El maestro actual de las letras irlandesas, Colm Tóibín, que cada año figura como candidato a un muy razonable, en su caso, Premio Nobel de Literatura, junto a su compatriota el gran John Banville, acaba de regresar a la literatura con un relato que tuvo su comienzo anteriormente. Con su novela Un largo invierno, Tóibín recupera una historia especialmente significativa de su obra y vuelve a ella veinte años después de ser publicada la primera parte. El volumen reúne la nouvelle que da título al libro, ambientada en un aislado valle del Pirineo catalán, y El puente, un nuevo texto que retoma a sus personajes pocos meses después, prolongando su historia. Dos relatos que pueden leerse como una única obra y en los que reaparecen algunas de las señas de identidad más reconocibles de este escritor y, como es habitual en él, una mirada excepcional sobre la intimidad, la familia y el deseo de escapar y comenzar otra vida. Después del impactante final de Un largo invierno, Colm Tóibín retoma su historia en el momento de la construcción de un nuevo puente que está a punto de permitir la comunicación del aislado valle del Pirineo con el exterior, materializando así los sueños de huida del protagonista.
Uno de los más grandes escritores irlandeses actuales, Colm Tóibín (nacido en 1955, en Enniscorthy, en el condado de Wexford, el mismo que vio nacer a John Banville), periodista, crítico literario y autor de notables reportajes como Mala sangre (Viaje a través de la frontera irlandesa), de 1987, o La señal de la cruz. Viajes por el catolicismo europeo (de 1994), es sobre todo uno de los mejores maestros en el género de la novela surgidos en esa fértil tierra literaria.
Obras suyas como El brezo en llamas, Crónica de la noche o El faro de Blackwater (todas ellas de los años 90) antecedían en el tiempo a la excelente The Master. Retrato del novelista adulto (de 2004), que giraba en torno a la figura de Henry James y que, entre muchos premios, ganó el prestigioso International IMPAC Dublin Literary Award. Un personaje, o inspiración, en el que curiosamente coincidió casi simultáneamente con otros grandes escritores como David Lodge y Alan Hollinghurst. A estas obras se tienen que añadir las novelas El testamento de María y El mago, sobre la figura de Thomas Mann, y el espléndido e inclasificable ensayo Nuevas maneras de matar a tu madre.
Especialista en narrar las diversas formas del exilio humano, no solo geográfico, a través de la emigración (algo que este autor conoce bien por haber residido en otros lugares, entre ellos España), sino también los debidos a la identidad homosexual, a los conflictos religiosos o a enfermedades impronunciables como el cáncer y el sida, Tóibín posee, además de todo ello, un inigualable talento a la hora de plasmar en sus libros, de forma incisiva y turbadora, una amplia gama de ceremonias de los adioses. Situada entre dos polos lejanos, su localidad natal de Enniscorthy, en el condado de Wexford (donde ha ambientado una buena parte de sus creaciones), y el Brooklyn neoyorquino, la novela de este título precisamente, Brooklyn (de 2009), una de sus más conocidas, es una potente visión del íntimo desgarro y desdoblamiento producido a causa de la emigración, con vidas que se viven sin cesar, «en trance», con una mezcla de tenacidad y de nostalgia, pensando continuamente «en lo que se ha perdido».
Al mismo tiempo, Tóibín, ayudado de una aguda y deslumbrante penetración psicológica, ofrece un inolvidable y espléndido retrato de una figura femenina, cosa esta que no solo lo acerca a su admirado Henry James, sino a maestros de su tierra como el magnífico William Trevor. Una figura protagonista que a la vez se convierte en símbolo de un tiempo, los años 50 del pasado siglo, y una generación de mujeres, las primeras que comenzaban el difícil y muchas veces solitario camino de su independencia personal. Una independencia no solo lograda a través del trabajo, sino a través de dolorosos procesos emocionales, que incluían el amor y el desamor, la opción a negarse a aceptar el engaño de románticos espejismos y de matrimonios que en otras épocas eran calificados de necesarios e irrechazables, e incluso la posibilidad de sobrevivir a chantajes sentimentales que las hacían aparecer en todo momento como insustituibles «guardianas del hogar», en el caso de que hogares lejanos se quedaran dramáticamente menguados por la muerte de algún familiar.
En esta novela (llevada al cine en 2015, con un guion de Nick Hornby y dirigida por John Crowley, uno de los realizadores de la serie True Detective) se cuenta la historia de la joven Ellis Lacey, que vive en los años 50 en Enniscorthy, Irlanda, con su madre y una hermana mayor, Rose. Sus tres hermanos, ante la nula perspectiva de trabajo en la zona, hace tiempo que se han ido a trabajar a Inglaterra. Lo mismo no tardará en pasar con la inteligente y discreta Ellis, que, a través de un sacerdote de su pueblo que desde hace tiempo tiene una parroquia en Brooklyn, recibe una oferta para trabajar en unos almacenes de ese barrio de Nueva York. En cierto modo, eso le llena de orgullo y le hace sentirse afortunada. Trabajar en una tienda de Brooklyn no es como ir a trabajar a una tienda de Birmingham, Liverpool o incluso Londres, «algo absolutamente gris comparado con América», como ella dice.
Un Brooklyn en el que las diversas emigraciones y grupos más o menos raciales (irlandeses, italianos, judíos) conviven en el día a día con prejuicios y recelos mutuos, algo que les impide mezclarse más allá de leves y muy superficiales intercambios ligados normalmente a sus actividades profesionales. Aún son escasos los matrimonios mixtos y aún son mal recibidos los primeros negros —último escalafón en el rosario de discriminaciones diario al que se enfrenta la confiada e inexperta Ellis— que se instalan en el barrio. El simple acto de atenderlos como clientes en unos almacenes generará una complicada toma de decisiones y reparto de tareas por parte del encargado. Por otro lado, un estricto microcosmos formado por patronas de pensiones donde se instalan las chicas irlandesas recién llegadas y por curas que organizan bailes y reuniones de fin de semana para que conozcan a otros jóvenes católicos son los guardianes encargados de que la identidad no se disperse en medio de la inmensa América, ya sea por matrimonios inconvenientes o por el puro abandono de la religión, la católica, en el caso de irlandeses e italianos.
La Irlanda literaria e irredenta de Brooklyn será la agridulce escuela de la vida de Ellis. Allí conocerá a su primer amor, un joven italiano; allí sabrá lo que son los matices y arrogantes diferencias que en ocasiones enfrentan de forma absurda a la gente, y allí también tendrá noticia, en todos sus detalles, de una brutalidad proveniente de la Guerra Mundial, el Holocausto, que hasta entonces ignoraba casi por completo. En su viaje primero e iniciático a otro lugar lejos de casa, Ellis no solo se verá obligada a confrontar atmósferas y geografías, sino también lacerantes elecciones inesperadas que la obligan bien a quedarse en Irlanda, cuando es llamada tras una tragedia familiar inesperada, la muerte de un pariente directo, o bien a regresar de nuevo al magma difícil, nuevo, de códigos muchas veces desconcertantes, pero repleto de infinitas posibilidades de afirmación y crecimiento personal que es siempre la inmensa, sorprendente y excitante América.
Y si la novela Brooklyn era el penetrante retrato de una mujer irlandesa en la emigración a Estados Unidos, en el caso de la titulada Nora Webster, de 2014, se trata de un impresionante retrato, basado en la figura de la propia madre de Tóibín, llevado a cabo desde su interior más profundo, conciso y deliberadamente sobrio y sin ornamentos espectaculares. Un retrato tras el que aparece el tapiz de la Irlanda más auténtica y reconocible: desde la capital, Dublín, hasta las granjas del interior. Todo ello, aderezado con el filtro de algunos de sus temas predilectos, como es la pérdida y la búsqueda de una identidad propia, la que sea, por aparentemente banal y escasamente reseñable que pueda parecer a ojos de muchos. O, si se prefiere, la identidad invisible, secreta y muchas veces incomunicada de una simple madre de familia, aún joven, que acaba de quedarse viuda.
Un tapiz microscópico y minucioso en el que también hacen su aparición las turbulencias políticas de Irlanda y de Irlanda del Norte, aunque no sea de forma central. El abuelo del escritor, Patrick Tóibín, fue miembro del IRA y en 1916 participó en las revueltas antibritánicas de Enniscorthy, siendo por ello encarcelado en Gales. Por su parte, el padre de Colm, profesor —como también lo es el marido fallecido de Nora Webster en la novela—, estuvo relacionado con el partido Fianna Fáil, la rama conservadora del Sinn Féin.
En el caso de Nora Webster, como el propio título de la novela indica, lo que le interesaba a Tóibín era ofrecer un retrato del interior más recóndito, increíblemente bien trazado, de la conciencia y de las emociones de una mujer. Un retrato de personaje femenino que no tiene nada que envidiarles a los de su admirado Henry James. Tampoco a ese gran decano de las letras irlandesas que fue William Trevor y sus inolvidables mujeres protagonistas, ya sea en relatos como en novelas.
Historia de una viuda, aún joven, que tiene que reinventarse casi partiendo de cero en la Irlanda de finales de los 60, con dos hijos pequeños y dos hijas mayores que ya han empezado a abrirse camino en la vida. En esta bellísima narración sobre los rituales familiares y colectivos de después de la muerte, sobre la herida de la ausencia y la supervivencia en soledad tras haber compartido una vida feliz de pareja, se puede decir que Tóibín, un grandísimo estilista, roza la perfección a cada paso. Compone una subyugante obra de orfebrería despojada y seca, sin abalorios, de escalofriante exactitud y simplicidad, sobre un entorno cotidiano, antaño pacífico, pleno, rutinariamente pactado sin necesidad de palabras, que de repente se vuelve agresivo, difícil, impostado. Una vida que de repente se vuelve enemiga y que, más allá del presente con el que se tiene que negociar en las cosas más urgentes y prosaicas, obliga sin cesar a su protagonista, una mujer inteligente y de carácter decidido, a retroceder en el tiempo. A regresar a la oficina en la que trabajó de soltera y a borrar partes considerables de su pasado para no sucumbir aplastada por él. También a reconocer y controlar «las señales de peligro, los pensamientos que llevarían a otros pensamientos» y a reencontrar al mismo tiempo espacios dormidos e inéditos, como es la música. Algo que durante su anterior existencia compartida fue dejado de lado, no vivido. Una obra de Tóibín que, parafraseando a Flaubert, se hubiera podido titular perfectamente «un corazón no tan simple».
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El maestro actual de las letras irlandesas, Colm Tóibín, que cada año figura como candidato a un muy razonable, en su caso, Premio Nobel de Literatura,
El maestro actual de las letras irlandesas, Colm Tóibín, que cada año figura como candidato a un muy razonable, en su caso, Premio Nobel de Literatura, junto a su compatriota el gran John Banville, acaba de regresar a la literatura con un relato que tuvo su comienzo anteriormente. Con su novela Un largo invierno, Tóibín recupera una historia especialmente significativa de su obra y vuelve a ella veinte años después de ser publicada la primera parte. El volumen reúne la nouvelle que da título al libro, ambientada en un aislado valle del Pirineo catalán, y El puente, un nuevo texto que retoma a sus personajes pocos meses después, prolongando su historia. Dos relatos que pueden leerse como una única obra y en los que reaparecen algunas de las señas de identidad más reconocibles de este escritor y, como es habitual en él, una mirada excepcional sobre la intimidad, la familia y el deseo de escapar y comenzar otra vida. Después del impactante final de Un largo invierno, Colm Tóibín retoma su historia en el momento de la construcción de un nuevo puente que está a punto de permitir la comunicación del aislado valle del Pirineo con el exterior, materializando así los sueños de huida del protagonista.
Uno de los más grandes escritores irlandeses actuales, Colm Tóibín (nacido en 1955, en Enniscorthy, en el condado de Wexford, el mismo que vio nacer a John Banville), periodista, crítico literario y autor de notables reportajes como Mala sangre (Viaje a través de la frontera irlandesa), de 1987, o La señal de la cruz. Viajes por el catolicismo europeo (de 1994), es sobre todo uno de los mejores maestros en el género de la novela surgidos en esa fértil tierra literaria.
Obras suyas como El brezo en llamas, Crónica de la noche o El faro de Blackwater (todas ellas de los años 90) antecedían en el tiempo a la excelente The Master. Retrato del novelista adulto (de 2004), que giraba en torno a la figura de Henry James y que, entre muchos premios, ganó el prestigioso International IMPAC Dublin Literary Award. Un personaje, o inspiración, en el que curiosamente coincidió casi simultáneamente con otros grandes escritores como David Lodge y Alan Hollinghurst. A estas obras se tienen que añadir las novelas El testamento de María y El mago, sobre la figura de Thomas Mann, y el espléndido e inclasificable ensayo Nuevas maneras de matar a tu madre.
Especialista en narrar las diversas formas del exilio humano, no solo geográfico, a través de la emigración (algo que este autor conoce bien por haber residido en otros lugares, entre ellos España), sino también los debidos a la identidad homosexual, a los conflictos religiosos o a enfermedades impronunciables como el cáncer y el sida, Tóibín posee, además de todo ello, un inigualable talento a la hora de plasmar en sus libros, de forma incisiva y turbadora, una amplia gama de ceremonias de los adioses. Situada entre dos polos lejanos, su localidad natal de Enniscorthy, en el condado de Wexford (donde ha ambientado una buena parte de sus creaciones), y el Brooklyn neoyorquino, la novela de este título precisamente, Brooklyn (de 2009), una de sus más conocidas, es una potente visión del íntimo desgarro y desdoblamiento producido a causa de la emigración, con vidas que se viven sin cesar, «en trance», con una mezcla de tenacidad y de nostalgia, pensando continuamente «en lo que se ha perdido».
Al mismo tiempo, Tóibín, ayudado de una aguda y deslumbrante penetración psicológica, ofrece un inolvidable y espléndido retrato de una figura femenina, cosa esta que no solo lo acerca a su admirado Henry James, sino a maestros de su tierra como el magnífico William Trevor. Una figura protagonista que a la vez se convierte en símbolo de un tiempo, los años 50 del pasado siglo, y una generación de mujeres, las primeras que comenzaban el difícil y muchas veces solitario camino de su independencia personal. Una independencia no solo lograda a través del trabajo, sino a través de dolorosos procesos emocionales, que incluían el amor y el desamor, la opción a negarse a aceptar el engaño de románticos espejismos y de matrimonios que en otras épocas eran calificados de necesarios e irrechazables, e incluso la posibilidad de sobrevivir a chantajes sentimentales que las hacían aparecer en todo momento como insustituibles «guardianas del hogar», en el caso de que hogares lejanos se quedaran dramáticamente menguados por la muerte de algún familiar.
En esta novela (llevada al cine en 2015, con un guion de Nick Hornby y dirigida por John Crowley, uno de los realizadores de la serie True Detective) se cuenta la historia de la joven Ellis Lacey, que vive en los años 50 en Enniscorthy, Irlanda, con su madre y una hermana mayor, Rose. Sus tres hermanos, ante la nula perspectiva de trabajo en la zona, hace tiempo que se han ido a trabajar a Inglaterra. Lo mismo no tardará en pasar con la inteligente y discreta Ellis, que, a través de un sacerdote de su pueblo que desde hace tiempo tiene una parroquia en Brooklyn, recibe una oferta para trabajar en unos almacenes de ese barrio de Nueva York. En cierto modo, eso le llena de orgullo y le hace sentirse afortunada. Trabajar en una tienda de Brooklyn no es como ir a trabajar a una tienda de Birmingham, Liverpool o incluso Londres, «algo absolutamente gris comparado con América», como ella dice.
Un Brooklyn en el que las diversas emigraciones y grupos más o menos raciales (irlandeses, italianos, judíos) conviven en el día a día con prejuicios y recelos mutuos, algo que les impide mezclarse más allá de leves y muy superficiales intercambios ligados normalmente a sus actividades profesionales. Aún son escasos los matrimonios mixtos y aún son mal recibidos los primeros negros —último escalafón en el rosario de discriminaciones diario al que se enfrenta la confiada e inexperta Ellis— que se instalan en el barrio. El simple acto de atenderlos como clientes en unos almacenes generará una complicada toma de decisiones y reparto de tareas por parte del encargado. Por otro lado, un estricto microcosmos formado por patronas de pensiones donde se instalan las chicas irlandesas recién llegadas y por curas que organizan bailes y reuniones de fin de semana para que conozcan a otros jóvenes católicos son los guardianes encargados de que la identidad no se disperse en medio de la inmensa América, ya sea por matrimonios inconvenientes o por el puro abandono de la religión, la católica, en el caso de irlandeses e italianos.
La Irlanda literaria e irredenta de Brooklyn será la agridulce escuela de la vida de Ellis. Allí conocerá a su primer amor, un joven italiano; allí sabrá lo que son los matices y arrogantes diferencias que en ocasiones enfrentan de forma absurda a la gente, y allí también tendrá noticia, en todos sus detalles, de una brutalidad proveniente de la Guerra Mundial, el Holocausto, que hasta entonces ignoraba casi por completo. En su viaje primero e iniciático a otro lugar lejos de casa, Ellis no solo se verá obligada a confrontar atmósferas y geografías, sino también lacerantes elecciones inesperadas que la obligan bien a quedarse en Irlanda, cuando es llamada tras una tragedia familiar inesperada, la muerte de un pariente directo, o bien a regresar de nuevo al magma difícil, nuevo, de códigos muchas veces desconcertantes, pero repleto de infinitas posibilidades de afirmación y crecimiento personal que es siempre la inmensa, sorprendente y excitante América.
Y si la novela Brooklyn era el penetrante retrato de una mujer irlandesa en la emigración a Estados Unidos, en el caso de la titulada Nora Webster, de 2014, se trata de un impresionante retrato, basado en la figura de la propia madre de Tóibín, llevado a cabo desde su interior más profundo, conciso y deliberadamente sobrio y sin ornamentos espectaculares. Un retrato tras el que aparece el tapiz de la Irlanda más auténtica y reconocible: desde la capital, Dublín, hasta las granjas del interior. Todo ello, aderezado con el filtro de algunos de sus temas predilectos, como es la pérdida y la búsqueda de una identidad propia, la que sea, por aparentemente banal y escasamente reseñable que pueda parecer a ojos de muchos. O, si se prefiere, la identidad invisible, secreta y muchas veces incomunicada de una simple madre de familia, aún joven, que acaba de quedarse viuda.
Un tapiz microscópico y minucioso en el que también hacen su aparición las turbulencias políticas de Irlanda y de Irlanda del Norte, aunque no sea de forma central. El abuelo del escritor, Patrick Tóibín, fue miembro del IRA y en 1916 participó en las revueltas antibritánicas de Enniscorthy, siendo por ello encarcelado en Gales. Por su parte, el padre de Colm, profesor —como también lo es el marido fallecido de Nora Webster en la novela—, estuvo relacionado con el partido Fianna Fáil, la rama conservadora del Sinn Féin.
En el caso de Nora Webster, como el propio título de la novela indica, lo que le interesaba a Tóibín era ofrecer un retrato del interior más recóndito, increíblemente bien trazado, de la conciencia y de las emociones de una mujer. Un retrato de personaje femenino que no tiene nada que envidiarles a los de su admirado Henry James. Tampoco a ese gran decano de las letras irlandesas que fue William Trevor y sus inolvidables mujeres protagonistas, ya sea en relatos como en novelas.
Historia de una viuda, aún joven, que tiene que reinventarse casi partiendo de cero en la Irlanda de finales de los 60, con dos hijos pequeños y dos hijas mayores que ya han empezado a abrirse camino en la vida. En esta bellísima narración sobre los rituales familiares y colectivos de después de la muerte, sobre la herida de la ausencia y la supervivencia en soledad tras haber compartido una vida feliz de pareja, se puede decir que Tóibín, un grandísimo estilista, roza la perfección a cada paso. Compone una subyugante obra de orfebrería despojada y seca, sin abalorios, de escalofriante exactitud y simplicidad, sobre un entorno cotidiano, antaño pacífico, pleno, rutinariamente pactado sin necesidad de palabras, que de repente se vuelve agresivo, difícil, impostado. Una vida que de repente se vuelve enemiga y que, más allá del presente con el que se tiene que negociar en las cosas más urgentes y prosaicas, obliga sin cesar a su protagonista, una mujer inteligente y de carácter decidido, a retroceder en el tiempo. A regresar a la oficina en la que trabajó de soltera y a borrar partes considerables de su pasado para no sucumbir aplastada por él. También a reconocer y controlar «las señales de peligro, los pensamientos que llevarían a otros pensamientos» y a reencontrar al mismo tiempo espacios dormidos e inéditos, como es la música. Algo que durante su anterior existencia compartida fue dejado de lado, no vivido. Una obra de Tóibín que, parafraseando a Flaubert, se hubiera podido titular perfectamente «un corazón no tan simple».
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