Durante ocho siglos Roma había sido inexpugnable. Ni el cartaginés Aníbal, que con sus elefantes había cruzado los Alpes y conquistado media Italia, ni el huno Atila, «el Azote de Dios», que había llegado a las mismas puertas de Roma, habían logrado entrar en «la Urbe», que decían orgullosamente los romanos, como si no hubiese más ciudad en el mundo.
Sin embargos los tiempos de gloria, cuando lograron que imperase en el mundo la Pax Romana, habían pasado. El Imperio Romano, enfermo de su propio gigantismo, se había tenido que dividir en Imperio de Oriente, con capital en Constantinopla, e Imperio de Occidente, que ya ni siquiera tenía su capital en Roma, sino en Rávena, donde estaba la corte del emperador Honorio a principios del siglo V. El Imperio de Occidente estaba además roto entre varios pretendientes que controlaban sus territorios, e invadido por los pueblos bárbaros, como los suevos, vándalos y alanos, que ocupaban media España.
Uno de esos pueblos que deambulaban por el Imperio era los visigodos, cuyo caudillo Alarico había luchado mucho tiempo al servicio de los romanos y era cristiano. Alarico tenía la pretensión de integrarse en el Imperio, quería que el emperador le asignase legalmente un territorio a los visigodos, donde Alarico sería reconocido como rey. El emperador Honorio se resistía a ello, y para forzar su voluntad al visigodo se le ocurrió apoderarse de Roma.
Entre los años 407 y 410 Alarico asedió Roma tres veces. Interrumpía el cerco cuando el emperador Honorio le hacía ofertas, pero luego no las cumplía y Alarico volvía a amenazar Roma. A la tercera fue la vencida, en 410 necesitaba pagar a sus soldados, y para conseguir un botín con que hacerlo asaltó la ciudad. La realidad histórica es que no le hizo falta atacar las murallas, pactó con la aristocracia romana las condiciones del saqueo: las basílicas e iglesias cristianas serían respetadas, y cualquiera que se asilara en ellas también; después de tres días de pillaje se retiraría. A cambio le abrieron las puertas de Roma sin resistencia.
Por supuesto, hubo algunas brutalidades por parte de los guerreros godos, mataron a algunos romanos, violaron a mujeres y robaron lo que encontraron, pero respetaron las iglesias. Sin embargo, incendiaron varios templos paganos y el edificio del Senado, por lo que corrió por el mundo la noticia «¡Han incendiado Roma!».
El trauma social que produjo aquella exagerada noticia fue devastador. Suponía el fin del mito de Roma, que todavía estaba presente en el inconsciente colectivo por más que la decadencia de Roma fuese evidente. Los bárbaros habían tomado Roma y la habían quemado, era el fin del Imperio. Los libros de Historia dicen que el Imperio Romano terminó en el año 476, cuando otro reyezuelo bárbaro depuso al último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo, y envió las insignias imperiales al emperador de Oriente, pero todo el mundo civilizado sentía que había terminado en 410, cuando Alarico «incendió» Roma.
Ochenta y ocho incendios
Los historiadores, los eruditos, tenían claro desde el primer momento lo que había pasado. Orosio, un teólogo e historiador hispánico discípulo de San Agustín, contemporáneo de los acontecimientos, explicaba en su principal obra Historiae Adversus Paganos (Historia contra los paganos): «Es verdad que quemaron cierto número de edificios, pero este incendio no fue tan grande como el que sucedió por accidente en el setecentésimo año de la fundación de Roma».
Se refería al gran incendio del año 64, en tiempos de Nerón. Según el conocido historiador romano Tácito, «poco después del fuego algunos romanos empezaron a culpar a Nerón del incendio». Ese rumor se convertiría en leyenda bien recibida, pues consideramos a Nerón un emperador perverso que persiguió cruelmente a los cristianos y martirizó a San Pedro y a San Pablo. «Mira Nero, de Tarpeya / a Roma cómo se ardía / gritos dan niños y viejos / y él de nada se dolía», dice un romance anónimo castellano.
Lo cierto es que, según recogen las fuentes escritas de la Historia de Roma, se produjeron 88 grandes incendios en la época antigua. La frecuencia y espectacularidad de esos fuegos se debía al hacinamiento de casas de madera que existía en ciertas zonas urbanas. Pero aparte de todos estos incendios accidentales, Roma sufriría repetidas veces el horror del asalto, el fuego y el saqueo.
«El oprobio para las reliquias, el fuego para las iglesias, la violación para las monjas, el estupro para las madres de familia, la esclavitud para los jóvenes», esta espeluznante escena es la descripción que un cronista contemporáneo hace del Saco de Roma, llevado a cabo por el ejército de Carlos V en 1527.
El Papa Clemente VII Medici, un típico pontífice renacentista, mecenas y corrupto, se había aliado con Francia para librarse de España, que dominaba Italia. Carlos V decidió darle una lección y envió su ejército sobre Roma. 10.000 de sus soldados eran alemanes de religión luterana, para quienes el Papa era el Anticristo, y las iglesias católicas, templos paganos donde se practicaba la idolatría de las imágenes, lo que explicaría su violencia. Pero lo cierto es que también había 8.000 españoles y 5.000 italianos en el ejército que asaltó Roma, que participaron con entusiasmo en el gran negocio del pillaje de Roma.
No hay un ejemplo de saqueo similar en la Historia. El Saco de Roma duraría ocho meses, y fue realizado con método para esquilmar a la ciudad que guardaba más tesoros del mundo. Cuando se acabó el oro y la plata, los saqueadores fundieron las vidrieras emplomadas y las tejas para llevarse el plomo en lingotes. Cuando ya no quedaba nada que robar en iglesias, palacios y casas de la burguesía, llegó la época de los secuestros de jóvenes y mujeres, que solamente liberaban cuando sus familias pagaban el rescate.
A los cardenales los enterraban vivos, y cuando se veían dentro de una fosa, oyendo las paladas de tierra caer sobre el ataúd, ofrecían fortunas para que los dejaran salir. El propio Papa tuvo que pagar un rescate de 400.000 ducados —aparte de levantar la excomunión de los saqueadores— para salir del confinamiento en el Castillo de Sant’Angelo. En señal de dolor, Clemente VII se dejaría la barba para el resto de su vida, que además incluiría la humillación de tener que celebrar la coronación imperial de Carlos V.
No hay que olvidar las obras de arte. Los nobles mecenas renacentistas se llevarían las piedras que los soldados no apreciaban. Luis Gonzaga, apodado Rodomonte por su fanfarronería, noble condotiero de Mantua a sueldo de Carlos V, pilló tantas estatuas clásicas, que su hijo, el príncipe Vespasiano Gonzaga, construiría en Sabbioneta un edificio especial para ellas, el primer auténtico museo de la Historia.
Prácticamente, todas las mujeres de Roma, casadas, solteras o monjas, fueron violadas, 6.000 personas fueron asesinadas, muchas iglesias resultaron incendiadas y todas fueron profanadas.
La paradoja es que todo esto fue perpetrado por el ejército de un soberano que llevaba el título de Rey Católico, y era en efecto el gran defensor del catolicismo frente a los protestantes. Cuatro siglos después, otra potencia cristiana, los Estados Unidos, bombardearía Roma provocando miles de víctimas civiles. Pero esto es ya otra historia.
Durante ocho siglos Roma había sido inexpugnable. Ni el cartaginés Aníbal, que con sus elefantes había cruzado los Alpes y conquistado media Italia, ni el huno
Durante ocho siglos Roma había sido inexpugnable. Ni el cartaginés Aníbal, que con sus elefantes había cruzado los Alpes y conquistado media Italia, ni el huno Atila, «el Azote de Dios», que había llegado a las mismas puertas de Roma, habían logrado entrar en «la Urbe», que decían orgullosamente los romanos, como si no hubiese más ciudad en el mundo.
Sin embargos los tiempos de gloria, cuando lograron que imperase en el mundo la Pax Romana, habían pasado. El Imperio Romano, enfermo de su propio gigantismo, se había tenido que dividir en Imperio de Oriente, con capital en Constantinopla, e Imperio de Occidente, que ya ni siquiera tenía su capital en Roma, sino en Rávena, donde estaba la corte del emperador Honorio a principios del siglo V. El Imperio de Occidente estaba además roto entre varios pretendientes que controlaban sus territorios, e invadido por los pueblos bárbaros, como los suevos, vándalos y alanos, que ocupaban media España.
Uno de esos pueblos que deambulaban por el Imperio era los visigodos, cuyo caudillo Alarico había luchado mucho tiempo al servicio de los romanos y era cristiano. Alarico tenía la pretensión de integrarse en el Imperio, quería que el emperador le asignase legalmente un territorio a los visigodos, donde Alarico sería reconocido como rey. El emperador Honorio se resistía a ello, y para forzar su voluntad al visigodo se le ocurrió apoderarse de Roma.
Entre los años 407 y 410 Alarico asedió Roma tres veces. Interrumpía el cerco cuando el emperador Honorio le hacía ofertas, pero luego no las cumplía y Alarico volvía a amenazar Roma. A la tercera fue la vencida, en 410 necesitaba pagar a sus soldados, y para conseguir un botín con que hacerlo asaltó la ciudad. La realidad histórica es que no le hizo falta atacar las murallas, pactó con la aristocracia romana las condiciones del saqueo: las basílicas e iglesias cristianas serían respetadas, y cualquiera que se asilara en ellas también; después de tres días de pillaje se retiraría. A cambio le abrieron las puertas de Roma sin resistencia.
Por supuesto, hubo algunas brutalidades por parte de los guerreros godos, mataron a algunos romanos, violaron a mujeres y robaron lo que encontraron, pero respetaron las iglesias. Sin embargo, incendiaron varios templos paganos y el edificio del Senado, por lo que corrió por el mundo la noticia «¡Han incendiado Roma!».
El trauma social que produjo aquella exagerada noticia fue devastador. Suponía el fin del mito de Roma, que todavía estaba presente en el inconsciente colectivo por más que la decadencia de Roma fuese evidente. Los bárbaros habían tomado Roma y la habían quemado, era el fin del Imperio. Los libros de Historia dicen que el Imperio Romano terminó en el año 476, cuando otro reyezuelo bárbaro depuso al último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo, y envió las insignias imperiales al emperador de Oriente, pero todo el mundo civilizado sentía que había terminado en 410, cuando Alarico «incendió» Roma.
Los historiadores, los eruditos, tenían claro desde el primer momento lo que había pasado. Orosio, un teólogo e historiador hispánico discípulo de San Agustín, contemporáneo de los acontecimientos, explicaba en su principal obra Historiae Adversus Paganos (Historia contra los paganos): «Es verdad que quemaron cierto número de edificios, pero este incendio no fue tan grande como el que sucedió por accidente en el setecentésimo año de la fundación de Roma».
Se refería al gran incendio del año 64, en tiempos de Nerón. Según el conocido historiador romano Tácito, «poco después del fuego algunos romanos empezaron a culpar a Nerón del incendio». Ese rumor se convertiría en leyenda bien recibida, pues consideramos a Nerón un emperador perverso que persiguió cruelmente a los cristianos y martirizó a San Pedro y a San Pablo. «Mira Nero, de Tarpeya / a Roma cómo se ardía / gritos dan niños y viejos / y él de nada se dolía», dice un romance anónimo castellano.
Lo cierto es que, según recogen las fuentes escritas de la Historia de Roma, se produjeron 88 grandes incendios en la época antigua. La frecuencia y espectacularidad de esos fuegos se debía al hacinamiento de casas de madera que existía en ciertas zonas urbanas. Pero aparte de todos estos incendios accidentales, Roma sufriría repetidas veces el horror del asalto, el fuego y el saqueo.
«El oprobio para las reliquias, el fuego para las iglesias, la violación para las monjas, el estupro para las madres de familia, la esclavitud para los jóvenes», esta espeluznante escena es la descripción que un cronista contemporáneo hace del Saco de Roma, llevado a cabo por el ejército de Carlos V en 1527.
El Papa Clemente VII Medici, un típico pontífice renacentista, mecenas y corrupto, se había aliado con Francia para librarse de España, que dominaba Italia. Carlos V decidió darle una lección y envió su ejército sobre Roma. 10.000 de sus soldados eran alemanes de religión luterana, para quienes el Papa era el Anticristo, y las iglesias católicas, templos paganos donde se practicaba la idolatría de las imágenes, lo que explicaría su violencia. Pero lo cierto es que también había 8.000 españoles y 5.000 italianos en el ejército que asaltó Roma, que participaron con entusiasmo en el gran negocio del pillaje de Roma.
No hay un ejemplo de saqueo similar en la Historia. El Saco de Roma duraría ocho meses, y fue realizado con método para esquilmar a la ciudad que guardaba más tesoros del mundo. Cuando se acabó el oro y la plata, los saqueadores fundieron las vidrieras emplomadas y las tejas para llevarse el plomo en lingotes. Cuando ya no quedaba nada que robar en iglesias, palacios y casas de la burguesía, llegó la época de los secuestros de jóvenes y mujeres, que solamente liberaban cuando sus familias pagaban el rescate.
A los cardenales los enterraban vivos, y cuando se veían dentro de una fosa, oyendo las paladas de tierra caer sobre el ataúd, ofrecían fortunas para que los dejaran salir. El propio Papa tuvo que pagar un rescate de 400.000 ducados —aparte de levantar la excomunión de los saqueadores— para salir del confinamiento en el Castillo de Sant’Angelo. En señal de dolor, Clemente VII se dejaría la barba para el resto de su vida, que además incluiría la humillación de tener que celebrar la coronación imperial de Carlos V.
No hay que olvidar las obras de arte. Los nobles mecenas renacentistas se llevarían las piedras que los soldados no apreciaban. Luis Gonzaga, apodado Rodomonte por su fanfarronería, noble condotiero de Mantua a sueldo de Carlos V, pilló tantas estatuas clásicas, que su hijo, el príncipe Vespasiano Gonzaga, construiría en Sabbioneta un edificio especial para ellas, el primer auténtico museo de la Historia.
Prácticamente, todas las mujeres de Roma, casadas, solteras o monjas, fueron violadas, 6.000 personas fueron asesinadas, muchas iglesias resultaron incendiadas y todas fueron profanadas.
La paradoja es que todo esto fue perpetrado por el ejército de un soberano que llevaba el título de Rey Católico, y era en efecto el gran defensor del catolicismo frente a los protestantes. Cuatro siglos después, otra potencia cristiana, los Estados Unidos, bombardearía Roma provocando miles de víctimas civiles. Pero esto es ya otra historia.
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