Estela Sanchis: todo esto ha empezado muy bien

Dos consideraciones iniciales:

  1. Hace ya años que vengo soñando con que aparezca un Cervantes (o, mucho mejor, una Cervantes) que, como famosamente hiciera aquel con las novelas de caballerías, escriba una autoficción que sea, al mismo tiempo, el non plus ultra del genero, una gloriosa subida al cielo que por otro lado contenga una autoparodia, y a la vez su cancelación necesaria, el punto final. Una novela personal que suponga a un tiempo el punto más alto posible (o al menos concebible) y a la vez el dejar aparcado ese género, siquiera de modo provisional, en un callejón sin salida.
  2. Con toda la modestia del mundo y sin asomo, espero, de petardez, uno defiende (muy discretamente, insisto) una forma creativa de vivir, con pequeñas ceremonias privadas, intervenciones insignificantes por ahí, símbolos totalmente indescifrables que, sin embargo, a mí me divierten y me permiten hacerme la fantasía de que vivo no de forma artística, qué espanto, pero sí de forma consciente, activa, metafórica, tratando de arañar pequeñas virutas de trascendencia.

Pues bien, tras leer Hasta aquí todo va bien, la primera novela de Estela Sanchis (Valencia, 1988), siento, por una parte, que están apareciendo libros que parecen señalar no la llegada a meta pero sí el merodeo de esa autoficción total y definitiva de la que hablaba en el punto 1. Y, por otro, por lo que respecta al punto 2, uno constata que es un verdadero y ridículo aficionado en eso de la exploración metafórica de la realidad o de la inmersión decidida en la psicología social o en los sedimentos urbanos. Yo tenía la ilusión de ser incluso medio perversillo (perversillo, eso sí, de una forma enternecedoramente inocente), pero ya veo no sólo que ando todavía en tercera división, sino que nunca ascenderé de categoría, ya que esas cosas no se aprenden, hay que nacer con ello.

La protagonista de Hasta aquí va todo bien, Estela, tiene una hermana gemela, Irina, y eso le permite interesantísimas reflexiones sobre sus dificultades para estar sola, etcétera. Pero eso llega cuando ya tenemos un buen caudal de información sobre el modo de vivir de la narradora, y sobre su pasado turbulento y su presente más o menos estable, aunque siempre amenazado por las propias pulsiones, los propios instintos, las propias necesidades. La cabra tira al monte, dice la sabiduría popular, y cuando se han cruzado determinadas puertas se hace difícil, por mucho que uno se obligue a ello, incorporarse de verdad a la vida «normal». Es como esos alcohólicos que tomaron su última copa en 1994 y siguen en terapia, pro si acaso, porque se conocen. Estela se ha casado con Jaime, un buen chico que la quiere y la cuida, ha pedido y ha conseguido una residencia artística en la localidad húngara de Zalaegerszeg, va ordenando sus cosas y sus ideas… pero por ahí dentro sigue respirando algo que algunos considerarían bestia y que otros contemplamos como a una mascota peligrosa pero simpática. Lo cual me vale para decir que no estoy en absoluto de acuerdo con quienes están diciendo que uno de los temas de esta novela es el del mal. Y, si se habla del mal, no es el de la protagonista. Cada uno a su modo, sus compañeros de beca, Nicholas y Sarah, seguramente tienen mucho más que decir que ella en ese terreno de lo verdaderamente protervo. Y tampoco son malvados el pelmazo de Gabor (cuyo irritante y ocioso mansplaining recibe un castigo desproporcionado) o la hierática Katja, a la que no se le presta mucha atención pero que es descrita por Sanchis de un modo tan breve como perfecto: «tenía una timidez fría, casi autoritaria».

No puedo desvelar nada sin destrozar la lectura de aquel al que le esté interesando todo esto, pero, dejando a un lado el desazonante asunto de hasta qué punto lo que leemos responde a algo que de verdad vivió su autora (algo sobre lo que parece arrojar alguna inquietante luz la página web de la artista y escritora, es decir, la duda de si esto es de verdad un revenge book a lo bestia o más bien -ojalá- un juego más o menos pactado y previsto entre vídeo-artistas), lo que nos importa es que aquí se desciende bastante en serio a impulsos relativamente oscuros, y se expresan sin tapujos. La necesidad de ser contemplada, la necesidad de ser deseada, la necesidad de controlar la mirada y los sentimientos y las reacciones de los demás es casi lo más acolchado de un libro al que también se trae la necesidad de sentir violencia sobre una misma, o la necesidad de lanzarla contra otros, por desprevenidos que estén. El exhibicionismo y el voyeurismo dejan de ser aquí exactamente complementarios para convertirse en relativamente unidireccionales, y también se reflexiona sobre el allanamiento de espacios, la violación de la intimidad, la descontextualización de nuestros cuerpos, el control sobre los otros o la vulnerabilidad consentida. 

Por lo demás, el libro está muy bien escrito y, aunque hay tal vez demasiadas erratas e imperfecciones (no es muy grave vacilar, queridos correctores de Candaya, entre la importante diferencia entre el «deber» y el «deber de», pero sí, por ejemplo, entre «vaca» y «baca» -ver p. 139- y otros gazapos serios), es puro disfrute: un tema fascinante, excitante y relativamente poco escrito llega articulado en una novela mucho más que notable, sorprendente, original, maliciosa, inteligente, divertida y hasta realmente bonita en varios momentos. Hay algo tierno en esas búsquedas, aunque llegan mucho más lejos que las ingenuidades habituales. Aquí se camina en serio en el filo entre lo aceptable y lo que no, lo legal y lo que no, lo estimulante y lo rechazable, lo sublime y lo no ético. Y me gusta que la novela acabe en lo más alto, sin epílogos suavizantes ni amansamientos. Lo sabemos desde siempre: «si buscas problemas, los encontrarás». Y aquí se buscan a conciencia, con avidez totalmente primitiva en una mano y, en la otra, una libreta de apuntes y observaciones.

Es, de verdad, un gran libro, uno de esos que, sin darte cuenta, acabas leyendo de pie. 

 Dos consideraciones iniciales: Pues bien, tras leer Hasta aquí todo va bien, la primera novela de Estela Sanchis (Valencia, 1988), siento, por una parte, que están  

Dos consideraciones iniciales:

  1. Hace ya años que vengo soñando con que aparezca un Cervantes (o, mucho mejor, una Cervantes) que, como famosamente hiciera aquel con las novelas de caballerías, escriba una autoficción que sea, al mismo tiempo, el non plus ultra del genero, una gloriosa subida al cielo que por otro lado contenga una autoparodia, y a la vez su cancelación necesaria, el punto final. Una novela personal que suponga a un tiempo el punto más alto posible (o al menos concebible) y a la vez el dejar aparcado ese género, siquiera de modo provisional, en un callejón sin salida.
  2. Con toda la modestia del mundo y sin asomo, espero, de petardez, uno defiende (muy discretamente, insisto) una forma creativa de vivir, con pequeñas ceremonias privadas, intervenciones insignificantes por ahí, símbolos totalmente indescifrables que, sin embargo, a mí me divierten y me permiten hacerme la fantasía de que vivo no de forma artística, qué espanto, pero sí de forma consciente, activa, metafórica, tratando de arañar pequeñas virutas de trascendencia.

Pues bien, tras leer Hasta aquí todo va bien, la primera novela de Estela Sanchis (Valencia, 1988), siento, por una parte, que están apareciendo libros que parecen señalar no la llegada a meta pero sí el merodeo de esa autoficción total y definitiva de la que hablaba en el punto 1. Y, por otro, por lo que respecta al punto 2, uno constata que es un verdadero y ridículo aficionado en eso de la exploración metafórica de la realidad o de la inmersión decidida en la psicología social o en los sedimentos urbanos. Yo tenía la ilusión de ser incluso medio perversillo (perversillo, eso sí, de una forma enternecedoramente inocente), pero ya veo no sólo que ando todavía en tercera división, sino que nunca ascenderé de categoría, ya que esas cosas no se aprenden, hay que nacer con ello.

La protagonista de Hasta aquí va todo bien, Estela, tiene una hermana gemela, Irina, y eso le permite interesantísimas reflexiones sobre sus dificultades para estar sola, etcétera. Pero eso llega cuando ya tenemos un buen caudal de información sobre el modo de vivir de la narradora, y sobre su pasado turbulento y su presente más o menos estable, aunque siempre amenazado por las propias pulsiones, los propios instintos, las propias necesidades. La cabra tira al monte, dice la sabiduría popular, y cuando se han cruzado determinadas puertas se hace difícil, por mucho que uno se obligue a ello, incorporarse de verdad a la vida «normal». Es como esos alcohólicos que tomaron su última copa en 1994 y siguen en terapia, pro si acaso, porque se conocen. Estela se ha casado con Jaime, un buen chico que la quiere y la cuida, ha pedido y ha conseguido una residencia artística en la localidad húngara de Zalaegerszeg, va ordenando sus cosas y sus ideas… pero por ahí dentro sigue respirando algo que algunos considerarían bestia y que otros contemplamos como a una mascota peligrosa pero simpática. Lo cual me vale para decir que no estoy en absoluto de acuerdo con quienes están diciendo que uno de los temas de esta novela es el del mal. Y, si se habla del mal, no es el de la protagonista. Cada uno a su modo, sus compañeros de beca, Nicholas y Sarah, seguramente tienen mucho más que decir que ella en ese terreno de lo verdaderamente protervo. Y tampoco son malvados el pelmazo de Gabor (cuyo irritante y ocioso mansplaining recibe un castigo desproporcionado) o la hierática Katja, a la que no se le presta mucha atención pero que es descrita por Sanchis de un modo tan breve como perfecto: «tenía una timidez fría, casi autoritaria».

No puedo desvelar nada sin destrozar la lectura de aquel al que le esté interesando todo esto, pero, dejando a un lado el desazonante asunto de hasta qué punto lo que leemos responde a algo que de verdad vivió su autora (algo sobre lo que parece arrojar alguna inquietante luz la página web de la artista y escritora, es decir, la duda de si esto es de verdad un revenge book a lo bestia o más bien -ojalá- un juego más o menos pactado y previsto entre vídeo-artistas), lo que nos importa es que aquí se desciende bastante en serio a impulsos relativamente oscuros, y se expresan sin tapujos. La necesidad de ser contemplada, la necesidad de ser deseada, la necesidad de controlar la mirada y los sentimientos y las reacciones de los demás es casi lo más acolchado de un libro al que también se trae la necesidad de sentir violencia sobre una misma, o la necesidad de lanzarla contra otros, por desprevenidos que estén. El exhibicionismo y el voyeurismo dejan de ser aquí exactamente complementarios para convertirse en relativamente unidireccionales, y también se reflexiona sobre el allanamiento de espacios, la violación de la intimidad, la descontextualización de nuestros cuerpos, el control sobre los otros o la vulnerabilidad consentida. 

Por lo demás, el libro está muy bien escrito y, aunque hay tal vez demasiadas erratas e imperfecciones (no es muy grave vacilar, queridos correctores de Candaya, entre la importante diferencia entre el «deber» y el «deber de», pero sí, por ejemplo, entre «vaca» y «baca» -ver p. 139- y otros gazapos serios), es puro disfrute: un tema fascinante, excitante y relativamente poco escrito llega articulado en una novela mucho más que notable, sorprendente, original, maliciosa, inteligente, divertida y hasta realmente bonita en varios momentos. Hay algo tierno en esas búsquedas, aunque llegan mucho más lejos que las ingenuidades habituales. Aquí se camina en serio en el filo entre lo aceptable y lo que no, lo legal y lo que no, lo estimulante y lo rechazable, lo sublime y lo no ético. Y me gusta que la novela acabe en lo más alto, sin epílogos suavizantes ni amansamientos. Lo sabemos desde siempre: «si buscas problemas, los encontrarás». Y aquí se buscan a conciencia, con avidez totalmente primitiva en una mano y, en la otra, una libreta de apuntes y observaciones.

Es, de verdad, un gran libro, uno de esos que, sin darte cuenta, acabas leyendo de pie. 

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