«Donde hay poca justicia es peligroso tener razón», escribió don Francisco de Quevedo y Villegas, gloria de nuestro Siglo de Oro. Más de medio siglo más tarde, Voltaire, el impertinente ilustrado francés, explicó que esa temeridad consiste, sobre todo, en el acto temerario de contradecir los argumentarios del gobierno, señalar ante el público sus errores y denunciar sus caprichos. Una centuria y media después, Friedrich Dürrenmatt, dramaturgo suizo, condensó esta misma idea en una frase: «Son tristes los tiempos en los que uno debe luchar por lo que es evidente».
El periodismo consiste en estas tres cosas. Contar lo que sucede de la forma más exacta posible, abriendo a machete un sendero limpio en mitad de la infinita selva de las mentiras interesadas; sacarle los colores al poder –da igual su signo y quiénes sean sus embajadores– y documentar la verdad, le pese a quien pese. La historia de los diarios y de las revistas, cuyo único patrimonio moral es esta voluntad de aproximarse a lo real, está llena de mutaciones y metamorfosis. Unas se deben a los intereses de sus propietarios; otras obedecen al zeitgeist, el famoso espíritu de la época en la que se publican.
Quizás ningún proyecto editorial en Europa haya encarnado esta vibrante pulsión como Die Weltbühne, la revista de arte y política que fundase en el Berlín de principios del pasado siglo el editor Siegfried Jacobsohn. Nacida en 1905 con otro nombre –Die Schaubühne– y objeto (publicar críticas de teatro), el semanario de Jacobsohn abrió a partir de 1918 sus páginas a los artículos políticos y a un estudiante de leyes, Kurt Tucholsky, que acabaría siendo uno de sus primeros espadas.
Esta ampliación de intereses respondía a una convicción –no existe ningún teatro que sea más importante que la política– y a un contexto histórico. Alemania había instaurado, tras su derrota en la Primera Guerra Mundial y la abdicación del káiser Guillermo II, un régimen democrático y republicano con sede en Weimar, la ciudad donde Goethe vivió unos siglos antes igual que un príncipe. Entre 1918 y 1933, cuando el ascenso de Hitler puso final a este experimento liberal, instaurando un totalitarismo nacionalista y violento, el régimen de Weimar incentivó la discusión parlamentaria e instauró una relativa libertad de prensa.
Die Weltbühne cambió su enfoque para sumarse a este proceso, defendiendo desde primera hora un izquierdismo ilustrado –esa flor tan extraña– y enfrentándose al regreso al viejo ideal imperial prusiano. A su alrededor orbitó un nutrido grupo de intelectuales, artistas y escritores –los más notables fueron Thomas Mann, Bertolt Brecht, Robert Walser, Ernst Bloch, Sándor Márai o Serguéi Eisenstein, pero hubo otros muchos nombres– que participaron en sus páginas. El semanario defendió las frágiles libertades civiles –fue vehemente en cuestiones sociales como la despenalización del aborto, la abolición de la pena de muerte o la homosexualidad– y, aunque nunca tuvo una tirada masiva (no vendió más de 15.000 ejemplares; se sostenía gracias a sus suscriptores y a algunos generosos patrocinadores), su influencia intelectual fue no sólo notable, sino trascendente. La prueba es que se ganó un sinfín de adversarios. Éste es el recurrente destino de la libertad: ser cercada por sus enemigos.
Acantilado acaba de publicar, al cuidado del germanista y traductor Francisco Uzcanga Meinecke, una excelente selección del periodismo combativo de Die Weltbühne, liderado sucesivamente por Jacobsohn, Tucholsky y Ossietzky, sus tres directores. El libro permite recorrer las tres épocas de la publicación: su libertad de criterio –la línea editorial era progresista, pero no toleraba las consignas–, su activo combate contra el dogmatismo, su alta calidad literaria y su fervor en la democracia liberal.
Contra el nacionalismo
Su poética se resumía en la oposición ante la burocracia y el militarismo, una crítica severa y satírica contra el nacionalismo y el antisemitismo, la defensa de los derechos civiles y la atención constante a la cultura y el arte, sustento ideológico de cualquier proyecto editorial serio y duradero. Die Weltbühne amaba el espíritu de las vanguardias: la irrupción del cine de masas, la revolución arquitectónica y de diseño de la Bauhaus, el nacimiento del Movimiento Dadá o la literatura de James Joyce.
Atención a las ideas y devoción por las artes, junto a una sanísima impertinencia, mal digerida en los ámbitos conservadores de la Alemania de aquel momento. El rescate editorial de Acantilado no nos devuelve una publicación arqueológica. Muestra que la defensa de la democracia y de la libertad es un trabajo conjunto entre los periodistas y los pensadores. Y una cuestión de nuestro presente, porque cuando una sociedad carece de antídotos ante el poder, o cuando éste hostiga o critica a los periodistas y a los medios críticos, es cuando empieza a estar en un serio peligro.
Uzcanga Meinecke, que acompaña la antología con un sabroso prólogo y un aparato crítico riguroso, alejado del academicismo, ha hecho una selección rica y plural, que muestra los intercambios entre la cultura y la creación, el debate intelectual y el compromiso político. Si el espíritu de Weimar fue capaz de crear una plataforma de ideas como Die Weltbühne a pesar de la entronización social del nazismo es que, de alguna manera, al menos simbólica, su desaparición no supuso la extinción de su causa, tan vigente ahora –por ejemplo en la España de Sánchez– como entonces.
Es la ligazón entre el afán de combate y la atención a la cultura, concebida no como un mero pasatiempo, sino como un instrumento de análisis social y político y una determinada forma de mirar el mundo, lo que hizo singular a este semanario berlinés, capaz de criticar por igual a la extrema derecha y al movimiento espartaquista de izquierdas. Feroz si era necesario, la revista fue clarividente al juzgar tanto el paramilitarismo político como la cobardía de la crítica literaria del momento, que daba por bueno un libro por el simple hecho de estar escrito en alemán.
Clausurada en 1933
No es de extrañar que Hitler enviase a «funcionarios vestidos de negro» a su redacción y ordenase su cierre en marzo de 1933, encarcelando a Ossietzky, que descubrió y publicó que no se cumplían las restricciones de armamento impuestas por el Tratado de Versalles, y que fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz de 1936, que nunca pudo recoger. Semanas después, a principios de mayo, en la plaza de la Ópera de Berlín, fanáticos nazis quemaban los números del semanario, con sus cubiertas de rojo sangre, y satanizaban a sus editores y colaboradores en los conjuros de fuego que alimentaban con antorchas góticas y medievales.
Lo que se ardía en esas piras, hogueras de la intolerancia hacia la cultura y crematorios de las cenizas de la libertad, eran las voces libres de una Alemania moderna que no quería volver a ser encadenada de nuevo a las pesadillas de su pasado. Die Weltbühne era ese sitio donde se escribía lo que otras publicaciones no toleraban ni imprimían. Ésta fue su gloria. El libro de Uzcanga Meinecke, que incluye un artículo sobre Unamuno y otro sobre la República española, es un justo acto de homenaje a su valerosa memoria de papel.
«Donde hay poca justicia es peligroso tener razón», escribió don Francisco de Quevedo y Villegas, gloria de nuestro Siglo de Oro. Más de medio siglo más
«Donde hay poca justicia es peligroso tener razón», escribió don Francisco de Quevedo y Villegas, gloria de nuestro Siglo de Oro. Más de medio siglo más tarde, Voltaire, el impertinente ilustrado francés, explicó que esa temeridad consiste, sobre todo, en el acto temerario de contradecir los argumentarios del gobierno, señalar ante el público sus errores y denunciar sus caprichos. Una centuria y media después, Friedrich Dürrenmatt, dramaturgo suizo, condensó esta misma idea en una frase: «Son tristes los tiempos en los que uno debe luchar por lo que es evidente».
El periodismo consiste en estas tres cosas. Contar lo que sucede de la forma más exacta posible, abriendo a machete un sendero limpio en mitad de la infinita selva de las mentiras interesadas; sacarle los colores al poder –da igual su signo y quiénes sean sus embajadores– y documentar la verdad, le pese a quien pese. La historia de los diarios y de las revistas, cuyo único patrimonio moral es esta voluntad de aproximarse a lo real, está llena de mutaciones y metamorfosis. Unas se deben a los intereses de sus propietarios; otras obedecen al zeitgeist, el famoso espíritu de la época en la que se publican.
Quizás ningún proyecto editorial en Europa haya encarnado esta vibrante pulsión como Die Weltbühne, la revista de arte y política que fundase en el Berlín de principios del pasado siglo el editor Siegfried Jacobsohn. Nacida en 1905 con otro nombre –Die Schaubühne– y objeto (publicar críticas de teatro), el semanario de Jacobsohn abrió a partir de 1918 sus páginas a los artículos políticos y a un estudiante de leyes, Kurt Tucholsky, que acabaría siendo uno de sus primeros espadas.
Esta ampliación de intereses respondía a una convicción –no existe ningún teatro que sea más importante que la política– y a un contexto histórico. Alemania había instaurado, tras su derrota en la Primera Guerra Mundial y la abdicación del káiser Guillermo II, un régimen democrático y republicano con sede en Weimar, la ciudad donde Goethe vivió unos siglos antes igual que un príncipe. Entre 1918 y 1933, cuando el ascenso de Hitler puso final a este experimento liberal, instaurando un totalitarismo nacionalista y violento, el régimen de Weimar incentivó la discusión parlamentaria e instauró una relativa libertad de prensa.
Die Weltbühne cambió su enfoque para sumarse a este proceso, defendiendo desde primera hora un izquierdismo ilustrado –esa flor tan extraña– y enfrentándose al regreso al viejo ideal imperial prusiano. A su alrededor orbitó un nutrido grupo de intelectuales, artistas y escritores –los más notables fueron Thomas Mann, Bertolt Brecht, Robert Walser, Ernst Bloch, Sándor Márai o Serguéi Eisenstein, pero hubo otros muchos nombres– que participaron en sus páginas. El semanario defendió las frágiles libertades civiles –fue vehemente en cuestiones sociales como la despenalización del aborto, la abolición de la pena de muerte o la homosexualidad– y, aunque nunca tuvo una tirada masiva (no vendió más de 15.000 ejemplares; se sostenía gracias a sus suscriptores y a algunos generosos patrocinadores), su influencia intelectual fue no sólo notable, sino trascendente. La prueba es que se ganó un sinfín de adversarios. Éste es el recurrente destino de la libertad: ser cercada por sus enemigos.
Acantilado acaba de publicar, al cuidado del germanista y traductor Francisco Uzcanga Meinecke, una excelente selección del periodismo combativo de Die Weltbühne, liderado sucesivamente por Jacobsohn, Tucholsky y Ossietzky, sus tres directores. El libro permite recorrer las tres épocas de la publicación: su libertad de criterio –la línea editorial era progresista, pero no toleraba las consignas–, su activo combate contra el dogmatismo, su alta calidad literaria y su fervor en la democracia liberal.
Su poética se resumía en la oposición ante la burocracia y el militarismo, una crítica severa y satírica contra el nacionalismo y el antisemitismo, la defensa de los derechos civiles y la atención constante a la cultura y el arte, sustento ideológico de cualquier proyecto editorial serio y duradero. Die Weltbühne amaba el espíritu de las vanguardias: la irrupción del cine de masas, la revolución arquitectónica y de diseño de la Bauhaus, el nacimiento del Movimiento Dadá o la literatura de James Joyce.
Atención a las ideas y devoción por las artes, junto a una sanísima impertinencia, mal digerida en los ámbitos conservadores de la Alemania de aquel momento. El rescate editorial de Acantilado no nos devuelve una publicación arqueológica. Muestra que la defensa de la democracia y de la libertad es un trabajo conjunto entre los periodistas y los pensadores. Y una cuestión de nuestro presente, porque cuando una sociedad carece de antídotos ante el poder, o cuando éste hostiga o critica a los periodistas y a los medios críticos, es cuando empieza a estar en un serio peligro.
Uzcanga Meinecke, que acompaña la antología con un sabroso prólogo y un aparato crítico riguroso, alejado del academicismo, ha hecho una selección rica y plural, que muestra los intercambios entre la cultura y la creación, el debate intelectual y el compromiso político. Si el espíritu de Weimar fue capaz de crear una plataforma de ideas como Die Weltbühne a pesar de la entronización social del nazismo es que, de alguna manera, al menos simbólica, su desaparición no supuso la extinción de su causa, tan vigente ahora –por ejemplo en la España de Sánchez– como entonces.
Es la ligazón entre el afán de combate y la atención a la cultura, concebida no como un mero pasatiempo, sino como un instrumento de análisis social y político y una determinada forma de mirar el mundo, lo que hizo singular a este semanario berlinés, capaz de criticar por igual a la extrema derecha y al movimiento espartaquista de izquierdas. Feroz si era necesario, la revista fue clarividente al juzgar tanto el paramilitarismo político como la cobardía de la crítica literaria del momento, que daba por bueno un libro por el simple hecho de estar escrito en alemán.
No es de extrañar que Hitler enviase a «funcionarios vestidos de negro» a su redacción y ordenase su cierre en marzo de 1933, encarcelando a Ossietzky, que descubrió y publicó que no se cumplían las restricciones de armamento impuestas por el Tratado de Versalles, y que fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz de 1936, que nunca pudo recoger. Semanas después, a principios de mayo, en la plaza de la Ópera de Berlín, fanáticos nazis quemaban los números del semanario, con sus cubiertas de rojo sangre, y satanizaban a sus editores y colaboradores en los conjuros de fuego que alimentaban con antorchas góticas y medievales.
Lo que se ardía en esas piras, hogueras de la intolerancia hacia la cultura y crematorios de las cenizas de la libertad, eran las voces libres de una Alemania moderna que no quería volver a ser encadenada de nuevo a las pesadillas de su pasado. Die Weltbühne era ese sitio donde se escribía lo que otras publicaciones no toleraban ni imprimían. Ésta fue su gloria. El libro de Uzcanga Meinecke, que incluye un artículo sobre Unamuno y otro sobre la República española, es un justo acto de homenaje a su valerosa memoria de papel.
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