En 1954 una novela escrita por una chica de dieciocho años revolucionó el panorama editorial francés. Generó controversia y hasta escándalo, se convirtió en un fenómeno social que superó los límites de la literatura, e hizo a su autora rica y famosa de la noche a la mañana. La novela se llamaba Bonjour Tristesse, título sacado de un verso de Paul Éluard. Y la autora, Françoise Sagan (1935-2004). Bueno, en realidad se llamaba Françoise Quoirez, pero su padre estaba inquieto por el revuelo que anticipaba iba a causar ese libro que su hija había escrito en seis semanas con solo diecisiete años. De modo que le sugirió que se buscara un seudónimo, y ella, voraz lectora de Proust, optó por uno de los personajes de En busca del tiempo perdido: el príncipe de Sagan.
El avispado cineasta estadounidense Otto Preminger, capaz de olfatear potenciales taquillazos a distancia, compró los derechos y cuatro años después, en 1958, llegó la película con el mismo título y Jean Seberg como icónica protagonista. Ahora, más de medio siglo después, la canadiense Durga Chew-Bose debuta en la dirección con una nueva versión, que se estrena directamente en Filmin, sin pasar por salas.
¿Tiene sentido volver a estas alturas al clásico de Sagan? ¿Es sensato buscar una nueva actriz para interpretar a la adolescente Cécile, que quedó para siempre fijada en el imaginario colectivo con el rostro de Jean Seberg? Y por último: ¿es una buena idea situar la trama en el presente, con los muchos cambios morales y sociológicos que se han producido en los setenta años trascurridos desde la publicación de la novela?
La obra de Sagan es uno de esos libros que devino fenómeno por su capacidad de anticipar tendencias que flotaban en el ambiente y terminarían por cristalizar. Cosas como el creciente protagonismo de la rebeldía juvenil, que estallaría una década después, en el mayo del 68; o los cambios en la moral sexual, que también eclosionarían en los años sesenta del pasado siglo… Salvando las distancias –que son muchas– es equivalente a lo que supuso en los años veinte El gran Gatsby de Fitzgerald, que se huele la crisis de los años treinta cinco años antes de que sucediera.
En el caso de Bonjour Tristesse, contribuyó a convertirla en un éxito de ventas y un fenómeno social su avispado editor, René Julliard, que la lanzó con una faja que decía que estaba escrita «con el diablo en el corazón». Era un guiño evidente –que todo lector francés era capaz de entender– a El diablo en el cuerpo, otra novela-escándalo de otro escritor precoz, Raymond Radiget, publicada en 1923. El libro de Sagan causó controversia entre otras cosas por lo adelantado a su época que era en el abordaje de la sexualidad. Un crítico llamó a la autora «Radiguet con enaguas» y otro la consideró «la nueva Colette». Desde las páginas del conservador Le Figaro, François Mauriac la tildó de «joven monstruito» y consideró que «el libertinaje en la adolescencia femenina es una plaga».
La versión cinematográfica de Preminger optó por suavizar algunos detalles del amorío veraniego de la protagonista, Cécile, de diecisiete años, con un chico diez años mayor que ella. Y potenció la luminosidad estival de la Costa Azul en la que se desarrolla la trama. La resumo para quienes no la conozcan: Cécile, huérfana de madre desde hace doce años, pasa las vacaciones con su padre, un playboy redomado, y su novia del momento. El padre ha dejado siempre despreocupadamente libre –acaso demasiado– a su hija, pero esto cambiará cuando llega pasar unos días con ellos una vieja amiga de la madre, Anne Larsen, diseñadora de moda. No solo el padre inicia una rápida relación amorosa con ella, que parece que va muy en serio, sino que Anne se inmiscuye en la vida de Cécile. Alarmada por el descontrol en el que vive la chica –que debería estar estudiando las asignaturas que ha suspendido para los exámenes de septiembre–, decide disciplinarla. Y la adolescente, rebotada, urdirá un plan vengativo de consecuencias catastróficas.
Uno de los puntos fuertes de la novela y uno de los mayores retos para sus adaptaciones al cine es la relación entre Cécile y Anne. ¿Es Anne una presencia positiva o represora en la vida de Cécile? ¿Se preocupa por ella y trata de reconducir su dispersión debida al descontrol paterno o reprime mojigatamente sus deseos adolescentes? ¿Tal vez la adolescente la ve –con complejo de Electra– como una rival en el amor paterno?
Y es precisamente en torno al personaje de Anne donde aparece el principal problema de esta nueva y meritoria adaptación. Por dos motivos: en primer lugar, porque traslada la historia al presente y la moral sexual ha dado un salto enorme, de modo que la escena en la que Anne sorprende a Cécile y a su noviete retozando en la playa y reacciona con gesto reprobatorio resulta poco creíble. Pero sobre todo hay un error de casting monumental. En la versión clásica, el personaje de Anne lo bordaba una estupenda Deborah Kerr, que daba a la perfección la imagen de mujer recta y firme. Mientras que aquí se le confía el papel a Cloë Sevigny, antaño icono de la contracultura y el desmadre, a la que con la edad se le ha puesto cara de miembro femenino de los Rolling Stones. Para nada trasmite la imagen de integridad y disciplina que requiere el personaje.
En cambio, es todo un acierto la elección de la jovencísima protagonista, Lily McInerny, que ya había interpretado a una adolescente desnortada en su anterior película, la muy apreciable Nunca llueve en California. Ruego clemencia a los fans de Jean Seberg, pero en mi modesta opinión McInerny da infinitamente mejor que ella el perfil de adolescente en el limbo entre la clausura de la infancia y la entrada en el mundo adulto. Seberg confería al personaje –con su corte de pelo a lo grançon y su encanto pizpireto– un aire de revoltosa encantadora, mucho menos sugestivo e inquietante que el que le da la introspectiva, lánguida, silenciosa y sigilosa McInerny.
En la novela de Sagan es clave esa «perversidad» adolescente que, desde la inmadurez, es incapaz de entender que los actos tienen consecuencias y se refugia en un pensamiento mágico infantil en el que –sintiéndose el centro del universo– cree que siempre se puede conseguir lo que se desea. Y eso lo transmite a la perfección Lily McInerny, a la que difícilmente esta cinta catapultará a la fama del modo en que lo hizo la versión clásica con su antecesora. Jean Seberg protagonizó sus dos primeras películas a las órdenes de Preminger: Santa Juana –en la que interpretaba a Juana de Arco y fue un fracaso– y Bonjour Tristesse, que la lanzó al estrellato. François Truffaut dijo en su crítica que el largometraje era «un poema de amor a Seberg» y Godard, fascinado, le ofreció el papel femenino de Al final de la escapada. Sin embargo, la actriz acabó harta de Preminger, del que dijo: «Me utilizó como un kleenex y después me lanzó a la papelera».
El otro gran acierto de casting de esta nueva versión es Claes Bang (el actor de The Square de Ruben Östlund) en el papel del padre de Cécile, mucho más creíble como magnético seductor madurito que David Niven en la adaptación de Preminger, porque la deliciosa liviandad del elegante actor británico siempre fue más adecuada para la comedia.
Hay una decisión llamativa y diría que no muy acertada en esta adaptación de Durga Chew-Bose. Tanto la novela de Sagan como la película clásica arrancaban con la protagonista dejando claro desde el principio que ese fue el último verano de inocencia y felicidad, porque algo sucedió que los cambió –a ella y a su padre– para siempre. De modo que la sombra de la tristeza se anunciaba desde el inicio (en la cinta de Preminger con las imágenes parisinas en tristón blanco y negro frente a la luminosidad y colorido de la Costa Azul). En cambio, en la nueva versión no hay insinuación alguna de la sombra que envolverá a los personajes. El drama llega al final, de golpe, con lo que se pierde un elemento premonitorio que es relevante en la historia original.
Por lo demás, esta es una adaptación notable, que centra la atención en los detalles sensoriales –el sol sobre la piel, el modo de comerse una manzana o de untar la mantequilla una tostada…– para ir resaltando el ennui, la molicie que todo lo invade y que poco a poco derivará en tragedia. Eso implica que el ritmo es calmoso, incluso parsimonioso –¡es muy lenta!, van a refunfuñar los impacientes–, con el fin de ir construyendo un clima envolvente, servido con unas imágenes seductoras y sensuales (espléndida fotografía de Maximilian Pittner). Eso sí, con lo que no cuenta esta nueva película es con la maravillosa Juliette Gréco entonando –en la versión de Preminger– la preciosa canción Bonjour Tristesse.
En 1954 una novela escrita por una chica de dieciocho años revolucionó el panorama editorial francés. Generó controversia y hasta escándalo, se convirtió en un fenómeno
En 1954 una novela escrita por una chica de dieciocho años revolucionó el panorama editorial francés. Generó controversia y hasta escándalo, se convirtió en un fenómeno social que superó los límites de la literatura, e hizo a su autora rica y famosa de la noche a la mañana. La novela se llamaba Bonjour Tristesse, título sacado de un verso de Paul Éluard. Y la autora, Françoise Sagan (1935-2004). Bueno, en realidad se llamaba Françoise Quoirez, pero su padre estaba inquieto por el revuelo que anticipaba iba a causar ese libro que su hija había escrito en seis semanas con solo diecisiete años. De modo que le sugirió que se buscara un seudónimo, y ella, voraz lectora de Proust, optó por uno de los personajes de En busca del tiempo perdido: el príncipe de Sagan.
El avispado cineasta estadounidense Otto Preminger, capaz de olfatear potenciales taquillazos a distancia, compró los derechos y cuatro años después, en 1958, llegó la película con el mismo título y Jean Seberg como icónica protagonista. Ahora, más de medio siglo después, la canadiense Durga Chew-Bose debuta en la dirección con una nueva versión, que se estrena directamente en Filmin, sin pasar por salas.
¿Tiene sentido volver a estas alturas al clásico de Sagan? ¿Es sensato buscar una nueva actriz para interpretar a la adolescente Cécile, que quedó para siempre fijada en el imaginario colectivo con el rostro de Jean Seberg? Y por último: ¿es una buena idea situar la trama en el presente, con los muchos cambios morales y sociológicos que se han producido en los setenta años trascurridos desde la publicación de la novela?
La obra de Sagan es uno de esos libros que devino fenómeno por su capacidad de anticipar tendencias que flotaban en el ambiente y terminarían por cristalizar. Cosas como el creciente protagonismo de la rebeldía juvenil, que estallaría una década después, en el mayo del 68; o los cambios en la moral sexual, que también eclosionarían en los años sesenta del pasado siglo… Salvando las distancias –que son muchas– es equivalente a lo que supuso en los años veinte El gran Gatsby de Fitzgerald, que se huele la crisis de los años treinta cinco años antes de que sucediera.
En el caso de Bonjour Tristesse, contribuyó a convertirla en un éxito de ventas y un fenómeno social su avispado editor, René Julliard, que la lanzó con una faja que decía que estaba escrita «con el diablo en el corazón». Era un guiño evidente –que todo lector francés era capaz de entender– a El diablo en el cuerpo, otra novela-escándalo de otro escritor precoz, Raymond Radiget, publicada en 1923. El libro de Sagan causó controversia entre otras cosas por lo adelantado a su época que era en el abordaje de la sexualidad. Un crítico llamó a la autora «Radiguet con enaguas» y otro la consideró «la nueva Colette». Desde las páginas del conservador Le Figaro, François Mauriac la tildó de «joven monstruito» y consideró que «el libertinaje en la adolescencia femenina es una plaga».
La versión cinematográfica de Preminger optó por suavizar algunos detalles del amorío veraniego de la protagonista, Cécile, de diecisiete años, con un chico diez años mayor que ella. Y potenció la luminosidad estival de la Costa Azul en la que se desarrolla la trama. La resumo para quienes no la conozcan: Cécile, huérfana de madre desde hace doce años, pasa las vacaciones con su padre, un playboy redomado, y su novia del momento. El padre ha dejado siempre despreocupadamente libre –acaso demasiado– a su hija, pero esto cambiará cuando llega pasar unos días con ellos una vieja amiga de la madre, Anne Larsen, diseñadora de moda. No solo el padre inicia una rápida relación amorosa con ella, que parece que va muy en serio, sino que Anne se inmiscuye en la vida de Cécile. Alarmada por el descontrol en el que vive la chica –que debería estar estudiando las asignaturas que ha suspendido para los exámenes de septiembre–, decide disciplinarla. Y la adolescente, rebotada, urdirá un plan vengativo de consecuencias catastróficas.
Uno de los puntos fuertes de la novela y uno de los mayores retos para sus adaptaciones al cine es la relación entre Cécile y Anne. ¿Es Anne una presencia positiva o represora en la vida de Cécile? ¿Se preocupa por ella y trata de reconducir su dispersión debida al descontrol paterno o reprime mojigatamente sus deseos adolescentes? ¿Tal vez la adolescente la ve –con complejo de Electra– como una rival en el amor paterno?
Y es precisamente en torno al personaje de Anne donde aparece el principal problema de esta nueva y meritoria adaptación. Por dos motivos: en primer lugar, porque traslada la historia al presente y la moral sexual ha dado un salto enorme, de modo que la escena en la que Anne sorprende a Cécile y a su noviete retozando en la playa y reacciona con gesto reprobatorio resulta poco creíble. Pero sobre todo hay un error de casting monumental. En la versión clásica, el personaje de Anne lo bordaba una estupenda Deborah Kerr, que daba a la perfección la imagen de mujer recta y firme. Mientras que aquí se le confía el papel a Cloë Sevigny, antaño icono de la contracultura y el desmadre, a la que con la edad se le ha puesto cara de miembro femenino de los Rolling Stones. Para nada trasmite la imagen de integridad y disciplina que requiere el personaje.
En cambio, es todo un acierto la elección de la jovencísima protagonista, Lily McInerny, que ya había interpretado a una adolescente desnortada en su anterior película, la muy apreciable Nunca llueve en California. Ruego clemencia a los fans de Jean Seberg, pero en mi modesta opinión McInerny da infinitamente mejor que ella el perfil de adolescente en el limbo entre la clausura de la infancia y la entrada en el mundo adulto. Seberg confería al personaje –con su corte de pelo a lo grançon y su encanto pizpireto– un aire de revoltosa encantadora, mucho menos sugestivo e inquietante que el que le da la introspectiva, lánguida, silenciosa y sigilosa McInerny.
En la novela de Sagan es clave esa «perversidad» adolescente que, desde la inmadurez, es incapaz de entender que los actos tienen consecuencias y se refugia en un pensamiento mágico infantil en el que –sintiéndose el centro del universo– cree que siempre se puede conseguir lo que se desea. Y eso lo transmite a la perfección Lily McInerny, a la que difícilmente esta cinta catapultará a la fama del modo en que lo hizo la versión clásica con su antecesora. Jean Seberg protagonizó sus dos primeras películas a las órdenes de Preminger: Santa Juana –en la que interpretaba a Juana de Arco y fue un fracaso– y Bonjour Tristesse, que la lanzó al estrellato. François Truffaut dijo en su crítica que el largometraje era «un poema de amor a Seberg» y Godard, fascinado, le ofreció el papel femenino de Al final de la escapada. Sin embargo, la actriz acabó harta de Preminger, del que dijo: «Me utilizó como un kleenex y después me lanzó a la papelera».
El otro gran acierto de casting de esta nueva versión es Claes Bang (el actor de The Square de Ruben Östlund) en el papel del padre de Cécile, mucho más creíble como magnético seductor madurito que David Niven en la adaptación de Preminger, porque la deliciosa liviandad del elegante actor británico siempre fue más adecuada para la comedia.
Hay una decisión llamativa y diría que no muy acertada en esta adaptación de Durga Chew-Bose. Tanto la novela de Sagan como la película clásica arrancaban con la protagonista dejando claro desde el principio que ese fue el último verano de inocencia y felicidad, porque algo sucedió que los cambió –a ella y a su padre– para siempre. De modo que la sombra de la tristeza se anunciaba desde el inicio (en la cinta de Preminger con las imágenes parisinas en tristón blanco y negro frente a la luminosidad y colorido de la Costa Azul). En cambio, en la nueva versión no hay insinuación alguna de la sombra que envolverá a los personajes. El drama llega al final, de golpe, con lo que se pierde un elemento premonitorio que es relevante en la historia original.
Por lo demás, esta es una adaptación notable, que centra la atención en los detalles sensoriales –el sol sobre la piel, el modo de comerse una manzana o de untar la mantequilla una tostada…– para ir resaltando el ennui, la molicieque todo lo invade y que poco a poco derivará en tragedia. Eso implica que el ritmo es calmoso, incluso parsimonioso –¡es muy lenta!, van a refunfuñar los impacientes–, con el fin de ir construyendo un clima envolvente, servido con unas imágenes seductoras y sensuales (espléndida fotografía de Maximilian Pittner). Eso sí, con lo que no cuenta esta nueva película es con la maravillosa Juliette Gréco entonando –en la versión de Preminger– la preciosa canción Bonjour Tristesse.
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