musica. Y Bernstein, que era el menos maledicente de todos –seguramente porque era el que tenía mayor talento y no necesitaba medirse con nadie– decía que Ferrara is simply the best.

Claro que los tres podían permitirse ser generosos con alguien que en realidad no llegó a competir con ellos. Porque Ferrara era un gran director que no podía dirigir en público. Por utilizar el título de un estupendo documental sobre su figura que puede verse fácilmente en la red, Ferrara fue il maestro caduto dal podio. Tras empezar jovencísimo, a finales de la década de 1930, una fulgurante carrera al frente de las mejores orquestas europeas, aún en tiempos de Furtwängler, Klemperer, Toscanini o Erich Kleiber, Ferrara de pronto sufrió una extraña y nunca diagnosticada condición por la que se desvanecía en el podio. Y tras caerse en varias ocasiones decidió retirarse finalmente de los escenarios en 1948. A partir de entonces se dedicó sobre todo a la enseñanza. Para ganarse la vida, dirigió también la grabación de muchas bandas sonoras, como las que Nino Rota compuso para directores como Visconti o Fellini. Llegó incluso a componer, él mismo, la música de algunas películas, como la de Los jueves, milagro de Berlanga, y de otras italianas. 

El caso de Ferrara sirve para ilustrar, de un modo radical, el enigma de la música y, en particular, el extraño ministerio de los directores. Todos los alumnos de Ferrara, entre los que se cuentan algunos de los más notables directores vivos, desde Riccardo Muti a Eilahu Inbal o Riccardo Chailly, destacan su inexplicable genio cuando se ponía al frente de una orquesta. Se trataba, además, de una especie de don, una gracia intuitiva, muy lejos de la sistematización científica de su gran amigo Celibidache o de la vasta cultura teórica y el didactismo rabínico de Bernstein. Con sus alumnos, Ferrara muchas veces se impacientaba y tenía al parecer arranques de ira, a pesar de ser de suyo muy bondadoso, tímido e incluso pueril.  Pero de alguna manera non riusciva, como dicen los italianos, no conseguía transmitir a sus estudiantes el sonido que tenía en la cabeza y eso le ponía furioso. Alipi Naydenov, director y colaborador suyo, recordó que, durante unas clases en el conservatorio de Santa Cecilia en Roma, Ferrara, muy contrariado, decidió de pronto dirigir él solo la pieza que ensayaban, la obertura Egmont de Beethoven, de principio a fin, algo que no pasaba nunca. Según Naydenov, se produjo «un milagro». Y cuando terminó, el primer trompa se levantó y gritó: Sei Dio, Ferrara!! Él se giró y se marchó ofuscado.

Todos los que le vieron dirigir alguna vez, aunque fuera solo didácticamente, coinciden: no había margen para la discusión en lo que hacía. Era la verdad. La música en sus manos se convertía en canto vivo, puro, perfecto, exacto, sin ninguna adulteración. Los espectadores se levantaban de sus asientos, incapaces de mantener la calma. ¿Qué pasó para que un hombre tan dotado se convirtiera en un ángel caído, incapaz de poner en práctica el genio que se le había concedido? Muchos han intentado encontrar razones biográficas, psiquiátricas o médicas sin dar con ninguna explicación concluyente. Ferrara nació en 1911 en Palermo y muy pronto, a los cinco años, se evidenció su prodigio. Estudió primero violín y su padre, al parecer un sádico, le tomaba la lección cada tarde y, si se equivocaba, dejaba a sus hermanos sin cenar. Es obvio que una educación así no debió favorecer mucho el equilibrio mental del pobre Ferrara, al que todos los que le conocieron describen como un hombre frágil, melancólico, roto por dentro.

Fue su maestro Antonio Guarneri quien le invitó a dirigir por primera vez en 1931. Y desde entonces el joven palermitano no dejó de cosechar éxitos hasta convertirse en una figura estelar, sobre todo entre 1938 y 1948. Incluso Furtwängler le invitó a dirigir la Filarmónica de Berlín. Pero en 1940, en el teatro Adriano de Roma, mientras dirigía el largo de la sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorák, Ferrara se desvaneció por primera vez. Siguió luego dando conciertos, cayéndose algunas veces y aguantando otras, pero de alguna manera había perdido la confianza en sí mismo. Poco antes de morir, en una entrevista en el Corriere della sera, Ferrara contó algo que arroja un poco de luz a su extraña impotencia:

«La primera vez que me caí repentinamente fue en Roma, en el Adriano, pero eso no importa. La verdadera crisis se manifestó de otra manera. Me encontraba en Asís, a los pies del monte Subasio, en una casita. Tenía conmigo muchas partituras y estudiaba durante horas y horas. Como hacía calor, estábamos en agosto, salía a dar paseos y en los campos ya había hierba seca. En un momento dado, arranqué un tallo de cebolla silvestre y, solo, me puse a dirigir la obra que estaba estudiando en ese momento, Iberia, de Debussy. De repente, me sentí perdido: algo se nubló irremediablemente ante mis ojos. Esa ramita delgada que sostenía en la mano como una batuta me ocultó la verdad, la posibilidad de ser yo mismo. Seguí dando conciertos, me caía, no me caía, pero eso era lo de menos. Algo había caído dentro de mí y ya no pude levantarme. Así fue».

La imagen de Ferrara dirigiendo con una ramita frente a un campo agostado se impone como trasunto de ese vaciamiento interior que le impidió recobrar la confianza para seguir con su carrera. En la década de 1960, una importante compañía discográfica italiana le ofreció un cheque en blanco para grabar la integral de Beethoven –con la secreta intención de sustituir a la de Toscanini–, prometiéndole incluso instalar, por si se caía, una especie de ring de boxeo en torno al podio. Pero Ferrara rechazó la propuesta, alegando que temía no ser ya el mismo que en su juventud. Por otra parte, no se explica que los desvanecimientos no le sobrevinieran nunca en el estudio donde grababa las bandas sonoras, en el que su talento era por lo demás muy apreciado. Ferrara llegaba, tocaba con la orquesta una partitura que nunca había visto, la memorizaba enseguida y luego ya podía sincronizarla sin titubeos mirando solo la pantalla. 

En 1977, Ferrara sufrió un ictus que le paralizó la mitad del cuerpo, pero no por ello dejó de enseñar e incluso recuperó buena parte de su movilidad. El director Gian Luigi Zampieri, que fue uno de sus últimos alumnos, contó que, después del derrame, el maestro experimentó una especie de intensificación de la percepción. No sentía ni frío ni calor, apenas dormía ni comía y solo vivía para estudiar, con una concentración obsesiva. Riccardo Chailly le recordaba en 1979, en la escuela de dirección de Siena, dibujando en el aire con un solo brazo subdivisiones de gran belleza. Zampieri también fue testigo de episodios inexplicables en los que Ferrara parecía dotado de un sexto sentido sobrenatural. En una sala de ensayo oía tambores que habían sonado hacía horas. Y en su casa, cuando sonaba el teléfono –el viejo teléfono de entonces– adivinaba indefectiblemente quién estaba llamando, sin que hubiera concertado ninguna cita con anterioridad.

El 1 de septiembre de 1985, seis días, por tanto, antes de morir, Ferrara recibió en el teatro La Fenice de Venecia el premio «Una vita per la musica» junto al también director y compositor Gianandrea Gavazzeni, entonces mucho más conocido que Ferrara por el público. En la filmación del acto, se ve a un Ferrara, elegante y muy tímido, recoger la estatuilla, que acaricia como si fuera un gatito, mientras parece que Gavazzeni acapara toda la atención. Gavazzeni fue el único que aquella tarde tomó la palabra, pero al final de su discurso tuvo la gentileza de dirigirse a Ferrara y recordar que en aquel teatro su colega había estrenado hacía siglos una pieza suya y que durante los ensayos él le había dicho: «Franco, tú haces sonar una partitura que yo nunca he escrito, sin cambiar una sola nota». 

Aunque Franco Ferrara es hoy un mito, no tenemos prácticamente ningún documento sonoro que conserve algo de su arte. Se han conservado algunas grabaciones, pero son muy viejas y apenas puede apreciarse nada. Solo hay una en la que a mi juicio se oye algo de lo que debió ser aquella maravilla. Es un registro de la obertura de La forza del destino de Verdi en la Scala de Milán, en septiembre de 1943. El sonido es muy nítido y uno distingue enseguida la diferencia abismal que hay con todas las interpretaciones que se han hecho luego de la pieza. El primer solo de oboe, sobre todo, que parece una voz increíblemente lírica, seguido del lento pianissimo de los violines, es sensacional e inimitable. Pero la desaparición, digamos, tecnológica de Franco Ferrara encierra una lección para el siglo XXI. El propio maestro, cuando se hablaba de su tragedia, decía que él había vivido la música a través de sus alumnos, a los que había intentado despertar su «naturaleza salvaje». Cada vez que Chailly o Inbal, dos grandes directores por derecho propio, aciertan a frasear de un modo tan exacto como solía Ferrara, nosotros accedemos a la verdad que él encarnó y que, por otra parte, no es una cuestión de propiedad individual o de genio creador. Según Rilke, el verdadero arte surge de «un puro centro anónimo». Y hay ahí una potente realidad que se hace cada vez más patente a medida que uno cumple años y entiende que solo los más grandes saben renunciar a sí mismos. Como decía T. S. Eliot al final de su vida poética: A condition of complete simplicity / costing no less than everything. («Un estado de pura sencillez / para el que todo hay que darlo»).

 El 7 de septiembre de 1985, hace ahora cuarenta años, moría en un hospital de Florencia Franco Ferrara, uno de los músicos más enigmáticos del siglo  

El 7 de septiembre de 1985, hace ahora cuarenta años, moría en un hospital de Florencia Franco Ferrara, uno de los músicos más enigmáticos del siglo XX. Son conocidas las diferencias y las rivalidades que separaban a directores como Herbert von Karajan, Leonard Bernstein o Sergiu Celibidache. Este último, sobre todo, nunca dejaba de decir tutto quel mal che in bocca le venia sobre sus colegas, a los que acusaba de ser «las personas más ignorantes del mundo, después de los periodistas». Solo hubo una excepción que les ponía de acuerdo, a ellos y todo el orbe musical: Franco Ferrara había sido el mejor. Karajan decía que solo temía el juicio de una sola persona y esa persona era Ferrara. Celibidache, con su habitual contundencia, aseguraba que Franco Ferrara è la musica. Y Bernstein, que era el menos maledicente de todos –seguramente porque era el que tenía mayor talento y no necesitaba medirse con nadie– decía que Ferrara is simply the best.

Claro que los tres podían permitirse ser generosos con alguien que en realidad no llegó a competir con ellos. Porque Ferrara era un gran director que no podía dirigir en público. Por utilizar el título de un estupendo documental sobre su figura que puede verse fácilmente en la red, Ferrara fue il maestro caduto dal podio. Tras empezar jovencísimo, a finales de la década de 1930, una fulgurante carrera al frente de las mejores orquestas europeas, aún en tiempos de Furtwängler, Klemperer, Toscanini o Erich Kleiber, Ferrara de pronto sufrió una extraña y nunca diagnosticada condición por la que se desvanecía en el podio. Y tras caerse en varias ocasiones decidió retirarse finalmente de los escenarios en 1948. A partir de entonces se dedicó sobre todo a la enseñanza. Para ganarse la vida, dirigió también la grabación de muchas bandas sonoras, como las que Nino Rota compuso para directores como Visconti o Fellini. Llegó incluso a componer, él mismo, la música de algunas películas, como la de Los jueves, milagro de Berlanga, y de otras italianas. 

El caso de Ferrara sirve para ilustrar, de un modo radical, el enigma de la música y, en particular, el extraño ministerio de los directores. Todos los alumnos de Ferrara, entre los que se cuentan algunos de los más notables directores vivos, desde Riccardo Muti a Eilahu Inbal o Riccardo Chailly, destacan su inexplicable genio cuando se ponía al frente de una orquesta. Se trataba, además, de una especie de don, una gracia intuitiva, muy lejos de la sistematización científica de su gran amigo Celibidache o de la vasta cultura teórica y el didactismo rabínico de Bernstein. Con sus alumnos, Ferrara muchas veces se impacientaba y tenía al parecer arranques de ira, a pesar de ser de suyo muy bondadoso, tímido e incluso pueril.  Pero de alguna manera non riusciva, como dicen los italianos, no conseguía transmitir a sus estudiantes el sonido que tenía en la cabeza y eso le ponía furioso. Alipi Naydenov, director y colaborador suyo, recordó que, durante unas clases en el conservatorio de Santa Cecilia en Roma, Ferrara, muy contrariado, decidió de pronto dirigir él solo la pieza que ensayaban, la obertura Egmont de Beethoven, de principio a fin, algo que no pasaba nunca. Según Naydenov, se produjo «un milagro». Y cuando terminó, el primer trompa se levantó y gritó: Sei Dio, Ferrara!! Él se giró y se marchó ofuscado.

Todos los que le vieron dirigir alguna vez, aunque fuera solo didácticamente, coinciden: no había margen para la discusión en lo que hacía. Era la verdad. La música en sus manos se convertía en canto vivo, puro, perfecto, exacto, sin ninguna adulteración. Los espectadores se levantaban de sus asientos, incapaces de mantener la calma. ¿Qué pasó para que un hombre tan dotado se convirtiera en un ángel caído, incapaz de poner en práctica el genio que se le había concedido? Muchos han intentado encontrar razones biográficas, psiquiátricas o médicas sin dar con ninguna explicación concluyente. Ferrara nació en 1911 en Palermo y muy pronto, a los cinco años, se evidenció su prodigio. Estudió primero violín y su padre, al parecer un sádico, le tomaba la lección cada tarde y, si se equivocaba, dejaba a sus hermanos sin cenar. Es obvio que una educación así no debió favorecer mucho el equilibrio mental del pobre Ferrara, al que todos los que le conocieron describen como un hombre frágil, melancólico, roto por dentro.

Fue su maestro Antonio Guarneri quien le invitó a dirigir por primera vez en 1931. Y desde entonces el joven palermitano no dejó de cosechar éxitos hasta convertirse en una figura estelar, sobre todo entre 1938 y 1948. Incluso Furtwängler le invitó a dirigir la Filarmónica de Berlín. Pero en 1940, en el teatro Adriano de Roma, mientras dirigía el largo de la sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorák, Ferrara se desvaneció por primera vez. Siguió luego dando conciertos, cayéndose algunas veces y aguantando otras, pero de alguna manera había perdido la confianza en sí mismo. Poco antes de morir, en una entrevista en el Corriere della sera, Ferrara contó algo que arroja un poco de luz a su extraña impotencia:

«La primera vez que me caí repentinamente fue en Roma, en el Adriano, pero eso no importa. La verdadera crisis se manifestó de otra manera. Me encontraba en Asís, a los pies del monte Subasio, en una casita. Tenía conmigo muchas partituras y estudiaba durante horas y horas. Como hacía calor, estábamos en agosto, salía a dar paseos y en los campos ya había hierba seca. En un momento dado, arranqué un tallo de cebolla silvestre y, solo, me puse a dirigir la obra que estaba estudiando en ese momento, Iberia, de Debussy. De repente, me sentí perdido: algo se nubló irremediablemente ante mis ojos. Esa ramita delgada que sostenía en la mano como una batuta me ocultó la verdad, la posibilidad de ser yo mismo. Seguí dando conciertos, me caía, no me caía, pero eso era lo de menos. Algo había caído dentro de mí y ya no pude levantarme. Así fue».

La imagen de Ferrara dirigiendo con una ramita frente a un campo agostado se impone como trasunto de ese vaciamiento interior que le impidió recobrar la confianza para seguir con su carrera. En la década de 1960, una importante compañía discográfica italiana le ofreció un cheque en blanco para grabar la integral de Beethoven –con la secreta intención de sustituir a la de Toscanini–, prometiéndole incluso instalar, por si se caía, una especie de ring de boxeo en torno al podio. Pero Ferrara rechazó la propuesta, alegando que temía no ser ya el mismo que en su juventud. Por otra parte, no se explica que los desvanecimientos no le sobrevinieran nunca en el estudio donde grababa las bandas sonoras, en el que su talento era por lo demás muy apreciado. Ferrara llegaba, tocaba con la orquesta una partitura que nunca había visto, la memorizaba enseguida y luego ya podía sincronizarla sin titubeos mirando solo la pantalla. 

En 1977, Ferrara sufrió un ictus que le paralizó la mitad del cuerpo, pero no por ello dejó de enseñar e incluso recuperó buena parte de su movilidad. El director Gian Luigi Zampieri, que fue uno de sus últimos alumnos, contó que, después del derrame, el maestro experimentó una especie de intensificación de la percepción. No sentía ni frío ni calor, apenas dormía ni comía y solo vivía para estudiar, con una concentración obsesiva. Riccardo Chailly le recordaba en 1979, en la escuela de dirección de Siena, dibujando en el aire con un solo brazo subdivisiones de gran belleza. Zampieri también fue testigo de episodios inexplicables en los que Ferrara parecía dotado de un sexto sentido sobrenatural. En una sala de ensayo oía tambores que habían sonado hacía horas. Y en su casa, cuando sonaba el teléfono –el viejo teléfono de entonces– adivinaba indefectiblemente quién estaba llamando, sin que hubiera concertado ninguna cita con anterioridad.

El 1 de septiembre de 1985, seis días, por tanto, antes de morir, Ferrara recibió en el teatro La Fenice de Venecia el premio «Una vita per la musica» junto al también director y compositor Gianandrea Gavazzeni, entonces mucho más conocido que Ferrara por el público. En la filmación del acto, se ve a un Ferrara, elegante y muy tímido, recoger la estatuilla, que acaricia como si fuera un gatito, mientras parece que Gavazzeni acapara toda la atención. Gavazzeni fue el único que aquella tarde tomó la palabra, pero al final de su discurso tuvo la gentileza de dirigirse a Ferrara y recordar que en aquel teatro su colega había estrenado hacía siglos una pieza suya y que durante los ensayos él le había dicho: «Franco, tú haces sonar una partitura que yo nunca he escrito, sin cambiar una sola nota». 

Aunque Franco Ferrara es hoy un mito, no tenemos prácticamente ningún documento sonoro que conserve algo de su arte. Se han conservado algunas grabaciones, pero son muy viejas y apenas puede apreciarse nada. Solo hay una en la que a mi juicio se oye algo de lo que debió ser aquella maravilla. Es un registro de la obertura de La forza del destino de Verdi en la Scala de Milán, en septiembre de 1943. El sonido es muy nítido y uno distingue enseguida la diferencia abismal que hay con todas las interpretaciones que se han hecho luego de la pieza. El primer solo de oboe, sobre todo, que parece una voz increíblemente lírica, seguido del lento pianissimo de los violines, es sensacional e inimitable. Pero la desaparición, digamos, tecnológica de Franco Ferrara encierra una lección para el siglo XXI. El propio maestro, cuando se hablaba de su tragedia, decía que él había vivido la música a través de sus alumnos, a los que había intentado despertar su «naturaleza salvaje». Cada vez que Chailly o Inbal, dos grandes directores por derecho propio, aciertan a frasear de un modo tan exacto como solía Ferrara, nosotros accedemos a la verdad que él encarnó y que, por otra parte, no es una cuestión de propiedad individual o de genio creador. Según Rilke, el verdadero arte surge de «un puro centro anónimo». Y hay ahí una potente realidad que se hace cada vez más patente a medida que uno cumple años y entiende que solo los más grandes saben renunciar a sí mismos. Como decía T. S. Eliot al final de su vida poética: A condition of complete simplicity / costing no less than everything. («Un estado de pura sencillez / para el que todo hay que darlo»).

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