Carmen Ruiz, actriz: “Soy transparente para bien y para mal”

Carmen Ruiz, fotografiada en Madrid el pasado miércoles.

Llega al piano bar del hotel donde quedamos, desierto a la una de la tarde, y, al verla, se produce esa sensación de conocer a alguien de toda la vida, aunque no hayas intercambiado jamás una palabra, que provocan ciertas celebridades especialmente populares. Pese a su ropa negra, su pelo negro y sus ojos negrísimos, o quizá precisamente por todo ello, su cutis resplandece, como iluminado por dentro. Educada y algo tímida de entrada, le proponemos hacer primero las fotos para charlar después tranquilamente y, delante de la cámara parece crecerse dos palmos sosteniendo la mirada en un primerísimo plano al alcance de muy pocos rostros y aplomos. El piano, y un sombrero de copa de atrezo parecen pedir a gritos participar en el festín gráfico y Ruiz no solo no pone pegas a la sugerencia, sino que la hace suya para delicia del fotógrafo. Da gusto verla actuar aunque nadie haya gritado “acción”. Le sobra oficio.

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Carmen Ruíz fotografiada en Madrid, el 27 de marzo.

VIDAS EXTRAORDINARIAS

Toda vida, por normal que sea, es extraordinaria porque es única. Eso sostiene Carmen Ruiz (Madrid, 51 años) sobre sus personajes y sobre su propia persona. Empezó a estudiar interpretación a los 24 años, cuando otros ya habían acabado la carrera, pero con las cosas muy claras: quería dedicarse a la escena. Y se puso a ello literalmente. Montando y desmontando escenarios con un grupo de amigos hasta ir imponiendo, a base de talento y cabezonería, su presencia en algunos de los montajes más recordados de las últimas décadas, porque su notable carrera televisiva y cinematográfica –Yo soy Bea, Mujeres– le ha dado popularidad, pero la carrera teatral le ha reportado el prestigio unánime del público y la crítica. Ahora estrena, junto a su compañera y amiga Malena Alterio, La vida extraordinaria en los teatros del Canal de Madrid.

 La intérprete, de 51 años y más de 25 de carrera, sobre todo en teatro, estrena junto a Malena Alterio la obra ‘La vida extraordinaria’, de Mariano Tenconi, sobre la amistad, el amor, la literatura y la pérdida  

Llega al piano bar del hotel donde quedamos, desierto a la una de la tarde, y, al verla, se produce esa sensación de conocer a alguien de toda la vida, aunque no hayas intercambiado jamás una palabra, que provocan ciertas celebridades especialmente populares. Pese a su ropa negra, su pelo negro y sus ojos negrísimos, o quizá precisamente por todo ello, su cutis resplandece, como iluminado por dentro. Educada y algo tímida de entrada, le proponemos hacer primero las fotos para charlar después tranquilamente y, delante de la cámara parece crecerse dos palmos sosteniendo la mirada en un primerísimo plano al alcance de muy pocos rostros y aplomos. El piano, y un sombrero de copa de atrezo parecen pedir a gritos participar en el festín gráfico y Ruiz no solo no pone pegas a la sugerencia, sino que la hace suya para delicia del fotógrafo. Da gusto verla actuar aunque nadie haya gritado “acción”. Le sobra oficio.

Menudo aplomo ante la cámara. ¿Tablas o improvisación?

Bueno, es que es fundamental en mi oficio. Es muy importante conocerse a uno mismo y saber los límites, o no límites que tienes como profesional. Yo he estudiado mucho, mucho, sobre mi cuerpo y el movimiento. Tienes que estar en forma. Hago mucho deporte: esgrima, artes marciales, y bailo mucho: en casa, y mis miércoles de baile de music hall con otras compañeras actrices como Ana Wagener y Belén Rueda no me los quita nadie. Tienes que estar siempre con el cuerpo alerta por lo que pueda pedir de ti en escena.

Me refería más bien al dominio de su gesto y de su rostro.

Bueno, es que tengo mucha expresividad. Tengo el ojo muy grande, la nariz peculiar, unos pómulos como molletes de Antequera, rasgos redonditos. Mi rostro genera mucha empatía en el público, algo que es muy bonito, pero que a veces va en mi contra, porque yo quiero que me den papeles de mala, o de tipa oscura, pero hay quien, con esta cara, no me ve para eso. Y yo creo que es un error, porque el juego está en que alguien que sea aparentemente amable, luego pueda ser mala, mala, mala. Pero lo que te decía: detrás de ese aplomo hay mucho de autoconocimiento. Además, el cuerpo cambia, y hay que adaptarse.

¿Cómo?

La expresividad también se entrena. Tengo mucha formación a mis espaldas. Mi cuerpo está preparado para lo que me venga, eso no tiene nada que ver con estar más o menos fuerte o delgada, pero sí en forma. Y eso, en La vida extraordinaria, la función que estreno, es fundamental. Con Malena Alterio bromeamos diciendo que es como unas olimpiadas. Pasas de la risa al llanto en segundos: hay cambios de estado de ánimo y de cuerpo muy rápidos y muy exigentes. Y eso requiere estar alerta.

Es que yo he hecho mucha tele antes de las plataformas, y, cuando te ven en una serie como Yo soy Bea, que duró y se vio tanto, te conocen para toda la vida»

Es raro hablar con alguien que se cree conocer. ¿Cree que el público se hace una idea de usted?

Bueno, es que yo he hecho mucha tele antes de las plataformas, y, cuando te ven en una serie como Yo soy Bea, que duró y se vio tanto, te conocen para toda la vida. Creo que a mí se me ve casi todo. Soy muy transparente para bien y para mal. Suelo ser risueña, pero también me enfado, como todo el mundo, y tengo muy mal genio cuando hay que tenerlo. Pero no tengo doblez negativo. Soy lo que ves.

¿Ha vivido siempre de esto?

Sí, empecé a estudiar teatro a los 24 años, cuando otros ya llevaban años; yo creía que era ya mayor y era una cría. Pero es una edad muy buena, porque ya no era una adolescente y tenía claro que quería ir por ahí. Desde el principio generé una compañía de teatro con otros compañeros y, gracias a eso, he podido vivir de esto.

O sea, que es una obrera de su oficio.

Totalmente; además, yo me siento muy agradecida del momento en el que estoy, porque me he pasado mucho tiempo colgando y descolgando focos, cargando y descargando la furgoneta. Vengo de ahí, del teatro alternativo. Entonces, estar ahora estrenando esta obra, con estos compañeros maravillosos, en un gran teatro, no me lo acabo de creer. A mí me dices hace 25 años que me iba a ganar la vida siendo actriz y te digo: “Venga, hombre”.

¿Nota el respeto del público?

Sí. Son muchos años ya. Lo más bonito que me pueden decir es que me han visto en una obra de teatro y me recuerdan. Me hace muchísima ilusión, porque el teatro es menos masivo que la tele o el cine, hay que ir activamente, y es más efímero. Que la gente se acuerde de ti es maravilloso. Sobre todo, cuando te dicen que le has hecho pasar un buen rato, olvidarse de sus problemas por un momento. Eso es lo mejor de este oficio.

En 25 años, ¿ha tenido crisis de vocación o travesías del desierto?

Claro. Hay veces que tienes mucho trabajo, y otras, nada. Y muchas veces no depende de tu talento y tu valía, sino de muchas cosas que no controlas. Los artistas, las actrices somos material sensible, juegas con tu cuerpo, con tu voz, con tus emociones, entonces, aunque seas alguien con los pies en la tierra, pues te afecta y te puede fragilizar. Pero nunca he dudado de mi vocación.

¿Le afectan las críticas?

No las leo. No me gustan, ni las buenas ni las malas, prefiero no leerlas. Lo aprendí de una gran actriz, una gran dama, Teresa Lozano, con la que trabajé en la serie Mujeres. Si son buenas, te confías, y si son malas, te vienes abajo. Entonces, prefiero quedarme con el proceso, con lo que te llevas puesto con cada trabajo. Lo que aprendes y las personas con las que trabajas, a las que admiras y respetas. El verdadero triunfo es no dejar de trabajar ni de aprender trabajando.

Sospecho que no le gustan especialmente las alfombras rojas.

Voy a lo que tengo que ir. Es la parte de mi trabajo que peor llevo. Es mucha exhibición, estar en un lugar muy vulnerable, como en el ojo del huracán. Todo el mundo opina de ti: de tu cuerpo, de tu cara, y, a veces, el trabajo que presentas es lo menos importante. Eso, no lo digo solo por mí, me parece injusto. Me parece injustas la exigencia física, las comparaciones sobre la edad y la belleza. Cuando eres joven, por joven. Cuando eres más mayor, por mayor. Me resulta muy estresante. Entonces, voy a lo imprescindible y soy muy trabajadora en eso también: confío en profesionales que, además, son mis amigos. Es casi un trabajo dentro de mi trabajo.

La vida extraordinaria va de la historia de dos amigas. ¿Cuál es su definición de la amistad?

Alguien con quien puedas estar horas sin tener que hablar, con el que no hay silencios incómodos, y al que igual hace meses que no ves y es como si lo hubieras visto ayer. Soy millonaria en amistades. Para mí es súper importante, la familia que eliges, mi red para cuando estoy bien y cuando estoy mal. Soy muy entregada, muy cuidadora de las relaciones, y tengo la suerte de que mis amigos también lo hacen conmigo.

Cuando tengo que hacer un personaje, voy instintivamente buscando lo que yo creo que son sus rasgos en gente por la calle»

¿En qué o quién se inspira para componer sus personajes?

Pues observo mucho a todo el mundo en todas partes. Cuando tengo que hacer un personaje, voy instintivamente buscando lo que yo creo que son sus rasgos en gente por la calle.

¿Y para su personaje en esta función, a quién buscaba?

Uf, esta función es lo más difícil que he hecho en mi vida. Pasas por todo y hablas de todo lo que importa: de la vida, de la pérdida de seres queridos, del amor, de la amistad, del fin del mundo, de la literatura. Cuando leí el libreto dije: “Pero esto cómo se hace”. Luego igual no gusta a la gente, pero funcione como funcione esta obra, sé que soy mejor actriz después de haberla hecho.

Las actrices de su generación son muchas y muy buenas. Más allá de la solidaridad, ¿hay competencia entre ustedes?

Qué va, digo: qué suerte. No soy nada competitiva. Tengo el ego muy bien colocado y es muy cansado, terrorífico, andar comparándose. Las comparaciones son odiosas en todo, entonces, compararme, o poner etiquetas y juzgar no va conmigo. Vivo más tranquila y feliz, y aprendo más de mí misma cuando admiro y no envidio. La envidia es la admiración del mezquino. Y yo no lo soy: soy una persona normal, hago mi vida, me gusta mucho mi día a día, mi gente, mi familia, mis amigos y yo. Claro que pienso en cómo me gustaría hacer tal o cual película, o que me nominaran al Goya, pero nunca desde la envidia ni desde la lapidación.

He aprendido a perdonarme muy rápido. No somos perfectos, ya está bien»

¿Alguna vez se autolapidó?

He aprendido a perdonarme muy rápido. No somos perfectos, ya está bien. Toda mi vida he sido muy exigente conmigo misma, siempre como teniendo que demostrar cosas. Quizá por inseguridades de pequeña, parece que tienes que demostrar que eres muy lista, muy graciosa, que sabes mucho de las cosas. Y no. Ya está bien.

¿En qué momento conquistó ese dominio de sí misma?

Bueno, no sé si lo he conquistado. Sigo en ello. La vida es un aprendizaje, yo creo que tendré 80 años y seguiré con inseguridades.

¿Y seguirá siendo actriz? Alguien tendrá que interpretar a las ancianas del mañana.

Claro, si no lo hacemos nosotras, ¿quién va a hacerlo? Me gusta cuidarme y me cuido mucho. Pero esta cara, para bien y para mal, es lo que me da de comer. Entonces, me da muchísimo miedo tocármela y perder esa expresividad con la que me gano la vida. Es mi arma de trabajo. Y, en ese sentido, esta función es un sueño. Tienes que hacer reír y llorar. Tiene un texto tan hermoso… Dice cosas que te tocan, tanto si estás en un momento vital, o en otro. Mira, todavía me emociono.

¿Y en qué momento está usted?

Estoy en un momento muy particular. Un buen momento, pero también muy sensible. Todos tenemos pérdidas, todos nos enamoramos, todos hemos tenido un primer beso, todos tenemos personas por las que daríamos la vida. Es ley de vida, sí, pero la ley de vida puede ser muy dolorosa. Quien no se identifique con una cosa, se va a identificar con otra. La primera: yo misma. Eso es lo bonito de nuestro oficio, llegar al público, que se emocione, que se conmueva. Ojalá suceda.

Toda vida, por normal que sea, es extraordinaria porque es única. Eso sostiene Carmen Ruiz (Madrid, 51 años) sobre sus personajes y sobre su propia persona. Empezó a estudiar interpretación a los 24 años, cuando otros ya habían acabado la carrera, pero con las cosas muy claras: quería dedicarse a la escena. Y se puso a ello literalmente. Montando y desmontando escenarios con un grupo de amigos hasta ir imponiendo, a base de talento y cabezonería, su presencia en algunos de los montajes más recordados de las últimas décadas, porque su notable carrera televisiva y cinematográfica –Yo soy Bea, Mujeres– le ha dado popularidad, pero la carrera teatral le ha reportado el prestigio unánime del público y la crítica. Ahora estrena, junto a su compañera y amiga Malena Alterio, La vida extraordinaria en los teatros del Canal de Madrid.

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