Todos los palacios romanos fueron víctimas del pillaje durante el Saco de Roma de 1527, como relatamos la semana pasada en esta sección de Historias de la Historia. Todos menos uno, el Palazzo Colonna, hogar de una de las familias de más prosapia de la Ciudad Eterna. Los Colonna era una estirpe antiquísima, decían descender de dos familias romanas, la Gens Julia, a la que pertenecía Julio César, y la Gens Romilia, descendiente de Rómulo y, por tanto, de Eneas, el héroe troyano hijo de la diosa Afrodita.
Pero no fue por esa secular nobleza por lo que fue respetada la casa de los Colonna, sino porque eran la cabeza reconocida de lo que se llamaba «el partido español» de Roma. Eran los cardenales Colonna quienes, cuando se elegía un nuevo Papa, apoyaban en el cónclave al candidato del rey de España, quienes defendían los intereses españoles en el marco de la política de la Iglesia. Por eso, en cuanto las tropas imperiales saltaron las murallas de Roma, don Alfonso de Ávalos, jefe del contingente español, había enviado a un destacamento a proteger el Palazzo Colonna. A diferencia de los alemanes, los soldados españoles mantenían la disciplina, aunque participasen eficazmente en el pillaje, y protegieron con celo uno de los más importantes palacios romanos, donde había vivido varios papas.
Dos días después llegó a Roma el cardenal Pompeo Colonna, que había tenido que huir por ser pro español, pero no se limitó a recuperar su palacio, venía con sed de venganza. Las tropas del Papa habían saqueado sus tierras un año antes, y ahora Pompeo Colonna traía consigo a sus campesinos, que también se entregaron al saqueo de la ciudad papal juntos a los soldados alemanes o españoles.
Gracias a la protección española, el Palazzo Colonna salvó los frescos que había pintado Pinturicchio en la época en que lo habitó el Papa Julio II, y pudo continuar su andadura histórica que lo convertiría en uno de los más bellos de Roma. Su famosa Galleria es una cumbre del barroco, pero en medio de las obras de arte que forman una de las tres grandes colecciones privadas de Roma, hay una extravagancia. Encastrada en un peldaño de la escalinata de mármol que lleva a la Sala Grande hay una bala de cañón.
Es un recuerdo de uno de los muchos pasajes trágicos de la Historia de Roma, el asedio y bombardeo francés de 1849. Un año antes, Europa entera se había visto conmocionada por la Revolución de 1848. Francia, Austria, muchos estados de Alemania y de Italia fueron estremecidos por movimientos insurreccionales que en unos sitios triunfaron y en otros fracasaron. En Francia se proclamó la II República, y en Roma el Papa Pío IX tuvo que huir disfrazado de fraile en la carroza de la esposa del embajador austriaco.
En España el general Narváez, que tenía el poder durante la llamada Década Moderada, logró aplastar en el embrión los conatos revolucionarios. Pero no contento con eso, Narváez, con el entusiasta apoyo de la muy beata reina Isabel II, decidió contraatacar a la Revolución y acudir en socorro del Papa destronado. España propuso una alianza con las otras potencias católicas, Austria, Francia y el Reino de las Dos Sicilias, para reponer a Pío IX como Papa-rey de Roma.
Poner y quitar al Papa-Rey
A finales de mayo de 1849, el grueso de la Marina de Guerra española transportó un cuerpo expedicionario de 8.500 soldados que, tras ser bendecidos por Pío IX en Gaeta, donde se había refugiado, desembarcaron en fuerza en Terracina y emprendieron la marcha hacia Roma. La operación anfibia fue un éxito, pero Terracina estaba a 100 kilómetros de Roma, y los franceses se les adelantaron. Con un ejército mucho mayor, 30.000 hombres, desembarcados más cerca de Roma, en Civitavecchia, y en la noche del 2 al 3 de junio comenzaron el asalto de Roma.
Era una de esas paradojas en las que parece complacerse la Historia, los soldados que atacaron a la República Romana eran enviados por la República Francesa. Pero es que en París habían elegido presidente a un sobrino de Napoleón, el príncipe Luis Napoleón Bonaparte, que pronto daría un golpe de Estado para convertirse en emperador Napoleón III, y además había mayoría de derechas en el parlamento. El jefe de la expedición francesa, el general Oudinot, intentaría evitar el combate haciéndose pasar por amigo del pueblo romano, decía venir a defender su libertad, pero los republicanos no se dejaron engañar y le exigieron que reembarcase sus tropas y se fuese.
A Oudinot le quedaba el recurso de la fuerza, y la utilizó sin remilgos. Los ejércitos regulares habían aprendido que en la lucha callejera, en las barricadas, los voluntarios revolucionarios valían tanto o más que los soldados regulares, de manera que Oudinot no estaba dispuesto a conquistar Roma calle por calle, sino que utilizó el bombardeo masivo por artillería. Empezó el 13 de junio y mantuvo el bombardeo una semana, lo que le permitió romper la primera línea de defensa y meterse en la ciudad. Requirió la rendición de los republicanos, que se negaron, y reanudó el bombardeo con más virulencia, hasta que los republicanos tiraron la toalla. La memoria de aquel castigo de fuego, que supondría la vuelta del Papa-rey Pío IX, es la bomba de la Galleria Colonna.
Para que Pío IX recuperase su trono hubo que asaltar Roma, pero la Historia se tomaría su revancha, y otro asalto a Roma de un ejército invasor destronaría definitivamente al Papa-rey. En 1861 se había alcanzado prácticamente la unidad de Italia bajo la dinastía piamontesa de los Saboya, únicamente faltaba integrar a Roma y el Lazio, pues la mayor parte de los Estados Pontificios ya se había anexionado al recién constituido Reino de Italia. El Parlamento italiano incluso declaró a Roma capital de Italia, aunque en la práctica estaba en manos de un ejército francés, que Napoleón III había dejado para sostener al Papa con sus bayonetas.
Sin embargo, en 1870 estalló la Guerra Franco-prusiana, y Francia necesitaba de todas sus fuerzas para enfrentarse a la potencia emergente que era Alemania. En cuanto el ejército francés dejó Roma para acudir a la defensa de Francia, los italianos vieron la oportunidad de completar la unidad de la Península con la última pieza del puzle.
Un ejército italiano de 50.000 hombres llegó el 19 de septiembre de 1870 ante la Muralla Aureliana, una imponente obra del siglo III que defendía Roma, aunque ya hemos visto que había sido inútil en repetidas ocasiones. El rey de Italia Víctor Manuel II intentó evitar el conflicto con una oferta a Pío IX. Debía aceptar la entrada en Roma del ejército italiano con la excusa de que iban a proteger al Papa, y los italianos respetarían la soberanía papal en la llamada Ciudad Leonina, un territorio mayor que el actual Estado del Vaticano.
Pío IX era ya muy mayor, tenía 78 años y llevaba un cuarto de siglo siendo Papa —su pontificado de casi 32 años sería el más largo de la Historia—. No tenía ánimos para sostener una guerra, pero tampoco quería terminar su papado con un descarado chanchullo. Rechazó el contubernio que le ofrecía el rey de Italia, pero ordenó a su ejército que ofreciese una resistencia simbólica, solo lo mínimo para salvar el honor.
El 20 de septiembre los cañones italianos comenzaron a tronar, aunque no tuvo nada que ver con el bombardeo francés de 1849. Solamente duró tres horas, y no fue sobre la ciudad, sino que se concentró en la Muralla Aureliana, para abrir una brecha en Porta Pía. Por allí entraron al asalto los bersaglieri, la tropa de elite del ejército italiano, que tuvo 49 bajas mortales, mientras que el pontificio perdió 19 hombres. Después de casi dos milenios, el Papa dejó de ser el rey de Roma.
Todos los palacios romanos fueron víctimas del pillaje durante el Saco de Roma de 1527, como relatamos la semana pasada en esta sección de Historias de
Todos los palacios romanos fueron víctimas del pillaje durante el Saco de Roma de 1527, como relatamos la semana pasada en esta sección de Historias de la Historia. Todos menos uno, el Palazzo Colonna, hogar de una de las familias de más prosapia de la Ciudad Eterna. Los Colonna era una estirpe antiquísima, decían descender de dos familias romanas, la Gens Julia, a la que pertenecía Julio César, y la Gens Romilia, descendiente de Rómulo y, por tanto, de Eneas, el héroe troyano hijo de la diosa Afrodita.
Pero no fue por esa secular nobleza por lo que fue respetada la casa de los Colonna, sino porque eran la cabeza reconocida de lo que se llamaba «el partido español» de Roma. Eran los cardenales Colonna quienes, cuando se elegía un nuevo Papa, apoyaban en el cónclave al candidato del rey de España, quienes defendían los intereses españoles en el marco de la política de la Iglesia. Por eso, en cuanto las tropas imperiales saltaron las murallas de Roma, don Alfonso de Ávalos, jefe del contingente español, había enviado a un destacamento a proteger el Palazzo Colonna. A diferencia de los alemanes, los soldados españoles mantenían la disciplina, aunque participasen eficazmente en el pillaje, y protegieron con celo uno de los más importantes palacios romanos, donde había vivido varios papas.
Dos días después llegó a Roma el cardenal Pompeo Colonna, que había tenido que huir por ser pro español, pero no se limitó a recuperar su palacio, venía con sed de venganza. Las tropas del Papa habían saqueado sus tierras un año antes, y ahora Pompeo Colonna traía consigo a sus campesinos, que también se entregaron al saqueo de la ciudad papal juntos a los soldados alemanes o españoles.
Gracias a la protección española, el Palazzo Colonna salvó los frescos que había pintado Pinturicchio en la época en que lo habitó el Papa Julio II, y pudo continuar su andadura histórica que lo convertiría en uno de los más bellos de Roma. Su famosa Galleria es una cumbre del barroco, pero en medio de las obras de arte que forman una de las tres grandes colecciones privadas de Roma, hay una extravagancia. Encastrada en un peldaño de la escalinata de mármol que lleva a la Sala Grande hay una bala de cañón.
Es un recuerdo de uno de los muchos pasajes trágicos de la Historia de Roma, el asedio y bombardeo francés de 1849. Un año antes, Europa entera se había visto conmocionada por la Revolución de 1848. Francia, Austria, muchos estados de Alemania y de Italia fueron estremecidos por movimientos insurreccionales que en unos sitios triunfaron y en otros fracasaron. En Francia se proclamó la II República, y en Roma el Papa Pío IX tuvo que huir disfrazado de fraile en la carroza de la esposa del embajador austriaco.
En España el general Narváez, que tenía el poder durante la llamada Década Moderada, logró aplastar en el embrión los conatos revolucionarios. Pero no contento con eso, Narváez, con el entusiasta apoyo de la muy beata reina Isabel II, decidió contraatacar a la Revolución y acudir en socorro del Papa destronado. España propuso una alianza con las otras potencias católicas, Austria, Francia y el Reino de las Dos Sicilias, para reponer a Pío IX como Papa-rey de Roma.
A finales de mayo de 1849, el grueso de la Marina de Guerra española transportó un cuerpo expedicionario de 8.500 soldados que, tras ser bendecidos por Pío IX en Gaeta, donde se había refugiado, desembarcaron en fuerza en Terracina y emprendieron la marcha hacia Roma. La operación anfibia fue un éxito, pero Terracina estaba a 100 kilómetros de Roma, y los franceses se les adelantaron. Con un ejército mucho mayor, 30.000 hombres, desembarcados más cerca de Roma, en Civitavecchia, y en la noche del 2 al 3 de junio comenzaron el asalto de Roma.
Era una de esas paradojas en las que parece complacerse la Historia, los soldados que atacaron a la República Romana eran enviados por la República Francesa. Pero es que en París habían elegido presidente a un sobrino de Napoleón, el príncipe Luis Napoleón Bonaparte, que pronto daría un golpe de Estado para convertirse en emperador Napoleón III, y además había mayoría de derechas en el parlamento. El jefe de la expedición francesa, el general Oudinot, intentaría evitar el combate haciéndose pasar por amigo del pueblo romano, decía venir a defender su libertad, pero los republicanos no se dejaron engañar y le exigieron que reembarcase sus tropas y se fuese.
A Oudinot le quedaba el recurso de la fuerza, y la utilizó sin remilgos. Los ejércitos regulares habían aprendido que en la lucha callejera, en las barricadas, los voluntarios revolucionarios valían tanto o más que los soldados regulares, de manera que Oudinot no estaba dispuesto a conquistar Roma calle por calle, sino que utilizó el bombardeo masivo por artillería. Empezó el 13 de junio y mantuvo el bombardeo una semana, lo que le permitió romper la primera línea de defensa y meterse en la ciudad. Requirió la rendición de los republicanos, que se negaron, y reanudó el bombardeo con más virulencia, hasta que los republicanos tiraron la toalla. La memoria de aquel castigo de fuego, que supondría la vuelta del Papa-rey Pío IX, es la bomba de la Galleria Colonna.
Para que Pío IX recuperase su trono hubo que asaltar Roma, pero la Historia se tomaría su revancha, y otro asalto a Roma de un ejército invasor destronaría definitivamente al Papa-rey. En 1861 se había alcanzado prácticamente la unidad de Italia bajo la dinastía piamontesa de los Saboya, únicamente faltaba integrar a Roma y el Lazio, pues la mayor parte de los Estados Pontificios ya se había anexionado al recién constituido Reino de Italia. El Parlamento italiano incluso declaró a Roma capital de Italia, aunque en la práctica estaba en manos de un ejército francés, que Napoleón III había dejado para sostener al Papa con sus bayonetas.
Sin embargo, en 1870 estalló la Guerra Franco-prusiana, y Francia necesitaba de todas sus fuerzas para enfrentarse a la potencia emergente que era Alemania. En cuanto el ejército francés dejó Roma para acudir a la defensa de Francia, los italianos vieron la oportunidad de completar la unidad de la Península con la última pieza del puzle.
Un ejército italiano de 50.000 hombres llegó el 19 de septiembre de 1870 ante la Muralla Aureliana, una imponente obra del siglo III que defendía Roma, aunque ya hemos visto que había sido inútil en repetidas ocasiones. El rey de Italia Víctor Manuel II intentó evitar el conflicto con una oferta a Pío IX. Debía aceptar la entrada en Roma del ejército italiano con la excusa de que iban a proteger al Papa, y los italianos respetarían la soberanía papal en la llamada Ciudad Leonina, un territorio mayor que el actual Estado del Vaticano.
Pío IX era ya muy mayor, tenía 78 años y llevaba un cuarto de siglo siendo Papa —su pontificado de casi 32 años sería el más largo de la Historia—. No tenía ánimos para sostener una guerra, pero tampoco quería terminar su papado con un descarado chanchullo. Rechazó el contubernio que le ofrecía el rey de Italia, pero ordenó a su ejército que ofreciese una resistencia simbólica, solo lo mínimo para salvar el honor.
El 20 de septiembre los cañones italianos comenzaron a tronar, aunque no tuvo nada que ver con el bombardeo francés de 1849. Solamente duró tres horas, y no fue sobre la ciudad, sino que se concentró en la Muralla Aureliana, para abrir una brecha en Porta Pía. Por allí entraron al asalto los bersaglieri, la tropa de elite del ejército italiano, que tuvo 49 bajas mortales, mientras que el pontificio perdió 19 hombres. Después de casi dos milenios, el Papa dejó de ser el rey de Roma.
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