‘Archipiélago invisible’: la constelación de disidentes de Ricardo Cayuela

Ricardo Cayuela, colaborador de THE OBJECTIVE, ha reunido los perfiles de 25 escritores latinoamericanos en orden cronológico. Todos estos literatos —ensayistas, cuentistas, novelistas, poetas o cronistas— fueron y han sido ajenos a las modas, reacios a la pulsión de la novedad o incluso, en algunos casos, refractarios a la fama. Y los retratos de Cayuela —que no constituyen, estrictamente, vidas o pequeñas biografías— devienen en pequeños dispositivos de la escritura: Archipiélago es una suerte de constelación, unida por el hilo invisible de la diferencia artística y, hasta cierto punto, por la disidencia.  

La primera figura del Archipiélago invisible (editorial Funambulista) es la etnóloga y narradora cubana Lydia Cabrera y la colección cierra con Alma Guillermoprieto, quien ha firmado muchas de las más trascendentales crónicas sobre América Latina y sus avatares en décadas recientes. No es menor el escogimiento del principio y del final de esta colección, ya que Cabrera nació en 1899, poco después de la renuncia de España sobre Cuba y, en el caso de Guillermoprieto, ha sido desde hace décadas testigo y cronista de las tribulaciones de América Latina. En el medio, y en coincidencia con el siglo XX, Cayuela ha construido una colección de singulares artistas, escritores insurgentes y aves raras.

Me parece que entre los perfilados sobresale el reaccionario ilustrado Nicolás Gómez Dávila, aparentemente un señorón reclusivo que, sin embargo, terminó por articular todo un sistema filosófico, basado en los escolios: unos fragmentos a un tiempo certeros y glaciales, rezumantes de historia y cultura. A Gómez Dávila perfectamente se lo podría considerar un moralista andino, aunque con sólidos fundamentos y lecturas europeas. Se comunica con él otro afrancesado colombiano, Álvaro Mutis, quien hilvanó a través de la poesía siete novelas cortas que coqueteaban con la perfección y, claro, protagonizadas por el siempre escéptico pero ilustrado Maqroll el Gaviero. Completa la triada andina Julio Ramón Ribeyro, de ribetes franceses igual que los prenombrados Mutis y Gómez Dávila, siempre en las riberas del llamado boom latinoamericano (quizá por carecer de una novela emblemática), pero en todo caso agudo y refinado cuentista, al tiempo que diarista obsesivo.

También destaca entre los islotes del Archipiélago la representación del grafómano mexicano Salvador Elizondo, a quien su colega José de la Colina perfiló como un «… habitante único de su isla, un ‘universo hecho de escritura’, de una escritura que se refleja en el espejo de ella misma pasando por una variedad de motivos extraños. Una escritura de la escritura, y, a la vez, una estética y una metafísica de la mirada, con las cuales el escritor, comenzando por fascinarse él mismo, busca fascinar al lector». (En El libro de los espejos. Encuentros con Salvador Elizondo, México, Instituto Literario de Veracruz. Pág. 11).

Elizondo también fue un escritor de distinta especie —una singularidad—, también porque su escritura parecía exótica en cualquier lugar, alejada a su vez de la columna vertebral de la literatura tradicional, buscadora de filones y estratos y no necesariamente de la veta principal. Y, en la misma línea, Elizondo tenía un parentesco espiritual con Witold Gombrowicz, un aristócrata polaco accidentalmente trasplantado a Argentina poco antes de la Segunda Guerra Mundial, rigurosamente independiente y un raro de pleno derecho, también parte del elenco de Archipiélago.

En la senda de Rubén Darío

Finalmente, esta colección de estampas de Cayuela Gally tiene cierta consanguinidad con dos clásicos de la materia. En primer lugar, Los raros de Rubén Darío, en cuanto al tratamiento de personajes claramente bizarros, únicos en su especie; y también en lo que respecta al afán por destacar la individualidad y las vocaciones contracorriente. En relación con la colección de Rubén Darío, hay una variación importante: en el caso del poeta nicaragüense, la galería está conformada mayoritariamente por escritores franceses —destacan Paul Verlaine, Leon Bloy o Leconte de Lisle— y, como excepción, por José Martí, Eugenio de Castro o Augusto de Armas, de relaciones latinas. Archipiélago constituye una orquesta de latinoamericanos, mientras que Los Raros, un repertorio de extravagantes, armado por un americano. El parentesco, en todo caso, está en la construcción de un gabinete de escritores curiosos.

También, en el repositorio de Cayuela, hay ciertos vasos comunicantes con Excéntricos de Geminello Alvi, del mismo modo una cuidada selección de personajes extravagantes y disidentes, aparentemente de segunda línea. Además de los puentes de la peculiaridad, también hay lazos de estilo, por cuanto el italiano y el mexicano son artífices de textos cortos y libres de grasa, precisos al tiempo que profundamente literarios. Por eso, no creo que los 25 retratos de Cayuela Gally sean, en puridad, ensayos. En el sentido de que ensayar es no atar cabos sueltos, dejar puertas abiertas. Las representaciones de Archipiélago constituyen, más bien, tiros de precisión.

Con todo lo anterior, Archipiélago invisible nos deja el sedimento de un caleidoscopio de escritores latinoamericanos, en muchos casos con puntos de contacto europeo o, en otros, que redescubrieron sus países a través del prisma de Europa. Y queda en el aire, como siempre, que América Latina y Europa se dan las espaldas y se miran poco de frente.

 Ricardo Cayuela, colaborador de THE OBJECTIVE, ha reunido los perfiles de 25 escritores latinoamericanos en orden cronológico. Todos estos literatos —ensayistas, cuentistas, novelistas, poetas o cronistas—  

Ricardo Cayuela, colaborador de THE OBJECTIVE, ha reunido los perfiles de 25 escritores latinoamericanos en orden cronológico. Todos estos literatos —ensayistas, cuentistas, novelistas, poetas o cronistas— fueron y han sido ajenos a las modas, reacios a la pulsión de la novedad o incluso, en algunos casos, refractarios a la fama. Y los retratos de Cayuela —que no constituyen, estrictamente, vidas o pequeñas biografías— devienen en pequeños dispositivos de la escritura: Archipiélago es una suerte de constelación, unida por el hilo invisible de la diferencia artística y, hasta cierto punto, por la disidencia.  

La primera figura del Archipiélago invisible (editorial Funambulista) es la etnóloga y narradora cubana Lydia Cabrera y la colección cierra con Alma Guillermoprieto, quien ha firmado muchas de las más trascendentales crónicas sobre América Latina y sus avatares en décadas recientes. No es menor el escogimiento del principio y del final de esta colección, ya que Cabrera nació en 1899, poco después de la renuncia de España sobre Cuba y, en el caso de Guillermoprieto, ha sido desde hace décadas testigo y cronista de las tribulaciones de América Latina. En el medio, y en coincidencia con el siglo XX, Cayuela ha construido una colección de singulares artistas, escritores insurgentes y aves raras.

Me parece que entre los perfilados sobresale el reaccionario ilustrado Nicolás Gómez Dávila, aparentemente un señorón reclusivo que, sin embargo, terminó por articular todo un sistema filosófico, basado en los escolios: unos fragmentos a un tiempo certeros y glaciales, rezumantes de historia y cultura. A Gómez Dávila perfectamente se lo podría considerar un moralista andino, aunque con sólidos fundamentos y lecturas europeas. Se comunica con él otro afrancesado colombiano, Álvaro Mutis, quien hilvanó a través de la poesía siete novelas cortas que coqueteaban con la perfección y, claro, protagonizadas por el siempre escéptico pero ilustrado Maqroll el Gaviero. Completa la triada andina Julio Ramón Ribeyro, de ribetes franceses igual que los prenombrados Mutis y Gómez Dávila, siempre en las riberas del llamado boom latinoamericano (quizá por carecer de una novela emblemática), pero en todo caso agudo y refinado cuentista, al tiempo que diarista obsesivo.

También destaca entre los islotes del Archipiélago la representación del grafómano mexicano Salvador Elizondo, a quien su colega José de la Colina perfiló como un «… habitante único de su isla, un ‘universo hecho de escritura’, de una escritura que se refleja en el espejo de ella misma pasando por una variedad de motivos extraños. Una escritura de la escritura, y, a la vez, una estética y una metafísica de la mirada, con las cuales el escritor, comenzando por fascinarse él mismo, busca fascinar al lector». (En El libro de los espejos. Encuentros con Salvador Elizondo, México, Instituto Literario de Veracruz. Pág. 11).

Elizondo también fue un escritor de distinta especie —una singularidad—, también porque su escritura parecía exótica en cualquier lugar, alejada a su vez de la columna vertebral de la literatura tradicional, buscadora de filones y estratos y no necesariamente de la veta principal. Y, en la misma línea, Elizondo tenía un parentesco espiritual con Witold Gombrowicz, un aristócrata polaco accidentalmente trasplantado a Argentina poco antes de la Segunda Guerra Mundial, rigurosamente independiente y un raro de pleno derecho, también parte del elenco de Archipiélago.

Finalmente, esta colección de estampas de Cayuela Gally tiene cierta consanguinidad con dos clásicos de la materia. En primer lugar, Los raros de Rubén Darío, en cuanto al tratamiento de personajes claramente bizarros, únicos en su especie; y también en lo que respecta al afán por destacar la individualidad y las vocaciones contracorriente. En relación con la colección de Rubén Darío, hay una variación importante: en el caso del poeta nicaragüense, la galería está conformada mayoritariamente por escritores franceses —destacan Paul Verlaine, Leon Bloy o Leconte de Lisle— y, como excepción, por José Martí, Eugenio de Castro o Augusto de Armas, de relaciones latinas. Archipiélago constituye una orquesta de latinoamericanos, mientras que Los Raros, un repertorio de extravagantes, armado por un americano. El parentesco, en todo caso, está en la construcción de un gabinete de escritores curiosos.

También, en el repositorio de Cayuela, hay ciertos vasos comunicantes con Excéntricos de Geminello Alvi, del mismo modo una cuidada selección de personajes extravagantes y disidentes, aparentemente de segunda línea. Además de los puentes de la peculiaridad, también hay lazos de estilo, por cuanto el italiano y el mexicano son artífices de textos cortos y libres de grasa, precisos al tiempo que profundamente literarios. Por eso, no creo que los 25 retratos de Cayuela Gally sean, en puridad, ensayos. En el sentido de que ensayar es no atar cabos sueltos, dejar puertas abiertas. Las representaciones de Archipiélago constituyen, más bien, tiros de precisión.

Con todo lo anterior, Archipiélago invisible nos deja el sedimento de un caleidoscopio de escritores latinoamericanos, en muchos casos con puntos de contacto europeo o, en otros, que redescubrieron sus países a través del prisma de Europa. Y queda en el aire, como siempre, que América Latina y Europa se dan las espaldas y se miran poco de frente.

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