Purgas y crímenes: el PCE durante la Guerra Civil

Siempre, en cualquier fiesta, manifestación o local del PCE, se ven banderas de la Segunda República. Sin embargo, el Partido Comunista no representa ninguno de los valores que la República, como democracia, decía que quería defender. Es más, el PCE demostró que no respetaba la libertad, la democracia, el pluralismo y mucho menos los derechos humanos. De hecho, se convirtieron en aliados de los nazis después del acuerdo de Stalin y Hitler de agosto de 1939. Pero este comportamiento no lo tuvo solamente con sus enemigos y con los miembros de otros partidos de izquierdas, sino también con sus propios camaradas, los miembros del PCE, en sus famosas purgas.

Bajo la supervisión de la Internacional Comunista y de agentes de la NKVD soviética como Alexander Orlov, el PCE, durante la Guerra Civil, fue un organismo que devoraba a sus propios militantes en nombre de la pureza ideológica y que aniquilaba a sus competidores en la revolución: trotskistas y anarquistas.

Para entender las purgas de la guerra, debemos empezar en 1932. La dirección del PCE durante el conflicto —compuesta por José Díaz, Dolores Ibárruri, Vicente Uribe y Jesús Hernández— fue, en sí misma, el resultado de una purga previa orquestada por Moscú. En el otoño de 1932, la Internacional Comunista, a través de su delegado Victorio Codovilla, forzó la caída de la antigua cúpula encabezada por José Bullejos, Gabriel León Trilla, Manuel Adame y Etelvino Vega.

Los acusaron de «trabajo criminal» y «errores oportunistas». Este episodio sentó las bases de la liturgia estalinista en España: el uso de la biografía de partido y la autocrítica pública como mecanismos de humillación y control. Militantes como Pascual Arroyo fueron obligados a confesar en la prensa que su postura había sido «netamente anticomunista», pidiendo ser sometidos a «vigilancia y dirección política» para demostrar su sinceridad. Con la cúpula descabezada, el PCE quedó totalmente subordinado a las directrices de la URSS, listo para la gran contienda que se avecinaba.

De hecho, por orden de Stalin, dictada en la Internacional Comunista durante su VII Congreso de 1935, el PCE cambió su discurso sobre el PSOE y la República y fomentó la creación del Frente Popular. Este giro estratégico supuso abandonar el desprecio hacia los que llamaba «socialfascistas», en referencia al PSOE, y aceptar alianzas con partidos de izquierdas para tensar la República, provocar el enfrentamiento y, en medio del caos, tomar el poder y convertir a España en un satélite de la URSS. En esta estrategia, el PCE quiso atraer y absorber a un PSOE bolchevizado por Largo Caballero. Así, en marzo de 1936, los comunistas tuvieron su primer éxito con la creación de las Juventudes Socialistas Unificadas, bajo la dirección de Santiago Carrillo.

Al estallar la guerra en julio de 1936, el PCE vio la oportunidad de asumir el poder tomando como excusa la defensa de la República y teniendo como aval la ayuda militar que prestaba la URSS. La verdadera guerra interna comenzó con la llegada de un equipo de «consejeros» soviéticos que incluía a Alexander Orlov, un alto mando de la policía secreta (GPU/NKVD) cuya misión era política: exterminar la influencia trotskista y anarquista en la retaguardia.

Desde diciembre de 1936, la consigna de Moscú fue clara: lograr la destrucción de las otras izquierdas revolucionarias bajo la acusación falsa de estar al servicio de Franco y Hitler. El diario Pravda lo dejó escrito en un editorial del 17 de diciembre de 1936: la limpieza de estos elementos en Cataluña se llevaría a cabo con la misma energía que en la URSS. El PCE asumió esta orden con fervor, utilizando su aparato de propaganda para acusar a cualquier disidente de «agente de la Gestapo» o de Franco.

El año 1937 marca el punto álgido del terror soviético contra las izquierdas. En marzo, José Díaz expuso la «teoría del jardinero» en las reuniones del Comité Central del PCE en Valencia. Dicha teoría, que provenía de Stalin, sostenía que el comunismo podía verse como un jardín y que la misión de la dirección del partido era la del jardinero que debía arrancar las malas hierbas en beneficio del esplendor del jardín. Traducido a la política, significaba que había que purgar a quienes se considerasen desafectos, peligrosos o traidores al comunismo.

En mayo de 1937, la tensión entre el bloque estalinista del PCE y el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) y los anarquistas de CNT-FAI y los trotskistas del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) estalló en las calles de Barcelona. Los comunistas del PCE y el PSUC, junto con la policía soviética, se lanzaron a una cacería humana. El 16 de junio, Alexander Orlov ordenó al coronel Antonio Ortega, director general de Seguridad, que detuviera a la cúpula del POUM sin conocimiento del Gobierno de España. En esta operación, Andreu Nin, líder anarquista, fue trasladado a Valencia y luego a Alcalá de Henares. Después, el Gobierno de Negrín ilegalizó al POUM y sus líderes fueron encarcelados en checas controladas por agentes soviéticos.

¿Y qué pasó con Andreu Nin? Orlov orquestó el plan: fabricó documentos con tinta invisible que vinculaban falsamente a Nin con el espionaje franquista. Nin fue torturado en una casa de Alcalá de Henares y, al negarse a confesar, fue ejecutado y su cuerpo hecho desaparecer. El PCE colaboró cínicamente en el encubrimiento, difundiendo, a través de su publicación Mundo Obrero, la patraña de que Andreu Nin había sido «rescatado» por la Gestapo en una operación de comando. En algunos muros de Barcelona apareció la pintada «¿Dónde está Nin?», a lo que los soviéticos añadieron: «En Salamanca o en Berlín».

Las purgas no solo se ejecutaban contra otros partidos de izquierdas. En noviembre de 1937, el PCE liquidó a la dirección del Partido Comunista de Euskadi (EPK). Su secretario general, Juan Astigarrabía, fue expulsado bajo cargos de «nacionalismo pequeñoburgués» y «trotskismo emboscado». Se le castigó por haber mantenido una política demasiado autónoma y cercana al PNV del lehendakari Aguirre.

En 1938, el PCE intensificó sus esfuerzos para dominar al PSUC, al que veía como una «anomalía» por su carácter unificado y nacionalista. Figuras como Palmiro Togliatti y Stepan Minev lideraron una ofensiva para convertir al PSUC en una «sumisa filial comunista». El secretario general del PSUC, Joan Comorera, fue forzado a viajar a Moscú a principios de año para realizar una humillante autocrítica y aceptar la transformación de su partido en una organización estalinista rígida. Como parte de este proceso de «reconducción», la Internacional Comunista exigió la expulsión de dirigentes como José del Barrio y Miquel Serra Pàmies, este último sospechoso de «nacionalismo burgués».

A nivel de base, las Comisiones de Cuadros realizaban un escrutinio masivo. En las Escuelas de Cuadros, los instructores evaluaban el «temple estalinista» de los alumnos, buscando rastros de «influencias anarquizantes» o «resabios pequeñoburgueses». Aquellos que mostraban dudas eran denunciados y devueltos a sus células con expedientes manchados. Solo en Madrid, en 1937, se procedió a unas 600 expulsiones para «limpiar» la organización de elementos sospechosos o «inmorales».

El final de la guerra trajo la última purga de este periodo. Los comunistas querían continuar el conflicto bélico por orden de Stalin, mientras que el resto de teóricos defensores de la República, incluida la CNT, prefería negociar la paz y denunciaba la sumisión del Gobierno a los intereses de Moscú. Por eso se produjo el golpe de Estado dirigido por el coronel Segismundo Casado en marzo de 1939, que contaba con el socialista Besteiro, el anarquista Cipriano Mera y el general Miaja. Estalló entonces una semana de guerra civil en Madrid dentro de la Guerra, en la que hubo entre 200 y 2.000 muertos.

Sin embargo, incluso en el momento de la derrota total y la huida desesperada, la maquinaria de purga no se detuvo. Stalin, desde Moscú, lanzó preguntas punzantes sobre por qué un partido supuestamente tan fuerte había permitido el éxito de Casado. La dirección del PCE redactó un informe acusando a figuras clave de «debilidades y errores». A Jesús Hernández se le criticó por no controlar al ejército; a Vicente Uribe, por su «seguidismo gubernamentalista»; y a Pedro Checa, por sus métodos personalistas. Esta «catarsis» de última hora preparó el terreno para las sangrientas purgas que desangraron al PCE durante el exilio en la URSS y México. Esta es la verdadera historia del PCE durante la Guerra Civil: purgas, checas, negligencia en el campo de batalla y mucha sangre.

[¿Eres anunciante y quieres patrocinar este programa? Escríbenos a comercial@theobjective.com]

 Siempre, en cualquier fiesta, manifestación o local del PCE, se ven banderas de la Segunda República. Sin embargo, el Partido Comunista no representa ninguno de los  

Siempre, en cualquier fiesta, manifestación o local del PCE, se ven banderas de la Segunda República. Sin embargo, el Partido Comunista no representa ninguno de los valores que la República, como democracia, decía que quería defender. Es más, el PCE demostró que no respetaba la libertad, la democracia, el pluralismo y mucho menos los derechos humanos. De hecho, se convirtieron en aliados de los nazis después del acuerdo de Stalin y Hitler de agosto de 1939. Pero este comportamiento no lo tuvo solamente con sus enemigos y con los miembros de otros partidos de izquierdas, sino también con sus propios camaradas, los miembros del PCE, en sus famosas purgas.

Bajo la supervisión de la Internacional Comunista y de agentes de la NKVD soviética como Alexander Orlov, el PCE, durante la Guerra Civil, fue un organismo que devoraba a sus propios militantes en nombre de la pureza ideológica y que aniquilaba a sus competidores en la revolución: trotskistas y anarquistas.

Para entender las purgas de la guerra, debemos empezar en 1932. La dirección del PCE durante el conflicto —compuesta por José Díaz, Dolores Ibárruri, Vicente Uribe y Jesús Hernández— fue, en sí misma, el resultado de una purga previa orquestada por Moscú. En el otoño de 1932, la Internacional Comunista, a través de su delegado Victorio Codovilla, forzó la caída de la antigua cúpula encabezada por José Bullejos, Gabriel León Trilla, Manuel Adame y Etelvino Vega.

Los acusaron de «trabajo criminal» y «errores oportunistas». Este episodio sentó las bases de la liturgia estalinista en España: el uso de la biografía de partido y la autocrítica pública como mecanismos de humillación y control. Militantes como Pascual Arroyo fueron obligados a confesar en la prensa que su postura había sido «netamente anticomunista», pidiendo ser sometidos a «vigilancia y dirección política» para demostrar su sinceridad. Con la cúpula descabezada, el PCE quedó totalmente subordinado a las directrices de la URSS, listo para la gran contienda que se avecinaba.

De hecho, por orden de Stalin, dictada en la Internacional Comunista durante su VII Congreso de 1935, el PCE cambió su discurso sobre el PSOE y la República y fomentó la creación del Frente Popular. Este giro estratégico supuso abandonar el desprecio hacia los que llamaba «socialfascistas», en referencia al PSOE, y aceptar alianzas con partidos de izquierdas para tensar la República, provocar el enfrentamiento y, en medio del caos, tomar el poder y convertir a España en un satélite de la URSS. En esta estrategia, el PCE quiso atraer y absorber a un PSOE bolchevizado por Largo Caballero. Así, en marzo de 1936, los comunistas tuvieron su primer éxito con la creación de las Juventudes Socialistas Unificadas, bajo la dirección de Santiago Carrillo.

Al estallar la guerra en julio de 1936, el PCE vio la oportunidad de asumir el poder tomando como excusa la defensa de la República y teniendo como aval la ayuda militar que prestaba la URSS. La verdadera guerra interna comenzó con la llegada de un equipo de «consejeros» soviéticos que incluía a Alexander Orlov, un alto mando de la policía secreta (GPU/NKVD) cuya misión era política: exterminar la influencia trotskista y anarquista en la retaguardia.

Desde diciembre de 1936, la consigna de Moscú fue clara: lograr la destrucción de las otras izquierdas revolucionarias bajo la acusación falsa de estar al servicio de Franco y Hitler. El diario Pravda lo dejó escrito en un editorial del 17 de diciembre de 1936: la limpieza de estos elementos en Cataluña se llevaría a cabo con la misma energía que en la URSS. El PCE asumió esta orden con fervor, utilizando su aparato de propaganda para acusar a cualquier disidente de «agente de la Gestapo» o de Franco.

El año 1937 marca el punto álgido del terror soviético contra las izquierdas. En marzo, José Díaz expuso la «teoría del jardinero» en las reuniones del Comité Central del PCE en Valencia. Dicha teoría, que provenía de Stalin, sostenía que el comunismo podía verse como un jardín y que la misión de la dirección del partido era la del jardinero que debía arrancar las malas hierbas en beneficio del esplendor del jardín. Traducido a la política, significaba que había que purgar a quienes se considerasen desafectos, peligrosos o traidores al comunismo.

En mayo de 1937, la tensión entre el bloque estalinista del PCE y el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) y los anarquistas de CNT-FAI y los trotskistas del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) estalló en las calles de Barcelona. Los comunistas del PCE y el PSUC, junto con la policía soviética, se lanzaron a una cacería humana. El 16 de junio, Alexander Orlov ordenó al coronel Antonio Ortega, director general de Seguridad, que detuviera a la cúpula del POUM sin conocimiento del Gobierno de España. En esta operación, Andreu Nin, líder anarquista, fue trasladado a Valencia y luego a Alcalá de Henares. Después, el Gobierno de Negrín ilegalizó al POUM y sus líderes fueron encarcelados en checas controladas por agentes soviéticos.

¿Y qué pasó con Andreu Nin? Orlov orquestó el plan: fabricó documentos con tinta invisible que vinculaban falsamente a Nin con el espionaje franquista. Nin fue torturado en una casa de Alcalá de Henares y, al negarse a confesar, fue ejecutado y su cuerpo hecho desaparecer. El PCE colaboró cínicamente en el encubrimiento, difundiendo, a través de su publicación Mundo Obrero, la patraña de que Andreu Nin había sido «rescatado» por la Gestapo en una operación de comando. En algunos muros de Barcelona apareció la pintada «¿Dónde está Nin?», a lo que los soviéticos añadieron: «En Salamanca o en Berlín».

Las purgas no solo se ejecutaban contra otros partidos de izquierdas. En noviembre de 1937, el PCE liquidó a la dirección del Partido Comunista de Euskadi (EPK). Su secretario general, Juan Astigarrabía, fue expulsado bajo cargos de «nacionalismo pequeñoburgués» y «trotskismo emboscado». Se le castigó por haber mantenido una política demasiado autónoma y cercana al PNV del lehendakari Aguirre.

En 1938, el PCE intensificó sus esfuerzos para dominar al PSUC, al que veía como una «anomalía» por su carácter unificado y nacionalista. Figuras como Palmiro Togliatti y Stepan Minev lideraron una ofensiva para convertir al PSUC en una «sumisa filial comunista». El secretario general del PSUC, Joan Comorera, fue forzado a viajar a Moscú a principios de año para realizar una humillante autocrítica y aceptar la transformación de su partido en una organización estalinista rígida. Como parte de este proceso de «reconducción», la Internacional Comunista exigió la expulsión de dirigentes como José del Barrio y Miquel Serra Pàmies, este último sospechoso de «nacionalismo burgués».

A nivel de base, las Comisiones de Cuadros realizaban un escrutinio masivo. En las Escuelas de Cuadros, los instructores evaluaban el «temple estalinista» de los alumnos, buscando rastros de «influencias anarquizantes» o «resabios pequeñoburgueses». Aquellos que mostraban dudas eran denunciados y devueltos a sus células con expedientes manchados. Solo en Madrid, en 1937, se procedió a unas 600 expulsiones para «limpiar» la organización de elementos sospechosos o «inmorales».

El final de la guerra trajo la última purga de este periodo. Los comunistas querían continuar el conflicto bélico por orden de Stalin, mientras que el resto de teóricos defensores de la República, incluida la CNT, prefería negociar la paz y denunciaba la sumisión del Gobierno a los intereses de Moscú. Por eso se produjo el golpe de Estado dirigido por el coronel Segismundo Casado en marzo de 1939, que contaba con el socialista Besteiro, el anarquista Cipriano Mera y el general Miaja. Estalló entonces una semana de guerra civil en Madrid dentro de la Guerra, en la que hubo entre 200 y 2.000 muertos.

Sin embargo, incluso en el momento de la derrota total y la huida desesperada, la maquinaria de purga no se detuvo. Stalin, desde Moscú, lanzó preguntas punzantes sobre por qué un partido supuestamente tan fuerte había permitido el éxito de Casado. La dirección del PCE redactó un informe acusando a figuras clave de «debilidades y errores». A Jesús Hernández se le criticó por no controlar al ejército; a Vicente Uribe, por su «seguidismo gubernamentalista»; y a Pedro Checa, por sus métodos personalistas. Esta «catarsis» de última hora preparó el terreno para las sangrientas purgas que desangraron al PCE durante el exilio en la URSS y México. Esta es la verdadera historia del PCE durante la Guerra Civil: purgas, checas, negligencia en el campo de batalla y mucha sangre.

[¿Eres anunciante y quieres patrocinar este programa? Escríbenos a [email protected]]

 Noticias de Cultura: Última hora de hoy en THE OBJECTIVE

Noticias Similares