Jakob Fugger, mucho más que el banquero de Carlos V

Dos datos iniciales acerca del libro de Georg Steinmetz sobre Jakob Fugger, cuya traducción al español se acaba de publicar en Arpa. Uno, que el autor es un norteamericano —el original se publicó en lengua inglesa en 2015— que, hasta su jubilación en 2023, se ha dedicado sobre todo al periodismo económico, con especialidad en el mundo de la banca de inversión y la gestión de activos: no un historiador profesional, por tanto.

Y dos, que el biografiado, llamado con razón El Rico, vivió —en Augsburg, o sea, en Suabia, al sur de lo que hoy es Alemania— en un período tan intenso como el que transcurrió entre 1459 y 1525: la segunda mitad del siglo XV y el primer cuarto del XVI, en suma. Un arco temporal relativamente pequeño, pero en el que todo cambió.

Habrá quien quiera ver las causas en la tecnología y no le faltarán argumentos: la imprenta con tipos móviles estaba naciendo y fue en 1452 cuando Gutenberg produjo su obra más famosa, la Biblia de 42 líneas. Tampoco faltará quien piense, de la mano de Marx, que lo que hubo fue todo un cambio en los modos de producción, dándose paso de una vez por todas al capitalismo y, en singular —al cuestionarse la histórica prohibición de cobrar intereses por entenderlos siempre usura—, al de la clase del financiero: un planteamiento tampoco carente de motivos y al que, si se le quiere buscar una manifestación concreta, podría ser la guerra de los campesinos alemanes («la revolución del hombre común») de 1524-1525, en la que se ha visto incluso un anticipo, muchos siglos antes, del comunismo.

Un tercer grupo pondrá el foco en el hecho de que las mentalidades mutaron: en 1517 fue cuando un monje agustino, un tal Martín Lutero, clavó en la Iglesia de Todos los Santos de Wittenberg un documento conocido como Las noventa y cinco tesis, en el que denunciaba la política eclesiástica —el Papa era entonces León X, un Médici, que se dice pronto— de vender indulgencias con la promesa —había que pagar las obras de la Iglesia de San Pedro— de que al difunto se le reduciría el tiempo en el purgatorio. Las consecuencias de ese panfleto están en lo que llamamos la reforma, nada menos.

En fin, habrá quien considere que mucho de lo sucedido en esa época se debió a los indudables progresos en el conocimiento de la navegación, que permitieron a España y Portugal lanzarse a los océanos: la Noche Triste de Cortés tuvo lugar el 1 de julio de 1520, en medio de la vuelta al mundo (1519-1522) iniciada por Magallanes y culminada por Elcano.

Actor político

En cada una de esas circunstancias puede verse, en efecto, el origen último de lo ocurrido en aquella época. El debate es probablemente estéril, porque las cosas suelen obedecer a factores multifactoriales y porque, además, lo tecnológico, lo económico y lo relativo a los cambios de las mentalidades vienen siempre entreverados, al grado de resultar indisociable la causa y el efecto o los efectos. Es como discutir sobre si vino primero el huevo o la gallina: «Henne oder Ei», dicho en la lengua de Goethe.

Sí, una época que no se explica sin la vida y las andanzas de Jakob Fugger, a quien el calificativo de banquero —o, si se quiere, el primer banquero o el fundador del oficio— puede no antojarse del todo incierto (dicho sea con permiso de los prohombres de muchas ciudades italianas desde tiempo antes), pero que se queda muy corto, porque este hombre fue mucho más que eso: un adalid de la minería del cobre —entre otras cosas y aunque sus ancestros hubiesen empezado destacando en el textil— y sobre todo un actor político de primer orden, porque resulta notorio que los acreedores siempre mandan mucho. El libro de Greg Steimmetz pone el foco, obviamente, en los aspectos económicos, pero contextualiza muy bien las cosas: nada se le queda fuera.

Los lectores nos encontramos muchas veces, por ejemplo, con Maximiliano de Habsburgo, titular del Sacro Imperio Romano Germánico entre 1508-1519 —el cargo estaba en manos de esa dinastía desde finales del siglo XIII— y entre cuyos méritos estuvo haberse casado con María de Borgoña, la hija de Carlos el Temerario: lo que se llama, con disculpas por la expresión coloquial, pegar un braguetazo.

Cualquier persona medianamente culta sabe que Maximiliano y María fueron los progenitores de Felipe el Hermoso, el marido de Juana la Loca, y por tanto los abuelos del César Carlos (Primero de España y Quinto de Alemania, que suele decirse) y del que los episodios bélicos (Guerra de las Comunidades de Castilla en 1520-1522, victoria en Pavía en 1525 y sobre todo el saco de Roma, siendo el pontífice Clemente VII —otro Médici, por cierto—, en 1527, para ponerle los puntos sobre las íes a la Liga de Cognac) no deben dejar en segundo plano su papel en el desarrollo de las controversias religiosas, con la dieta de 1521 en Worms (sí, la ciudad renana del concordato de casi cuatro siglos antes entre el Papado y el Imperio, tenido universalmente como el origen de la secularización o, dicho con más presión, de la separación Iglesia-Estado) en un lugar destacado.

Una inmensa fortuna

Sobre las circunstancias de la elección de Carlos como emperador en 1519, por ejemplo, diserta con todo lujo de detalles este libro: quien puso el dinero fue, sí, Jakob Fugger, y bien se encargó de restregárselo al César —con palabras respetuosas, pero enérgicas— cuantas veces hizo falta. Pero esa es solo una de las perspectivas o materias posibles para analizar. Lo cierto es que, como se recoge en la contraportada del libro, «a su muerte (en 1525), su fortuna equivalía al dos por ciento del PIB europeo, una cifra que ni tan siquiera Rockefeller alcanzaría siglos después».

En suma, diríase un Juan March, un Onassis, un Elon Musk o un Amancio Ortega de aquella época: gente que ha venido al mundo con el duende —sí, es un arte y no únicamente una ciencia— para saber convertir en realidad constante y sonante la leyenda de Midas en Frigia (o sea, en la península de Anatolia, la actual Turquía) en la segunda mitad del siglo VIII antes de Cristo. Y sin que en ellos falte el factor filantrópico: Fugger, por ejemplo, levantó en su ciudad natal un barrio de viviendas sociales, la Fuggerai, que sigue en pie y en uso.

Es muy lógico que la aparición de libros en lengua castellana haya tenido mucho eco, incluso en la prensa generalista. En ABC se publicó el 12 de octubre un artículo hablando de «La triste vida del primer multimillonario de la historia». En El Mundo del 24 del mismo mes volvió a darse noticia del asunto, extendiéndose además a lo sucedido, mucho después de la muerte de Jakob en 1525 y de la abdicación del rey Carlos en 1556 en favor de su hijo Felipe II: las crisis hacendísticas de 1557, 1569 y 1575.

Debe notarse que Jakob Fugger resultó protagonista de libros anteriores, empezando por el publicado en tres tomos, entre 1943 y 1967, por Ramón —don Ramón, casi tanto como el otro, Menéndez Pidal— Carande, hoy en un único volumen en Editorial Crítica, Carlos II y sus banqueros. Y tampoco se puede olvidar el de Hermann Kellenbenz, Los Fugger en España y Portugal hasta 1560, con edición original en 1990 y traducción a nuestra lengua a cargo de la Junta de Castilla y León en el año 2000 y hoy, por desgracia, imposible de encontrar, salvo de segunda mano y a unos precios tan astronómicos que ni el mismísimo Jakob Fugger revivido se los podría permitir. Una verdadera pena, porque la reimpresión estaría llamada a un gran éxito: lo que se dice apostar a caballo ganador.

Suabia

Por supuesto que en 1556, con la subida al trono de Felipe II, no se terminó la película de la financiación extranjera de la deuda pública española, porque en estos pagos siempre nos ha faltado capacidad de ahorro y, por tanto, los capitales tenían que venir de fuera. De Génova, por ejemplo, como los Centuriones o los Grimaldo. Apenas habrá que recordar que la estudiosa a ser mencionada no puede ser sino Carmen Sanz Ayán.

Llega la hora de terminar estas líneas. Solo cabe añadir que al lector español, no particularmente familiarizado con la geografía alemana, le puede sorprender que, habiendo allí 16 Länder (cinco, debidos a la reunificación de 1990), ninguno de ellos lleve el nombre de Suabia —como, por cierto, tampoco lo hay para Prusia, acusada de maldita en 1947—, siendo así que en el mapa sí se sigue encontrando Sajonia (y por tres veces), Renania, Westfalia, Hesse, Baden y Baviera, por mencionar territorios de raigambre. Sí, Suabia fue nada menos que la tierra de la dinastía Hohenstaufen, de la que formaron parte Federico I y Federico II, el de la Universidad de Nápoles, que se dice pronto: no resulta extraño que Manuel García-Pelayo le dedicara un estudio como fundador del Estado moderno, o Estado sin adjetivos, porque se trata de un pleonasmo.

Una dinastía que llegó hasta Conradino, el nieto que a los 16 años, en 1268, fue ejecutado por los Anjou, y que ha devenido protagonista de los famosos poemas de Heinrich Heine en el siglo XIX: casi diríase un personaje legendario o incluso mitológico, como Lohengrin. Y, hablando entre nosotros, recordemos que Beatriz de Suabia, igualmente nieta de Federico II, fue la esposa de Fernando III el Santo y, por tanto, la madre de Alfonso X de Castilla, el Sabio, que por eso pudo haber sido emperador —fue el período conocido como el Interregno— hasta que tuvo que dar por perdida la batalla al elegirse en 1273 a un tal Rodolfo, precisamente el primero de los Habsburgo. La historia, como diría Giambattista Vico, tiene esos corsi e ricorsi: Clío se muestra así de tornadiza. Y es que, como sabemos, serían los Habsburgo, financiados precisamente por Fugger, los que vendrían aquí a comienzos del siglo XVI.

Pero no nos desviemos. Aquí se trataba solo de hablar del libro de Greg Steinmetz sobre el más rico y poderoso (y célebre) de los Fugger: 309 páginas sin desperdicio (y con apenas notas a pie de página, como corresponde). Un libro a no perderse por nada del mundo. Gran idea la de Ricardo García Herrero de traducirlo y de la editorial Arpa de publicarlo.

 Dos datos iniciales acerca del libro de Georg Steinmetz sobre Jakob Fugger, cuya traducción al español se acaba de publicar en Arpa. Uno, que el autor  

Dos datos iniciales acerca del libro de Georg Steinmetz sobre Jakob Fugger, cuya traducción al español se acaba de publicar en Arpa. Uno, que el autor es un norteamericano —el original se publicó en lengua inglesa en 2015— que, hasta su jubilación en 2023, se ha dedicado sobre todo al periodismo económico, con especialidad en el mundo de la banca de inversión y la gestión de activos: no un historiador profesional, por tanto.

Y dos, que el biografiado, llamado con razón El Rico, vivió —en Augsburg, o sea, en Suabia, al sur de lo que hoy es Alemania— en un período tan intenso como el que transcurrió entre 1459 y 1525: la segunda mitad del siglo XV y el primer cuarto del XVI, en suma. Un arco temporal relativamente pequeño, pero en el que todo cambió.

Habrá quien quiera ver las causas en la tecnología y no le faltarán argumentos: la imprenta con tipos móviles estaba naciendo y fue en 1452 cuando Gutenberg produjo su obra más famosa, la Biblia de 42 líneas. Tampoco faltará quien piense, de la mano de Marx, que lo que hubo fue todo un cambio en los modos de producción, dándose paso de una vez por todas al capitalismo y, en singular —al cuestionarse la histórica prohibición de cobrar intereses por entenderlos siempre usura—, al de la clase del financiero: un planteamiento tampoco carente de motivos y al que, si se le quiere buscar una manifestación concreta, podría ser la guerra de los campesinos alemanes («la revolución del hombre común») de 1524-1525, en la que se ha visto incluso un anticipo, muchos siglos antes, del comunismo.

Un tercer grupo pondrá el foco en el hecho de que las mentalidades mutaron: en 1517 fue cuando un monje agustino, un tal Martín Lutero, clavó en la Iglesia de Todos los Santos de Wittenberg un documento conocido como Las noventa y cinco tesis, en el que denunciaba la política eclesiástica —el Papa era entonces León X, un Médici, que se dice pronto— de vender indulgencias con la promesa —había que pagar las obras de la Iglesia de San Pedro— de que al difunto se le reduciría el tiempo en el purgatorio. Las consecuencias de ese panfleto están en lo que llamamos la reforma, nada menos.

En fin, habrá quien considere que mucho de lo sucedido en esa época se debió a los indudables progresos en el conocimiento de la navegación, que permitieron a España y Portugal lanzarse a los océanos: la Noche Triste de Cortés tuvo lugar el 1 de julio de 1520, en medio de la vuelta al mundo (1519-1522) iniciada por Magallanes y culminada por Elcano.

En cada una de esas circunstancias puede verse, en efecto, el origen último de lo ocurrido en aquella época. El debate es probablemente estéril, porque las cosas suelen obedecer a factores multifactoriales y porque, además, lo tecnológico, lo económico y lo relativo a los cambios de las mentalidades vienen siempre entreverados, al grado de resultar indisociable la causa y el efecto o los efectos. Es como discutir sobre si vino primero el huevo o la gallina: «Henne oder Ei», dicho en la lengua de Goethe.

Sí, una época que no se explica sin la vida y las andanzas de Jakob Fugger, a quien el calificativo de banquero —o, si se quiere, el primer banquero o el fundador del oficio— puede no antojarse del todo incierto (dicho sea con permiso de los prohombres de muchas ciudades italianas desde tiempo antes), pero que se queda muy corto, porque este hombre fue mucho más que eso: un adalid de la minería del cobre —entre otras cosas y aunque sus ancestros hubiesen empezado destacando en el textil— y sobre todo un actor político de primer orden, porque resulta notorio que los acreedores siempre mandan mucho. El libro de Greg Steimmetz pone el foco, obviamente, en los aspectos económicos, pero contextualiza muy bien las cosas: nada se le queda fuera.

Los lectores nos encontramos muchas veces, por ejemplo, con Maximiliano de Habsburgo, titular del Sacro Imperio Romano Germánico entre 1508-1519 —el cargo estaba en manos de esa dinastía desde finales del siglo XIII— y entre cuyos méritos estuvo haberse casado con María de Borgoña, la hija de Carlos el Temerario: lo que se llama, con disculpas por la expresión coloquial, pegar un braguetazo.

Cualquier persona medianamente culta sabe que Maximiliano y María fueron los progenitores de Felipe el Hermoso, el marido de Juana la Loca, y por tanto los abuelos del César Carlos (Primero de España y Quinto de Alemania, que suele decirse) y del que los episodios bélicos (Guerra de las Comunidades de Castilla en 1520-1522, victoria en Pavía en 1525 y sobre todo el saco de Roma, siendo el pontífice Clemente VII —otro Médici, por cierto—, en 1527, para ponerle los puntos sobre las íes a la Liga de Cognac) no deben dejar en segundo plano su papel en el desarrollo de las controversias religiosas, con la dieta de 1521 en Worms (sí, la ciudad renana del concordato de casi cuatro siglos antes entre el Papado y el Imperio, tenido universalmente como el origen de la secularización o, dicho con más presión, de la separación Iglesia-Estado) en un lugar destacado.

Sobre las circunstancias de la elección de Carlos como emperador en 1519, por ejemplo, diserta con todo lujo de detalles este libro: quien puso el dinero fue, sí, Jakob Fugger, y bien se encargó de restregárselo al César —con palabras respetuosas, pero enérgicas— cuantas veces hizo falta. Pero esa es solo una de las perspectivas o materias posibles para analizar. Lo cierto es que, como se recoge en la contraportada del libro, «a su muerte (en 1525), su fortuna equivalía al dos por ciento del PIB europeo, una cifra que ni tan siquiera Rockefeller alcanzaría siglos después».

En suma, diríase un Juan March, un Onassis, un Elon Musk o un Amancio Ortega de aquella época: gente que ha venido al mundo con el duende —sí, es un arte y no únicamente una ciencia— para saber convertir en realidad constante y sonante la leyenda de Midas en Frigia (o sea, en la península de Anatolia, la actual Turquía) en la segunda mitad del siglo VIII antes de Cristo. Y sin que en ellos falte el factor filantrópico: Fugger, por ejemplo, levantó en su ciudad natal un barrio de viviendas sociales, la Fuggerai, que sigue en pie y en uso.

Es muy lógico que la aparición de libros en lengua castellana haya tenido mucho eco, incluso en la prensa generalista. En ABC se publicó el 12 de octubre un artículo hablando de «La triste vida del primer multimillonario de la historia». En El Mundo del 24 del mismo mes volvió a darse noticia del asunto, extendiéndose además a lo sucedido, mucho después de la muerte de Jakob en 1525 y de la abdicación del rey Carlos en 1556 en favor de su hijo Felipe II: las crisis hacendísticas de 1557, 1569 y 1575.

Debe notarse que Jakob Fugger resultó protagonista de libros anteriores, empezando por el publicado en tres tomos, entre 1943 y 1967, por Ramón —don Ramón, casi tanto como el otro, Menéndez Pidal— Carande, hoy en un único volumen en Editorial Crítica, Carlos II y sus banqueros. Y tampoco se puede olvidar el de Hermann Kellenbenz, Los Fugger en España y Portugal hasta 1560, con edición original en 1990 y traducción a nuestra lengua a cargo de la Junta de Castilla y León en el año 2000 y hoy, por desgracia, imposible de encontrar, salvo de segunda mano y a unos precios tan astronómicos que ni el mismísimo Jakob Fugger revivido se los podría permitir. Una verdadera pena, porque la reimpresión estaría llamada a un gran éxito: lo que se dice apostar a caballo ganador.

Por supuesto que en 1556, con la subida al trono de Felipe II, no se terminó la película de la financiación extranjera de la deuda pública española, porque en estos pagos siempre nos ha faltado capacidad de ahorro y, por tanto, los capitales tenían que venir de fuera. De Génova, por ejemplo, como los Centuriones o los Grimaldo. Apenas habrá que recordar que la estudiosa a ser mencionada no puede ser sino Carmen Sanz Ayán.

Llega la hora de terminar estas líneas. Solo cabe añadir que al lector español, no particularmente familiarizado con la geografía alemana, le puede sorprender que, habiendo allí 16 Länder (cinco, debidos a la reunificación de 1990), ninguno de ellos lleve el nombre de Suabia —como, por cierto, tampoco lo hay para Prusia, acusada de maldita en 1947—, siendo así que en el mapa sí se sigue encontrando Sajonia (y por tres veces), Renania, Westfalia, Hesse, Baden y Baviera, por mencionar territorios de raigambre. Sí, Suabia fue nada menos que la tierra de la dinastía Hohenstaufen, de la que formaron parte Federico I y Federico II, el de la Universidad de Nápoles, que se dice pronto: no resulta extraño que Manuel García-Pelayo le dedicara un estudio como fundador del Estado moderno, o Estado sin adjetivos, porque se trata de un pleonasmo.

Una dinastía que llegó hasta Conradino, el nieto que a los 16 años, en 1268, fue ejecutado por los Anjou, y que ha devenido protagonista de los famosos poemas de Heinrich Heine en el siglo XIX: casi diríase un personaje legendario o incluso mitológico, como Lohengrin. Y, hablando entre nosotros, recordemos que Beatriz de Suabia, igualmente nieta de Federico II, fue la esposa de Fernando III el Santo y, por tanto, la madre de Alfonso X de Castilla, el Sabio, que por eso pudo haber sido emperador —fue el período conocido como el Interregno— hasta que tuvo que dar por perdida la batalla al elegirse en 1273 a un tal Rodolfo, precisamente el primero de los Habsburgo. La historia, como diría Giambattista Vico, tiene esos corsi e ricorsi: Clío se muestra así de tornadiza. Y es que, como sabemos, serían los Habsburgo, financiados precisamente por Fugger, los que vendrían aquí a comienzos del siglo XVI.

Pero no nos desviemos. Aquí se trataba solo de hablar del libro de Greg Steinmetz sobre el más rico y poderoso (y célebre) de los Fugger: 309 páginas sin desperdicio (y con apenas notas a pie de página, como corresponde). Un libro a no perderse por nada del mundo. Gran idea la de Ricardo García Herrero de traducirlo y de la editorial Arpa de publicarlo.

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