Espionaje de EEUU a Franco para la Transición

Esta semana hemos sabido por una exclusiva de THE OBJECTIVE que los servicios de inteligencia españoles dan por confirmado que Marruecos infectó el móvil de Pedro Sánchez con el software espía Pegasus durante su viaje a Ceuta y Melilla el 18 de mayo de 2021, en plena crisis migratoria provocada por la entrada masiva de más de 10.000 personas en Ceuta. El robo de datos se produjo el 19 de mayo, un día después de la infección. No sé, pero quizá esto explica el cambio de política hacia el Sahara, que Marlaska desmantelara el cuerpo de choque de la Guardia Civil contra el narcotráfico en el Estrecho y la permisividad con la inmigración ilegal.

Evidentemente, no es la primera vez que el espionaje condiciona la política española. Es interesante, por ejemplo, el papel que cumplieron los espías estadounidenses en la España de Franco, que sirvió para la estabilidad de nuestro país y la integración en el orden internacional. Durante el periodo de 1969 a 1975, las Administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford, con Henry Kissinger al fondo, diseñaron una política que combinaba su deseo de mantenimiento de las bases militares en España (Rota, Torrejón, Zaragoza y Morón) con el control de la transición política en España. 

La gran incógnita para Washington en el tardofranquismo no era la supervivencia del dictador, sino el diseño del día después de su muerte. En este escenario, la figura del general Vernon Walters, director adjunto de la CIA, emerge como el observador más crítico y confiable de la Casa Blanca. Walters hablaba perfectamente español, había servido como intérprete para Eisenhower en 1959 y conocía profundamente las estructuras del poder franquista.

En febrero de 1971, Nixon envió a Walters en una misión secreta a Madrid con un objetivo doble: evaluar la salud real del dictador y sondear si Franco estaba dispuesto a coronar a don Juan Carlos en vida para supervisar personalmente la transición. El 24 de febrero de 1971, Walters se entrevistó con Franco. Vio a un hombre muy viejo y débil, pero con las ideas claras. En este encuentro, Franco le aseguró que la sucesión sería en orden y que las Fuerzas Armadas no permitirían jamás que las cosas se les fuesen de las manos.

La trascendencia de los informes de Walters fue absoluta: confirmó a Washington que el estamento militar, representado por figuras como el teniente general Manuel Díez Alegría, apoyaba unánimemente la solución monárquica, lo que permitió a Estados Unidos apostar con decisión por Juan Carlos como el instrumento de estabilidad necesario.

La labor de Walters se complementaba con una sofisticada red de análisis generada por el Consejo de Seguridad Nacional (NSC, por sus siglas en inglés) y la CIA. Documentos estratégicos como el National Security Study Memorandum (NSSM) 46 y el National Security Decision Memorandum (NSDM) 43 demuestran que la Administración Nixon no dejaba nada al azar. Estos informes analizaban las familias del régimen franquista, dividiéndolas entre los inmovilistas del búnker y los tecnócratas aperturistas vinculados al Opus Dei, como Laureano López Rodó y Gregorio López Bravo.

Un aspecto fundamental de este espionaje era la vigilancia minuciosa sobre la salud de Franco. A través de fuentes en el entorno médico, la embajada estadounidense, bajo la dirección de sus embajadores, primero Robert C. Hill y posteriormente Horacio Rivero, recibía informes detallados sobre los episodios de arterioesclerosis y la situación mental del dictador. Esta información permitía a Washington calibrar el momento exacto para intensificar sus contactos con la oposición aceptable, desde Fraga hasta el PSOE, asegurando que la alternativa al franquismo fuera moderada y prooccidental; es decir, que se alejara del bloque soviético. Recordemos que se vivía en plena Guerra Fría.

Un episodio muy interesante y controvertido es el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco en diciembre de 1973, justamente en uno de los momentos de mayor actividad de la inteligencia estadounidense. Aunque teorías de la conspiración han sugerido la implicación de la CIA, la evidencia documental indica que el atentado fue una sorpresa genuina y desagradable para Washington. Henry Kissinger se había reunido con Carrero apenas unas horas antes de su muerte y los informes internos del Consejo de Seguridad Nacional describen la pérdida como un factor de inestabilidad peligrosa que obligó a una vigilancia aún más estrecha de las Fuerzas Armadas ante el riesgo de una reacción involucionista. Es decir: el atentado terrorista, lejos de quitar de en medio a un individuo molesto para EEUU como era Carrero Blanco, fue un elemento de preocupación porque alimentó los deseos de represión que, de haberse efectuado, podrían haber truncado la transición a la democracia. No olvidemos tampoco que Carrero Blanco hubiera obedecido fielmente el dictado de Juan Carlos de Borbón, aunque solo fuera por cumplir con la promesa dada por él personalmente a Franco.

La inteligencia estadounidense también vigiló con preocupación la Revolución de los Claveles en Portugal en 1974. Figuras como William Colby, director de la CIA, y el propio Kissinger temían un «contagio comunista» en España a través del Partido Comunista de España y Comisiones Obreras de Marcelino Camacho. Esta preocupación llevó a la Administración de Gerald Ford a intensificar el cultivo de líderes socialistas moderados como Felipe González, a quien identificaron como una barrera necesaria frente al radicalismo. Fue así que el PSOE se convirtió en la niña bonita no solo de las democracias europeas, sino de Estados Unidos y, por extensión, de los reformistas del franquismo como Manuel Fraga.

Durante la crisis del Sahara Occidental en 1975, el espionaje estadounidense desempeñó un papel dual. La CIA informó puntualmente sobre los planes de Hasán II de invadir el territorio semanas antes de que ocurriera la Marcha Verde, permitiendo a Washington coordinar una inacción calculada en la ONU que favoreció las tesis marroquíes. Aunque públicamente EEUU mantenía una neutralidad estricta, sus informes internos revelan que consideraban inviable un Sahara independiente bajo influencia argelina, lo que les llevó a un apoyo privado limitado a las pretensiones marroquíes para evitar un vacío de poder que afectara a la transición española.

El 3 de octubre de 1975, semanas antes de que la Marcha Verde cruzara la frontera, William Colby informó formalmente a Henry Kissinger sobre los planes definitivos de Hasán II. La inteligencia norteamericana había determinado que el monarca alauita estaba decidido a invadir el Sahara español en un plazo máximo de tres semanas, manejando incluso el martes 7 de octubre (fin del Ramadán) como fecha probable. Este informe no solo contenía el cuándo, sino también un análisis de escenarios sobre cómo se desarrollaría la invasión marroquí del territorio español, lo que otorgó a la administración Ford una ventaja estratégica para coordinar su respuesta.

A pesar de poseer esta información precisa, Washington optó por una política de neutralidad que en la práctica fue una herramienta de protección para Marruecos. La trascendencia de esta postura se manifiesta en varios ejes. El primero era impedir que un Sahara independiente cayera bajo la influencia de Argelia y, por extensión, de la URSS. El segundo era la salvaguarda de los intereses en España para mantener el acceso de EEUU a las bases militares. Por ello, mientras la CIA confirmaba los planes de invasión, Kissinger desmentía tajantemente ante el ministro español de Exteriores Pedro Cortina cualquier acercamiento a las tesis marroquíes.

La inacción de Estados Unidos fue especialmente determinante en el seno de las Naciones Unidas. Aunque la Asamblea de la ONU condenó la invasión e instó al repliegue marroquí, la falta de una protesta oficial y la pasividad de EEUU y de Francia permitieron que Hassán II desoyera las resoluciones internacionales. Esta estrategia permitió que Marruecos se acogiera a la política de hechos consumados sin enfrentar consecuencias bélicas o sanciones internacionales, gracias al proteccionismo ejercido por Washington.

La inteligencia estadounidense comprendió que la agonía de Franco dejaba al Gobierno español en una posición de extrema debilidad. EEUU utilizó la crisis del Sahara para presionar a favor de una «salida ordenada» que no empañara la imagen del futuro rey Juan Carlos I ni pusiera en peligro la estabilidad del proceso de transición hacia una democracia integrada en el bloque occidental y la OTAN.

En este tablero, la figura de Juan Carlos I resultó crucial. Washington identificó al futuro monarca como el garante de que España permaneciera en la órbita liberal-occidental. El apoyo tácito a la invasión marroquí se entiende como un quid pro quo estratégico: a cambio de la entrega del Sahara, se especula que España obtuvo salvaguardas sobre la integridad territorial de Canarias, Ceuta y Melilla, así como un camino facilitado hacia la OTAN y la integración europea.

En los días finales de la agonía de Franco, el embajador Wells Stabler mantuvo una comunicación constante con don Juan Carlos, quien le informaba sobre los infartos del dictador y las maniobras del búnker, de los reformistas y de la oposición. Esta cercanía permitió a Washington coordinar la presencia del vicepresidente Nelson Rockefeller en el funeral de Franco para dar una muestra internacional del apoyo al nuevo reinado.

A diferencia del espionaje de Marruecos sobre España, y más allá de los atentados del 11-M, la actividad de los servicios de inteligencia de EEUU en nuestro país no fue para desestabilizar, sino para ayudar en la transición ordenada a la democracia teniendo como protagonista a Juan Carlos de Borbón. La inteligencia estadounidense actuó como un ingeniero de la estabilidad, asegurando que el cambio de régimen fuera una reforma y no una ruptura que pudiera haber alterado el equilibrio de la Guerra Fría. Gracias a esta vigilancia, Washington pudo garantizar la continuidad de sus intereses militares y el anclaje definitivo de España en el bloque occidental a través del Tratado de Amistad y Cooperación de 1976.

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 Esta semana hemos sabido por una exclusiva de THE OBJECTIVE que los servicios de inteligencia españoles dan por confirmado que Marruecos infectó el móvil de Pedro  

Esta semana hemos sabido por una exclusiva de THE OBJECTIVE que los servicios de inteligencia españoles dan por confirmado que Marruecos infectó el móvil de Pedro Sánchez con el software espía Pegasus durante su viaje a Ceuta y Melilla el 18 de mayo de 2021, en plena crisis migratoria provocada por la entrada masiva de más de 10.000 personas en Ceuta. El robo de datos se produjo el 19 de mayo, un día después de la infección. No sé, pero quizá esto explica el cambio de política hacia el Sahara, que Marlaska desmantelara el cuerpo de choque de la Guardia Civil contra el narcotráfico en el Estrecho y la permisividad con la inmigración ilegal.

Evidentemente, no es la primera vez que el espionaje condiciona la política española. Es interesante, por ejemplo, el papel que cumplieron los espías estadounidenses en la España de Franco, que sirvió para la estabilidad de nuestro país y la integración en el orden internacional. Durante el periodo de 1969 a 1975, las Administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford, con Henry Kissinger al fondo, diseñaron una política que combinaba su deseo de mantenimiento de las bases militares en España (Rota, Torrejón, Zaragoza y Morón) con el control de la transición política en España. 

La gran incógnita para Washington en el tardofranquismo no era la supervivencia del dictador, sino el diseño del día después de su muerte. En este escenario, la figura del general Vernon Walters, director adjunto de la CIA, emerge como el observador más crítico y confiable de la Casa Blanca. Walters hablaba perfectamente español, había servido como intérprete para Eisenhower en 1959 y conocía profundamente las estructuras del poder franquista.

En febrero de 1971, Nixon envió a Walters en una misión secreta a Madrid con un objetivo doble: evaluar la salud real del dictador y sondear si Franco estaba dispuesto a coronar a don Juan Carlos en vida para supervisar personalmente la transición. El 24 de febrero de 1971, Walters se entrevistó con Franco. Vio a un hombre muy viejo y débil, pero con las ideas claras. En este encuentro, Franco le aseguró que la sucesión sería en orden y que las Fuerzas Armadas no permitirían jamás que las cosas se les fuesen de las manos.

La trascendencia de los informes de Walters fue absoluta: confirmó a Washington que el estamento militar, representado por figuras como el teniente general Manuel Díez Alegría, apoyaba unánimemente la solución monárquica, lo que permitió a Estados Unidos apostar con decisión por Juan Carlos como el instrumento de estabilidad necesario.

La labor de Walters se complementaba con una sofisticada red de análisis generada por el Consejo de Seguridad Nacional (NSC, por sus siglas en inglés) y la CIA. Documentos estratégicos como el National Security Study Memorandum (NSSM) 46 y el National Security Decision Memorandum (NSDM) 43 demuestran que la Administración Nixon no dejaba nada al azar. Estos informes analizaban las familias del régimen franquista, dividiéndolas entre los inmovilistas del búnker y los tecnócratas aperturistas vinculados al Opus Dei, como Laureano López Rodó y Gregorio López Bravo.

Un aspecto fundamental de este espionaje era la vigilancia minuciosa sobre la salud de Franco. A través de fuentes en el entorno médico, la embajada estadounidense, bajo la dirección de sus embajadores, primero Robert C. Hill y posteriormente Horacio Rivero, recibía informes detallados sobre los episodios de arterioesclerosis y la situación mental del dictador. Esta información permitía a Washington calibrar el momento exacto para intensificar sus contactos con la oposición aceptable, desde Fraga hasta el PSOE, asegurando que la alternativa al franquismo fuera moderada y prooccidental; es decir, que se alejara del bloque soviético. Recordemos que se vivía en plena Guerra Fría.

Un episodio muy interesante y controvertido es el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco en diciembre de 1973, justamente en uno de los momentos de mayor actividad de la inteligencia estadounidense. Aunque teorías de la conspiración han sugerido la implicación de la CIA, la evidencia documental indica que el atentado fue una sorpresa genuina y desagradable para Washington. Henry Kissinger se había reunido con Carrero apenas unas horas antes de su muerte y los informes internos del Consejo de Seguridad Nacional describen la pérdida como un factor de inestabilidad peligrosa que obligó a una vigilancia aún más estrecha de las Fuerzas Armadas ante el riesgo de una reacción involucionista. Es decir: el atentado terrorista, lejos de quitar de en medio a un individuo molesto para EEUU como era Carrero Blanco, fue un elemento de preocupación porque alimentó los deseos de represión que, de haberse efectuado, podrían haber truncado la transición a la democracia. No olvidemos tampoco que Carrero Blanco hubiera obedecido fielmente el dictado de Juan Carlos de Borbón, aunque solo fuera por cumplir con la promesa dada por él personalmente a Franco.

La inteligencia estadounidense también vigiló con preocupación la Revolución de los Claveles en Portugal en 1974. Figuras como William Colby, director de la CIA, y el propio Kissinger temían un «contagio comunista» en España a través del Partido Comunista de España y Comisiones Obreras de Marcelino Camacho. Esta preocupación llevó a la Administración de Gerald Ford a intensificar el cultivo de líderes socialistas moderados como Felipe González, a quien identificaron como una barrera necesaria frente al radicalismo. Fue así que el PSOE se convirtió en la niña bonita no solo de las democracias europeas, sino de Estados Unidos y, por extensión, de los reformistas del franquismo como Manuel Fraga.

Durante la crisis del Sahara Occidental en 1975, el espionaje estadounidense desempeñó un papel dual. La CIA informó puntualmente sobre los planes de Hasán II de invadir el territorio semanas antes de que ocurriera la Marcha Verde, permitiendo a Washington coordinar una inacción calculada en la ONU que favoreció las tesis marroquíes. Aunque públicamente EEUU mantenía una neutralidad estricta, sus informes internos revelan que consideraban inviable un Sahara independiente bajo influencia argelina, lo que les llevó a un apoyo privado limitado a las pretensiones marroquíes para evitar un vacío de poder que afectara a la transición española.

El 3 de octubre de 1975, semanas antes de que la Marcha Verde cruzara la frontera, William Colby informó formalmente a Henry Kissinger sobre los planes definitivos de Hasán II. La inteligencia norteamericana había determinado que el monarca alauita estaba decidido a invadir el Sahara español en un plazo máximo de tres semanas, manejando incluso el martes 7 de octubre (fin del Ramadán) como fecha probable. Este informe no solo contenía el cuándo, sino también un análisis de escenarios sobre cómo se desarrollaría la invasión marroquí del territorio español, lo que otorgó a la administración Ford una ventaja estratégica para coordinar su respuesta.

A pesar de poseer esta información precisa, Washington optó por una política de neutralidad que en la práctica fue una herramienta de protección para Marruecos. La trascendencia de esta postura se manifiesta en varios ejes. El primero era impedir que un Sahara independiente cayera bajo la influencia de Argelia y, por extensión, de la URSS. El segundo era la salvaguarda de los intereses en España para mantener el acceso de EEUU a las bases militares. Por ello, mientras la CIA confirmaba los planes de invasión, Kissinger desmentía tajantemente ante el ministro español de Exteriores Pedro Cortina cualquier acercamiento a las tesis marroquíes.

La inacción de Estados Unidos fue especialmente determinante en el seno de las Naciones Unidas. Aunque la Asamblea de la ONU condenó la invasión e instó al repliegue marroquí, la falta de una protesta oficial y la pasividad de EEUU y de Francia permitieron que Hassán II desoyera las resoluciones internacionales. Esta estrategia permitió que Marruecos se acogiera a la política de hechos consumados sin enfrentar consecuencias bélicas o sanciones internacionales, gracias al proteccionismo ejercido por Washington.

La inteligencia estadounidense comprendió que la agonía de Franco dejaba al Gobierno español en una posición de extrema debilidad. EEUU utilizó la crisis del Sahara para presionar a favor de una «salida ordenada» que no empañara la imagen del futuro rey Juan Carlos I ni pusiera en peligro la estabilidad del proceso de transición hacia una democracia integrada en el bloque occidental y la OTAN.

En este tablero, la figura de Juan Carlos I resultó crucial. Washington identificó al futuro monarca como el garante de que España permaneciera en la órbita liberal-occidental. El apoyo tácito a la invasión marroquí se entiende como un quid pro quo estratégico: a cambio de la entrega del Sahara, se especula que España obtuvo salvaguardas sobre la integridad territorial de Canarias, Ceuta y Melilla, así como un camino facilitado hacia la OTAN y la integración europea.

En los días finales de la agonía de Franco, el embajador Wells Stabler mantuvo una comunicación constante con don Juan Carlos, quien le informaba sobre los infartos del dictador y las maniobras del búnker, de los reformistas y de la oposición. Esta cercanía permitió a Washington coordinar la presencia del vicepresidente Nelson Rockefeller en el funeral de Franco para dar una muestra internacional del apoyo al nuevo reinado.

A diferencia del espionaje de Marruecos sobre España, y más allá de los atentados del 11-M, la actividad de los servicios de inteligencia de EEUU en nuestro país no fue para desestabilizar, sino para ayudar en la transición ordenada a la democracia teniendo como protagonista a Juan Carlos de Borbón. La inteligencia estadounidense actuó como un ingeniero de la estabilidad, asegurando que el cambio de régimen fuera una reforma y no una ruptura que pudiera haber alterado el equilibrio de la Guerra Fría. Gracias a esta vigilancia, Washington pudo garantizar la continuidad de sus intereses militares y el anclaje definitivo de España en el bloque occidental a través del Tratado de Amistad y Cooperación de 1976.

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