Fernando VII: mal rey, peor marido y con unos genitales tan grandes que dificultaban el coito

Traidor, desleal, aleve, alevoso, pérfido, bellaco, infame, indigno, falso, engañoso, perverso. Así describe la Real Academia de la lengua Española el término “felón”, apodo que se ganó a pulso y con creces Fernando VII, el peor monarca que tuvo España en todas sus dinastías, Trastámara, Austrias y Borbones. Todo mal. Y no solo eso, a su muerte, sin descendencia masculina y, a pesar de que no regía la Ley Sálica, dejó como recuerdo el comienzo de las guerras carlistas y a su viuda, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, como regente y peor reina, si cabe, que él. Nefasta madre que nunca tuvo el mínimo interés en educar a su hija, la que sería la futura reina, Isabel II y que resultó ser, cuestiones de tálamo aparte, un desastre que apenas sabía leer y escribir. Cuando los españoles critiquen a la reina Letizia, que miren cómo fue la madre de Isabel II y comparen la educación que ambas dieron a las futuras reinas y eso que una tenía pedigrí por los cuatro costados, Borbón y Dos Sicilias. 

Fernando VII nació pocos años antes de la Revolución Francesa, hecho que cambiaría Occidente para siempre, incluida España, desde luego. No se caracterizó precisamente por ser un rey ilustrado como sí lo había sido Carlos III, su abuelo, y sí por ser poco leído, poco interesado en asuntos de Estado y sí muy interesado en acumular todos los poderes incluso para no estar pendiente de las tareas de gobierno.

Noveno hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma, cuando llegó al mundo el 14 de octubre de 1784 en San Lorenzo de El Escorial, ocupó el tercer lugar en descendencia, teniendo por delante a sus hermanos Carlos y Felipe, gemelos, pero que fallecieron siendo niños. El 23 de septiembre de 1789 fue jurado como príncipe de Asturias, esto es, heredero al trono, una ceremonia celebrada en los Jerónimos y que entonces tenía toda la pompa y el boato y, desde luego, era algo ligado profundamente a la idea de una monarquía divina.

A pesar de no ser un rey ilustrado sensu stricto, ya que la formación recibida fue bastante pobre, sí se preocupó por ciertos aspectos culturales, llegando a interesarse sobre todo por las ciencias experimentales. No sería justo decir que fue un completo zoquete y es importante señalar que durante su reinado se creó el Museo del Prado. Su imagen negativa proviene por su gusto por estar siempre con los criados, algo que su hija Isabel también tendría. Este hecho hacía que su forma de expresarse fuera más propia de un tabernero que de un rey. 

En lo que sí fue prolífico fue en esposas, cuatro, como su antepasado Felipe II, aunque, ciertamente, nada que ver con él. Estas fueron las “elegidas”, todas parientes de él, como también sucedió con Felipe II.

María Antonia de Nápoles (1784-1806)

A los 18 años se casó con la primera, María Antonia de Nápoles, por cierto, sobrina de María Antonieta. El matrimonio, que solo duró cuatro años, no se consumó hasta el año por el problema que padecía el rey: tenía los genitales excesivamente grandes. La princesa no fue muy feliz en su matrimonio y esto se sabe por las cartas enviadas a su madre, María Carolina de Austria, quien desde Nápoles guiaba astutamente a su hija, seguramente por las enseñanzas aprendidas de su madre, la gran emperatriz, María Teresa de Austria. 

María Carolina, quien había estado en las negociaciones para casar a su hija con el futuro Fernando VII, movió de manera muy inteligente los hilos por carta y desde Nápoles, animando a su hija a guardarse de Godoy, el valido del rey y conspirar en su contra. Es quizás por esto por lo que murió envenenada. Al fallecer siendo princesa de Asturias y sin tener hijos, fue enterrada en el Panteón de los Infantes del Monasterio de El Escorial. Ha pasado sin pena ni gloria a la historia de España, aunque su vida fue ciertamente interesante.

María Isabel de Portugal (1797-1818)

La siguiente esposa fue María Isabel de Portugal, hija de Juan VI de Portugal y sobrina del que sería su marido. Se casaron siendo Fernando VII ya rey, por tanto, ella sí alcanzó el título de reina consorte, aunque tampoco dio hijos a la corona. La vida de esta pobre infeliz se vio alterada cuando, con diez años, Napoleón invadió Portugal y tuvo que huir a Brasil, país en el que vivió hasta su enlace con el rey español. 

Su vida en Brasil era modesta y la dote que aportó, fue más bien escasa. Llegó a Madrid con ropajes impropios de una futura reina pero llena de dulzura y pasión por la cultura. Fue la principal impulsora de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y tuvo la gran iniciativa, impropia para su época, de fomentar que las mujeres estudiaran ahí. Tuvo una niña que falleció a los cuatro meses y, un año más tarde, un parto que ha pasado a la historia por sus características. Según el escritor, periodista e historiador, Modesto Lafuente, la reina tuvo un síncope debido a los tremendos dolores del parto. Los médicos, creyendo que había muerto, le practicaron una rudimentaria cesárea que la hizo despertar con fuertes gritos, pero la carnicería estaba hecha y la pobre mujer murió desangrada. El bebé, que era una niña, también murió en el parto.

María Josefa Amalia de Sajonia (1803-1829)

La tercera esposa de Fernando VII fue otra desgraciada que murió también joven y sin hijos. Se quedó huérfana de madre con tres años y fue enviada por su padre, Maximiliano de Sajonia, a vivir a un convento. También era sobrina del rey felón (manías de los Borbones de esa época), ya que su madre, Carolina de Borbón-Parma, era prima del monarca español. 

Una vez prometida, salió del convento en el que había aprendido mucho de poesía y oración y nada sobre los «deberes conyugales». La noche de bodas sufrió un ataque de pánico cuando vio entrar a su marido desnudo en la alcoba. La pobre mujer, que seguramente nunca había visto a un hombre sin ropa, se quedó tan impactada que salió huyendo de la habitación y gritando por todo el palacio. Su cuñada, María Francisca de Braganza, al escuchar los gritos, acudió a consolarla y, de paso, la convenció para que volviera a consumar el matrimonio, cosa que logró… a medias. María Josefa entró de nuevo en la habitación y cuando su marido empezó a tocarla, entró de nuevo en pánico, haciéndose sus necesidades encima y dejando el suelo perdido. Obviamente, el rey desistió de seguir intentándolo, al menos por aquella noche. Un drama.

Es fácil entender cómo se debió de sentir la pobre mujer a quién nadie le había contado nada. Además, tenía 16 años y su marido 36. Era feo, gordo, tosco, en fin, un cuadro. Tal fue la negativa de la reina a acostarse con su marido, que tuvo que intervenir el mismísimo papa, Pío VII escribió a la asustada mujer para convencerla de que era su obligación yacer con su marido porque esa era la única forma para tener descendencia (cosa que, por lo visto, ella no sabía). Además, la convenció de que el acto sexual no solo no era pecado, sino que estaba bendecido por Dios. La reina accedió entonces con la condición de rezar antes del coito. Y Fernando VII no puso objeción alguna a rezar antes del coito.

Una vez consumada la unión no parece que la reina estuviera muy satisfecha ni, mucho menos, se acostumbró a su «deber», hecho que hizo que se retirara largas temporadas lejos de su marido, a la Granja de San Ildefonso y al Palacio de Aranjuez, lugar donde le sobrevino la muerte por unas fiebres. Bien pensado, la pobre se libraba así de una vida que la atormentaba en demasía. Al no haber dado hijos a la corona, está enterrada en el Panteón de los Infantes del Monasterio de El Escorial.

María Cristina de Borbón-dos Sicilias (1806-1878)

Última esposa de Fernando VII, tiene el dudoso honor de ser la peor de las reinas regentes que tuvo España. Eso sí, cumplió con su deber de dar una heredera a la corona, la futura Isabel II a la que no le hizo ni el más mínimo caso. Era también, y para no perder la costumbre, pariente de su marido. Era la hija de Francisco I de las Dos Sicilias y de María Isabel de Borbón, primos hermanos entre sí. Como puede apreciar el lector, con estos mimbres se hacían aquellos cestos. Hija de primos hermanos y casada con su primo, ¿qué podría salir mal?

Era una mujer culta, educada con exquisitez que, además, tocaba muy bien el piano y que cantaba como una profesional. Pero esa cultura no se la transmitió a su hija, a la que nunca quiso y que se pasó su infancia criándose en las cocinas con los criados, en lugar de con preceptores. De ahí la forma castiza de hablar de la futura Isabel II que apenas recibió educación alguna. 

María Cristina se quedó viuda a los cuatro años de la boda y, como había una heredera, se la nombró reina regente. En realidad, gobernadora del Reino, tal y como había dispuesto en el testamento Fernando VII, algo que las Cortes confirmaron en 1836.

Enseguida contrajo matrimonio con un sargento del que ya estaba enamorada en vida de su esposo, llamado Agustín Fernando Muñoz y Sánchez. Tenía la princesa de Asturias tres años cuando falleció su padre y ahí comenzó el lío. El hermano del fallecido era Carlos María Isidro de Borbón (de ahí proviene el nombre de carlismo) que se negó a aceptar la Pragmática Sanción de 1830, en virtud de la cual, se designaba a Isabel como heredera al trono. Dio entonces comienzo la primera guerra carlista, finalizando en 1839. Los partidarios de Carlos María Isidro llamaban a los de la reina regente «guiristinos» y de ahí proviene la palabra «guiri» que hace referencia a alguien de fuera como lo era la regente.

Su regencia fue un auténtico desastre y ella, más interesada en su vida amorosa, terminó por ceder la regencia a Espartero, marchándose al exilio con su marido. Aunque volvió a Madrid, fue por un breve período de tiempo siendo ya reina su hija. En 1854 se volvió a exiliar a Francia en el período de la revolución y tan solo volvería cuando su nieto Alfonso XII ya era rey, aunque con la condición de no quedarse a vivir. Su hija jamás la quiso y su nieto, menos. Murió en el exilio aunque, como fue madre de una reina, fue enterrada en el Panteón de los Reyes de El Escorial.

 Traidor, desleal, aleve, alevoso, pérfido, bellaco, infame, indigno, falso, engañoso, perverso. Así describe la Real Academia de la lengua Española el término “felón”, apodo que se  

Traidor, desleal, aleve, alevoso, pérfido, bellaco, infame, indigno, falso, engañoso, perverso. Así describe la Real Academia de la lengua Española el término “felón”, apodo que se ganó a pulso y con creces Fernando VII, el peor monarca que tuvo España en todas sus dinastías, Trastámara, Austrias y Borbones. Todo mal. Y no solo eso, a su muerte, sin descendencia masculina y, a pesar de que no regía la Ley Sálica, dejó como recuerdo el comienzo de las guerras carlistas y a su viuda, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, como regente y peor reina, si cabe, que él. Nefasta madre que nunca tuvo el mínimo interés en educar a su hija, la que sería la futura reina, Isabel II y que resultó ser, cuestiones de tálamo aparte, un desastre que apenas sabía leer y escribir. Cuando los españoles critiquen a la reina Letizia, que miren cómo fue la madre de Isabel II y comparen la educación que ambas dieron a las futuras reinas y eso que una tenía pedigrí por los cuatro costados, Borbón y Dos Sicilias. 

Fernando VII nació pocos años antes de la Revolución Francesa, hecho que cambiaría Occidente para siempre, incluida España, desde luego. No se caracterizó precisamente por ser un rey ilustrado como sí lo había sido Carlos III, su abuelo, y sí por ser poco leído, poco interesado en asuntos de Estado y sí muy interesado en acumular todos los poderes incluso para no estar pendiente de las tareas de gobierno.

Noveno hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma, cuando llegó al mundo el 14 de octubre de 1784 en San Lorenzo de El Escorial, ocupó el tercer lugar en descendencia, teniendo por delante a sus hermanos Carlos y Felipe, gemelos, pero que fallecieron siendo niños. El 23 de septiembre de 1789 fue jurado como príncipe de Asturias, esto es, heredero al trono, una ceremonia celebrada en los Jerónimos y que entonces tenía toda la pompa y el boato y, desde luego, era algo ligado profundamente a la idea de una monarquía divina.

A pesar de no ser un rey ilustrado sensu stricto, ya que la formación recibida fue bastante pobre, sí se preocupó por ciertos aspectos culturales, llegando a interesarse sobre todo por las ciencias experimentales. No sería justo decir que fue un completo zoquete y es importante señalar que durante su reinado se creó el Museo del Prado. Su imagen negativa proviene por su gusto por estar siempre con los criados, algo que su hija Isabel también tendría. Este hecho hacía que su forma de expresarse fuera más propia de un tabernero que de un rey. 

En lo que sí fue prolífico fue en esposas, cuatro, como su antepasado Felipe II, aunque, ciertamente, nada que ver con él. Estas fueron las “elegidas”, todas parientes de él, como también sucedió con Felipe II.

A los 18 años se casó con la primera, María Antonia de Nápoles, por cierto, sobrina de María Antonieta. El matrimonio, que solo duró cuatro años, no se consumó hasta el año por el problema que padecía el rey: tenía los genitales excesivamente grandes. La princesa no fue muy feliz en su matrimonio y esto se sabe por las cartas enviadas a su madre, María Carolina de Austria, quien desde Nápoles guiaba astutamente a su hija, seguramente por las enseñanzas aprendidas de su madre, la gran emperatriz, María Teresa de Austria. 

María Carolina, quien había estado en las negociaciones para casar a su hija con el futuro Fernando VII, movió de manera muy inteligente los hilos por carta y desde Nápoles, animando a su hija a guardarse de Godoy, el valido del rey y conspirar en su contra. Es quizás por esto por lo que murió envenenada. Al fallecer siendo princesa de Asturias y sin tener hijos, fue enterrada en el Panteón de los Infantes del Monasterio de El Escorial. Ha pasado sin pena ni gloria a la historia de España, aunque su vida fue ciertamente interesante.

La siguiente esposa fue María Isabel de Portugal, hija de Juan VI de Portugal y sobrina del que sería su marido. Se casaron siendo Fernando VII ya rey, por tanto, ella sí alcanzó el título de reina consorte, aunque tampoco dio hijos a la corona. La vida de esta pobre infeliz se vio alterada cuando, con diez años, Napoleón invadió Portugal y tuvo que huir a Brasil, país en el que vivió hasta su enlace con el rey español. 

Su vida en Brasil era modesta y la dote que aportó, fue más bien escasa. Llegó a Madrid con ropajes impropios de una futura reina pero llena de dulzura y pasión por la cultura. Fue la principal impulsora de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y tuvo la gran iniciativa, impropia para su época, de fomentar que las mujeres estudiaran ahí. Tuvo una niña que falleció a los cuatro meses y, un año más tarde, un parto que ha pasado a la historia por sus características. Según el escritor, periodista e historiador, Modesto Lafuente, la reina tuvo un síncope debido a los tremendos dolores del parto. Los médicos, creyendo que había muerto, le practicaron una rudimentaria cesárea que la hizo despertar con fuertes gritos, pero la carnicería estaba hecha y la pobre mujer murió desangrada. El bebé, que era una niña, también murió en el parto.

La tercera esposa de Fernando VII fue otra desgraciada que murió también joven y sin hijos. Se quedó huérfana de madre con tres años y fue enviada por su padre, Maximiliano de Sajonia, a vivir a un convento. También era sobrina del rey felón (manías de los Borbones de esa época), ya que su madre, Carolina de Borbón-Parma, era prima del monarca español. 

Una vez prometida, salió del convento en el que había aprendido mucho de poesía y oración y nada sobre los «deberes conyugales». La noche de bodas sufrió un ataque de pánico cuando vio entrar a su marido desnudo en la alcoba. La pobre mujer, que seguramente nunca había visto a un hombre sin ropa, se quedó tan impactada que salió huyendo de la habitación y gritando por todo el palacio. Su cuñada, María Francisca de Braganza, al escuchar los gritos, acudió a consolarla y, de paso, la convenció para que volviera a consumar el matrimonio, cosa que logró… a medias. María Josefa entró de nuevo en la habitación y cuando su marido empezó a tocarla, entró de nuevo en pánico, haciéndose sus necesidades encima y dejando el suelo perdido. Obviamente, el rey desistió de seguir intentándolo, al menos por aquella noche. Un drama.

Es fácil entender cómo se debió de sentir la pobre mujer a quién nadie le había contado nada. Además, tenía 16 años y su marido 36. Era feo, gordo, tosco, en fin, un cuadro. Tal fue la negativa de la reina a acostarse con su marido, que tuvo que intervenir el mismísimo papa, Pío VII escribió a la asustada mujer para convencerla de que era su obligación yacer con su marido porque esa era la única forma para tener descendencia (cosa que, por lo visto, ella no sabía). Además, la convenció de que el acto sexual no solo no era pecado, sino que estaba bendecido por Dios. La reina accedió entonces con la condición de rezar antes del coito. Y Fernando VII no puso objeción alguna a rezar antes del coito.

Una vez consumada la unión no parece que la reina estuviera muy satisfecha ni, mucho menos, se acostumbró a su «deber», hecho que hizo que se retirara largas temporadas lejos de su marido, a la Granja de San Ildefonso y al Palacio de Aranjuez, lugar donde le sobrevino la muerte por unas fiebres. Bien pensado, la pobre se libraba así de una vida que la atormentaba en demasía. Al no haber dado hijos a la corona, está enterrada en el Panteón de los Infantes del Monasterio de El Escorial.

Última esposa de Fernando VII, tiene el dudoso honor de ser la peor de las reinas regentes que tuvo España. Eso sí, cumplió con su deber de dar una heredera a la corona, la futura Isabel II a la que no le hizo ni el más mínimo caso. Era también, y para no perder la costumbre, pariente de su marido. Era la hija de Francisco I de las Dos Sicilias y de María Isabel de Borbón, primos hermanos entre sí. Como puede apreciar el lector, con estos mimbres se hacían aquellos cestos. Hija de primos hermanos y casada con su primo, ¿qué podría salir mal?

Era una mujer culta, educada con exquisitez que, además, tocaba muy bien el piano y que cantaba como una profesional. Pero esa cultura no se la transmitió a su hija, a la que nunca quiso y que se pasó su infancia criándose en las cocinas con los criados, en lugar de con preceptores. De ahí la forma castiza de hablar de la futura Isabel II que apenas recibió educación alguna. 

María Cristina se quedó viuda a los cuatro años de la boda y, como había una heredera, se la nombró reina regente. En realidad, gobernadora del Reino, tal y como había dispuesto en el testamento Fernando VII, algo que las Cortes confirmaron en 1836.

Enseguida contrajo matrimonio con un sargento del que ya estaba enamorada en vida de su esposo, llamado Agustín Fernando Muñoz y Sánchez. Tenía la princesa de Asturias tres años cuando falleció su padre y ahí comenzó el lío. El hermano del fallecido era Carlos María Isidro de Borbón (de ahí proviene el nombre de carlismo) que se negó a aceptar la Pragmática Sanción de 1830, en virtud de la cual, se designaba a Isabel como heredera al trono. Dio entonces comienzo la primera guerra carlista, finalizando en 1839. Los partidarios de Carlos María Isidro llamaban a los de la reina regente «guiristinos» y de ahí proviene la palabra «guiri» que hace referencia a alguien de fuera como lo era la regente.

Su regencia fue un auténtico desastre y ella, más interesada en su vida amorosa, terminó por ceder la regencia a Espartero, marchándose al exilio con su marido. Aunque volvió a Madrid, fue por un breve período de tiempo siendo ya reina su hija. En 1854 se volvió a exiliar a Francia en el período de la revolución y tan solo volvería cuando su nieto Alfonso XII ya era rey, aunque con la condición de no quedarse a vivir. Su hija jamás la quiso y su nieto, menos. Murió en el exilio aunque, como fue madre de una reina, fue enterrada en el Panteón de los Reyes de El Escorial.

 Noticias de Cultura: Última hora de hoy en THE OBJECTIVE

Noticias Similares