Amélie Nothomb estrella su estupenda rareza contra el frío

Hace mucho frío en Viaje de invierno (Anagrama), la última novela de Amélie Nothomb (Kobe, Japón, 1967). Como en esta cumbre nuestra de la cuesta de enero. Y todavía queda lo peor: febrero, el martes de los meses. El horror. Lo que le gusta a Nothomb. Aunque ella lo lleva bien, con desparpajo, faltándole bastante al respeto. 

La semana pasada doblamos el cabo del Blue Monday, el peor día del año según los anglosajones. Nothomb es muy francesa, y se nota, aunque su biografía le ha dado un arco más que curioso de matices. Para empezar, en realidad es belga, pero de la parte más francesa que Francia, para entendernos. Y ahora vive en París. Pero, por el trabajo de su padre diplomático, nació en Japón y vivió en muchos (quizá demasiados) sitios. De vuelta a Bélgica, no lo pasó bien en la universidad. Lo intentó después en Japón, trabajando en una gran empresa, y lo pasó peor. Otra vez en Bélgica, sufrió la muerte traumática de su adorado hermano. Y se dio a la literatura. Una literatura muy especial.

Dicen que es autista. Su literatura. Y algunos sospechan que ella también. No está claro. A su literatura, desde luego, le va bien. En 1992, justo después de lo de su hermano, publicó Higiene del asesino (Circe). Éxito fulgurante. Se convirtió en una especie de figura pop de la literatura francesa. Pero con calidad. Una calidad diferente. Tiene muchos premios importantes: el de la Academia Francesa, el Renaudot, el Strega Europeo, el Leteo… 

Publica una novela al año. Ella asegura que escribe tres y elige una. Sí que suena un poco autista, la verdad. Las que salen al mundo son cortitas. Viaje de invierno apenas pasa de las 100 páginas, y con letra y espacios generosos. El resultado es una intensidad muy interesante y muy loca, surrealismo puro con reflexiones sorprendentes y más profundas de lo que el tono podría sugerir. Yo juraría que he visto algo así como un Dostoyevski pasado por Valle-Inclán.

El síndrome Raskolnikov del protagonista es evidente. Pero en su desarrollo tiende a ponerse estupendo a la manera de Max Estrella. Más o menos. En versión muy contemporánea. Está en un aeropuerto parisino y se cisca en los controles de seguridad en general, pero se consuela con que hoy es un día especial: «Esta vez sí voy a hacer estallar el avión de las 13.30». Por su biografía ya intuíamos que Amélie Nothomb le había pillado manía a los viajes.

Escritura y actividad criminal

El protagonista y narrador no es un terrorista ni nada por el estilo: «No tengo alma de colaborador. Carezco de espíritu de equipo. No tengo nada en contra de la especie humana, siento inclinaciones por la amistad y el amor, pero sólo concibo la acción en solitario». Le quedan cinco horas de espera antes de que salga el avión, pero «espera no serán demasiadas, ya que me he traído esta libreta y este bolígrafo». Escribe cosas como: «Yo, que hasta los cuarenta había logrado no caer en la deshonra de la escritura, ahora descubro que la actividad criminal lleva implícita la necesidad de escribir». O «mis garabatos estallarán conmigo. No tendré que rebajarme a proponerle a un editor que lea mi manuscrito, ni a pedirle su opinión». Sospecho que Amélie Nothomb es una cachonda. Y que ha llegado un punto en que escribe lo que le brota y se queda tan a gusto.

El protagonista es un letraherido desde la cuna. O un poco después, cuando sus padres le perpetraron el nombre: «En una enciclopedia de filología, incluso me enteré de que Zoilo habría muerto lapidado por una masa de buena gente asqueada por sus opiniones sobre la Odisea. Época heroica ésa en la que los amantes de una obra literaria no dudaban en cargarse a un crítico infumable». Efectivamente, Amélie Nothomb, eres una cachonda. Amiga.

En sus momentos Raskolnikov, el bueno (es un decir) de Zoilo reflexiona así: «El simple hecho de vivir es un sentido en sí mismo. Otro es vivir en este planeta. Otro es vivir entre los demás, etc. Declarar que tu vida carece de sentido no es serio. En mi caso, sí sería exacto afirmar que, hasta ahora, mi vida carecía de objeto. Y me parecía bien. Era una vida intransitiva. Vivía de un modo absoluto». Pero… «Fue entonces cuando el destino me alcanzó».

El amor le llega de la forma más extravagante posible. Sin duda sobrecualificado intelectualmente, se dedica por cosas de la vida a revisar las condiciones térmicas de los hogares menos favorecidos de París como técnico de los servicios públicos de energía. Llega a una casa en la que hace mucho frío. Pero su moradora, la bella Astrolabio, se niega a ser subvencionada. Zoilo se enamora de ella, claro.  

Autismo

Porque, para empezar, el nombre de Astrolabio empieza por «a»., valga la redundancia. No es un detalle baladí, por varias razones, pero no vamos a hacer el gran spoiler explicando la más importante.  Por lo demás, es una mujer maravillosa. Pero ha decidido vivir con, por y para Aliénor, una novelista con un «autismo afable». Perfectamente impedida para la vida en sociedad. De hecho, ni escribe: le dicta a Aliénor sus historias, sorprendentemente violentas: «Al escribir, consigue expresar lo que no ve en su entorno cotidiano».

La obsesión de Astrolabio por Aliénor, de la que no se despega, frustra el amor de Zoilo. No hay que ser un genio para recordar la letra por la que empieza el nombre de la autora de la novela (que, recordemos, es una cachonda) y atar cabos. Según Wikipedia, su escritura manifiesta «una forma de percibir el mundo muy diferente, a menudo absurda para los demás, lo que explica su visión única y su fascinación por lo ‘monstruoso’ y lo extremo».

Por ejemplo, Zoilo. Y el frío. La contumacia de Astrolabio en la menesterosidad, la hace inaccesible: «Llevaba en todo momento tres parkas y varias capas de pantalones, temibles armaduras de castidad bajo las cuales su cuerpo seguía siendo todo un enigma. Sólo conocía sus manos menudas y su rostro esbelto; cuando la besaba, su nariz estaba tan helada que me dolían los labios»…

Como para no estrellar aviones.

 Hace mucho frío en Viaje de invierno (Anagrama), la última novela de Amélie Nothomb (Kobe, Japón, 1967). Como en esta cumbre nuestra de la cuesta de  

Hace mucho frío en Viaje de invierno (Anagrama), la última novela de Amélie Nothomb (Kobe, Japón, 1967). Como en esta cumbre nuestra de la cuesta de enero. Y todavía queda lo peor: febrero, el martes de los meses. El horror. Lo que le gusta a Nothomb. Aunque ella lo lleva bien, con desparpajo, faltándole bastante al respeto. 

La semana pasada doblamos el cabo del Blue Monday, el peor día del año según los anglosajones. Nothomb es muy francesa, y se nota, aunque su biografía le ha dado un arco más que curioso de matices. Para empezar, en realidad es belga, pero de la parte más francesa que Francia, para entendernos. Y ahora vive en París. Pero, por el trabajo de su padre diplomático, nació en Japón y vivió en muchos (quizá demasiados) sitios. De vuelta a Bélgica, no lo pasó bien en la universidad. Lo intentó después en Japón, trabajando en una gran empresa, y lo pasó peor. Otra vez en Bélgica, sufrió la muerte traumática de su adorado hermano. Y se dio a la literatura. Una literatura muy especial.

Dicen que es autista. Su literatura. Y algunos sospechan que ella también. No está claro. A su literatura, desde luego, le va bien. En 1992, justo después de lo de su hermano, publicó Higiene del asesino (Circe). Éxito fulgurante. Se convirtió en una especie de figura pop de la literatura francesa. Pero con calidad. Una calidad diferente. Tiene muchos premios importantes: el de la Academia Francesa, el Renaudot, el Strega Europeo, el Leteo… 

Publica una novela al año. Ella asegura que escribe tres y elige una. Sí que suena un poco autista, la verdad. Las que salen al mundo son cortitas. Viaje de invierno apenas pasa de las 100 páginas, y con letra y espacios generosos. El resultado es una intensidad muy interesante y muy loca, surrealismo puro con reflexiones sorprendentes y más profundas de lo que el tono podría sugerir. Yo juraría que he visto algo así como un Dostoyevski pasado por Valle-Inclán.

El síndrome Raskolnikov del protagonista es evidente. Pero en su desarrollo tiende a ponerse estupendo a la manera de Max Estrella. Más o menos. En versión muy contemporánea. Está en un aeropuerto parisino y se cisca en los controles de seguridad en general, pero se consuela con que hoy es un día especial: «Esta vez sí voy a hacer estallar el avión de las 13.30». Por su biografía ya intuíamos que Amélie Nothomb le había pillado manía a los viajes.

El protagonista y narrador no es un terrorista ni nada por el estilo: «No tengo alma de colaborador. Carezco de espíritu de equipo. No tengo nada en contra de la especie humana, siento inclinaciones por la amistad y el amor, pero sólo concibo la acción en solitario». Le quedan cinco horas de espera antes de que salga el avión, pero «espera no serán demasiadas, ya que me he traído esta libreta y este bolígrafo». Escribe cosas como: «Yo, que hasta los cuarenta había logrado no caer en la deshonra de la escritura, ahora descubro que la actividad criminal lleva implícita la necesidad de escribir». O «mis garabatos estallarán conmigo. No tendré que rebajarme a proponerle a un editor que lea mi manuscrito, ni a pedirle su opinión». Sospecho que Amélie Nothomb es una cachonda. Y que ha llegado un punto en que escribe lo que le brota y se queda tan a gusto.

El protagonista es un letraherido desde la cuna. O un poco después, cuando sus padres le perpetraron el nombre: «En una enciclopedia de filología, incluso me enteré de que Zoilo habría muerto lapidado por una masa de buena gente asqueada por sus opiniones sobre la Odisea. Época heroica ésa en la que los amantes de una obra literaria no dudaban en cargarse a un crítico infumable». Efectivamente, Amélie Nothomb, eres una cachonda. Amiga.

En sus momentos Raskolnikov, el bueno (es un decir) de Zoilo reflexiona así: «El simple hecho de vivir es un sentido en sí mismo. Otro es vivir en este planeta. Otro es vivir entre los demás, etc. Declarar que tu vida carece de sentido no es serio. En mi caso, sí sería exacto afirmar que, hasta ahora, mi vida carecía de objeto. Y me parecía bien. Era una vida intransitiva. Vivía de un modo absoluto». Pero… «Fue entonces cuando el destino me alcanzó».

El amor le llega de la forma más extravagante posible. Sin duda sobrecualificado intelectualmente, se dedica por cosas de la vida a revisar las condiciones térmicas de los hogares menos favorecidos de París como técnico de los servicios públicos de energía. Llega a una casa en la que hace mucho frío. Pero su moradora, la bella Astrolabio, se niega a ser subvencionada. Zoilo se enamora de ella, claro.  

Porque, para empezar, el nombre de Astrolabio empieza por «a»., valga la redundancia. No es un detalle baladí, por varias razones, pero no vamos a hacer el gran spoiler explicando la más importante.  Por lo demás, es una mujer maravillosa. Pero ha decidido vivir con, por y para Aliénor, una novelista con un «autismo afable». Perfectamente impedida para la vida en sociedad. De hecho, ni escribe: le dicta a Aliénor sus historias, sorprendentemente violentas: «Al escribir, consigue expresar lo que no ve en su entorno cotidiano».

La obsesión de Astrolabio por Aliénor, de la que no se despega, frustra el amor de Zoilo. No hay que ser un genio para recordar la letra por la que empieza el nombre de la autora de la novela (que, recordemos, es una cachonda) y atar cabos. Según Wikipedia, su escritura manifiesta «una forma de percibir el mundo muy diferente, a menudo absurda para los demás, lo que explica su visión única y su fascinación por lo ‘monstruoso’ y lo extremo».

Por ejemplo, Zoilo. Y el frío. La contumacia de Astrolabio en la menesterosidad, la hace inaccesible: «Llevaba en todo momento tres parkas y varias capas de pantalones, temibles armaduras de castidad bajo las cuales su cuerpo seguía siendo todo un enigma. Sólo conocía sus manos menudas y su rostro esbelto; cuando la besaba, su nariz estaba tan helada que me dolían los labios»…

Como para no estrellar aviones.

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