La pelea cultural a la contra de Paula Fraga

Ser feminista y corajuda es algo que se sigue pagando hoy en día. Desde la derecha, al feminismo heterodoxo se lo acusa de matriarcal, hembrista (sea lo que sea esto) y poco menos que de orquestar una dictadura de la progesterona. Desde la izquierda, se lo tiene por conservador, rojipardo, nacionalista fascio con vocación racistoide y xenófoba.

Paula Fraga (Lugo, 1988) se ha convertido en adalid de este feminismo, de esta izquierda comunitarista que podrá gustar más, menos o nada de nada, pero que abre vías de debate alternativas al maniqueísmo voxero o monclovita actual. Abogada especialista en Derecho Penal, de familia y protección a la infancia, periodista y escritora, su acento gallego revolotea con firmes aguijonazos en medios de comunicación nacionales, escritos y televisivos, zurrando la badana y capeando temporales a la par. 

Es dura, la piel de Paula, como lo son los nudillos y tibias de un kickboxer, que de tanto dar y recibir golpes acaba convertido poco menos que en una tortuga ninja. Así, esta Jean-Claude Van Damme, contraria al dogmatismo y los packs ideológicos, se reconoce admiradora de Simone Weil y su obra El arraigo: preludio a una declaración de deberes para con los seres humanos, así como de Tras la virtud, de Alasdair MacIntyre. No se vaya a pensar nadie que no hay método en su discurso. La crisis ceutí le toca de cerca. Son muchas las coincidencias entre las luchas particulares que lleva años batallando y este sinsentido deshumanizante —por tantos frentes— que vivimos.

Pregunta.- ¿En qué corriente filosófico-política te encuadrarías?

Respuesta-. Pues yo diría que me adscribo a tesis filosóficas comunitaristas influidas por el marxismo. Ahora, soy muy heterodoxa. Detesto profundamente los packs ideológicos. Creo que son uno de los grandes problemas que tenemos actualmente a nivel político-mediático, porque tratan de enmarcarte en una posición muy fija y cerrada. De izquierdas o de derechas, progresismo o conservadurismo. Son etiquetas que cada vez explican menos la realidad y que están vacías de contenido. Vengo de la tradición marxista y entiendo el análisis dialéctico-materialista como una herramienta filosófica de análisis muy válida, pero hasta ahí; luego no pretendo dar soluciones ni respuestas cerradas desde un marco concreto. Me muevo un poco en esas posiciones comunitaristas, soberanistas, de defensa de la comunidad y de la patria.

P-. La globalización y la posmodernidad actual han cambiado mucho los paradigmas de la izquierda, cayendo en ese progresismo del que hablas. ¿Cómo ves el sistema actual en líneas generales?

R-.  Ese progresismo cosmopolita es ahora mismo la superestructura que legitima y da cobertura al orden socioeconómico neoliberal y capitalista en el que estamos. Por tanto, hay que ir a la crítica radical de ese orden socioeconómico, ver de qué forma se está legitimando para aportar algo más profundo que los debates superficiales en los que pretenden centrarnos. Lo vimos claramente durante la etapa del progresismo woke más desvirtuado. Mientras estábamos discutiendo sobre cuotas de representación y cuestiones similares, se abandonaban las cuestiones materiales e importantes de la clase trabajadora. Seguimos un poco en esa inercia. Debemos centrar el debate y entender que el deber de las personas que somos socialistas, comunitaristas o marxistas es desenmascarar todas esas narrativas para volver a atender lo verdaderamente importante.

P-. Frente a quienes teorizan sobre la política desde el burladero, tú te enfrentas a la realidad a diario ejerciendo como abogada. ¿Cómo influye eso en tu visión?

R-. Quizás sea una postura polémica, pero yo prohibiría tajantemente que puedan gobernar o tener responsabilidades políticas aquellas personas que no se hayan enfrentado previamente a la realidad material, al mercado laboral y a la calle; personas que llevan desde la adolescencia militando en un partido sin saber lo que es buscarse la vida todos los días ni a lo que se enfrentan los trabajadores. Como abogada penalista y especialista en derecho de familia, llevo muchísimos casos de agresiones sexuales, violencia de género y violencia sexual. Yo me dedico a contrastar la realidad dura que veo en los juzgados y con las víctimas con lo que proclama ese feminismo institucional de postín. A esa elite se le llena la boca de feminismo mientras desprotege y desampara en la práctica a las mujeres, a los niños y a las niñas, tanto con sus leyes como con la falta flagrante de medios en la Administración de Justicia. Esto lo hacen a izquierda y a derecha, pero es especialmente sangrante cuando lo comete quien abandera el discurso de los derechos de las mujeres. A muchas ministras y exministras de Igualdad las invitaría a venirse un par de días conmigo al juzgado para que entiendan de qué están hablando.

«A las ministras y exministras de Igualdad las invitaría a venirse conmigo al juzgado para que entiendan de qué están hablando»

P-. Si aceptaran esa invitación y te acompañasen un día cualquiera al juzgado, ¿qué es lo que verían?

R-. Se enfrentarían a cosas grotescas, propias de una Administración de Justicia tercermundista. Por ejemplo, en un procedimiento por abusos sexuales a menores, se encontrarían con que el niño o la niña necesita ser escuchado por un psicólogo forense en un entorno de confianza, requiriendo un seguimiento y varias visitas para poder elaborar un informe riguroso que le permita hablar. En su lugar, el forense —y no es culpa suya, sino del colapso del sistema— tiene que despachar al menor en media horita. En media hora un niño no coge confianza para contar nada, y de ahí salen informes como churros concluyendo que «aquí no ha pasado nada». Verían a abogadas teniendo que pedir por favor un biombo para que una mujer violada no se cruce de frente con su agresor en el pasillo. Es absolutamente vergonzoso cómo está la Justicia en este país.

P-. Choca mucho la distancia que hay entre las grandiosas promesas políticas y la realidad material.

R-. Es que al final a las personas nos definen nuestros hechos y no nuestras palabras. Se pueden llenar la boca de feminismo y protección a la infancia, pero si los hechos no acompañan, es puro cinismo. Tenemos un sistema de protección de menores absolutamente roto y desbordado. Los trabajadores sociales llevan años pidiendo un ratio mucho menor para atender a los menores tutelados, mientras conocemos casos terribles en distintas comunidades autónomas de niñas tuteladas que terminan prostituidas. Es de un cinismo absoluto hablar de protección a la infancia mientras ejerces una violencia institucional por omisión.

P-. En el plano personal, ¿hubo alguna vivencia concreta que te hiciera romper con la abstracción teórica y volcarte de lleno en esta lucha?

R-. Por cuestiones vitales que he pasado en mi vida —de las que no quiero hablar públicamente— y tras haberlas procesado y sanado, entendí que una de mis grandes causas profesionales, personales y políticas debía ser la defensa de la infancia. Eso, sumado a lo que he constatado después en los juzgados y al haber estudiado el problema soterrado que tenemos en España con el abuso sexual infantil, me reafirmó en esta postura. No hay causa más grande que la protección de la infancia; como comunitarista y patriota creo que esto es, verdaderamente, hacer patria.

P-. Mirando a la geopolítica actual, vayamos a la crisis migratoria de Ceuta. ¿Sientes que caminamos hacia esa dinámica de conflictos culturales y regionales?

R-. Yo no creo en el discurso naïf de la alianza de las civilizaciones, pero tampoco me adscribo de forma acrítica a la teoría del choque inevitable. Con una política de inmigración ordenada y controlada pueden convivir en una misma nación personas de diversos orígenes y credos. El problema surge cuando se da una inmigración descontrolada y masiva: ahí sí se genera un choque de cosmovisiones dentro de la propia nación que deriva en problemas graves de seguridad ciudadana y de convivencia. El caso de Ceuta es paradigmático. En solo 19 días las violaciones han aumentado un 110% respecto a todo el año anterior. Esto ocurre porque una introducción masiva de sujetos procedentes de culturas y religiones que legitiman la violencia contra las mujeres repercute directamente en un aumento de la violencia sexual en el país de acogida.

«Denunciar los problemas de la inmigración masiva o la tentativa de ocupación en Ceuta no es racismo»

P-. Este discurso suele suscitar acusaciones inmediatas de xenofobia. ¿Cómo respondes a esas críticas y cómo sostienes que defender las fronteras no es racismo?

R-. Les animaría a ir a los barrios donde se ha degradado la convivencia, a hablar con las víctimas de estas políticas inmigratorias masivas y a escuchar sin el pack ideológico preasumido. Quienes acusan de racismo suelen estar atrapados en un progresismo sectario que califica de «extrema derecha» a cualquiera que se salga un milímetro de su dogma. Están enfrentados con la realidad. Lo hemos visto en Ceuta: hay supuestos periodistas y autoridades —como la propia ministra de Sanidad— que van allí a hacerse un vídeo de dos minutos y terminan llamando xenófobos a los propios vecinos que sufren el deterioro de la seguridad, en una ciudad que siempre fue un ejemplo de integración. Denunciar los problemas de la inmigración masiva o la tentativa de ocupación en Ceuta no es racismo. Por supuesto que hay que ser muy cautelosos y poner un pie en pared frente a los discursos ultras que utilizan el malestar para difundir odio racista y hacer pagar a justos por pecadores, pero eso no puede implicar callar ante la realidad.

P-. Como divulgadora y analista, ¿por qué consideras un error la estrategia de España respecto a Marruecos en materia de inmigración y qué propones concretamente para atajar la crisis fronteriza?

R-. Es una barbaridad dejar nuestra soberanía en manos de nuestro mayor enemigo geopolítico. Marruecos utiliza a su propia población como arma de guerra híbrida y como un chantaje constante, abriendo y cerrando el grifo del flujo migratorio a su conveniencia mientras la Unión Europea les entrega 1.500 millones de euros que no sirven para nada. Para solucionar esto hay que cortar de raíz esa externalización y asumir nosotros mismos el control de la frontera. Además, hay que ejercer una verdadera presión económica —cerrando el paso a sus exportaciones agrícolas y de mercancías o cortando el flujo de gas—, reformar la Ley de Extranjería y reformar la figura del asilo para que no sea un coladero.

«Se ha asumido de forma acrítica la idea de que cualquier crítica a los dogmas religiosos del islam proviene del etnocentrismo»

P-. En la novela Sumisión, Michel Houellebecq plantea una alianza distópica entre la izquierda y el islamismo. ¿Ves elementos de esa ficción dándose hoy en la realidad?

R-. Irónica y tristemente, sí. Creo que esa distopía de un gobierno o alianza con el islamismo no está lejos. Lo he ido observando en mi propia labor de divulgación. Cuando levantaba la voz contra las visiones más integristas del islamismo e incompatibles con los derechos de las mujeres, desde el propio progresismo se me pretendía contrarrestar invocando un supuesto «feminismo islámico» o teorías decoloniales. Una política nacional responsable debe alejarse rotundamente tanto del islamismo como del sionismo.

P-. ¿Cómo se explica la paradoja de que desde sectores supuestamente progresistas o feministas se llegue a defender un islamismo que se revela, en esencia, profundamente contrario a sus tesis?

R-. Se explica desde la profunda penetración que han tenido en las izquierdas occidentales las corrientes posmodernas, el relativismo cultural y el enfoque descolonial. Se ha asumido de forma acrítica la idea de que cualquier crítica a los dogmas religiosos del islam proviene del etnocentrismo o de la islamofobia, prefiriendo traicionar los derechos más fundamentales de las mujeres antes que ser acusados de «racistas» por las corrientes dominantes. Se construye así una alianza absurda: por un lado, un progresismo desorientado que busca desesperadamente colectivos a los que victimizar para legitimar su existencia; por otro, visiones teocráticas e integristas que aprovechan esa grieta para penetrar en las instituciones occidentales y blanquear normas que son, por definición, profundamente patriarcales y opresivas contra las mujeres y las niñas.

P-. A modo de conclusión, ante este panorama de deriva institucional y confusión ideológica, ¿dónde ves la rendija de esperanza o el punto de inflexión para reconstruir un tejido social comprometido con la realidad que señalas?

R-. La esperanza está precisamente en la propia realidad material, porque la realidad termina imponiéndose siempre, por mucho que pretendan maquillarla con discursos, relatos mediáticos o leyes identitarias. La gente común, los trabajadores, las madres, la población que sufre a diario el colapso de los servicios públicos o la inseguridad en sus barrios, acaba despertando de esa anestesia ideológica. El punto de inflexión pasa por recuperar el sentido común, la soberanía nacional y la defensa firme de la comunidad frente al individualismo voraz del capitalismo y las distracciones del wokismo. Pasa por volver a lo básico: garantizar la seguridad, la justicia digna, la protección real de la infancia y la igualdad efectiva. Quienes creemos en esto tenemos la obligación de seguir dando la batalla cultural y política sin miedo a sus etiquetas, porque lo que está en juego es, sencillamente, el futuro de nuestra propia sociedad.

 Ser feminista y corajuda es algo que se sigue pagando hoy en día. Desde la derecha, al feminismo heterodoxo se lo acusa de matriarcal, hembrista (sea  

Ser feminista y corajuda es algo que se sigue pagando hoy en día. Desde la derecha, al feminismo heterodoxo se lo acusa de matriarcal, hembrista (sea lo que sea esto) y poco menos que de orquestar una dictadura de la progesterona. Desde la izquierda, se lo tiene por conservador, rojipardo, nacionalista fascio con vocación racistoide y xenófoba.

Paula Fraga (Lugo, 1988) se ha convertido en adalid de este feminismo, de esta izquierda comunitarista que podrá gustar más, menos o nada de nada, pero que abre vías de debate alternativas al maniqueísmo voxero o monclovita actual. Abogada especialista en Derecho Penal, de familia y protección a la infancia, periodista y escritora, su acento gallego revolotea con firmes aguijonazos en medios de comunicación nacionales, escritos y televisivos, zurrando la badana y capeando temporales a la par. 

Es dura, la piel de Paula, como lo son los nudillos y tibias de un kickboxer, que de tanto dar y recibir golpes acaba convertido poco menos que en una tortuga ninja. Así, esta Jean-Claude Van Damme, contraria al dogmatismo y los packs ideológicos, se reconoce admiradora de Simone Weil y su obra El arraigo: preludio a una declaración de deberes para con los seres humanos, así como de Tras la virtud, de Alasdair MacIntyre. No se vaya a pensar nadie que no hay método en su discurso. La crisis ceutí le toca de cerca. Son muchas las coincidencias entre las luchas particulares que lleva años batallando y este sinsentido deshumanizante —por tantos frentes— que vivimos.

Pregunta.- ¿En qué corriente filosófico-política te encuadrarías?

Respuesta-. Pues yo diría que me adscribo a tesis filosóficas comunitaristas influidas por el marxismo. Ahora, soy muy heterodoxa. Detesto profundamente los packs ideológicos. Creo que son uno de los grandes problemas que tenemos actualmente a nivel político-mediático, porque tratan de enmarcarte en una posición muy fija y cerrada. De izquierdas o de derechas, progresismo o conservadurismo. Son etiquetas que cada vez explican menos la realidad y que están vacías de contenido. Vengo de la tradición marxista y entiendo el análisis dialéctico-materialista como una herramienta filosófica de análisis muy válida, pero hasta ahí; luego no pretendo dar soluciones ni respuestas cerradas desde un marco concreto. Me muevo un poco en esas posiciones comunitaristas, soberanistas, de defensa de la comunidad y de la patria.

P-. La globalización y la posmodernidad actual han cambiado mucho los paradigmas de la izquierda, cayendo en ese progresismo del que hablas. ¿Cómo ves el sistema actual en líneas generales?

R-.  Ese progresismo cosmopolita es ahora mismo la superestructura que legitima y da cobertura al orden socioeconómico neoliberal y capitalista en el que estamos. Por tanto, hay que ir a la crítica radical de ese orden socioeconómico, ver de qué forma se está legitimando para aportar algo más profundo que los debates superficiales en los que pretenden centrarnos. Lo vimos claramente durante la etapa del progresismo woke más desvirtuado. Mientras estábamos discutiendo sobre cuotas de representación y cuestiones similares, se abandonaban las cuestiones materiales e importantes de la clase trabajadora. Seguimos un poco en esa inercia. Debemos centrar el debate y entender que el deber de las personas que somos socialistas, comunitaristas o marxistas es desenmascarar todas esas narrativas para volver a atender lo verdaderamente importante.

P-. Frente a quienes teorizan sobre la política desde el burladero, tú te enfrentas a la realidad a diario ejerciendo como abogada. ¿Cómo influye eso en tu visión?

R-. Quizás sea una postura polémica, pero yo prohibiría tajantemente que puedan gobernar o tener responsabilidades políticas aquellas personas que no se hayan enfrentado previamente a la realidad material, al mercado laboral y a la calle; personas que llevan desde la adolescencia militando en un partido sin saber lo que es buscarse la vida todos los días ni a lo que se enfrentan los trabajadores. Como abogada penalista y especialista en derecho de familia, llevo muchísimos casos de agresiones sexuales, violencia de género y violencia sexual. Yo me dedico a contrastar la realidad dura que veo en los juzgados y con las víctimas con lo que proclama ese feminismo institucional de postín. A esa elite se le llena la boca de feminismo mientras desprotege y desampara en la práctica a las mujeres, a los niños y a las niñas, tanto con sus leyes como con la falta flagrante de medios en la Administración de Justicia. Esto lo hacen a izquierda y a derecha, pero es especialmente sangrante cuando lo comete quien abandera el discurso de los derechos de las mujeres. A muchas ministras y exministras de Igualdad las invitaría a venirse un par de días conmigo al juzgado para que entiendan de qué están hablando.

«A las ministras y exministras de Igualdad las invitaría a venirse conmigo al juzgado para que entiendan de qué están hablando»

P-. Si aceptaran esa invitación y te acompañasen un día cualquiera al juzgado, ¿qué es lo que verían?

R-. Se enfrentarían a cosas grotescas, propias de una Administración de Justicia tercermundista. Por ejemplo, en un procedimiento por abusos sexuales a menores, se encontrarían con que el niño o la niña necesita ser escuchado por un psicólogo forense en un entorno de confianza, requiriendo un seguimiento y varias visitas para poder elaborar un informe riguroso que le permita hablar. En su lugar, el forense —y no es culpa suya, sino del colapso del sistema— tiene que despachar al menor en media horita. En media hora un niño no coge confianza para contar nada, y de ahí salen informes como churros concluyendo que «aquí no ha pasado nada». Verían a abogadas teniendo que pedir por favor un biombo para que una mujer violada no se cruce de frente con su agresor en el pasillo. Es absolutamente vergonzoso cómo está la Justicia en este país.

P-. Choca mucho la distancia que hay entre las grandiosas promesas políticas y la realidad material.

R-. Es que al final a las personas nos definen nuestros hechos y no nuestras palabras. Se pueden llenar la boca de feminismo y protección a la infancia, pero si los hechos no acompañan, es puro cinismo. Tenemos un sistema de protección de menores absolutamente roto y desbordado. Los trabajadores sociales llevan años pidiendo un ratio mucho menor para atender a los menores tutelados, mientras conocemos casos terribles en distintas comunidades autónomas de niñas tuteladas que terminan prostituidas. Es de un cinismo absoluto hablar de protección a la infancia mientras ejerces una violencia institucional por omisión.

P-. En el plano personal, ¿hubo alguna vivencia concreta que te hiciera romper con la abstracción teórica y volcarte de lleno en esta lucha?

R-. Por cuestiones vitales que he pasado en mi vida —de las que no quiero hablar públicamente— y tras haberlas procesado y sanado, entendí que una de mis grandes causas profesionales, personales y políticas debía ser la defensa de la infancia. Eso, sumado a lo que he constatado después en los juzgados y al haber estudiado el problema soterrado que tenemos en España con el abuso sexual infantil, me reafirmó en esta postura. No hay causa más grande que la protección de la infancia; como comunitarista y patriota creo que esto es, verdaderamente, hacer patria.

P-. Mirando a la geopolítica actual, vayamos a la crisis migratoria de Ceuta. ¿Sientes que caminamos hacia esa dinámica de conflictos culturales y regionales?

R-. Yo no creo en el discurso naïf de la alianza de las civilizaciones, pero tampoco me adscribo de forma acrítica a la teoría del choque inevitable. Con una política de inmigración ordenada y controlada pueden convivir en una misma nación personas de diversos orígenes y credos. El problema surge cuando se da una inmigración descontrolada y masiva: ahí sí se genera un choque de cosmovisiones dentro de la propia nación que deriva en problemas graves de seguridad ciudadana y de convivencia. El caso de Ceuta es paradigmático. En solo 19 días las violaciones han aumentado un 110% respecto a todo el año anterior. Esto ocurre porque una introducción masiva de sujetos procedentes de culturas y religiones que legitiman la violencia contra las mujeres repercute directamente en un aumento de la violencia sexual en el país de acogida.

«Denunciar los problemas de la inmigración masiva o la tentativa de ocupación en Ceuta no es racismo»

P-. Este discurso suele suscitar acusaciones inmediatas de xenofobia. ¿Cómo respondes a esas críticas y cómo sostienes que defender las fronteras no es racismo?

R-. Les animaría a ir a los barrios donde se ha degradado la convivencia, a hablar con las víctimas de estas políticas inmigratorias masivas y a escuchar sin el pack ideológico preasumido. Quienes acusan de racismo suelen estar atrapados en un progresismo sectario que califica de «extrema derecha» a cualquiera que se salga un milímetro de su dogma. Están enfrentados con la realidad. Lo hemos visto en Ceuta: hay supuestos periodistas y autoridades —como la propia ministra de Sanidad— que van allí a hacerse un vídeo de dos minutos y terminan llamando xenófobos a los propios vecinos que sufren el deterioro de la seguridad, en una ciudad que siempre fue un ejemplo de integración. Denunciar los problemas de la inmigración masiva o la tentativa de ocupación en Ceuta no es racismo. Por supuesto que hay que ser muy cautelosos y poner un pie en pared frente a los discursos ultras que utilizan el malestar para difundir odio racista y hacer pagar a justos por pecadores, pero eso no puede implicar callar ante la realidad.

P-. Como divulgadora y analista, ¿por qué consideras un error la estrategia de España respecto a Marruecos en materia de inmigración y qué propones concretamente para atajar la crisis fronteriza?

R-. Es una barbaridad dejar nuestra soberanía en manos de nuestro mayor enemigo geopolítico. Marruecos utiliza a su propia población como arma de guerra híbrida y como un chantaje constante, abriendo y cerrando el grifo del flujo migratorio a su conveniencia mientras la Unión Europea les entrega 1.500 millones de euros que no sirven para nada. Para solucionar esto hay que cortar de raíz esa externalización y asumir nosotros mismos el control de la frontera. Además, hay que ejercer una verdadera presión económica —cerrando el paso a sus exportaciones agrícolas y de mercancías o cortando el flujo de gas—, reformar la Ley de Extranjería y reformar la figura del asilo para que no sea un coladero.

«Se ha asumido de forma acrítica la idea de que cualquier crítica a los dogmas religiosos del islam proviene del etnocentrismo»

P-. En la novela Sumisión, Michel Houellebecq plantea una alianza distópica entre la izquierda y el islamismo. ¿Ves elementos de esa ficción dándose hoy en la realidad?

R-. Irónica y tristemente, sí. Creo que esa distopía de un gobierno o alianza con el islamismo no está lejos. Lo he ido observando en mi propia labor de divulgación. Cuando levantaba la voz contra las visiones más integristas del islamismo e incompatibles con los derechos de las mujeres, desde el propio progresismo se me pretendía contrarrestar invocando un supuesto «feminismo islámico» o teorías decoloniales. Una política nacional responsable debe alejarse rotundamente tanto del islamismo como del sionismo.

P-. ¿Cómo se explica la paradoja de que desde sectores supuestamente progresistas o feministas se llegue a defender un islamismo que se revela, en esencia, profundamente contrario a sus tesis?

R-. Se explica desde la profunda penetración que han tenido en las izquierdas occidentales las corrientes posmodernas, el relativismo cultural y el enfoque descolonial. Se ha asumido de forma acrítica la idea de que cualquier crítica a los dogmas religiosos del islam proviene del etnocentrismo o de la islamofobia, prefiriendo traicionar los derechos más fundamentales de las mujeres antes que ser acusados de «racistas» por las corrientes dominantes. Se construye así una alianza absurda: por un lado, un progresismo desorientado que busca desesperadamente colectivos a los que victimizar para legitimar su existencia; por otro, visiones teocráticas e integristas que aprovechan esa grieta para penetrar en las instituciones occidentales y blanquear normas que son, por definición, profundamente patriarcales y opresivas contra las mujeres y las niñas.

P-. A modo de conclusión, ante este panorama de deriva institucional y confusión ideológica, ¿dónde ves la rendija de esperanza o el punto de inflexión para reconstruir un tejido social comprometido con la realidad que señalas?

R-. La esperanza está precisamente en la propia realidad material, porque la realidad termina imponiéndose siempre, por mucho que pretendan maquillarla con discursos, relatos mediáticos o leyes identitarias. La gente común, los trabajadores, las madres, la población que sufre a diario el colapso de los servicios públicos o la inseguridad en sus barrios, acaba despertando de esa anestesia ideológica. El punto de inflexión pasa por recuperar el sentido común, la soberanía nacional y la defensa firme de la comunidad frente al individualismo voraz del capitalismo y las distracciones del wokismo. Pasa por volver a lo básico: garantizar la seguridad, la justicia digna, la protección real de la infancia y la igualdad efectiva. Quienes creemos en esto tenemos la obligación de seguir dando la batalla cultural y política sin miedo a sus etiquetas, porque lo que está en juego es, sencillamente, el futuro de nuestra propia sociedad.

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