Lo bello, lo bonito, lo terrible

Lo bonito es lo que agrada sin resistencia, lo que se deja querer a primera vista, lo que no plantea conflicto ni exige esfuerzo. Tiene algo de dócil, de inmediato, de complaciente. Es la forma pulida de lo agradable: proporciones amables, colores armoniosos, superficies limpias. Lo bonito (lo guapo, lo lindo) tranquiliza; no hiere ni interroga. Se deja consumir con facilidad, como un dulce bien hecho o una melodía pegadiza. En ese sentido, lo bonito es accesible, democrático, no requiere aprendizaje ni disposición especial: basta con mirar y asentir.

La belleza, en cambio, es otra cosa. No siempre es amable ni inmediata. A veces llega con un golpe seco, otras con una insinuación que tarda en desplegarse. La belleza puede incomodar, descolocar, incluso entristecer. No se limita a gustar: exige, arrastra, transforma. Allí donde lo bonito se queda en la superficie, la belleza se abre a la profundidad. Puede habitar en lo imperfecto, en lo irregular, en lo que no encaja del todo. Hay belleza en una arruga expresiva, en una voz rota, en un paisaje que no termina de ordenarse. Y, sobre todo, hay belleza en aquello que parece contener más de lo que muestra, como si guardara un secreto que no se deja agotar.

Durante siglos, casi todas las épocas han apreciado tanto lo bonito como lo bello, aunque con matices distintos. La tradición clásica tendió a armonizarlos: la proporción, la medida y el equilibrio eran al mismo tiempo agradables y elevados. Incluso cuando la belleza se volvía solemne o trascendente, no renunciaba del todo a una cierta amabilidad formal. Lo bonito y lo bello convivían, se rozaban, se prestaban rasgos. La ornamentación podía aspirar a la belleza, y la belleza no despreciaba del todo lo ornamental. Es algo bastante obvio en el clasicismo griego y en el romano, y más tarde en el clasicismo europeo. 

Sin embargo, con la llegada de la modernidad, algo empezó a resquebrajarse. Primero se sospechó de lo bonito. Se lo vinculó con lo kitsch, con la cursilería, con una forma de complacencia que ocultaba la falta de verdad. Lo bonito pasó a ser visto como un adorno engañoso, un barniz superficial que evitaba el conflicto y domesticaba la experiencia. El arte moderno, en muchas de sus corrientes, se propuso entonces incomodar, romper la armonía fácil, desafiar la mirada. La belleza, entendida como algo pulido y tranquilizador, empezó a ser puesta en cuestión. Se la consideró el centro de un sistema opresor, un mecanismo de exclusión que imponía cánones y jerarquías. A través de la belleza se ejercía una violencia simbólica: se dictaba qué debía ser admirado y qué debía quedar fuera, qué cuerpos, qué formas, qué expresiones eran dignas y cuáles no. La belleza dejaba de ser un horizonte deseable para convertirse, en algunos discursos, en un instrumento de poder. Así, el rechazo a lo bonito se extendió al rechazo de la belleza. 

El resultado de este doble desplazamiento ha sido, en parte, una sensación cultural de agotamiento. Como si hubiéramos vaciado nuestras categorías estéticas hasta dejarlas sin aliento. Como si todo lo que antes fue celebrado se hubiera convertido en sospechoso. Hemos conseguido que la cultura parezca un basurero de lindezas y bellezas, un muladar de memoria descompuesta donde se acumulan formas que ya no sabemos cómo mirar. Lo que antes emocionaba, ahora incomoda; lo que antes se admiraba, ahora se deconstruye. Y en ese gesto crítico, que algunos consideran necesario, también hemos perdido algo: la capacidad de dejarnos afectar sin reservas.

«No solo lo bello, también lo bonito puede convertirse en máscara de lo terrible, acentuando el misterio y redoblando el enigma»

Pero a veces ocurre algo distinto. Un día cualquiera, sin previo aviso, te levantas con la memoria fresca, como si se hubiera limpiado durante la noche. Sales afuera y ves un almendro en flor. No estás pensando en teorías estéticas ni en genealogías culturales. Simplemente lo miras. Y en ese instante, sin mediaciones, te parece bonito y a la vez hermoso. No hay contradicción. La floración tiene algo de delicado, de amable, de casi decorativo, pero al mismo tiempo hay en ella una intensidad que desborda cualquier categoría. El árbol que miras no es plano; es profundo y absorbente. Te invita a entrar, a quedarte, a perderte un poco en su presencia.

Además, está vivo. No es una imagen ni una representación: es un ser que respira, que cambia, que ha atravesado el invierno y ahora estalla en flores. Puede que, a su manera, sea incluso un ser pensante, o al menos un ser que responde al mundo con una lógica propia. Y ahí aparece el misterio. Porque todo lo que está vivo es, en el fondo, misterioso. Todo lo que respira encierra una opacidad que no podemos disipar del todo. Y todo lo que vive, además, está atravesado por su destino: un día estará muerto. Esa conciencia, aunque no la formulemos explícitamente, forma parte de la experiencia.

En ese cruce entre lo inmediato y lo profundo, entre lo agradable y lo inquietante, entre la vida que se despliega y la muerte que la acecha, es donde la belleza reaparece con toda su fuerza. No como un canon impuesto ni como una máscara ideológica, sino como una experiencia irreductible y tremendamente vinculada a la vida. Pasemos de la naturaleza al arte: el cuadro de Leonardo La dama del armiño es hermoso y a la vez bonito. Pero si nos fijamos bien, detectamos que la dama no acaricia el armiño, más bien parece querer agredirlo. No solo lo bello, también lo bonito puede convertirse en máscara de lo terrible, acentuando el misterio y redoblando el enigma. «Siempre que sentimos nos evaporamos», decía Rilke, y sobre todo cuando sentimos la belleza, que más que una idea filosófica es una experiencia: eso que percibo cuando miro el almendro y el cuadro de Leonardo. Esa sensación de evaporación, de resurrección, de silencio en el que puedo reposar y que me ayuda a soportar, casi con alegría, y desde luego con elevación, el teatro dulceamargo de la vida.

 Lo bonito es lo que agrada sin resistencia, lo que se deja querer a primera vista, lo que no plantea conflicto ni exige esfuerzo. Tiene algo  

Lo bonito es lo que agrada sin resistencia, lo que se deja querer a primera vista, lo que no plantea conflicto ni exige esfuerzo. Tiene algo de dócil, de inmediato, de complaciente. Es la forma pulida de lo agradable: proporciones amables, colores armoniosos, superficies limpias. Lo bonito (lo guapo, lo lindo) tranquiliza; no hiere ni interroga. Se deja consumir con facilidad, como un dulce bien hecho o una melodía pegadiza. En ese sentido, lo bonito es accesible, democrático, no requiere aprendizaje ni disposición especial: basta con mirar y asentir.

La belleza, en cambio, es otra cosa. No siempre es amable ni inmediata. A veces llega con un golpe seco, otras con una insinuación que tarda en desplegarse. La belleza puede incomodar, descolocar, incluso entristecer. No se limita a gustar: exige, arrastra, transforma. Allí donde lo bonito se queda en la superficie, la belleza se abre a la profundidad. Puede habitar en lo imperfecto, en lo irregular, en lo que no encaja del todo. Hay belleza en una arruga expresiva, en una voz rota, en un paisaje que no termina de ordenarse. Y, sobre todo, hay belleza en aquello que parece contener más de lo que muestra, como si guardara un secreto que no se deja agotar.

Durante siglos, casi todas las épocas han apreciado tanto lo bonito como lo bello, aunque con matices distintos. La tradición clásica tendió a armonizarlos: la proporción, la medida y el equilibrio eran al mismo tiempo agradables y elevados. Incluso cuando la belleza se volvía solemne o trascendente, no renunciaba del todo a una cierta amabilidad formal. Lo bonito y lo bello convivían, se rozaban, se prestaban rasgos. La ornamentación podía aspirar a la belleza, y la belleza no despreciaba del todo lo ornamental. Es algo bastante obvio en el clasicismo griego y en el romano, y más tarde en el clasicismo europeo. 

Sin embargo, con la llegada de la modernidad, algo empezó a resquebrajarse. Primero se sospechó de lo bonito. Se lo vinculó con lo kitsch, con la cursilería, con una forma de complacencia que ocultaba la falta de verdad. Lo bonito pasó a ser visto como un adorno engañoso, un barniz superficial que evitaba el conflicto y domesticaba la experiencia. El arte moderno, en muchas de sus corrientes, se propuso entonces incomodar, romper la armonía fácil, desafiar la mirada. La belleza, entendida como algo pulido y tranquilizador, empezó a ser puesta en cuestión. Se la consideró el centro de un sistema opresor, un mecanismo de exclusión que imponía cánones y jerarquías. A través de la belleza se ejercía una violencia simbólica: se dictaba qué debía ser admirado y qué debía quedar fuera, qué cuerpos, qué formas, qué expresiones eran dignas y cuáles no. La belleza dejaba de ser un horizonte deseable para convertirse, en algunos discursos, en un instrumento de poder. Así, el rechazo a lo bonito se extendió al rechazo de la belleza. 

El resultado de este doble desplazamiento ha sido, en parte, una sensación cultural de agotamiento. Como si hubiéramos vaciado nuestras categorías estéticas hasta dejarlas sin aliento. Como si todo lo que antes fue celebrado se hubiera convertido en sospechoso. Hemos conseguido que la cultura parezca un basurero de lindezas y bellezas, un muladar de memoria descompuesta donde se acumulan formas que ya no sabemos cómo mirar. Lo que antes emocionaba, ahora incomoda; lo que antes se admiraba, ahora se deconstruye. Y en ese gesto crítico, que algunos consideran necesario, también hemos perdido algo: la capacidad de dejarnos afectar sin reservas.

«No solo lo bello, también lo bonito puede convertirse en máscara de lo terrible, acentuando el misterio y redoblando el enigma»

Pero a veces ocurre algo distinto. Un día cualquiera, sin previo aviso, te levantas con la memoria fresca, como si se hubiera limpiado durante la noche. Sales afuera y ves un almendro en flor. No estás pensando en teorías estéticas ni en genealogías culturales. Simplemente lo miras. Y en ese instante, sin mediaciones, te parece bonito y a la vez hermoso. No hay contradicción. La floración tiene algo de delicado, de amable, de casi decorativo, pero al mismo tiempo hay en ella una intensidad que desborda cualquier categoría. El árbol que miras no es plano; es profundo y absorbente. Te invita a entrar, a quedarte, a perderte un poco en su presencia.

Además, está vivo. No es una imagen ni una representación: es un ser que respira, que cambia, que ha atravesado el invierno y ahora estalla en flores. Puede que, a su manera, sea incluso un ser pensante, o al menos un ser que responde al mundo con una lógica propia. Y ahí aparece el misterio. Porque todo lo que está vivo es, en el fondo, misterioso. Todo lo que respira encierra una opacidad que no podemos disipar del todo. Y todo lo que vive, además, está atravesado por su destino: un día estará muerto. Esa conciencia, aunque no la formulemos explícitamente, forma parte de la experiencia.

En ese cruce entre lo inmediato y lo profundo, entre lo agradable y lo inquietante, entre la vida que se despliega y la muerte que la acecha, es donde la belleza reaparece con toda su fuerza. No como un canon impuesto ni como una máscara ideológica, sino como una experiencia irreductible y tremendamente vinculada a la vida. Pasemos de la naturaleza al arte: el cuadro de Leonardo La dama del armiño es hermoso y a la vez bonito. Pero si nos fijamos bien, detectamos que la dama no acaricia el armiño, más bien parece querer agredirlo. No solo lo bello, también lo bonito puede convertirse en máscara de lo terrible, acentuando el misterio y redoblando el enigma. «Siempre que sentimos nos evaporamos», decía Rilke, y sobre todo cuando sentimos la belleza, que más que una idea filosófica es una experiencia: eso que percibo cuando miro el almendro y el cuadro de Leonardo. Esa sensación de evaporación, de resurrección, de silencio en el que puedo reposar y que me ayuda a soportar, casi con alegría, y desde luego con elevación, el teatro dulceamargo de la vida.

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