Morante de la Puebla ha vuelto a desatar la locura en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Medio año después de su traumática despedida de la madrileña plaza de toros de Las Ventas, y asumida la necesidad de aplazar su retirada ante la desbordante pasión que despiertan sus comparecencias, el cigarrero se anunciaba en el albero hispalense con el aval de una excelente actuación en la corrida del pasado Domingo de Resurrección. Sin embargo, lo ocurrido en el cuarto de la tarde desbordó todas las expectativas y elevó aún más su leyenda, hasta el punto de que una muchedumbre se echó al ruedo para aupar al maestro y llevarlo a hombros por las calles de la capital andaluza, teniendo incluso que intervenir la policía para evitar que un respetable arrebatado sacara a José Antonio por la Puerta del Príncipe.
El suceso se desarrolló en el cuarto de la tarde, un burel de capa colorada de la ganadería de Álvaro Núñez, sabio alquimista de la bravura que ha dotado a sus toros de un rico abanico de matices. Mi próximo libro, Morante, del calvario a la gloria, escrito al alimón con Javier Romero Jordano, evoca la figura del torero de La Puebla a través de su histórica temporada de 2025 y pone de manifiesto la importancia que ha tenido la divisa de Núñez en su periplo, puesto que la profundidad y complejidad de sus astados excitan el toreo exploratorio del maestro, invitándolo a adentrarse en terrenos comprometidos para desbordarse en la ejecución de las suertes.
Con todo, «Colchonero», que así se llamaba el cuarto toro de la tarde, no gustó de salida, puesto que su presentación quedaba por debajo del canon maestrante. Morante no se lo pensó. Se echó el capote a una mano, empezó a torear a la verónica, paró los relojes y puso al público en pie. Sonó la música para celebrar su inspirado recibo, pero el genio tenía claro que aquello no era más que el principio.
Tras el primer puyazo, José Antonio firmó un quite por tijerillas y, superado el segundo encuentro con el caballo, pidió los palos y decidió poner banderillas sin siquiera quitarse la montera. El primer y el segundo par habían saciado ya al público, pero la desbocada ambición del diestro lo llevó a sentarse en una silla en pleno albero sevillano, recordando aquella Goyesca de Ronda en la que dejó una estampa similar. Burló al animal en el último instante, clavó al quiebro y la plaza se convirtió en un manicomio.

Con la muleta, Morante fue aún más allá. Se volvió a sentar sobre la silla y decidió iniciar ahí la faena, con ayudados por alto sin siquiera levantarse. Ya erguido, dejó un natural de los que luego venden los fotógrafos. A partir de ahí, el cigarrero se situó en la más corta distancia, recordando que, desde 2025, la frontera entre el toreo de arte y el de valor quedó definitivamente derrumbada por su merced. Hubo una tanda de toreo circular al natural que rompió por completo a un respetable que no olvidará jamás lo presenciado.
«Colchonero» tenía mucho dentro y Morante supo encontrarlo y extraerlo, descifrando una vez más los caracteres escondidos que Núñez ha sabido imprimir a sus animales. La espada marró lo que habría sido, sin duda, una faena de máximos trofeos. No hubo tres apéndices, sino tres pinchazos, pero la obra queda ahí, para la historia. Dos vueltas al ruedo y una actuación para enmarcar.
El exquisito Juan Ortega fue ovacionado en su primero, dispuesto en todo momento ante un toro exigente. Por su parte, Víctor Hernández cortó una oreja en su presentación en Sevilla, premio a una faena cimentada sobre la mano izquierda y construida desde la verdad y la entrega. Los tendidos presentaron un lleno absoluto, con el papel agotado varios días antes del festejo.
Morante de la Puebla ha vuelto a desatar la locura en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Medio año después de su traumática despedida de
Morante de la Puebla ha vuelto a desatar la locura en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Medio año después de su traumática despedida de la madrileña plaza de toros de Las Ventas, y asumida la necesidad de aplazar su retirada ante la desbordante pasión que despiertan sus comparecencias, el cigarrero se anunciaba en el albero hispalense con el aval de una excelente actuación en la corrida del pasado Domingo de Resurrección. Sin embargo, lo ocurrido en el cuarto de la tarde desbordó todas las expectativas y elevó aún más su leyenda, hasta el punto de que una muchedumbre se echó al ruedo para aupar al maestro y llevarlo a hombros por las calles de la capital andaluza, teniendo incluso que intervenir la policía para evitar que un respetable arrebatado sacara a José Antonio por la Puerta del Príncipe.
El suceso se desarrolló en el cuarto de la tarde, un burel de capa colorada de la ganadería de Álvaro Núñez, sabio alquimista de la bravura que ha dotado a sus toros de un rico abanico de matices. Mi próximo libro, Morante, del calvario a la gloria, escrito al alimón con Javier Romero Jordano, evoca la figura del torero de La Puebla a través de su histórica temporada de 2025 y pone de manifiesto la importancia que ha tenido la divisa de Núñez en su periplo, puesto que la profundidad y complejidad de sus astados excitan el toreo exploratorio del maestro, invitándolo a adentrarse en terrenos comprometidos para desbordarse en la ejecución de las suertes.
Con todo, «Colchonero», que así se llamaba el cuarto toro de la tarde, no gustó de salida, puesto que su presentación quedaba por debajo del canon maestrante. Morante no se lo pensó. Se echó el capote a una mano, empezó a torear a la verónica, paró los relojes y puso al público en pie. Sonó la música para celebrar su inspirado recibo, pero el genio tenía claro que aquello no era más que el principio.
Tras el primer puyazo, José Antonio firmó un quite por tijerillas y, superado el segundo encuentro con el caballo, pidió los palos y decidió poner banderillas sin siquiera quitarse la montera. El primer y el segundo par habían saciado ya al público, pero la desbocada ambición del diestro lo llevó a sentarse en una silla en pleno albero sevillano, recordando aquella Goyesca de Ronda en la que dejó una estampa similar. Burló al animal en el último instante, clavó al quiebro y la plaza se convirtió en un manicomio.

Con la muleta, Morante fue aún más allá. Se volvió a sentar sobre la silla y decidió iniciar ahí la faena, con ayudados por alto sin siquiera levantarse. Ya erguido, dejó un natural de los que luego venden los fotógrafos. A partir de ahí, el cigarrero se situó en la más corta distancia, recordando que, desde 2025, la frontera entre el toreo de arte y el de valor quedó definitivamente derrumbada por su merced. Hubo una tanda de toreo circular al natural que rompió por completo a un respetable que no olvidará jamás lo presenciado.
«Colchonero» tenía mucho dentro y Morante supo encontrarlo y extraerlo, descifrando una vez más los caracteres escondidos que Núñez ha sabido imprimir a sus animales. La espada marró lo que habría sido, sin duda, una faena de máximos trofeos. No hubo tres apéndices, sino tres pinchazos, pero la obra queda ahí, para la historia. Dos vueltas al ruedo y una actuación para enmarcar.
El exquisito Juan Ortega fue ovacionado en su primero, dispuesto en todo momento ante un toro exigente. Por su parte, Víctor Hernández cortó una oreja en su presentación en Sevilla, premio a una faena cimentada sobre la mano izquierda y construida desde la verdad y la entrega. Los tendidos presentaron un lleno absoluto, con el papel agotado varios días antes del festejo.
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