No conviene confundir el asombro con, por ejemplo, la sorpresa o el pasmo o incluso la admiración. Ni la perplejidad. El asombro es hijo de la curiosidad y la curiosidad, ya se sabe, pica. La filósofa Jeanne Hersch propuso no hace tanto repensar la Historia del pensamiento, y hasta la Historia entera de la cultura, desde un estímulo entre simple y cotidiano: la curiosidad. «Saber asombrarse es lo que hace el hombre», dice el frontispicio de El gran asombro, el libro donde Hersch defiende el arte de detener el aliento ante lo extraordinario. La obra trata básicamente de seguir el rastro a la cara de asombro de los muchos pensadores que pisaron la Tierra y, desde ese primer instante de sorpresa, procura diseñar una cosmogonía de la duda, de la interrogación, de la curiosidad. La idea es «reencontrar» la capacidad de asombro en el asombro ajeno. Asombroso.
El mítico director regresa a su cine de personajes únicos, animales impredecibles y cuevas profundas para presentar una delicada y desconcertante rareza detenida en su propio asombro
No conviene confundir el asombro con, por ejemplo, la sorpresa o el pasmo o incluso la admiración. Ni la perplejidad. El asombro es hijo de la curiosidad y la curiosidad, ya se sabe, pica. La filósofa Jeanne Hersch propuso no hace tanto repensar la Historia del pensamiento, y hasta la Historia entera de la cultura, desde un estímulo entre simple y cotidiano: la curiosidad. «Saber asombrarse es lo que hace el hombre», dice el frontispicio de El gran asombro, el libro donde Hersch defiende el arte de detener el aliento ante lo extraordinario. La obra trata básicamente de seguir el rastro a la cara de asombro de los muchos pensadores que pisaron la Tierra y, desde ese primer instante de sorpresa, procura diseñar una cosmogonía de la duda, de la interrogación, de la curiosidad. La idea es «reencontrar» la capacidad de asombro en el asombro ajeno. Asombroso.
Si hay un cineasta que subscribiría cada línea del párrafo anterior, ése sin duda Wener Herzog. A un lado el hecho de que sea el dueño de la voz más asombrosa del planeta, su cine ha sido desde el primer fotograma allá en los años 60 hasta el jueves en el que presentó Bucking Fastard en Venecia una celebración no tanto del asombro sin más como de la capacidad del cine para capturar el momento primigenio y por ello asombroso. Desde El enigma de Gaspar Hauser (1974) a La cueva de los sueños olvidados (2010) pasando por Grizzly Man (2005), toda su filmografía vive detenida en la curiosidad, en el descubrimiento de un hombre solo, de una gruta inviolada o del movimiento impredecible de un animal salvaje.
Su último trabajo se antoja un regreso a sí mismo, una especie de viaje al centro de Herzog desde Herzog mismo. Para lo bueno y, en efecto, también para la autoindulgencia que es mala. De nuevo, su interés se detiene en la historia real y sin explicación posible de dos hermanas gemelas, Jean y Joan Holbrooke, que llegaron a sincronizarse de tal modo que hablaban a la vez, amaban a la vez y vivían una a través de la otra. De nuevo, la cueva aparece como imagen y metáfora del otro lado de la pantalla y de la misma vida. Y otra vez, los animales, en este caso un zorro, se deja ver sin atender a nada más que a su firme voluntad tal vez de ser él también Herzog: libre e imprevisible.
De principio a fin, Buking Fastard (en alusión a la confusión simultánea) con las hermanas Mara (Rooney y Kate) en una derroche de talento, perfección y sincronía se mueve por la pantalla ajena a cualquier definición posible. La película cuenta la vida de las gemelas, pero de aquella manera. No se trata de un drama de época, sino más bien de justo lo contrario: un desdrama eterno que no quiere ser ni fábula ni metáfora ni todo lo contrario y que hace suya la rareza de cada uno de los movimientos de sus protagonistas. POr momentos, cuesta diferenciar el asombro, de lo solo perplejo.
Y en efecto, esa es su virtud y su condena. Sin moverse un ápice de su propio asombro la película empieza y acaba en Herzog. Se diría que a fuerza de filmar el asombro, el director ha acabado por no ser más que puro y algo hueco asombro. Todo tan asombroso, eso sí, como ver a un cineasta dar a luz a dos gemelas. Como mantendría Jeanne Hersch, el asombro en el asombro ajeno.
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